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Una asistencia política: los canónigos en los toros

“La Plaza Mayor de Madrid durante una corrida de toros regia”, ca. 1664. Memoria de Madrid

En nuestros días las corridas de toros son materia de controversia entre defensores de los animales y de lo que se estima como una añeja tradición, particularmente popular del mundo hispánico. En el siglo XVIII, cabe destacarlo, la corrida era uno de los elementos importantes de las festividades políticas (de ahí la imagen de la izquierda). Eran infaltables en las recepciones de los virreyes, los eventos de la familia real, como los matrimonios de los príncipes. Ahora bien, aunque en el siglo XX hemos visto hasta eclesiásticos (algún obispo mexicano incluso) aficionados a la “fiesta brava”, cabe decir que en la segunda mitad de esa centuria no era algo que se diera por sentado y automático. Más todavía, se estimaba que el clero en general debía abstenerse de ese tipo de eventos, no por una temprana sensibilidad hacia los animales, sino porque se trataba de una fiesta estimada como “profana”, susceptible hasta de desórdenes. Y sin embargo, entre 1767 y 1823, los muy graves canónigos de la Catedral Metropolitana de México debieron haber asistido a al menos dieciséis corridas de toros, celebradas en la plaza del Volador o en alguna ocasión en la principal de la ciudad, es decir, frente a la propia iglesia principal.

Justo esto es lo interesante, los canónigos se veían en el aprieto de estimarse “personas sagradas”, cuya dignidad no debía de participar de estos festejos, pero también una corporación urbana, un tribunal, que debía cumplir con un asistencia que era “política” en el sentido de cortesía pero también incluso en el sentido del juego del poder. Haber dejado vacío el espacio que les era reservado podía considerarse un desaire para la autoridad monárquica, e incluso se podía perder un espacio frente a otros “cuerpos” siempre un poco rivales, como el ayuntamiento de la ciudad. En suma, era una ocasión como pocas en que los canónigos afrontaban el problema de separar lo sagrado y lo profano. Lo ilustra bien ya el problema que se expuso al Cabildo en abril de 1766, cuando se realizaban los festejos por el matrimonio del Príncipe de Asturias, cuyas corridas iban a terminar coincidiendo con el lunes en que se iniciaba la semana de letanías menores, las de la Ascensión. “Era incongruo y desedificante la simultaneidad de las sagradas preces públicas de la Iglesia con las profanas diversiones del público”, se lamenta en el acta (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, ACCMM, Actas de cabildo, libro 47, fs. 243-243v), pero era ya tarde para iniciar cualquier gestión, por lo que los canónigos debieron reprimir su celo religioso.

Firma de un acta de cabildo. Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 47.

Por si fuera poco, la asistencia a los toros también implicaba gastos. Era impensable que asistieran solos los canónigos, por lo que debían acompañarles ministros y capellanes de coro, a veces los niños colegiales, y por supuesto, los lacayos y mozos de cada prebendado. Había además que adornar como correspondía el tablado y, sobre todo, servir un refresco de bebidas y dulces correspondiente a su honor. Por ello, sólo en ese año de 1766, la asistencia a las corridas sumó un gasto de 886 pesos, suma no menor para la época, por lo que había un motivo más de reflexión en la materia. No es casualidad que fuera al revisar las cuentas al año siguiente que se despertara en algunos canónigos la preocupación por el cuidado de la dignidad eclesiástica. En noviembre de 1767 (ACCM, Actas de cabildo, libro 48, fs. 249v-250v) se propuso cancelar las asistencias a los toros. La idea despertó “una dilatada conferencia”, en que de paso se denunciaron esos gastos excesivos, el desorden de los ministros seculares, y hasta la conducta de los canónigos de la Colegiata de Guadalupe, que también asistían. También hubo llamados al “buen ejemplo” que debían dar los propios canónigos, pero al final terminó imponiéndose la política. En noviembre de 1768, resolvieron definitivamente mantener su asistencia sólo tratándose de fiestas reales, aun a pesar de que entonces se rumoraba que el virrey, el marqués de Croix, si bien festejaba oficialmente su llegada a México en 1766, trataba de recaudar fondos para otros motivos. (ACCM, Actas de cabildo, libro 49, fs. 163v-164, 171-171v y 175-176).

Fue bajo ese principio que pudieron al menos excusarse de unas corridas, las que se concedieron a los tablajeros tras las fiestas en honor del virrey en diciembre de 1785 (ACCMM, Actas de cabildo, libro 55, fs. 280v-281v). También pudieron alegar para su ausencia la coincidencia con otras celebraciones, como el jubileo circular de 1789, aunque esto implicaba medidas particulares de cortesía para informarlo (ACCMM, Actas de cabildo, libro 57, f. 21). Paradójicamente su complacencia con los toros, incluso en la plaza mayor, fue cuestionada, pero no por una autoridad del rey, sino clerical: los párrocos del Sagrario. En septiembre de 1794 tuvieron noticia de que éstos habían dirigido una exposición al recién llegado virrey, el marqués de Branciforte, en que alegaban los “muchos desacatos por falta de respeto al templo”, las faltas al “debido acatamiento” al viático, e incluso la situación de guerra, como motivos para suspender las corridas (ACCM, Actas de cabildo, libro 58, fs. 139-140). Los canónigos, por supuesto, recibieron con “gran impresión” la noticia y reprocharon a los párrocos, a través del arzobispo Haro y Peralta, que hubieran tenido el atrevimiento de entrometerse en el gobierno de la Catedral. Sólo a ellos tocaba “vigilar sobre el decoro y decencia debida a la Casa de Dios”, bien que ni siquiera se molestaron en considerar los argumentos religiosos de los curas.

