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A flagello terremotus… Recursos litúrgicos contra terremotos

Exvoto dedicado a la Virgen de la Estrella con motivo del terremoto de Lisboa de 1755. Museo de Lisboa.

En este mes el Istmo de Tehuantepec en particular, aunque también el centro del territorio mexicano (felizmente no ha sido el caso de los Altos de Jalisco), se han visto afectados por fuertes movimientos sísmicos. Por ello es particularmente oportuno tratar del tema aquí, recordando en principio que,  fenómeno de la naturaleza, los sismos son también acontecimientos culturales: la forma misma en que los interpretamos –producto de una voluntad divina enojada o que somete a prueba, mero resultado de fenómenos naturales–, como también las afectaciones que producen y la manera en que las afrontamos, son producto de circunstancias sociales, económicas, políticas, etcétera. En ese sentido, los terremotos también son parte de la historia de la secularización que nos interesa aquí.

Desde luego, existen estudios importantes sobre el tema en la historiografía mexicanista. Aquí me limito, como en otras oportunidades, a citar ejemplos muy puntuales que se me han “ido atravesando”, por así decir, en investigaciones sobre el tema de los rituales políticos o sobre el uso de las campanas. Hace tiempo dedique un pequeño artículo a la memoria religiosa y familiar del terremoto de 1755 en Sevilla, en que se notan algunas líneas generales de la concepción religiosa del terremoto y las reacciones correspondientes. Eran oficialmente conceptualizados como voluntad de Dios. “La Majestad Divina manifestó la justa irritación con que por nuestras culpas teníamos indignada su justicia”, rezaban las primeras líneas del acta que levantaron sobre ese evento los canónigos sevillanos. En consecuencia, la reacción del clero y de los fieles era ante todo litúrgica: oraciones al Cielo, en agradecimiento por la sobrevivencia y para conjurar esa “justa irritación”. Sin duda, históricamente hubo otros medios más materiales, pero no menos religiosos para atender la catástrofe. Recuerdo en particular, pero ya a principios del siglo XX, que San Rafael Guízar y Valencia, quinto obispo de Veracruz, se ganó parte de su fama de santidad recorriendo los pueblos al sur de Xalapa azotados por un sismo en 1920. Pero eso era, seguramente, más producto de los cambios del catolicismo con la modernidad. En la época que menos desconozco, los siglos XVIII y XIX, la reacción era, insisto,  litúrgica fundamentalmente.

Reacción, o mejor dicho, reacciones. En realidad, como casi frente a cualquier otra forma de calamidad colectiva, la Iglesia tenía para entonces bien desarrollado un cierto catálogo de medidas ad hoc. Además, como bien saben en este momento los mexicanos, en realidad sismo siempre declina en plural, por lo que en realidad eran días de temblores durante los cuales era posible ir recurriendo a uno u otro medio. Cabe comenzar por una de orden universal: agregar, en las misas cotidianas, una de las oraciones ad diversa que aparecen al final del Misal Romano, desde luego aquella que venía marcada con el título Tempore Terraemotus. Normalmente referida en los documentos como la “colecta Pro tempore terraemotu“, como se ve en este  ejemplo de una edición napolitana del Misal de 1820, en realidad son tres oraciones, colecta, secreta y postcomunión, para distintos momentos de la celebración.

Cabía también recurrir a las letanías, en concreto a la Letanía de los Santos. Como su nombre indica es una larga serie de oraciones a dos voces, en las que se invoca a toda la Corte celestial, pero en una última parte hay una sección variable en la que se puede pedir protección por necesidades concretas. Era ahí donde los clérigos debían insertar el verso “Del flagelo del terremoto, libéranos Señor”, como se ve en este ejemplo, tomado del Ritual Romano, edición romana de 1816, en que se coloca oportunamente justo detrás de la protección contra la muerte súbita:

Por supuesto, cabía hacer rituales más precisos. En concreto, seleccionar un abogado preciso en la Corte celestial para esta causa. Las ciudades novohispanas tuvieron patronos contra los terremotos. San Nicolás Tolentino lo fue de la Ciudad México desde 1611, a iniciativa de los padres agustinos, según el acta de cabildo del Ayuntamiento de 7 de septiembre de ese año. Guadalajara, por su parte, eligió al respecto, pero hasta 1771, a la Virgen de la Soledad. La solicitud de la real confirmación, tramitada por la Real Audiencia de la ciudad ante el Consejo de Indias (Archivo General de Indias, sección Guadalajara, legajo 339), y que incluye el expediente completo, nos permite saber que fue con motivo de los temblores de 29 de septiembre de 1770, 16 de marzo y 12 y 13 de diciembre de 1772, que se había considerado necesario tal patronato. Seguramente fueron este últimos los que convencieron a los magistrados, pues la carta de la Audiencia tiene fecha ya de principios de 1773, mientras que el Ayuntamiento había ya procedido a un sorteo para designar a ese celestial abogado en cabildo de 11 de noviembre de 1771. Nuestra Señora de la Soledad salió sorteada frente a San José, San Cristóbal y San Emigdio, si bien en realidad también habría de recurrirse a la Presencia Real Divina: habría exposición eucarística toda una jornada, a más de la misa con sermón en honor de la Virgen.

Había recursos más excepcionales. En 1776, los canónigos de la Metropolitana de México habían ya ido agotando los más comunes. Habían recibido orden del arzobispo desde el 22 de abril de usar de la colecta Pro Terremotu. Ellos mismos decidieron además cantar letanías y trasladar al altar mayor a San José, que desde mediados de siglo era movilizado por el clero de la ciudad como protector en esta materia. Completaron la iniciativa con una rogativa con las campanas de la Catedral a mediodía y a las oraciones de la noche (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de cabildo, libro 53, fs. 143v-144). En 1768 habían enlistado estos como los recursos clásicos de la Catedral ante los temblores cuando el arzobispo Lorenzana les había sugerido hacer procesiones en tres domingos consecutivos (ACCMM, Actas de cabildo, libro 49, f. 54). Sin embargo, parecía no dar resultado pues todavía un mes más tarde, estimaban necesario incluir un recurso más, recomendado justo desde Guadalajara: “en aquella Santa Iglesia, por libertarse del castigo de los temblores, que habían sido muchos y terribles, habían establecido el cantar en el coro, después de las horas [canónicas] el Trisagio Sanctus Deus, etc.” El Trisagio, como su nombre indica, es una invocación de la Santísima Trinidad repitiendo tres veces la palabra “Santo” (ACCMM, Actas de cabildo, libro 53, f. 153v).

Capilla del Señor de Santa Teresa de México, uno de los edificios religiosos destruidos en el terremoto de 1845. Imagen procedente de la Historia de la milagrosa renovación de la soberana imagen de Cristo Señor Nuestro crucificado… de Alfonso Alberto de Velasco, 1845.

Sobra decir que estos recursos trascendieron más allá de la época virreinal. En abril de 1845, el obispo de Guadalajara, Diego Aranda y Carpinteiro, dirigía una circular a sus párrocos para que introdujeran al final de las misas “las preces y rogaciones públicas que acostumbra la Santa Iglesia en toda grave necesidad”. El origen de la medida estaba claramente enunciado: la mitra había sido “excitada” por el gobierno civil del entonces Departamento “a insinuación” del gobierno nacional (Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, Edictos y circulares, c. 8, exp. 35). Si no necesariamente todas las autoridades estimaban que era efectivamente el medio para afrontar los temblores, al menos se siguió considerando que la religión tenía un papel para restablecer la tranquilidad pública.

Ahora bien, no puedo concluir este apunte sin al menos un testimonio más preciso de esos temblores de antaño. Para mejor convencer al Consejo de Indias de la necesidad y utilidad del patronato de la Soledad,  la Real Audiencia de Guadalajara incluyó un testimonio de notario de lo ocurrido en esa ciudad con el temblor de diciembre 1772, que transcribo a continuación.

