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Una asistencia política: los canónigos en los toros

“La Plaza Mayor de Madrid durante una corrida de toros regia”, ca. 1664. Memoria de Madrid

En nuestros días las corridas de toros son materia de controversia entre defensores de los animales y de lo que se estima como una añeja tradición, particularmente popular del mundo hispánico. En el siglo XVIII, cabe destacarlo, la corrida era uno de los elementos importantes de las festividades políticas (de ahí la imagen de la izquierda). Eran infaltables en las recepciones de los virreyes, los eventos de la familia real, como los matrimonios de los príncipes. Ahora bien, aunque en el siglo XX hemos visto hasta eclesiásticos (algún obispo mexicano incluso) aficionados a la “fiesta brava”, cabe decir que en la segunda mitad de esa centuria no era algo que se diera por sentado y automático. Más todavía, se estimaba que el clero en general debía abstenerse de ese tipo de eventos, no por una temprana sensibilidad hacia los animales, sino porque se trataba de una fiesta estimada como “profana”, susceptible hasta de desórdenes. Y sin embargo, entre 1767 y 1823, los muy graves canónigos de la Catedral Metropolitana de México debieron haber asistido a al menos dieciséis corridas de toros, celebradas en la plaza del Volador o en alguna ocasión en la principal de la ciudad, es decir, frente a la propia iglesia principal.

Justo esto es lo interesante, los canónigos se veían en el aprieto de estimarse “personas sagradas”, cuya dignidad no debía de participar de estos festejos, pero también una corporación urbana, un tribunal, que debía cumplir con un asistencia que era “política” en el sentido de cortesía pero también incluso en el sentido del juego del poder. Haber dejado vacío el espacio que les era reservado podía considerarse un desaire para la autoridad monárquica, e incluso se podía perder un espacio frente a otros “cuerpos” siempre un poco rivales, como el ayuntamiento de la ciudad. En suma, era una ocasión como pocas en que los canónigos afrontaban el problema de separar lo sagrado y lo profano. Lo ilustra bien ya el problema que se expuso al Cabildo en abril de 1766, cuando se realizaban los festejos por el matrimonio del Príncipe de Asturias, cuyas corridas iban a terminar coincidiendo con el lunes en que se iniciaba la semana de letanías menores, las de la Ascensión. “Era incongruo y desedificante la simultaneidad de las sagradas preces públicas de la Iglesia con las profanas diversiones del público”, se lamenta en el acta (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, ACCMM, Actas de cabildo, libro 47, fs. 243-243v), pero era ya tarde para iniciar cualquier gestión, por lo que los canónigos debieron reprimir su celo religioso.

Firma de un acta de cabildo. Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 47.

Por si fuera poco, la asistencia a los toros también implicaba gastos. Era impensable que asistieran solos los canónigos, por lo que debían acompañarles ministros y capellanes de coro, a veces los niños colegiales, y por supuesto, los lacayos y mozos de cada prebendado. Había además que adornar como correspondía el tablado y, sobre todo, servir un refresco de bebidas y dulces correspondiente a su honor. Por ello, sólo en ese año de 1766, la asistencia a las corridas sumó un gasto de 886 pesos, suma no menor para la época, por lo que había un motivo más de reflexión en la materia. No es casualidad que fuera al revisar las cuentas al año siguiente que se despertara en algunos canónigos la preocupación por el cuidado de la dignidad eclesiástica. En noviembre de 1767 (ACCM, Actas de cabildo, libro 48, fs. 249v-250v) se propuso cancelar las asistencias a los toros. La idea despertó “una dilatada conferencia”, en que de paso se denunciaron esos gastos excesivos, el desorden de los ministros seculares, y hasta la conducta de los canónigos de la Colegiata de Guadalupe, que también asistían. También hubo llamados al “buen ejemplo” que debían dar los propios canónigos, pero al final terminó imponiéndose la política. En noviembre de 1768, resolvieron definitivamente mantener su asistencia sólo tratándose de fiestas reales, aun a pesar de que entonces se rumoraba que el virrey, el marqués de Croix, si bien festejaba oficialmente su llegada a México en 1766, trataba de recaudar fondos para otros motivos. (ACCM, Actas de cabildo, libro 49, fs. 163v-164, 171-171v y 175-176).