Ahora bien, a lo largo del período subsistieron otros puntos a considerar, en principio, los de orden económico. Reducir los gastos no era tarea fácil, si algo distinguió a los canónigos a mediados de siglo fue la afición por las fuentes de dulces, por ejemplo en su tomas de posesión, pero también en este contexto. Como debían asistir todos, pero no era siempre el caso, era común que sobraran (ACCMM, Actas de cabildo, libro 47, f. 241v), o que los sacristanes y ministros se quedaran con ellas (ACCMM, Actas de cabildo, libro 51, fs. 125v-126). El gasto del refresco sólo se solucionó cuando el ayuntamiento ofreció uno para toda la asistencia de manera general en 1785, con motivo además de una nueva distribución del orden de la plaza (ACCMM, Actas de cabildo, libro 57, fs. 37-37v). No sabemos si pasarle la responsabilidad a los regidores fue la solución definitiva, pero ya para 1796 los canónigos podían ordenar que no se pagara refresco alguno. (ACCM, Actas de cabildo, libro 59, f. 60).

Desjarrete de la canalla con lanzas, medias-lunas, banderillas y otras armas, Francisco de Goya, Museo Nacional del Prado.

Por otra parte, no dejaba de ser una fiesta profana, propia de seculares, que efectivamente se entusiasmaban con ella, lo que lamentaban los canónigos respecto de los que estaban a su cargo. Ante la expresión del “ansia” de los niños del colegio de infantes de asistir a corridas en 1770, hasta el punto de pasar por encima del deán y recurrir al Cabildo en pleno, se les negó conforme al ejemplo de otros colegios, pero también para “la debida educación y sujeción de dichos niños” (ACCM, Actas de cabildo, libro 50, f. 269). Los músicos seculares, tradicionalmente de los empleados que más frecuencia recibían observaciones de los canónigos, fueron directamente excluidos de la asistencia al tablado en las corridas de 1784 por el recibimiento del virrey Gálvez. Esto, en castigo a “su falta de atención y respeto para con los padres capellanes, queriendo tomarse los primeros asientos en el tablado y su desvergüenza en el tomar de refresco” (ACCMM, Actas de cabildo, libro 55, f. 127v).

Las últimas asistencias a los toros de los canónigos tuvieron además un carácter político en un sentido nuevo, pues fueron la manifestación de la lealtad a monarcas sujetos a debate. En 1815, no sólo asistieron, sino además invitaron a reunirse en su tablado a los canónigos de otras catedrales presentes en la ciudad, para sumarse así al lado popular de la fiesta por el restablecimiento en el trono de Fernando VII. Hubo también toros en 1817 con motivo del matrimonio del rey y del infante Carlos. En fin, en 1823, la última jura que tuvo lugar en la Ciudad de México, la del emperador Agustín I, también incluyó toros en el programa de festejos (ACCM, Actas de cabildo, libro 67, fs. 272 y 274; libro 68, f. 282v y libro 70, fs. 203v-204). Hasta donde sabemos la naciente opinión pública no les reprochó esa participación, que ya podía leerse como una toma de partido y no podía justificarse por la unanimidad monárquica de antaño. El régimen republicano traería consigo nuevas formas de ceremonial político, del que se irían marginando progresivamente las corridas de toros.

Festem fugo, defunctos ploro: un apunte sobre las campanas de las Catedrales de México y Sevilla

CampanaEn otras ocasiones lo hemos mencionado en este mismo blog: en el siglo XVIII, cuando los obispos hablaban de campanas, se referían sin dudar a sus facultades sobre la naturaleza. Incluso en edictos de obispos reformadores como don Francisco Antonio Lorenzana, aparece claramente el uso de las campanas para ahuyentar tempestades. Los prelados de la época solían ofrecer dos tipos de explicación al respecto, por un lado una verdadera potencia sobrenatural, adquirida por las campanas gracias al ritual de bendición, o bien simplemente a la capacidad para convocar las oraciones de los fieles. Era común que las dos vías fueran citadas por los obispos, quienes además casi siempre parafraseaban las propias oraciones que aparecen en el Pontifical Romano. No vamos a detenernos ahora en dar ejemplos, conviene, en todo caso, recordar que este uso era ya entonces objeto de la crítica de los ilustrados, quienes incluso llegaron a acusarlas de tener el efecto contrario por razones físicas.

En ese contexto, ¿se usaban las campanas de las catedrales de México y Sevilla para combatir las tempestades? Vamos a tratar de responder remitiéndonos a documentos consultados en los archivos en el Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México (ACCM) y en el Archivo Histórico del Arzobispado de México (AHAM) para el primer caso, y en el Archivo General del Arzobispado de Sevilla (AGAS), para el segundo. Veamos primero la normativa, por antigüedad tendríamos que señalar en principio el “Orden del tañido de las campanas y oficio del campanero” que se redactó en 1633 para las de Sevilla. Y efectivamente, el orden incluye en sus “formas generales de otros tañidos extrañordinarios”  capítulos 4 y 5, los tañidos “a plegaria por alguna tempestad” y “a exorcismo o plegaria por tempestad, langosta u otras necesidades”. Tempestades, vientos, lluvias, temblores y plagas eran pues los cinco grandes males que las campanas de la Catedral hispalense conjuraban. En el caso de plegaria debían participar seis campanas con ciclos de nueve golpes, mientras que en el exorcismo se incluía además otros toques que no detallaré aquí. Orden en principio vigente aún en el siglo XVIII, es un bello ejemplo de la tradición de las campanas como instrumento protector.