AGI, Guadalajara, leg. 339, fs. s/n:

Yo D. Nicolás López Padilla, escribano de S.M., propietario del juzgado privativo de tierras y teniente del mayor de cámara de la Real Audiencia, superior gobierno y guerra de este reino de la Nueva Galicia, certifico en testimonio de verdad en la manera que puedo y debo y el derecho me permite, como el día doce del mes de diciembre próximo pasado a las siete dadas de la noche, se experimentó en esta ciudad un movimiento de terremoto o trepidación tan extraña que a todos causó admiración y espanto, viéndose precisados a desamparar sus casas no sólo las personas de distinción y principales sino igualmente todos los demás habitadores, por haber seguido estos movimientos casi sin intermisión alguna todo lo restante de la noche, hasta otro día, que a las ocho y media de la mañana, estando en el tribunal y despacho los señores presidente y oidores de esta Real Audiencia, repitió otro terremoto de la misma naturaleza que el de la noche antecedente, el que acabo de comprimir los ánimos, de modo que este Real Tribunal se vio en precisión de desamparar la sala del despacho y ocurrir a los templos a implorar las misericordias del Todopoderoso, haciendo lo mismo todas las gentes, temerosos de que no se arruinase este lugar a vista de los estragos que se reconocieron haber causado en los principales templos, conventos y casas de esta ciudad, principalmente en la Santa Iglesia Catedral, que se hallan las torres bastantemente maltratadas y en determinación de si será preciso o no derrumbar sus segundos cuerpos, como se ha ejecutado con los del Santuario de Nuestra Señora de Zapopan, los de la iglesia de Santo Tomás que fue de los regulares de la Compañía, habiéndose igualmente maltratado el cañón y bóvedas de la iglesia de San Agustín, las bóvedas de la iglesia del colegio de Niñas de San Diego, el convento de religiosos de Nuestra Señora del Carmen y en las demás iglesias de esta ciudad, que todas han tenido que componer y reparar por el daño que les causó los expresados terremotos, habiéndose experimentado no poco estrago en las cajas reales de esta ciudad (sic), todo lo que atemorizó de modo a todas las gentes el lugar, que en algún tiempo se veía salir al pueblo en solicitud del sosiego a pasar los días y noches en los campos. En certificación de lo cual y para que conste donde convenga doy la presente en virtud de lo mandado en el auto antecedente en ciudad de Guadalajara a catorce de marzo de mil setecientos setenta y dos.- siendo testigos D. Agustín Josef Carrillo, D. Juan Peralta y D. Miguel Alexandro Delgadillo, presentes y vecinos.- D. Nicolás López Padilla.

Una asistencia política: los canónigos en los toros

“La Plaza Mayor de Madrid durante una corrida de toros regia”, ca. 1664. Memoria de Madrid

En nuestros días las corridas de toros son materia de controversia entre defensores de los animales y de lo que se estima como una añeja tradición, particularmente popular del mundo hispánico. En el siglo XVIII, cabe destacarlo, la corrida era uno de los elementos importantes de las festividades políticas (de ahí la imagen de la izquierda). Eran infaltables en las recepciones de los virreyes, los eventos de la familia real, como los matrimonios de los príncipes. Ahora bien, aunque en el siglo XX hemos visto hasta eclesiásticos (algún obispo mexicano incluso) aficionados a la “fiesta brava”, cabe decir que en la segunda mitad de esa centuria no era algo que se diera por sentado y automático. Más todavía, se estimaba que el clero en general debía abstenerse de ese tipo de eventos, no por una temprana sensibilidad hacia los animales, sino porque se trataba de una fiesta estimada como “profana”, susceptible hasta de desórdenes. Y sin embargo, entre 1767 y 1823, los muy graves canónigos de la Catedral Metropolitana de México debieron haber asistido a al menos dieciséis corridas de toros, celebradas en la plaza del Volador o en alguna ocasión en la principal de la ciudad, es decir, frente a la propia iglesia principal.

Justo esto es lo interesante, los canónigos se veían en el aprieto de estimarse “personas sagradas”, cuya dignidad no debía de participar de estos festejos, pero también una corporación urbana, un tribunal, que debía cumplir con un asistencia que era “política” en el sentido de cortesía pero también incluso en el sentido del juego del poder. Haber dejado vacío el espacio que les era reservado podía considerarse un desaire para la autoridad monárquica, e incluso se podía perder un espacio frente a otros “cuerpos” siempre un poco rivales, como el ayuntamiento de la ciudad. En suma, era una ocasión como pocas en que los canónigos afrontaban el problema de separar lo sagrado y lo profano. Lo ilustra bien ya el problema que se expuso al Cabildo en abril de 1766, cuando se realizaban los festejos por el matrimonio del Príncipe de Asturias, cuyas corridas iban a terminar coincidiendo con el lunes en que se iniciaba la semana de letanías menores, las de la Ascensión. “Era incongruo y desedificante la simultaneidad de las sagradas preces públicas de la Iglesia con las profanas diversiones del público”, se lamenta en el acta (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, ACCMM, Actas de cabildo, libro 47, fs. 243-243v), pero era ya tarde para iniciar cualquier gestión, por lo que los canónigos debieron reprimir su celo religioso.

Firma de un acta de cabildo. Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 47.

Por si fuera poco, la asistencia a los toros también implicaba gastos. Era impensable que asistieran solos los canónigos, por lo que debían acompañarles ministros y capellanes de coro, a veces los niños colegiales, y por supuesto, los lacayos y mozos de cada prebendado. Había además que adornar como correspondía el tablado y, sobre todo, servir un refresco de bebidas y dulces correspondiente a su honor. Por ello, sólo en ese año de 1766, la asistencia a las corridas sumó un gasto de 886 pesos, suma no menor para la época, por lo que había un motivo más de reflexión en la materia. No es casualidad que fuera al revisar las cuentas al año siguiente que se despertara en algunos canónigos la preocupación por el cuidado de la dignidad eclesiástica. En noviembre de 1767 (ACCM, Actas de cabildo, libro 48, fs. 249v-250v) se propuso cancelar las asistencias a los toros. La idea despertó “una dilatada conferencia”, en que de paso se denunciaron esos gastos excesivos, el desorden de los ministros seculares, y hasta la conducta de los canónigos de la Colegiata de Guadalupe, que también asistían. También hubo llamados al “buen ejemplo” que debían dar los propios canónigos, pero al final terminó imponiéndose la política. En noviembre de 1768, resolvieron definitivamente mantener su asistencia sólo tratándose de fiestas reales, aun a pesar de que entonces se rumoraba que el virrey, el marqués de Croix, si bien festejaba oficialmente su llegada a México en 1766, trataba de recaudar fondos para otros motivos. (ACCM, Actas de cabildo, libro 49, fs. 163v-164, 171-171v y 175-176).

Fue bajo ese principio que pudieron al menos excusarse de unas corridas, las que se concedieron a los tablajeros tras las fiestas en honor del virrey en diciembre de 1785 (ACCMM, Actas de cabildo, libro 55, fs. 280v-281v). También pudieron alegar para su ausencia la coincidencia con otras celebraciones, como el jubileo circular de 1789, aunque esto implicaba medidas particulares de cortesía para informarlo (ACCMM, Actas de cabildo, libro 57, f. 21). Paradójicamente su complacencia con los toros, incluso en la plaza mayor, fue cuestionada, pero no por una autoridad del rey, sino clerical: los párrocos del Sagrario. En septiembre de 1794 tuvieron noticia de que éstos habían dirigido una exposición al recién llegado virrey, el marqués de Branciforte, en que alegaban los “muchos desacatos por falta de respeto al templo”, las faltas al “debido acatamiento” al viático, e incluso la situación de guerra, como motivos para suspender las corridas (ACCM, Actas de cabildo, libro 58, fs. 139-140). Los canónigos, por supuesto, recibieron con “gran impresión” la noticia y reprocharon a los párrocos, a través del arzobispo Haro y Peralta, que hubieran tenido el atrevimiento de entrometerse en el gobierno de la Catedral. Sólo a ellos tocaba “vigilar sobre el decoro y decencia debida a la Casa de Dios”, bien que ni siquiera se molestaron en considerar los argumentos religiosos de los curas.