Fue bajo ese principio que pudieron al menos excusarse de unas corridas, las que se concedieron a los tablajeros tras las fiestas en honor del virrey en diciembre de 1785 (ACCMM, Actas de cabildo, libro 55, fs. 280v-281v). También pudieron alegar para su ausencia la coincidencia con otras celebraciones, como el jubileo circular de 1789, aunque esto implicaba medidas particulares de cortesía para informarlo (ACCMM, Actas de cabildo, libro 57, f. 21). Paradójicamente su complacencia con los toros, incluso en la plaza mayor, fue cuestionada, pero no por una autoridad del rey, sino clerical: los párrocos del Sagrario. En septiembre de 1794 tuvieron noticia de que éstos habían dirigido una exposición al recién llegado virrey, el marqués de Branciforte, en que alegaban los “muchos desacatos por falta de respeto al templo”, las faltas al “debido acatamiento” al viático, e incluso la situación de guerra, como motivos para suspender las corridas (ACCM, Actas de cabildo, libro 58, fs. 139-140). Los canónigos, por supuesto, recibieron con “gran impresión” la noticia y reprocharon a los párrocos, a través del arzobispo Haro y Peralta, que hubieran tenido el atrevimiento de entrometerse en el gobierno de la Catedral. Sólo a ellos tocaba “vigilar sobre el decoro y decencia debida a la Casa de Dios”, bien que ni siquiera se molestaron en considerar los argumentos religiosos de los curas.

Ahora bien, a lo largo del período subsistieron otros puntos a considerar, en principio, los de orden económico. Reducir los gastos no era tarea fácil, si algo distinguió a los canónigos a mediados de siglo fue la afición por las fuentes de dulces, por ejemplo en su tomas de posesión, pero también en este contexto. Como debían asistir todos, pero no era siempre el caso, era común que sobraran (ACCMM, Actas de cabildo, libro 47, f. 241v), o que los sacristanes y ministros se quedaran con ellas (ACCMM, Actas de cabildo, libro 51, fs. 125v-126). El gasto del refresco sólo se solucionó cuando el ayuntamiento ofreció uno para toda la asistencia de manera general en 1785, con motivo además de una nueva distribución del orden de la plaza (ACCMM, Actas de cabildo, libro 57, fs. 37-37v). No sabemos si pasarle la responsabilidad a los regidores fue la solución definitiva, pero ya para 1796 los canónigos podían ordenar que no se pagara refresco alguno. (ACCM, Actas de cabildo, libro 59, f. 60).

Desjarrete de la canalla con lanzas, medias-lunas, banderillas y otras armas, Francisco de Goya, Museo Nacional del Prado.

Por otra parte, no dejaba de ser una fiesta profana, propia de seculares, que efectivamente se entusiasmaban con ella, lo que lamentaban los canónigos respecto de los que estaban a su cargo. Ante la expresión del “ansia” de los niños del colegio de infantes de asistir a corridas en 1770, hasta el punto de pasar por encima del deán y recurrir al Cabildo en pleno, se les negó conforme al ejemplo de otros colegios, pero también para “la debida educación y sujeción de dichos niños” (ACCM, Actas de cabildo, libro 50, f. 269). Los músicos seculares, tradicionalmente de los empleados que más frecuencia recibían observaciones de los canónigos, fueron directamente excluidos de la asistencia al tablado en las corridas de 1784 por el recibimiento del virrey Gálvez. Esto, en castigo a “su falta de atención y respeto para con los padres capellanes, queriendo tomarse los primeros asientos en el tablado y su desvergüenza en el tomar de refresco” (ACCMM, Actas de cabildo, libro 55, f. 127v).

Las últimas asistencias a los toros de los canónigos tuvieron además un carácter político en un sentido nuevo, pues fueron la manifestación de la lealtad a monarcas sujetos a debate. En 1815, no sólo asistieron, sino además invitaron a reunirse en su tablado a los canónigos de otras catedrales presentes en la ciudad, para sumarse así al lado popular de la fiesta por el restablecimiento en el trono de Fernando VII. Hubo también toros en 1817 con motivo del matrimonio del rey y del infante Carlos. En fin, en 1823, la última jura que tuvo lugar en la Ciudad de México, la del emperador Agustín I, también incluyó toros en el programa de festejos (ACCM, Actas de cabildo, libro 67, fs. 272 y 274; libro 68, f. 282v y libro 70, fs. 203v-204). Hasta donde sabemos la naciente opinión pública no les reprochó esa participación, que ya podía leerse como una toma de partido y no podía justificarse por la unanimidad monárquica de antaño. El régimen republicano traería consigo nuevas formas de ceremonial político, del que se irían marginando progresivamente las corridas de toros.

Sala Capitular de la Catedral de Sevilla

En algún otro momento, siendo estudiante de doctorado, dediqué este espacio a recorrer, con la ayuda de fotos, algunos puntos muy concretos de la ciudad de París. Hoy aprovecho esa invención tan particular es el Google Street View para un ejercicio semejante, pero esta vez en otra ciudad europea. Abajo de estas líneas encontrará el lector una imagen dela Sala Capital de la Catedral de Sevilla. Construida en el siglo XVI, caracterizada por su forma elíptica, decorada con cuadros de Murillo que representan a dos santos de la monarquía hispánica, San Fernando y San Hermenegildo, dos santos obispos sevillanos, San Leandro y San Isidoro, y a las dos santas patronas de la ciudad, Santa Justa y Santa Rufina.