En cambio, en la Metropolitana de México no hemos podido encontrar, hasta ahora, instrumento alguno que contemplase de manera formal este tipo de uso. No es que no hubiera existido en la capital novohispana, antes bien a principios del siglo XVII las del convento imperial de Santo Domingo de México habrían logrado detener una tempestad en tiempos de la inundación de la ciudad, o al menos según una crónica de la orden que data de mediados de esa centuria. Empero, ni siquiera el erudito José María Marroquí, quien en el siglo XIX fue particularmente minucioso en el tema de las campanas de la capital, registró incidente alguno de este carácter para la Catedral.

Hay que destacarlo, tampoco había un documento tan formal como el Orden sevillano de 1633. Hasta donde hemos podido averiguar, los principales documentos normativos eran el Diario manual elaborado en 1751, pero que no era exclusivo de las campanas, sino que incluía todas las ceremonias a las que estaba vinculado el Cabildo Catedral. Más específico pero también más tardío es el “Cuaderno de toque de campanas” que se conserva hoy en el archivo del arzobispado y tiene fecha de 1775. Ni uno ni otro documento hacen alusión específica al tema de los repiques por nublados o cualquier otro evento meteorológico, temblores o epidemias. El Diario manual, sin embargo, menciona las “rogativas de campanas” para acompañar las procesiones con reliquias o imágenes en particular para pedir por la lluvia. El “Cuaderno” se limita al caso de las procesiones de letanías mayores y menores, que también tenían carácter propiciatorio.

La GiraldaMás allá de los documentos normativos, en la segunda mitad del siglo XVIII hubo varias oportunidades para que las campanas de ambas catedrales hubieran sido usadas como recurso protector. En los autos capitulares de Cabildo pleno de la Patriarcal de Sevilla hemos recorrido sistemáticamente los años de 1744 a 1814. Curiosamente hemos encontrado más bien memoria de este uso que una práctica constante. Es cierto que en diciembre de 1750 los canónigos ordenaron que el campanero “toque a plegaria siempre que haya tormentas”. Sin embargo, en enero de 1778, cuando “fuertes huracanes e incesantes lluvias” azotaron Sevilla hasta el punto que se propuso que en las misas se incluyera la oración colecta correspondiente “para pedir serenidad” un canónigo alegó además que “era esta clase de temporal digna de alguna atención”, por lo cual, pidió se comisionara para dictamen la posibilidad de “la torre hacer en semejantes ocasiones la señal de plegaria que hace cuando hay tormentas”. Y en efecto, el asunto se turnó a la Diputación de Ceremonias, la cual tardó ocho meses casi precisos en responder, y lo hizo favorablemente, mas los canónigos respondieron que “ya no estaba en estilo tocar la plegaria con el expresado motivo de vientos”. De paso señalaron también que tampoco estaba en práctica “tocar a parto y a agonía”, que eran otros repiques que también aparecían en el Orden del tañido. A falta de costumbre, temían que “esta novedad podía causar en el pueblo alguna extrañeza y en el gobierno político algún reparo”, por lo que al final acordaron no hacer mayor novedad. De manera semejante, en abril de 1781, al preparar una rogativa contra una plaga de langostas, uno de los canónigos habría evocado que “la última vez que hubo la referida plaga se reconoció el patrocinio del señor San Fernando”, y lo más importante para nosotros: la plaga “se ahuyentó y levantó enteramente”, justo “al tiempo de los repiques”. Empero, esto indicó a los canónigos literalmente a qué santo encomendarse y no tanto el uso de las campanas.

Estos incidentes nos dejan ver que en realidad el uso protector de las campanas se estaba desgastando ya en la capital hispalense: existía el toque de rogativas, pero más bien acompañaba otros actos litúrgicos, en particular procesiones ya fuera por las naves o por las calles, y ya no se tocaba por casi ningún fenómeno meteorológico o desastre que no fuera efectivamente la tempestad. La ausencia explícita del toque por tormentas en los autos capitulares después de 1767 pareciera, o bien que no se necesitaba de la autoridad de los canónigos para que hacerlo sonar, o incluso que las campanas de la Giralda se iban dejando de usar para ello.

De manera semejante, en las actas de cabildo de la Catedral Metropolitana de México sólo hay menciones de rogativas de campanas, pero no propiamente como plegarias contra las tormentas sino acompañando otros actos litúrgicos en que imágenes y reliquias se movilizaban para afrontar epidemias, sequías e incluso guerras. En julio de 1762, las campanas tocaron a rogativa al paso de la procesión de la Virgen de los Remedios para pedir su intercesión en la guerra contra los ingleses. En 1768 y en 1776 hicieron lo propio con motivo de temblores, y en 1797 por la epidemia de viruela, acompañando las letanías en los primeros dos casos y en el último un novenario de misas con exposición eucarística. Si nos atenemos al Diario manual, también debieron haber sonado a rogativa acompañando la procesión con el cuerpo de San Primitivo para pedir por lluvias en 1776.