Ahora bien, a lo largo del período subsistieron otros puntos a considerar, en principio, los de orden económico. Reducir los gastos no era tarea fácil, si algo distinguió a los canónigos a mediados de siglo fue la afición por las fuentes de dulces, por ejemplo en su tomas de posesión, pero también en este contexto. Como debían asistir todos, pero no era siempre el caso, era común que sobraran (ACCMM, Actas de cabildo, libro 47, f. 241v), o que los sacristanes y ministros se quedaran con ellas (ACCMM, Actas de cabildo, libro 51, fs. 125v-126). El gasto del refresco sólo se solucionó cuando el ayuntamiento ofreció uno para toda la asistencia de manera general en 1785, con motivo además de una nueva distribución del orden de la plaza (ACCMM, Actas de cabildo, libro 57, fs. 37-37v). No sabemos si pasarle la responsabilidad a los regidores fue la solución definitiva, pero ya para 1796 los canónigos podían ordenar que no se pagara refresco alguno. (ACCM, Actas de cabildo, libro 59, f. 60).

Desjarrete de la canalla con lanzas, medias-lunas, banderillas y otras armas, Francisco de Goya, Museo Nacional del Prado.

Por otra parte, no dejaba de ser una fiesta profana, propia de seculares, que efectivamente se entusiasmaban con ella, lo que lamentaban los canónigos respecto de los que estaban a su cargo. Ante la expresión del “ansia” de los niños del colegio de infantes de asistir a corridas en 1770, hasta el punto de pasar por encima del deán y recurrir al Cabildo en pleno, se les negó conforme al ejemplo de otros colegios, pero también para “la debida educación y sujeción de dichos niños” (ACCM, Actas de cabildo, libro 50, f. 269). Los músicos seculares, tradicionalmente de los empleados que más frecuencia recibían observaciones de los canónigos, fueron directamente excluidos de la asistencia al tablado en las corridas de 1784 por el recibimiento del virrey Gálvez. Esto, en castigo a “su falta de atención y respeto para con los padres capellanes, queriendo tomarse los primeros asientos en el tablado y su desvergüenza en el tomar de refresco” (ACCMM, Actas de cabildo, libro 55, f. 127v).

Las últimas asistencias a los toros de los canónigos tuvieron además un carácter político en un sentido nuevo, pues fueron la manifestación de la lealtad a monarcas sujetos a debate. En 1815, no sólo asistieron, sino además invitaron a reunirse en su tablado a los canónigos de otras catedrales presentes en la ciudad, para sumarse así al lado popular de la fiesta por el restablecimiento en el trono de Fernando VII. Hubo también toros en 1817 con motivo del matrimonio del rey y del infante Carlos. En fin, en 1823, la última jura que tuvo lugar en la Ciudad de México, la del emperador Agustín I, también incluyó toros en el programa de festejos (ACCM, Actas de cabildo, libro 67, fs. 272 y 274; libro 68, f. 282v y libro 70, fs. 203v-204). Hasta donde sabemos la naciente opinión pública no les reprochó esa participación, que ya podía leerse como una toma de partido y no podía justificarse por la unanimidad monárquica de antaño. El régimen republicano traería consigo nuevas formas de ceremonial político, del que se irían marginando progresivamente las corridas de toros.

Sala Capitular de la Catedral de Sevilla

En algún otro momento, siendo estudiante de doctorado, dediqué este espacio a recorrer, con la ayuda de fotos, algunos puntos muy concretos de la ciudad de París. Hoy aprovecho esa invención tan particular es el Google Street View para un ejercicio semejante, pero esta vez en otra ciudad europea. Abajo de estas líneas encontrará el lector una imagen dela Sala Capital de la Catedral de Sevilla. Construida en el siglo XVI, caracterizada por su forma elíptica, decorada con cuadros de Murillo que representan a dos santos de la monarquía hispánica, San Fernando y San Hermenegildo, dos santos obispos sevillanos, San Leandro y San Isidoro, y a las dos santas patronas de la ciudad, Santa Justa y Santa Rufina.

Durante siglos fue sin duda uno de los lugares más importantes de la ciudad. Es el espacio en que el cuerpo de clérigos que gobernaba esta iglesia, los canónigos de la Catedral, se reunían para deliberar. A decir verdad, conozco poco de ella como espacio, pero me resulta interesante a título personal porque los documentos que conozco de la Catedral son mayormente “Autos de cabildo pleno”. Esto es, las actas en que se asentaban sus discusiones y decisiones producto de las reuniones de los 11 dignidades, 40 canónigos (existía también el “cabildo de canónigos” por separado), 19 racioneros y 18 medios racioneros. Digo todo género de temas, porque lo mismo era el momento de atender las cuestiones relacionadas con los ingresos de la Catedral, que las reparaciones o las obras nuevas para mayor ornato del edificio; pero también, para regular el culto, siempre necesitado de alguna reforma, o para establecer medidas que reforzaran el carácter de espacio sagrado propio de la Catedral.

En esas reuniones, además, los canónigos recibían las noticias de la coyuntura política sevillana y de la monarquía hispánica, y participaban en ella con actos litúrgicos. Era en esta sala donde se decidían las numerosas rogativas, o que se agregaran las oraciones pertinentes en las misas para atender a una ciudad en que no faltaban las sequías o el exceso de lluvias, o cuyos campos se llegaban a ver amenazados por alguna plaga. Los canónigos cumplían así su deber para con el público, pero también con la monarquía, era ahí donde se decidía, asimismo, la forma en que la Catedral y, por tanto, la ciudad, participaba en los numerosos ceremoniales de la familia real, con motivo de fallecimientos, bautismos, embarazos o matrimonios que tenían lugar en su seno. Por supuesto, esta sala se vio frecuentada también por representantes de la corporación municipal sevillana, al menos en el siglo XVIII, que es el que menos desconozco. La sala era también el teatro de las cortesías entre esas solemnes corporaciones que cogobernaban a la capital hispalense del Antiguo Régimen.

Y no podía faltar, era la sala donde llegaban a plantearse discusiones, aun entre esos graves eclesiásticos del Antiguo Régimen, bien que de ello no nos han llegado testimonios abundantes. En cambio, sabemos que alguno de los capitulares llegó a tratar de evitar estas reuniones: el auto de 18 de julio de 1764 cita una denuncia en el sentido de que “uno de los señores” había estado en el callejón que daba a la sala durante el Cabildo y no en él. Esto es, a pesar de lo fastuoso de su decorado, propicio para hacer entender al espectador su carácter de asiento de un poder de origen divino y bien asentado sobre la tierra, no dejaba de ser a veces un espacio más de la complicada administración catedralicia.

El lector, cabe finalmente, aprovechará la visita para explorar por esta misma vía otros espacios de la Catedral de Sevilla, a alguno tal vez llegaremos a dedicarle atención en este mismo espacio.

Festem fugo, defunctos ploro: un apunte sobre las campanas de las Catedrales de México y Sevilla

CampanaEn otras ocasiones lo hemos mencionado en este mismo blog: en el siglo XVIII, cuando los obispos hablaban de campanas, se referían sin dudar a sus facultades sobre la naturaleza. Incluso en edictos de obispos reformadores como don Francisco Antonio Lorenzana, aparece claramente el uso de las campanas para ahuyentar tempestades. Los prelados de la época solían ofrecer dos tipos de explicación al respecto, por un lado una verdadera potencia sobrenatural, adquirida por las campanas gracias al ritual de bendición, o bien simplemente a la capacidad para convocar las oraciones de los fieles. Era común que las dos vías fueran citadas por los obispos, quienes además casi siempre parafraseaban las propias oraciones que aparecen en el Pontifical Romano. No vamos a detenernos ahora en dar ejemplos, conviene, en todo caso, recordar que este uso era ya entonces objeto de la crítica de los ilustrados, quienes incluso llegaron a acusarlas de tener el efecto contrario por razones físicas.