Durante siglos fue sin duda uno de los lugares más importantes de la ciudad. Es el espacio en que el cuerpo de clérigos que gobernaba esta iglesia, los canónigos de la Catedral, se reunían para deliberar. A decir verdad, conozco poco de ella como espacio, pero me resulta interesante a título personal porque los documentos que conozco de la Catedral son mayormente “Autos de cabildo pleno”. Esto es, las actas en que se asentaban sus discusiones y decisiones producto de las reuniones de los 11 dignidades, 40 canónigos (existía también el “cabildo de canónigos” por separado), 19 racioneros y 18 medios racioneros. Digo todo género de temas, porque lo mismo era el momento de atender las cuestiones relacionadas con los ingresos de la Catedral, que las reparaciones o las obras nuevas para mayor ornato del edificio; pero también, para regular el culto, siempre necesitado de alguna reforma, o para establecer medidas que reforzaran el carácter de espacio sagrado propio de la Catedral.

En esas reuniones, además, los canónigos recibían las noticias de la coyuntura política sevillana y de la monarquía hispánica, y participaban en ella con actos litúrgicos. Era en esta sala donde se decidían las numerosas rogativas, o que se agregaran las oraciones pertinentes en las misas para atender a una ciudad en que no faltaban las sequías o el exceso de lluvias, o cuyos campos se llegaban a ver amenazados por alguna plaga. Los canónigos cumplían así su deber para con el público, pero también con la monarquía, era ahí donde se decidía, asimismo, la forma en que la Catedral y, por tanto, la ciudad, participaba en los numerosos ceremoniales de la familia real, con motivo de fallecimientos, bautismos, embarazos o matrimonios que tenían lugar en su seno. Por supuesto, esta sala se vio frecuentada también por representantes de la corporación municipal sevillana, al menos en el siglo XVIII, que es el que menos desconozco. La sala era también el teatro de las cortesías entre esas solemnes corporaciones que cogobernaban a la capital hispalense del Antiguo Régimen.

Y no podía faltar, era la sala donde llegaban a plantearse discusiones, aun entre esos graves eclesiásticos del Antiguo Régimen, bien que de ello no nos han llegado testimonios abundantes. En cambio, sabemos que alguno de los capitulares llegó a tratar de evitar estas reuniones: el auto de 18 de julio de 1764 cita una denuncia en el sentido de que “uno de los señores” había estado en el callejón que daba a la sala durante el Cabildo y no en él. Esto es, a pesar de lo fastuoso de su decorado, propicio para hacer entender al espectador su carácter de asiento de un poder de origen divino y bien asentado sobre la tierra, no dejaba de ser a veces un espacio más de la complicada administración catedralicia.

El lector, cabe finalmente, aprovechará la visita para explorar por esta misma vía otros espacios de la Catedral de Sevilla, a alguno tal vez llegaremos a dedicarle atención en este mismo espacio.

Un canónigo sin familia

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Cabecera de la Sala Capitular de la Catedral de Sevilla, estado actual.

Hacer historia de la imagen del clero del siglo XVIII permite constatar las dificultades que entonces seguía teniendo implantar, incluso entre los propios sacerdotes, la idea de la dignidad clerical. Ya van varios artículos de este blog dedicados al tema, en los que he tratado de resaltar el aspecto más visible de esa dignidad: la vestimenta y la tonsura. Lo mismo en obras de disciplina eclesiástica como la del cardenal Lambertini (quien llegara a Papa con el nombre de Benedicto XIV), que en medidas concretas tomadas a través de edictos, tanto episcopales como de cabildos sedevacante, es un tema que se repite en varias ocasiones a lo largo del siglo. Desde luego, nunca deja de estar asociado a otros aspectos de su conducta: quienes  abandonaban el color negro, el traje modesto y de preferencia talar y el cuello romano, se les acusaba de preferir las capas y los sombreros ostentosos, y en consecuencia, las diversiones profanas, como el baile y el juego. Es por ello que también han aparecido en este blog ejemplos de clérigos profanos, como Ramón Cardeña y Gallardo, capellán de honor honorario del rey Carlos IV y canónigo de gracia de Guadalajara, ya de principios del siglo XIX.