En ese sentido, también en la capital novohispana parecía que el uso estrictamente protector del toque de plegaria se había reducido. Todo ello contrasta con la reforma episcopal de esta época, que como ya adelantábamos hace mención de este uso de forma constante. Tomemos sólo como ejemplo los edictos del arzobispo Lorenzana en México en 1766 y en Toledo en 1782. En ambos claramente se dice: “Con su sonido huyen los malignos espíritus, no nos dañan las tempestades ni los rayos”, mas no hay medidas concretas que regulen este uso, las hubo apenas de manera muy puntual pero directa en México en 1791 en edicto del arzobispo Haro y Peralta insistiendo en que sólo debía hacerse bajo mandato de la mitra. Se diría que esta evocación del poder sobrenatural de las campanas era más bien una manera de contribuir a su sacralización y por tanto a insistir en la jursidcción episcopal.

En cambio, uno de los usos de las campanas que más se notan en las actas de cabildo y autos capitulares, era el doble por los difuntos. De nuevo es la Catedral de Sevilla la que nos ofrece el mejor ejemplo en términos normativos. En el “Orden del tañido de las campanas” se incluyen los dobles por el arzobispo de Sevilla, y por las más altas jerarquías de la Iglesia y la Monarquía: el rey, la reina, infantes y príncipes, cardenales y legados apostólicos en caso de morir en el territorio del arzobispado. La sección titulada Formas de dobles por difuntos, ya desde su título era elocuente al señalar que eran según las calidades de cada uno, es decir, según la posición en las jerarquías de la época. El capítulo que más nos interesa es el tercero, el doble por los prebendados. Había apartados específicos para cada nivel de la jerarquía de la Patriarcal, desde el deán, pasando por dignidades, canónigos, racioneros y medios racioneros, coadjutores, racioneros músicos, maestro de capilla, prebendados de otras iglesias y finalmente parientes: padres, madres y hermanos de prebendados.

DSC_0039En la práctica la jerarquía era mucho más clara, pues estaba relacionada con el número de campanas que doblaban, según una tabla fechada en 1768 y que se conserva en el archivo de la Catedral. Había dobles de seis, cinco, cuatro y tres campanas, entre los cuales estaban repartidas un total de 93 categorías, veintiuno en la primera, doce en la segunda, treinta y dos en la tercera y veintiocho en la cuarta.

Tan detallada reglamentación no implicaba que el doble fuera automático, desde luego era necesaria la notificación del deceso, pero además es claro que era un verdadero privilegio que la Giralda doblara por un fallecido en su entierro o en sus honras, de ahí que además el Cabildo pleno recibía solicitudes para obtenerlo al menos “de gracia”. Tan sólo entre 1769 y 1799 se recibieron 104 sólitos o memoriales de este tipo, es decir, tres o cuatro al año en promedio, pero de ellos, más de la mitad, 59 procedieron de tres corporaciones que en realidad no correspondían a ninguna de las categorías que entraban en la tabla: las archicofradías sacramental y de ánimas de la capilla del Sagrario y la hermandad de la capilla de las Doncellas. El Cabildo nunca permitió que se les incluyera en la tabla pero siempre respondió positivamente a su petición de un doble en cada una de las honras fúnebres anuales por los hermanos de las tres corporaciones. Algo semejante ocurre con las otras corporaciones clericales de la ciudad: aunque en la tabla sólo aparecía el capellán mayor de la Capilla Real, cuatro capellanes reales recibieron el doble, al igual que el abad de la Universidad de Beneficiados, que tampoco aparecía en ella.

Entre quienes se presentaron como particulares, el grupo más característico son los parientes de los prebendados. En el Orden del tañido y en tabla aparecen exclusivamente padres, abuelos y hermanos, pero de las diecisiete peticiones del período que he citado, once corresponden a otros parientes: cuatro sobrinas o sobrinos, tres cuñados, un padrastro, una media hermana, un tío y la esposa de un tío. En suma pues, el Cabildo de la Patriarcal si bien hacía notar su control de las campanas y llegó a negarlas incluso para las honras fúnebres del rey Carlos III que pretendieron organizar la Capilla Real y la Sociedad Médica, correspondía con cierta amplitud al deseo de los notables sevillanos de hacer escuchar el doble de la Giralda en los funerales de sus parientes.

La situación en la Metropolitana de México tenía matices distintos. En principio, porque sus campanas las compartía con la parroquia del Sagrario, y porque de nuevo no hay documentos normativos tan precisos, aunque tanto los Estatutos de 1585, el Diario manual de 1751 y “Cuaderno del toque de campanas” de 1775 incluyen algunas anotaciones sobre el tema, sobre todo por lo que hace a los toques llamados de vacante. Gracias a las actas de cabildo sabemos con detalle los toques dados por los Papas y por los reyes, datos que nos indican los máximos dobles posibles. Asimismo, las actas dan cuenta de que existía un “doble de Cabildo”, que podía usarse también para parientes del virrey y del arzobispo; de hecho, es gracias a ello que sabemos consistía en el doble solemne de todas las campanas durante tres cuartos de hora al mediodía, oraciones, al amanecer y antes de las ceremonias correspondientes. Este doble se usaba también en los entierros de canónigos de otras Catedrales que fallecían en la capital novohispana. Además, el Cabildo Catedral tenía una concordia establecida con la Real Audiencia de México y aprobada en real cédula de 1680 por la que se concedía, entre otros honores, un doble especial a los entierros de oidores, alcaldes, fiscales y alguacil mayor, propietarios, y a sus esposas, hijos, yernos y nueras.

Concordia de la discordia para los canónigos, que constantemente alegaban que había resultado muy pesada para ellos, la Real Audiencia tendía a leerla ampliando sus términos, mientras el Cabildo Catedral a reducirlos a lo literal. Destaquemos un caso muy concreto: en abril 1765, cuando falleció el corregidor de México, quien era además alcalde del crimen honorario, la Catedral terminó enterrándolo conforme a la concordia, pero sólo porque era además hermano y cuñado de dos canónigos. Uno de los capitulares no dejó de señalar el peligro de que “todos los demás señores capitulares han de querer que se haga lo mismo con sus parientes”, esto era tanto como indicar que, contrario a Sevilla, la Metropolitana de México no les concedía esos honores.