En ese contexto, ¿se usaban las campanas de las catedrales de México y Sevilla para combatir las tempestades? Vamos a tratar de responder remitiéndonos a documentos consultados en los archivos en el Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México (ACCM) y en el Archivo Histórico del Arzobispado de México (AHAM) para el primer caso, y en el Archivo General del Arzobispado de Sevilla (AGAS), para el segundo. Veamos primero la normativa, por antigüedad tendríamos que señalar en principio el “Orden del tañido de las campanas y oficio del campanero” que se redactó en 1633 para las de Sevilla. Y efectivamente, el orden incluye en sus “formas generales de otros tañidos extrañordinarios”  capítulos 4 y 5, los tañidos “a plegaria por alguna tempestad” y “a exorcismo o plegaria por tempestad, langosta u otras necesidades”. Tempestades, vientos, lluvias, temblores y plagas eran pues los cinco grandes males que las campanas de la Catedral hispalense conjuraban. En el caso de plegaria debían participar seis campanas con ciclos de nueve golpes, mientras que en el exorcismo se incluía además otros toques que no detallaré aquí. Orden en principio vigente aún en el siglo XVIII, es un bello ejemplo de la tradición de las campanas como instrumento protector.

En cambio, en la Metropolitana de México no hemos podido encontrar, hasta ahora, instrumento alguno que contemplase de manera formal este tipo de uso. No es que no hubiera existido en la capital novohispana, antes bien a principios del siglo XVII las del convento imperial de Santo Domingo de México habrían logrado detener una tempestad en tiempos de la inundación de la ciudad, o al menos según una crónica de la orden que data de mediados de esa centuria. Empero, ni siquiera el erudito José María Marroquí, quien en el siglo XIX fue particularmente minucioso en el tema de las campanas de la capital, registró incidente alguno de este carácter para la Catedral.

Hay que destacarlo, tampoco había un documento tan formal como el Orden sevillano de 1633. Hasta donde hemos podido averiguar, los principales documentos normativos eran el Diario manual elaborado en 1751, pero que no era exclusivo de las campanas, sino que incluía todas las ceremonias a las que estaba vinculado el Cabildo Catedral. Más específico pero también más tardío es el “Cuaderno de toque de campanas” que se conserva hoy en el archivo del arzobispado y tiene fecha de 1775. Ni uno ni otro documento hacen alusión específica al tema de los repiques por nublados o cualquier otro evento meteorológico, temblores o epidemias. El Diario manual, sin embargo, menciona las “rogativas de campanas” para acompañar las procesiones con reliquias o imágenes en particular para pedir por la lluvia. El “Cuaderno” se limita al caso de las procesiones de letanías mayores y menores, que también tenían carácter propiciatorio.

La GiraldaMás allá de los documentos normativos, en la segunda mitad del siglo XVIII hubo varias oportunidades para que las campanas de ambas catedrales hubieran sido usadas como recurso protector. En los autos capitulares de Cabildo pleno de la Patriarcal de Sevilla hemos recorrido sistemáticamente los años de 1744 a 1814. Curiosamente hemos encontrado más bien memoria de este uso que una práctica constante. Es cierto que en diciembre de 1750 los canónigos ordenaron que el campanero “toque a plegaria siempre que haya tormentas”. Sin embargo, en enero de 1778, cuando “fuertes huracanes e incesantes lluvias” azotaron Sevilla hasta el punto que se propuso que en las misas se incluyera la oración colecta correspondiente “para pedir serenidad” un canónigo alegó además que “era esta clase de temporal digna de alguna atención”, por lo cual, pidió se comisionara para dictamen la posibilidad de “la torre hacer en semejantes ocasiones la señal de plegaria que hace cuando hay tormentas”. Y en efecto, el asunto se turnó a la Diputación de Ceremonias, la cual tardó ocho meses casi precisos en responder, y lo hizo favorablemente, mas los canónigos respondieron que “ya no estaba en estilo tocar la plegaria con el expresado motivo de vientos”. De paso señalaron también que tampoco estaba en práctica “tocar a parto y a agonía”, que eran otros repiques que también aparecían en el Orden del tañido. A falta de costumbre, temían que “esta novedad podía causar en el pueblo alguna extrañeza y en el gobierno político algún reparo”, por lo que al final acordaron no hacer mayor novedad. De manera semejante, en abril de 1781, al preparar una rogativa contra una plaga de langostas, uno de los canónigos habría evocado que “la última vez que hubo la referida plaga se reconoció el patrocinio del señor San Fernando”, y lo más importante para nosotros: la plaga “se ahuyentó y levantó enteramente”, justo “al tiempo de los repiques”. Empero, esto indicó a los canónigos literalmente a qué santo encomendarse y no tanto el uso de las campanas.

Estos incidentes nos dejan ver que en realidad el uso protector de las campanas se estaba desgastando ya en la capital hispalense: existía el toque de rogativas, pero más bien acompañaba otros actos litúrgicos, en particular procesiones ya fuera por las naves o por las calles, y ya no se tocaba por casi ningún fenómeno meteorológico o desastre que no fuera efectivamente la tempestad. La ausencia explícita del toque por tormentas en los autos capitulares después de 1767 pareciera, o bien que no se necesitaba de la autoridad de los canónigos para que hacerlo sonar, o incluso que las campanas de la Giralda se iban dejando de usar para ello.

De manera semejante, en las actas de cabildo de la Catedral Metropolitana de México sólo hay menciones de rogativas de campanas, pero no propiamente como plegarias contra las tormentas sino acompañando otros actos litúrgicos en que imágenes y reliquias se movilizaban para afrontar epidemias, sequías e incluso guerras. En julio de 1762, las campanas tocaron a rogativa al paso de la procesión de la Virgen de los Remedios para pedir su intercesión en la guerra contra los ingleses. En 1768 y en 1776 hicieron lo propio con motivo de temblores, y en 1797 por la epidemia de viruela, acompañando las letanías en los primeros dos casos y en el último un novenario de misas con exposición eucarística. Si nos atenemos al Diario manual, también debieron haber sonado a rogativa acompañando la procesión con el cuerpo de San Primitivo para pedir por lluvias en 1776.

En ese sentido, también en la capital novohispana parecía que el uso estrictamente protector del toque de plegaria se había reducido. Todo ello contrasta con la reforma episcopal de esta época, que como ya adelantábamos hace mención de este uso de forma constante. Tomemos sólo como ejemplo los edictos del arzobispo Lorenzana en México en 1766 y en Toledo en 1782. En ambos claramente se dice: “Con su sonido huyen los malignos espíritus, no nos dañan las tempestades ni los rayos”, mas no hay medidas concretas que regulen este uso, las hubo apenas de manera muy puntual pero directa en México en 1791 en edicto del arzobispo Haro y Peralta insistiendo en que sólo debía hacerse bajo mandato de la mitra. Se diría que esta evocación del poder sobrenatural de las campanas era más bien una manera de contribuir a su sacralización y por tanto a insistir en la jursidcción episcopal.