DSC_0038Fuera de esos casos, e incluyendo a los que se presentaron alegando la concordia pero suscitaron discusión, sólo he podido identificar catorce solicitudes de dobles de entierros. Tres fueron rechazadas de manera contundente: para los párrocos del Sagrario en 1750, para la esposa del exregente Manuel de Blaya en 1812, y para los hermanos de la congregación de Nuestra Señora de la Antigua en 1813. Sólo once notables capitalinos alcanzaron el doble de la Catedral en sus entierros: tres frailes, dos generales de la orden betlemítica y un obispo electo de Santa Cruz de la Sierra, los primeros beneficiados con doble de Cabildo y el último con doble de oidor; seglares fuero cuatro, dos mujeres, la Condesa de San Mateo de Valparaíso en 1804 y la esposa de Manuel Castillo Negrete, fiscal nombrado del Consejo de Indias en 1808; dos varones, el corregidor de la Ciudad de México que ya he mencionado en 1765 y el contador de diezmos de la Catedral en 1809, todos con doble de Cabildo. Además tres clérigos, los párrocos del Sagrario José Nicolás Larragoiti, con doble de segunda clase, y Juan Francisco Domínguez, prebendado electo, con doble de Cabildo, ambos en 1813, y el bachiller Juan Bautista Alcíbar en 1816, con doble de Cabildo, pero sólo en su entierro. En fin, un militar, el comandante realista Francisco Bringas, muerto en la batalla del Monte de las Cruces en 1810. A ellos habría que agregar dos honras fúnebres anuales, una a partir de 1768 por los caballeros militares, pagada por el gobierno virreinal, y otra desde 1794 por los sacerdotes difuntos de la capital, fundada como obra pía por el citado bachiller Alcíbar.

En suma pues, si los dobles de la catedral eran importantes en ambas ciudades, los canónigos de México estuvieron siempre menos dispuestos a distinguir con sus campanas la memoria de los notables, ni siquiera las de sus propios familiares. Era éste un honor que sólo podía alcanzarse por méritos notorios y no por el linaje. Este particular desbalance entre estas dos funciones de las campanas en estas dos catedrales del siglo XVIII, no puede sino hacernos pensar en la importancia, hoy diríamos más política que religiosa que terminaban teniendo estos “bronces sagrados”. Acaso importaban más para hacer escuchar la jerarquía clerical que para proteger al público.

Unas honras de gala por el conquistador

DSCF4156El ceremonial católico no era un asunto privado en el Antiguo Régimen, sino también el ceremonial por excelencia de la monarquía católica. Por ello servía también para honrar, de manera “oficial” digamos, la memoria de los reyes, la familia real y los que eran considerados los grandes hombres que habían servido a la Corona y a la causa del público. No existían, como en nuestros días, ceremonias civiles fúnebres, como las que hoy vemos celebrar a las fuerzas armadas en honor de sus caídos, o las que el mundo de la cultura rinde a los suyos en escenarios como el Palacio de Bellas Artes. De ahí que no sea extraño que el 8 de noviembre de 1794 el Cabildo Catedral Metropolitano de México celebrara unas honras fúnebres, con misa y sermón al menos, por el alma de Hernán Cortés, el conquistador de México, motivadas ante todo por haber sido “virrey de este reino”.

Nacionalismo de por medio, para algunos puede sonar escandaloso recordar siquiera una ceremonia semejante; conservadurismo de por medio, puede en cambio sonar a una idea que debiera rescatarse. No es esa la intención aquí, sino servirnos de la nota que el secretario del Cabildo Catedral asentó en el libro de actas para recordar que, paradójicamente, esas ocasiones solemnes por la memoria de un difunto, podían servirle a esa corporación clerical para lucir su jerarquía. Justo por ello, porque era una celebración que podía repetirse después y podía suscitarse alguna contestación de las otras corporaciones de la ciudad, y no porque quisiera dejar a la posteridad un recuerdo erudito, el secretario detalló los elementos que formaron el ritual.

DSC_0034Las campanas de la Catedral doblaron desde la víspera, por el conquistador, cierto, pero también recordando en su ejercicio mismo que no era algo que hicieran por cualquiera: como mucho y a regañadientes, por los oidores de la Real Audiencia y sus esposas, ni siquiera por el clero del Sagrario Metropolitano. Se llevaron al hospital de Jesús las sillas de los canónigos, símbolo fundamental de su autoridad, así como algunos de sus ornamentos más preciosos, lo que es un detalle menor, en una sociedad en que la apariencia era decisiva para la identidad de las personas y su jerarquía. Mas había que dejar constancia también de aquello que los canónigos no hicieron y que luego hubiera podido exigírseles, en este caso, el sermón, que predicó un dominico, el padre Mier. Última paradoja para nosotros, que sabemos la trayectoria posterior de dicho fraile, pero eso es motivo de otro artículo.

Muy brevemente ya, aquí la nota tal cual aparece en las actas capitulares.

 

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 58, fs. 147-147v.

Consecuente a lo resuelto en Cabildo de 7 del próximo pasado octubre sobre que este verable Cabildo se ofreciera a celebrar las honras del excelentísimo señor conquistador D. Fernando Cortés en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno, la cual oferta fue aceptada gustosa y agradecidamente por el señor gobernador del Estado y Marquesado del Valle, las cuales honras de facto se celebraron el día ocho del corriente mes de noviembre, para lo cual se dobló de Cabildo en esta Santa Iglesia la víspera a las doce y a la oración, y el día a las cinco y media y durante la misa y el responso. La víspera se llevaron las sillas de este Venerable Cabildo, que se pusieron en el presbiterio y se llevó el ornamento rico hecho en Toledo para la misa, con los demás utensilios necesarios al sacrificio. El día se entró en coro a las ocho y media y finalizada la misa y la sexta se fueron los señores capitulares en lo privado y particular a Jesús Nazareno, en donde se vistieron en la sacristía de roquetes, capas y capuces de duelo, y así salieron a ocupar sus sillas al presbiterio durante la misa, sermón y reponso. Cantó la misa y el responso el señor tesorero Dr. D. José Ruiz de Conejares, fueron ministros los señores Madrid y Guevara, y predicó el padre lector Mier del orden de Santo Domingo. Asistió a esta función el excelentísimo señor virrey Marqués de Branciforte, la Real Audiencia y tribunales; ofició la capilla de esta Santa Iglesia con música muy particular; no se ganó el coro con la asistencia a las honras. Y por que conste, de mandato del señor deán, asiento esta razón que firmó S.S. por ante mí en el mismo día ocho de noviembre de mil setecientos noventa y cuatro.

El Deán

Un pequeño problema de estatura clerical

DSCF4156Entre la muerte del arzobispo Juan Antonio de Vizarrón en enero de 1747, y la llegada a México de su sucesor, Manuel Rubio y Salinas, en septiembre de 1749, gobernó la arquidiócesis de México el Cabildo Catedral sedevacante. Tal vez el mejor, pero si no acaso el más grueso, testimonio de ese periodo de gobierno de poco más de dos años y medio es el libro 39 de actas de cabildo que se conserva en el Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, de poco más de 500 fojas. Aunque separando bien los asuntos a lo largo de sus sesiones, en la sala capitular se comenzaron a tratar tanto las cuestiones ordiarias propias de la Catedral como las del gobierno arzobispal, es decir, salvo algunas excepciones, no había sesiones exclusivas para uno y otro de los papeles que desempeñaron los canónigos en este período. Y hay que ver que el gobierno arzobispal podía ser particularmente pesado: los canónigos se ocuparon de la provisión de curatos, sacristías y capellanías, así como beneficios de todo género; los atarearon también las numerosas licencias para los clérigos de todo el arzobispado; los nombramientos de confesores y visitadores de los conventos de religiosas; las solicitudes de dispensas para la celebración de matrimonios; la atención de los establecimientos bajo patronato arzobispal, como el Hospital del Amor de Dios, y un largo etcétera.

Como es propio de toda sede vacante, el Cabildo no podía innovar, pero sí confirmar o reiterar ciertas medidas de los arzobispos anteriores. Los canónigos, por ejemplo, se mostraron preocupados en particular por la vida y conducta de los clérigos, y de manera más específica, por su traje. Al menos en dos ocasiones, abril de 1747 (f. 60 del libro citado), y marzo de 1748 (f. 207), mandaron publicar edictos que incluían este punto concreto. Ya lo hemos señalado en este espacio en algunas oportunidad, el clero del siglo XVIII se distinguía (o al menos de manera ideal), no exclusivamente pero también, por su imagen. Debía lucir, y eran términos que venían reiterados en esas actas de cabildo, las virtudes de su “sobriedad” y su “modestia” en su vestimenta negra, traje talar, preferentemente sotana, en sus cabellos tonsurados, evitando todo adorno que pudiera considerarse “profano”, y por supuesto, evitando el uso de otras prendas. Hay que insistir en ello, no era una mera obsesión de los canónigos, bien que ellos en particular eran expertos en materia de distinción vestimentaria, como habrían de confirmar sus gestiones para el uso de “bolillos”; es decir, mangas, ya a finales del siglo XVIII, en una iniciativa que secundaron los cabildos catedrales de toda la Nueva España. Ya lo decía el obispo de Guadalajara don Juan Cruz Ruiz Cabañas en sus célebres mandatos de visita, “aunque el hábito no hace al monje”, pero el estado clerical debía “distinguirse aun a primera vista del respeto de los demás hombres”.

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José de Alcíbar, El nacimiento de San José, 1771, detalle. Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec

Ahora bien, el tema de la distinción clerical no nos parece tan ajeno, salvo cuando lo vemos aplicar por encima de lo que hoy consideramos deben ser los valores del clero católico. Pues bien, el Cabildo Catedral sedevacante nos dejó un testimonio particularmente crudo al menos para nosotros, de lo que importaba la imagen del sacerdote. En el cabildo del 9 de marzo de 1748 (f. 201) se presentó una solicitud para tomar las órdenes sagradas, es decir, para volverse sacerdote, por parte de alguien que ya era clérigo de órdenes menores, el bachiller D. Fernando de Llorente y Mojica, quien declaraba poseer 7 mil pesos de capellanías, es decir, unas rentas de 350 pesos anuales. Ya esa presentación nos habla bien de la calidad del clero de la época: hombres de familias de respeto, como se advierte ya en que lo trataban con el apelativo de “don”; con estudios universitarios al menos del grado más elemental, el de bachiller; con la solvencia económica indispensable para no deshonrar el hábito clerical con la mezcla en actividades profanas, gracias a esas obras pías que eran las capellanías; y en fin, seguir la jerarquía de las órdenes sagradas, las menores (ostiario, lector, exorcista, acólito, subdiácono) y las mayores (diácono y presbítero).