En cambio, uno de los usos de las campanas que más se notan en las actas de cabildo y autos capitulares, era el doble por los difuntos. De nuevo es la Catedral de Sevilla la que nos ofrece el mejor ejemplo en términos normativos. En el “Orden del tañido de las campanas” se incluyen los dobles por el arzobispo de Sevilla, y por las más altas jerarquías de la Iglesia y la Monarquía: el rey, la reina, infantes y príncipes, cardenales y legados apostólicos en caso de morir en el territorio del arzobispado. La sección titulada Formas de dobles por difuntos, ya desde su título era elocuente al señalar que eran según las calidades de cada uno, es decir, según la posición en las jerarquías de la época. El capítulo que más nos interesa es el tercero, el doble por los prebendados. Había apartados específicos para cada nivel de la jerarquía de la Patriarcal, desde el deán, pasando por dignidades, canónigos, racioneros y medios racioneros, coadjutores, racioneros músicos, maestro de capilla, prebendados de otras iglesias y finalmente parientes: padres, madres y hermanos de prebendados.

DSC_0039En la práctica la jerarquía era mucho más clara, pues estaba relacionada con el número de campanas que doblaban, según una tabla fechada en 1768 y que se conserva en el archivo de la Catedral. Había dobles de seis, cinco, cuatro y tres campanas, entre los cuales estaban repartidas un total de 93 categorías, veintiuno en la primera, doce en la segunda, treinta y dos en la tercera y veintiocho en la cuarta.

Tan detallada reglamentación no implicaba que el doble fuera automático, desde luego era necesaria la notificación del deceso, pero además es claro que era un verdadero privilegio que la Giralda doblara por un fallecido en su entierro o en sus honras, de ahí que además el Cabildo pleno recibía solicitudes para obtenerlo al menos “de gracia”. Tan sólo entre 1769 y 1799 se recibieron 104 sólitos o memoriales de este tipo, es decir, tres o cuatro al año en promedio, pero de ellos, más de la mitad, 59 procedieron de tres corporaciones que en realidad no correspondían a ninguna de las categorías que entraban en la tabla: las archicofradías sacramental y de ánimas de la capilla del Sagrario y la hermandad de la capilla de las Doncellas. El Cabildo nunca permitió que se les incluyera en la tabla pero siempre respondió positivamente a su petición de un doble en cada una de las honras fúnebres anuales por los hermanos de las tres corporaciones. Algo semejante ocurre con las otras corporaciones clericales de la ciudad: aunque en la tabla sólo aparecía el capellán mayor de la Capilla Real, cuatro capellanes reales recibieron el doble, al igual que el abad de la Universidad de Beneficiados, que tampoco aparecía en ella.

Entre quienes se presentaron como particulares, el grupo más característico son los parientes de los prebendados. En el Orden del tañido y en tabla aparecen exclusivamente padres, abuelos y hermanos, pero de las diecisiete peticiones del período que he citado, once corresponden a otros parientes: cuatro sobrinas o sobrinos, tres cuñados, un padrastro, una media hermana, un tío y la esposa de un tío. En suma pues, el Cabildo de la Patriarcal si bien hacía notar su control de las campanas y llegó a negarlas incluso para las honras fúnebres del rey Carlos III que pretendieron organizar la Capilla Real y la Sociedad Médica, correspondía con cierta amplitud al deseo de los notables sevillanos de hacer escuchar el doble de la Giralda en los funerales de sus parientes.

La situación en la Metropolitana de México tenía matices distintos. En principio, porque sus campanas las compartía con la parroquia del Sagrario, y porque de nuevo no hay documentos normativos tan precisos, aunque tanto los Estatutos de 1585, el Diario manual de 1751 y “Cuaderno del toque de campanas” de 1775 incluyen algunas anotaciones sobre el tema, sobre todo por lo que hace a los toques llamados de vacante. Gracias a las actas de cabildo sabemos con detalle los toques dados por los Papas y por los reyes, datos que nos indican los máximos dobles posibles. Asimismo, las actas dan cuenta de que existía un “doble de Cabildo”, que podía usarse también para parientes del virrey y del arzobispo; de hecho, es gracias a ello que sabemos consistía en el doble solemne de todas las campanas durante tres cuartos de hora al mediodía, oraciones, al amanecer y antes de las ceremonias correspondientes. Este doble se usaba también en los entierros de canónigos de otras Catedrales que fallecían en la capital novohispana. Además, el Cabildo Catedral tenía una concordia establecida con la Real Audiencia de México y aprobada en real cédula de 1680 por la que se concedía, entre otros honores, un doble especial a los entierros de oidores, alcaldes, fiscales y alguacil mayor, propietarios, y a sus esposas, hijos, yernos y nueras.

Concordia de la discordia para los canónigos, que constantemente alegaban que había resultado muy pesada para ellos, la Real Audiencia tendía a leerla ampliando sus términos, mientras el Cabildo Catedral a reducirlos a lo literal. Destaquemos un caso muy concreto: en abril 1765, cuando falleció el corregidor de México, quien era además alcalde del crimen honorario, la Catedral terminó enterrándolo conforme a la concordia, pero sólo porque era además hermano y cuñado de dos canónigos. Uno de los capitulares no dejó de señalar el peligro de que “todos los demás señores capitulares han de querer que se haga lo mismo con sus parientes”, esto era tanto como indicar que, contrario a Sevilla, la Metropolitana de México no les concedía esos honores.

DSC_0038Fuera de esos casos, e incluyendo a los que se presentaron alegando la concordia pero suscitaron discusión, sólo he podido identificar catorce solicitudes de dobles de entierros. Tres fueron rechazadas de manera contundente: para los párrocos del Sagrario en 1750, para la esposa del exregente Manuel de Blaya en 1812, y para los hermanos de la congregación de Nuestra Señora de la Antigua en 1813. Sólo once notables capitalinos alcanzaron el doble de la Catedral en sus entierros: tres frailes, dos generales de la orden betlemítica y un obispo electo de Santa Cruz de la Sierra, los primeros beneficiados con doble de Cabildo y el último con doble de oidor; seglares fuero cuatro, dos mujeres, la Condesa de San Mateo de Valparaíso en 1804 y la esposa de Manuel Castillo Negrete, fiscal nombrado del Consejo de Indias en 1808; dos varones, el corregidor de la Ciudad de México que ya he mencionado en 1765 y el contador de diezmos de la Catedral en 1809, todos con doble de Cabildo. Además tres clérigos, los párrocos del Sagrario José Nicolás Larragoiti, con doble de segunda clase, y Juan Francisco Domínguez, prebendado electo, con doble de Cabildo, ambos en 1813, y el bachiller Juan Bautista Alcíbar en 1816, con doble de Cabildo, pero sólo en su entierro. En fin, un militar, el comandante realista Francisco Bringas, muerto en la batalla del Monte de las Cruces en 1810. A ellos habría que agregar dos honras fúnebres anuales, una a partir de 1768 por los caballeros militares, pagada por el gobierno virreinal, y otra desde 1794 por los sacerdotes difuntos de la capital, fundada como obra pía por el citado bachiller Alcíbar.

En suma pues, si los dobles de la catedral eran importantes en ambas ciudades, los canónigos de México estuvieron siempre menos dispuestos a distinguir con sus campanas la memoria de los notables, ni siquiera las de sus propios familiares. Era éste un honor que sólo podía alcanzarse por méritos notorios y no por el linaje. Este particular desbalance entre estas dos funciones de las campanas en estas dos catedrales del siglo XVIII, no puede sino hacernos pensar en la importancia, hoy diríamos más política que religiosa que terminaban teniendo estos “bronces sagrados”. Acaso importaban más para hacer escuchar la jerarquía clerical que para proteger al público.

Sufragios por los santos en la Catedral de México

cour-celeste-236x300Continuando con las traducciones, que no pretenden sino difundir algunos trabajos interesantes publicados en francés y con frecuencia poco accesibles a los estudiantes mexicanos, presento aquí ahora un texto del profesor Pierre Ragon (Universidad Paris Ouest), titulado “Des suffrages pour les saints, entre accumulation et concentration: le cérémonial de la cathédrale de Mexico (1751)”. Publicado en el libro La Cour céleste. La commémoration collective des saints au Moyen Âge et à l’époque moderne, se trata de un artículo que analiza un documento particularmente interesante: el Diario manual elaborado en 1751 por encargo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, y que servía de guía para las ceremonias de que los canónigos eran responsables en su iglesia. Cabe destacarlo, actualmente el ejemplar que consultó nuestro autor está disponible en línea en la Biblioteca Digital Hispánica, por si hubiera algún lector interesado en revisarlo de manera particular.

El profesor Ragon sitúa este documento en el contexto de los intentos romanos de unificación y limitación del santoral y, al mismo tiempo, los esfuerzos de mantener cultos locales, polos que caracterizan simultáneamente la época de la Reforma católica. No adelantaré aquí sus conclusiones, pero cabe decir que nos enseña mucho de la situación específica de los cultos de las iglesias americanas en su relación con Roma.  Ya en otras oportunidades hemos dedicado este espacio a presentar la obra de este autor. En 2010 incluimos aquí una breve reseña de una de sus obras, que nos parece fundamental para la comprensión del catolicismo novohispano, Les saints et les images du Mexique (XVIe-XVIIIe siècle), editada por L’Harmattan en 2003. Al igual que en ese libro, aquí se nos presenta una manera de concebir la historia religiosa novohispana que, lejos de presentarla de manera autónoma y desconectada del mundo, la vincula a los grandes procesos de la catolicidad europea y americana. Sin más pues, dejamos al lector con este texto, que también queda disponible en la sección “Traducciones” de este mismo sitio:

Pierre Ragon, « Des suffrages pour les saints, entre accumulation et concentration : le cérémonial de la cathédrale de Mexico (1751) », in La Cour céleste. La commémoration collective des saints au Moyen Âge et à l’époque moderne, O. MARIN y C. VINCENT-CASSY (eds), Turnhout, Brepols, 2014, pp. 279-290.

Festivos repiques y sensibilidad metálica: una nueva campana para la Catedral de México, 1751

Circa_1750_portrait_painting_of_the_Infanta_Maria_Antonia_of_Spain_(1729-1785)_by_Jacopo_Amigoni_(Prado)

Retrato de la infanta María Antonia Fernanda de Borbón.

En 1750 tuvo lugar la boda de la infanta doña María Antonieta Fernanda de Borbón, hija de Felipe V, rey de España, con Víctor Amadeo de Saboya, duque de Saboya y príncipe heredero del reino de Cerdeña. Como era común en un matrimonio entre la realeza de la época, fue el embajador de Su Majestad Sarda quien acudió a pedir la mano de la infanta. Hubo por tanto una primera boda por poder en Madrid el 13 de abril de ese año, que luego sería ratificada en persona en la Colegiata de Oulx, ya en el Piamonte.  Alianza entre dos casas reales europeas, este evento podría parecer extremadamente distante. Sin embargo, cabe ante todo recordar que entonces el reino de la Nueva España hacía parte de la monarquía hispánica, y todos los eventos de la Casa Real se celebraban en todos los rincones de su vasto territorio. Esto, desde luego, conforme las comunicaciones de la época y las circunstancias del momento lo permitían. Además, casi sobra decirlo, la monarquía hispánica era una monarquía católica, por lo tanto los eventos de la Casa Real se celebraban en las iglesias, con la liturgia religiosa correspondiente, en presencia de los magistrados del rey y del público.

Fue hasta 1751 cuando el navío de registro Jasón llevó condujo entre otros documentos la real cédula en que se ordenaba al virrey de Nueva España “haga publicar y que se celebre con las debidas demostraciones de alegría y hacimiento de gracias a la Majestad Divina” esos esponsales. Debía pues, organizarse una fiesta oficial, que se programó para el 8 de julio de ese año. Era una fiesta religiosa en la que el conjunto de los fieles de los reinos americanos, encabezado por sus autoridades eclesiásticas, elevaba oraciones por la prosperidad de los príncipes recién casados. Mas era también una fiesta política, como lo ha señalado una amplia historiografía, en la cual a través de la cual, esos “reyes distantes” (por retomar el título de la obra clásica del profesor Víctor Mínguez), físicamente a un océano de distancia, se hacían presentes de manera simbólica llamando a la cohesión de sus extensos dominios. No era un asunto menor ni para los magistrados reales que representaban al monarca, ni tampoco para las élites que, como cabezas del público, de los súbditos novohispanos, hacían de esas oportunidades el momento de despliegue de su lealtad y de su jerarquía. De ahí que muchas veces esas fiestas que debían representar la concordia terminaran en querellas: la política de la época se hacía en las fiestas religiosas.

DSCF4156Así pues, el virrey de la Nueva España, que era entonces el primer Conde de Revillagigedo, comunicó el encargo de la celebración a los responsables de la iglesia más importante de la ciudad y corte de México, el Cabildo de la Catedral Metropolitana. Los canónigos justamente eran clérigos expertos en ceremonias, tanto más los de la Metropolitana de México, donde estos eventos eran casi el pan de cada día. La discusión que tuvieron el 5 de julio de 1751 en la sala capitular ilustra bien la importancia del tema. La fiesta, entonces y ahora, implicaba gastos, que los canónigos pensaron inicialmente en reducir. Empero, tras “varias expresiones”, concluyeron que debía hacerse “con toda pompa y solemnidad”. El honor de la corporación podía quedar comprometido, pues “aunque faltase lo más leve, se notaría y se hablaría”. La sociedad capitalina en todos sus rangos llegaba a asistir y observaba con detenimiento esas ceremonias. No faltaban los que se encaramaban en torres y azoteas para alcanzar a ver esos despliegues monárquicos, y sus reacciones eran asimismo un elemento más del juego político de entonces.

Llevados pues a desembolsar de la fábrica de la Iglesia (es decir, los fondos para el mantenimiento del edificio y los gastos materiales del culto), los canónigos mandaron que se desplegara para la ocasión el catálogo completo de elementos festivos oficiales de la época. Lo más caro, y sin duda también lo más impresionante entonces, era la iluminación de la fachada y torre por tres noches consecutivas. Además había que engalanar el exterior del edificio con “colgaduras”, es decir, con gallardetes, que lucían las armas del rey. En cuanto a las ceremonias propiamente dichas, lo principal era la misa solemne de acción de gracias que habría de celebrar de pontifical el arzobispo de México, don Manuel Rubio y Salinas. Asimismo se realizaría procesión solemne por las naves de la Catedral, es decir, en el interior solamente, cantando el himno de acción de gracias por excelencia del ritual católico, el Te Deum, “con toda la música y solemnidad”. La Catedral podía permitírselo gracias a su capilla de música, renombrada orquesta y coro cuyo sostén y atención era una de las obligaciones que hoy son más conocidas del Cabildo Catedral en el siglo XVIII. Música, luces, ornamentos lucirían en todo su esplendor. Sin embargo, la expresión de la alegría no hubiera podido quedar completa sin un elemento más, no menos fundamental: las campanas.

DSC_0034En efecto, ya lo hemos mencionado en otra oportunidad, los “alegres repiques” eran infaltables en cualquier celebración e incluso eran exigidos por el pueblo. Durante los tres días que duró la iluminación, las esquilas de la Catedral repicaron a vuelo, dos veces en cada jornada, al mediodía y a la oración, es decir, ya entrando la noche. Tal vez nos dé una idea del apego de la sociedad por su sonido el maltrato que se llevó una de las campanas en esa oportunidad. El 23 de julio de 1751 los canónigos recibieron del tesorero el recuento de los daños causados por la fiesta: la campana en cuestión se había quebrado, había perdido las asas del badajo, y éste le había abierto dos sendos agujeros. En suma, “con el motivo de los muchos repiques […] quedó inservible”. No había de otra sino destruirla y fundir una nueva.