¿Qué le faltaba al bachiller Llorente? Estatura, literalmente, y no como podríamos pensar hoy que le bastaría estatura moral, sino estatura física. No sabemos cuánto medía con precisión, pero él mismo estaba ya más que consciente de que tenía “el defecto de la pequeñez”, hasta el punto de que era necesario hacer ornamentos específicos para su tamaño, lo cual aseguraba podía costearse él solo. Esa conciencia y los largos años de gestiones para llegar a ser sacerdote resultan lo más impactante de su solicitud. Presentaba además breves pontificios dispensándole por este motivo, dados en 1717 y 1721. Y a pesar de esos breves de la máxima autoridad de la Iglesia católica, tal era su condición que, según siempre su propio relato, ningún obispo de Valladolid de Michoacán, Puebla o Oaxaca había aceptado concederle el presbiterado. Ante los canónigos incluso presentó una propuesta que permitía salvar el que, de nuevo él mismo lo sabía bien, podía estimarse el problema principal: que el público lo viera. Solicitaba que se le asignara a la capilla privada del Hospital de San Pedro, para decir misa por los sacerdotes enfermos, “sin que pueda decirla en otra parte alguna”. Era tanto como decir que se proponía ser un sacerdote casi “en secreto”, sin que el público lo viera celebrar.

Graves como siempre, los canónigos atendieron el asunto, citando no sólo “lo notable de su pequeñez excesiva”, sino además “lo notable [de] su fealdad”, y encima su vejez, por tener ya “más de cincuenta años de edad”. Prudentemente le respondieron que se presentara al futuro arzobispo de México, pero es claro que era una negativa basada en que le faltaba corresponder a esa imagen que se esperaba de un sacerdote, no sólo virtuoso, sino digno de respeto a la vista, respecto de la cual el bachiller Llorente no estaba, lamentablemente, a la altura.

 

Miguel de Palomares y el primigenio cabildo eclesiástico de México

El siguiente texto ha sido amablemente enviado a este sitio como colaboración por el Dr. José Gabino Castillo, posdoctorante del Instituto de Investigaciones sobre la Educación y la Universidad de la UNAM.

Ilustración 1

Ilustración 1

Hace unos días, arqueólogos del Programa de Arqueología Urbana (PAU), del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dieron a conocer el descubrimiento de una lápida perteneciente a la sepultura del canónigo Miguel de Palomares (il. 1). El hallazgo ha sido por demás interesante; se trata del primer entierro descubierto de un clérigo del siglo XVI perteneciente a la primitiva catedral de México, aquella que existió algunos metros adelante de la actual que empezó a construirse en la segunda mitad del siglo XVI (il. 2. AGI, MP-México, 47.). Ahora bien, no se trata de cualquier clérigo sino de un canónigo perteneciente al primigenio cabildo eclesiástico de dicha catedral, el cual se conformó entre 1528-1540.

Ilustración 2. Plano de la ciudad de México de 1596 (detalle)

Ilustración 2. Plano de la ciudad de México de 1596 (detalle)

Miguel de Palomares fue uno de tantos clérigos que llegaron a la ciudad de México cuando ésta llevaba apenas una década de ser conquistada. Estos clérigos, provenientes de diversas diócesis españolas, sirvieron en los curatos recién fundados a lo largo del territorio novohispano. Palomares, por ejemplo, fue presentado en 1530 al de Veracruz, beneficio que, a su vez, sirvió el clérigo Manuel Flores, presentado como deán de la catedral de México ese mismo año. Otros personajes, como Diego Velázquez, quien también ocuparía una canonjía de México, incluso había acompañado a Cortés y González Dávila a Honduras sirviendo como capellán de sus ejércitos, más tarde sirvió en parroquias de Pánuco, Colima y la ciudad de México. Los servicios de estos clérigos fueron premiados por la Corona otorgándoles algunas de las primeras prebendas catedralicias. Esto ocurrió en prácticamente todos los obispados conforme se crearon sus catedrales y primeros cabildos. No obstante, esta práctica tuvo sus inconvenientes. En la década de 1540 el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, se quejó agriamente ante la Corona por la poca experiencia que en el rito catedralicio tenían sus prebendados. No obstante, otros obispos, como Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, reconocieron lo difícil que era constituir cabildos con prebendados españoles que rara vez querían venir a Nueva España por “lo poco que valen estas prebendas”.