Las actas de los cabildos que los canónigos celebraron el 12 y 27 de agosto, a más de la ya mencionada del 23 de julio, son interesantes pues nos cuentan un poco la historia de esa campana, auténtica mártir de la fiesta regia, y de la sensibilidad metálica de los clérigos. Originalmente había pertenecido al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, la Catedral la había comprado en dos mil quinientos pesos, una cifra no menor en la época mas en realidad bajo para una campana según veremos. Sobre todo, ya entonces se le oía defectuosa. En efecto, “era bronca”, se afirma en el acta capitular, es decir, tenía un sonido desagradable, y “para ver si se componía”, ya había pasado por una refundición. Entonces se descubrió bien a bien el origen del problema: “se hizo de lo que dieron de limosna de calderetas y otras cosas de este tenor”. Lamentablemente el acta no nos dice con precisión ni la edad y el año en que se refundió, pero como vemos, acaso por motivos económicos, la propia Catedral debió seguirla utilizando. Y aunque los canónigos la estimaran “bronca”, el hecho mismo de que siguiera sonando tan activamente hace sospechar que no era necesariamente la misma opinión de los feligreses. Como sea, nos encontramos con varias prácticas interesantes: campana hecha de limosna, es decir, recolectando donaciones en metálico, que fue de una iglesia a otra, aceptada con resignación por el clero, pero que trabajó mucho en esos mediados del siglo XVIII. El último en sentenciar su destino fue el ensayador mayor de la Casa de Moneda de México, Manuel de León, un hombre devoto según hemos visto en otra oportunidad, quien fue consultado como experto en metales por el tesorero de la Catedral. Según él, el metal de los restos de la campana “no servía absolutamente para nada pues estaba recocido y era desde sus principios malo”. Jubilada definitivamente, sus pedazos se vendieron a principios de agosto a un tal Lemus, en 616 pesos y 7 reales. Descendida de las alturas del campanario de la Catedral, pasó de unos usos que se estimaban sagrados a otros completamente profanos, pero que desconocemos.

Apenas perdida la campana, los canónigos comenzaron a tratar cómo reponerla. Si el problema de la destruida había sido el metal, pues sobre ello había que centrar la discusión. Y empezaron a escucharse las sensibilidades sobre el sonido de los metales en la sala capitular. “Siempre para lo sonoro era bueno el latón” afirmó uno de ellos, quién sabe si pensando en los costos; otro más señaló “era lo mejor el cobre de las minas de Santa Clara”, lo que llevó la discusión por el camino de la geografía: “el estaño del Perú se celebra mucho”, a lo que otro contestó “dicen que en el reino de Guadalajara se da uno muy bueno”. Lamentablemente el secretario no incluyó los nombres precisos que nos permitan imaginar al menos de dónde habían adquirido esos canónigos en particular estos conocimientos. Empero, la discusión nos muestra bien que eran hombres que se estimaban atentos al sonido de los metales.

Más todavía, el 27 de agosto de 1751, el tesorero llegó a la sala capitular acompañado del propio don Manuel de León, quien se ofreció como voluntario para seguir asesorando al Cabildo Catedral. El tesorero y De León habían acordado que se hiciera una prueba de la mezcla de metales más adecuada para la nueva campana, para ello, el ensayador real se ocupó de fundir cuatro campanitas de cobre, estaño y latón en diversas proporciones. De paso, nos enteramos que el secretario era el titular de esas campanillas y que las tenía normalmente en su escritorio de la sala capitular, no sabemos para qué las usaba. De León se ocupó de “demostrar” cada campanita, es decir, a hacerlas sonar, recomendando dos en particular. Lamentablemente el secretario no nos detalla la escena de esos graves eclesiásticos escuchándolas con oído atento, sólo sabemos que al final se decidieron por una proporción de dos libras de bronce por cuatro onzas de estaño y cuatro onzas de latón.

Retrato_del_Arzobispo_Don_José_Rubio_y_SalinasLargo fue el proceso, pues no fue sino hasta febrero de 1752 que pudo fundirse la campana. El procedimiento tuvo lugar en el pueblo de Azcapotzalco, bajo la vigilancia del tesorero, de Manuel de León y de los campaneros de la Catedral, los Carrillo. El arzobispo Manuel Rubio y Salinas consagró la campana el día 18 de marzo, y se le puso por nombre el de “San Pedro y San Pablo”, estrenándose en las vísperas de la fiesta de San José, es decir, el 22 de ese mes. El costo final, según el tesorero, fue de más de cinco mil pesos, más otros dos mil de otros gastos. Instrumento fundamental de las celebraciones de la época, el informe final de dicho clérigo nos muestra además que para su elaboración era necesario un intenso esfuerzo social. Acopiar los metales y llevarlos a la fundición era un primer paso. La fundición misma era un proceso largo, nocturno además, acompañado por comisionados de todos los interesados para evitar cualquier fraude en el metal, y al que seguía un reposo que en este caso duró al menos quince días. Estaban además las pruebas: si el estreno en la Catedral fue el 22 de marzo, en realidad la primera ocasión en que “se colgó y tocó” había sido en el pueblo de Azcapotzalco el 7 de marzo. Fueron las repúblicas de indios de Azcapotzalco y Tacuba las que hicieron el esfuerzo físico de conducir en carro los 136 quintales en que se estimó su peso. Espectacular era su sonido, no menos debía serlo el acto de su ascenso al campanario, que no por nada era un punto que fue particularmente costoso: 800 pesos por el pago de la mano de obra para la colocación de andamios y demás necesario. Es cierto, en todo ese procedimiento, pasamos ya de la historia de las sensibilidades a una historia más bien social, de la que sólo podemos exponer estos breves datos, que sabemos, repito, gracias a ese incidente en una fiesta motivada por un matrimonio que había tenido lugar al otro lado del Atlántico.

Volvamos pues, ya para cerrar, a insistir en nuestro tema fundamental: la sensibilidad hacia el sonido de los metales. La de San Pedro y San Pablo debía ser la “segunda voz” de la Catedral, después de la conocida como Doña María, según lo habían solicitado los campaneros al Cabildo Catedral en julio de 1751, quienes claramente decían que era lo “hace mucha falta”. Hoy puede parecernos al menos extraño todo este esfuerzo para cubrir esa “necesidad”, que estimaban tal lo mismo los ilustres canónigos que los modestos campaneros, no menos que el refinamiento en la selección de los metales por parte de unos y otros. Tal pues la diferencia a resaltar entre esa época y la nuestra, quién sabe si esos pueblos y esos clérigos no verían también con extrañeza nuestros propias sensibilidades sonoras. Nuestros oídos también perciben, no sólo de manera natural, sino en función de circunstancias históricas.

FUENTES:

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 41, fs. 10-10v, 12v-13, 22, 26 y 98v-99v.

Dominus canis, o de los perros en la catedral.

DSCF5252La vida de las iglesias del mundo hispánico del siglo XVIII estuvo marcada por la preocupación constante por distinguir y proteger lo sagrado, y separarlo de lo profano. En el sentir del clero de la época, e incluso de autoridades monárquicas y seglares devotos, si la profanidad, por definición, no podía ser evacuada de la iglesia en tanto comunidad, al menos había que expulsarla de las iglesias en tanto edificios. Ahora bien, hasta en esa época en que la catolicidad lo permeaba todo, no había un consenso pleno y estable sobre qué debía ser considerado profano. Hoy en día, como herederos que somos, al menos en parte, del catolicismo ultramontano de fines del XIX y principios del XX, nos resulta extraño mucho de lo que se permitía o se había permitido hasta entonces en esos espacios sagrados. Las grandes catedrales, los espacios por definición del culto de la época, gobernadas por sus cabildos de canónigos, clérigos cuya preocupación principal eran las ceremonias y su solemnidad, y quienes justo protegían celosamente lo sagrado, casi cotidianamente luchaban contra “presencias profanas”, que en la actualidad nos resultarían hasta simpáticas. Una de ellas, la de los animales urbanos, en concreto, los perros.

En efecto, hoy casi nos olvidamos que, entre los empleos permanentes de las catedrales solía contarse, lo mismo en México que en Sevilla, un perrero, el mozo que debía dedicarse a expulsar a los canes de la iglesia. El oficio mismo es ya testimonio de dos hechos claros: primero que los perros entraban, pues esos distinguidos clérigos no solían estar menos preocupados por el cuidado de las rentas de la iglesia, y no las hubieran desperdiciado en un sueldo inútil; segundo, que muy probablemente no bastaba la sensibilidad de los fieles para expulsarlos, es decir, que acaso los fieles no vieran del todo anormal su presencia tanto en las calles como en los templos. Acaso contribuía a ello, su presencia en la zoología simbólica del catolicismo: la representación del perro tenía lugar en las iglesias, así como la paloma del Espíritu Santo, el cordero del Buen Pastor, el gallo de San Pedro, el león de San Jerónimo, por sólo citar algunos, en particular como alegoría de la fidelidad al lado de Santo Domingo de Guzmán, como lo vemos aún hoy en la antigua iglesia del convento imperial dominico de México. Desde luego, una cosa es aceptar su representación y otra su presencia real en las iglesias. No era raro que, en sus cabildos y pelícanos, los canónigos lamentaran la falta de cumplimiento de los deberes del propio perrero.

miedoAsí, en enero de 1757, los canónigos de México se lamentaban de la “indecencia” de su Catedral, pues “hasta el altar mayor […] subían los perros y se emporcaban”, sin que Joseph de Lora, el perrero, se ocupara de cumplir con el deber principal de su empleo. Tan grave era la situación, que los canónigos no dudaron en despedir a Lora en esa misma sesión (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, libro 43, f. 62).  Más constante aún era el caso de la Catedral de Sevilla, en España. A finales del mismo siglo XVIII y principios del siglo XIX, fue en más de una ocasión que sus canónigos manifestaron la incomodidad que causaban los perros incluso “al tiempo de celebrar los divinos oficios”; empero, más cautos, no fue sino hasta 1804 que amenazaron con despedir a su perrero, Manuel López, cumpliéndolo por fin en 1807. (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, legajos 7210, f. 54v; 7212, fs. 32v-33; leg. 7215, f. 84v y leg. 7218, f. 97v). Todavía peor para los canónigos, es que la presencia canina en su iglesia, por una parte no se limitaba a los perros callejeros y por otra, alcanzó incluso a la publicidad de la prensa.

En efecto, en febrero de 1808 el Cabildo Catedral hacía notar que los perros entraban a la iglesia en calidad de animales de compañía, y según se entiende de manera implícita en el acta de la sesión, llegaban a ella con personajes de las élites hispalenses. Debieron instruir al nuevo perrero, Salvador de Cárdenas, que “no permita perro alguno en la iglesia, ni solo ni acompañado, sea quien fuere el sujeto que lo trajese” (ACS, leg. 7219, fs. 12-12v). Más todavía, ya en diciembre de 1806, el arcediano de Niebla había denunciado que en el Diario de Sevilla, se había publicado que “por causa de los perros no se había podido oír el sermón en esta Santa Iglesia”. Por la reacción de los canónigos, de nuevo insistiendo en el cumplimiento de los deberes del perrero, se entiende que el problema no era que el publicista se hubiera equivocado, aunque claro, verlo asentado “en papel público” lo estimaron como una falta a su honor. Aun si ya había críticas a las prácticas religiosas en la prensa de la época, todavía estaba en vigencia el régimen antiguo de la publicidad, que hacía de ella, ante todo, un instrumento para difundir lo que se estimaba necesario para el bien común, como el culto y sus eventos, no para ridiculizarlo o criticarlo.

No sabemos con precisión en qué momento los perros fueron desapareciendo efectivamente del interior de las catedrales. Acaso el catolicismo ultramontano del siglo XIX, a pesar de la falta de recursos para el pago de esos antiguos empleos, logró transmitir a los fieles de manera más efectiva la sensibilidad del cuidado de los templos.

De América a Sevilla

DSCN1434Entre 1795 y 1807, el Cabildo Metropolitano de la Catedral de Sevilla recibió al menos unas 25 cartas del Consejo o de la Cámara de Indias. Tales son, en principio, las que aparecen citadas en los libros de autos capitulares que hemos recorrido a partir de 1769 en su depósito actual, la Institución Colombina en el Palacio Arzobispal de Sevilla. Si bien hay algunas de las que desconocemos el contenido, en la mayoría de los casos el Consejo trataba de resolver problemas acaecidos en las catedrales americanas a partir de las prácticas de la metropolitana hispalense. La lógica, posiblemente, era que al tratarse de la iglesia de la que se habían “desprendido” las metropolitanas de América a mediados del siglo XVI, podían seguir sirviendo de modelo en esos finales del siglo XVIII.

No conocemos todavía el contenido de todas esas cartas, porque en más de una ocasión el acta sólo consagra su comisión a alguna de las diputaciones del Cabildo para su respuesta, que por lo común fue la Diputación de Ceremonias, y más tarde, la aprobación del informe resultante. De ahí que, ya identificadas sus fechas, corresponderá a un segundo momento examinar esos libros de actas de diputaciones para ver con detalle las preguntas del Consejo y los argumentos de los canónigos hispalenses. Cabe acotarlo, sus respuestas no dejaban de tener presente sus propias inquietudes, que aparecen incluso en medio de la sobriedad de las actas. No faltó una respuesta en que la Diputación de Negocios advirtió que era mejor “evacuarse sin incluirse en el punto de derecho”, acaso por no comprometer la legalidad de sus propias prácticas.

Hemos dicho que la mayoría de las cartas pasaron a la Diputación de Ceremonias, y es que se entiende que por lo común fueron cuestiones de liturgia, de cortesías y, justamente, de ceremonias y cargos y cargas ceremoniales, las que inquietaban a las catedrales americanas. Es cierto, hubo cuatro excepciones: la primera de las cartas trataba sobre las jubilaciones de los prebendados, la última versó sobre la impresión de añalejos, dos concernían la custodia y visita del archivo de los canónigos. Una sola correspondió a la relación con las autoridades civiles, las demás tocaban sobre todo a los propios eclesiásticos. Hubo dos cartas sobre nombramientos de cargos ceremoniales; tres sobre asientos en el coro; cuatro sobre el tratamiento del obispo de pontifical por los canónigos (dignidades en particular); cuatro también sobre las competencias de racioneros y medios racioneros, y una sola sobre el uso de un ornamento, las mangas de la sobrepelliz.

En términos geográficos, de nuevo las actas no mencionan con precisión a las catedrales de origen, salvo en nueve ocasiones: La Habana, Caracas y Buenos Aires aparecen citadas en dos ocasiones cada una, Arequipa, Charcas y Cartagena de Indias una sola. Cabe recordarlo, el Consejo de Indias en esta época se dividía en dos secciones, una de Nueva España y otra de Perú, cada una con su respectivo fiscal, para atender a los reinos separadamente los asuntos de los reinos al norte o al sur del Caribe, poco más o menos. Dada la diversidad de orígenes, claramente no se trata de una práctica propia de un solo fiscal. Habrá que volver también al Archivo General de Indias para revisar el origen de las cartas y la lógica de la consulta a Sevilla y no, por ejemplo a México o a Lima. Claro está, también es una consulta necesaria para averiguar si tuvo lugar el camino en sentido inverso, de Sevilla hacia América, de las prácticas en materia de ceremonias.

Señalemos finalmente que es significativo que “todavía” en esos últimos años del Antiguo Régimen, las cuestiones ceremoniales seguían siendo materia fundamental en las Catedrales americanas. Los temas mismos, relacionados sobre todo con el obispo y con el provisor, e incluso con las jerarquías internas de los cabildos catedrales, dan cuenta, bien posiblemente, de los cambios y continuidades de tiempos de las Reformas Borbónicas. Constituyen pues un material de investigación que puede ser particularmente interesante para la historiografía hispanoamericanista.