Ilustración 3. Firma de Miguel de Palomares

Ilustración 3. Firma de Miguel de Palomares

De manera que si bien Zumárraga tenía razón, también es cierto que estos primeros núcleos capitulares fueron los que pusieron las bases de las futuras corporaciones catedralicias. En el caso de México, un primer cabildo cobró forma entre 1528, año en que se empezaron a presentar diversos clérigos para las prebendas, y 1534, cuando se elaboraron los estatutos de Erección de la catedral. De los presentados en esos años sólo Juan Juárez, Juan Bravo, Diego Velázquez, Miguel de Palomares y Manuel Flores, servían sus prebendas cuando el cabildo inició sesiones formales en su catedral en marzo de 1536. Manuel Flores servía como deán y los demás como canónigos. Todos ellos tenían experiencia como curas y habían estado cerca de Zumárraga en estos primeros años. Manuel Flores, por ejemplo, sirvió como su provisor, Diego Velázquez como su secretario y Palomares, si hemos de creer a documentos posteriores, fue su confesor en algún momento. Al iniciar sesiones formales en su catedral, en marzo de 1536, se sumaron nuevos capitulares: el maestrescuela don Álvaro Temiño, el tesorero don Rafael de Cervantes y el canónigo Cristóbal Campaya, aunque éste último aún sin presentación real, la cual obtuvo en 1538. Temiño y Cervantes llegaron nombrados de la Península mientras que Campaya había servido ya como capellán y cura en la iglesia de México desde al menos 1532. Dos años más tarde, en 1538, fueron presentados los canónigos Francisco Rodríguez Santos y Rodrigo de Ávila, y el racionero Ruy García. En 1539 lo fueron el chantre Diego de Loaisa y el racionero (y más tarde canónigo) Juan González. Para 1540 se presentó al arcediano Juan Negrete y al racionero Pedro de Campoverde. Ya en 1541 fue presentado otro racionero: Alonso de Arévalo. Todos ellos tomaron posesión de sus prebendas entre 1539 y 1541, de manera que fueron los personajes con los que Palomares tuvo alguna relación en esta primera década de historia capitular. Como Palomares, casi todos los prebendados vivieron muy cerca de la catedral (de acuerdo con documentos de fines del XVI la casa de Palomares estaba “en la calle de Jesús María y dan vuelta a la Santísima Trinidad”, il 4). Manuel Flores y Diego Velázquez, por su parte, dijeron poseer casas que colindaban con las del marqués del Valle, es decir en el lado poniente de la plaza principal.

Ilustración 4. Posible ubicación donde estuvo la casa de Palomares. Hoy esquina de Jesús María y Emiliano Zapata.

Ilustración 4. Posible ubicación donde estuvo la casa de Palomares. Hoy esquina de Jesús María y Emiliano Zapata.

Las huellas que este primer núcleo capitular nos dejó son pocas. Sólo de algunos personajes contamos con datos más amplios gracias a su importante presencia en la catedral, ejerciendo oficios como el de procurador ante la Corte (es el caso de Campaya) o gracias a que elaboraron testamentos donde plasmaron parte de su vida (por ejemplo Negrete o Santos). En el caso de Palomares, su muerte parece haber sido repentina; murió intestado hacia mediados del mes de octubre de 1542. La última sesión capitular en la que participó fue la del 23 de junio. No obstante, no existen registros de otros cabildos sino hasta el 17 de noviembre, día en que el obispo nombró un canónigo sustituto que ocuparía la prebenda del ya difunto Palomares. El 24 de junio, Zumárraga y el cabildo se reunieron para hacer el inventario de los bienes del prebendado e instituir una capellanía de misas fundada por éste. Entonces se mencionó que tenía “poco más o menos” un mes y medio de fallecido y que había muerto ab intestato. Con el capital de sus bienes, particularmente sus casas y dos solares que poseía en la ciudad, se fundó una capellanía con mil pesos de principal y una renta de 30 pesos de minas de los cuales se dirían, cada año, 16 misas por el “ánima” del referido difunto” y “por las ánimas de sus padres”. La capellanía de Palomares se mantuvo vigente durante todo el periodo virreinal hasta que su capital fue depositado, en 1806, en la Real Caja de Consolidación, no sin antes haber servido a varios de sus capellanes para ordenarse como presbíteros.

De manera que el hallazgo de la tumba de Miguel de Palomares es un hecho que tiene, podríamos decirlo, una importancia colectiva en tanto nos remite a la historia de este primer cuerpo capitular de la década de 1530-1540. Nos recuerda la importancia de estos primeros clérigos que atravesaron el océano junto con muchos de los conquistadores y primeros pobladores que llegaron a la Nueva España poco después de consumada la conquista. La época de Palomares nos remite también a un periodo de agrios conflictos entre Zumárraga y la Audiencia. Es también una etapa muy difícil para el cabildo pues no existían diezmos necesarios para pagar las prebendas ni para comprar lo necesario para el ritual catedralicio. A Palomares y sus pares le tocó solicitar al rey el que los indios pagaran diezmos sobre productos de Castilla (diezmo de las tres cosas), lo cual se aprobó un año después de muerto Palomares. Por el pago de dichos diezmos el cabildo se enfrascó en un fuerte conflicto con las poderosas órdenes mendicantes, las cuales se amparaban entonces en diversos privilegios papales y reales. Sirva, de paso, mencionar que la tumba de Palomares nos recuerda también que si bien es a dichas órdenes religiosas a las que más atención se ha puesto cuando se habla de este periodo, no por ello la importancia de los clérigos seculares es menor. Muchos de ellos fungieron prácticamente como evangelizadores, ese fue el caso de Diego Velázquez y Juan González quienes, al mismo tiempo que servían sus prebendas, recibieron autorización para atender diversos pueblos de indios en el entonces obispado gracias a que conocían las lenguas de los naturales. Por su parte, Palomares, junto con otros clérigos, se habían abocado a atender a la importante y numerosa población española que iba creciendo en las diversas villas. La importancia de este primer cabildo radica, entonces, no sólo en ser el primero sino en ser los fundadores de la tradición capitular novohispana. Y eso de ser los primeros no es poca cosa, Palomares fue también el primer prebendado, de este cabildo primigenio de México, en morir en su catedral. La frase puesta en su lápida (palabras más, palabras menos, pues no he podido apreciarla bien en las fotos que circulan) no deja lugar a dudas del mensaje que nos mandaron sus hermanos de cabildo: aquí yace el canónigo, de los primeros en esta santa iglesia.