Ahora bien, podría pensarse que se trata de un problema americano, por lo que conviene citar también ejemplos peninsulares. En concreto me interesa referir aquí muy brevemente un caso que, si bien todavía no he podido conocer en todos sus detalles, corresponde muy bien con esta problemática, el de don Juan Neve, canónigo de la Catedral de Sevilla en la década de 1760. Aunque el apellido que llevaba ya deja la impresión de que se tratara de un hombre de rancio abolengo, en realidad la descripción que de él nos han dejado las actas del cabildo pleno sevillano (que por ahora son mi única fuente), contrasta bien con el elitista –o arribista, según se vea– Cardeña, a quien se relaciona más bien con los notables de México y Madrid. Para decirlo directamente, el retrato que tenemos es el de un personaje no sólo pobre en lo económico sino también culturalmente. Había llegado a una prebenda de ese cuerpo de clérigos tan preocupados siempre por las buenas maneras, las ceremonias y en general la “civilidad”, como eran los canónigos entonces, sin compartir por completo esa cultura casi cortesana.

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La Giralda, torre de la Catedral de Sevilla, estado actual.

Es bien cierto que al recorrer los autos capitulares si algo se nota es que los propios canónigos todavía eran muy dispares en su conducta. Con cierta frecuencia, sobre todo en los llamados “cabildos espirituales”, era necesario llamar la atención a los propios “señores” en el sentido de que guardaran silencio en el coro, se mantuvieran en su lugar correspondiente en las procesiones, y guardaran el orden al tomar la palabra en los cabildos. El 20 de junio de 1766, Neve justo se hizo notar por su conducta en la sala capitular, pues intervenía “atropellando y atravesando los votos de otros”, e incluso llegaba a la violencia verbal profiriendo “amenazas en todas ocasiones y sin reserva de personas” (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 108v-109). A tal punto llegó en esa reunión, que se le pidió retirarse para tratar directamente sobre su comportamiento. Mas para los canónigos, así como el traje implicaba de inmediato el resto de la conducta de los clérigos, los excesos verbales de Neve los llevaron pronto a su vestimenta y luego a su régimen de vida en general.

En efecto, en primer lugar se destacaba su “porte irregular” o “porte indecente”, que era un atentado “al honor de la sobrepelliz que viste”, aquí ya no por excesos de vanidad sino por falta de limpieza y dignidad. En el cabildo de 27 de junio (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 113v-114) se trató el caso por extenso, luego de vencer la resistencia del propio Neve a salir de la sala para seguir discutiendo su caso. El porte, decíamos, llevó a su régimen de vida: “no teniendo casa en que viva ni familia que le asista”; si lo primero era más bien exageración retórica, en todo caso era un vecino cuya casa “no la tiene poblada”, contrario a lo que era propio de un hombre de honor en la época, el típico “vecino de casa poblada”. Vivía solo pues, y por tanto se le veía en las calles de la capital hispalense “andando siempre solo y sin aquel acompañamiento que autoriza y distingue a las personas de su honor y carácter”. Destaquemos esto, los canónigos implicaban aquí que sus familias, es decir, los consaguíneos o no que vivían bajo su mismo techo, estaban ahí ante todo para brindarles “asistencia” y “acompañamiento”. Eran de alguna forma un elemento que reforzaba su carácter de élite, lo que hoy en día puede parecernos al menos extraño, más en estos días en que justo se discute en México la definición de la familia. No sabemos con precisión cómo se formaba la de los canónigos sevillanos, aunque de nuevo los reproches a Neve insisten en la importancia del servicio y atenciones domésticas. Tan no había familia que le asistiera en su casa que terminaba “quedándose a comer en la Iglesia”, así como “metiéndose para el fin de afeitarse en las barberías”, y lo que era  peor, “limpiando por su persona” su caballo.

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Puerta del patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla, estado actual.

El desbocado y solitario canónigo además faltaba a la dignidad también por su traje, ya decíamos, aunque la descripción de éste terminó ocupando un lugar casi secundario respecto a lo demás. No sólo se presentaba con “aquel fetor que acompaña a los lacayos” (por aquello de bañar a su caballo), sino que además usaba “una casaquilla de montar casi de color bajo de la sotana pero visible”. Por todas estas faltas, pero sobre todo por las acusaciones que lanzaba en los cabildos, terminó siendo arrestado el propio 27 de junio de 1766, primero en la sala capitular y, luego de que el Cabildo recibiera el respaldo arzobispal, fue trasladado a la sala de pruebas de música (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 119-120). Fuertes deben haber sido sus expresiones como para que el día 11 de julio los canónigos siguieran confirmando su arresto por 24 votos contra 4 que promovían su libertad. Sin duda, profundizar en su expediente nos permitirá conocer más a detalle tanto su vida sin familia como las faltas que cometió, por ahora debemos terminar citando algunos incidentes finales. La noche del 14 de julio de 1766 se fugó de la Catedral “en chupa” (es decir, de nuevo sin preocuparse por su porte clerical) aprovechando que encontró abierta la puerta del patio de los Naranjos, adonde había convencido a su custodio de que lo acompañara “con el pretexto de tomar el fresco” ya desde hacía varias noches (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 128v-129). Imploró el perdón de los canónigos el 26 de septiembre y se le levantó el arresto por fin el 1o de octubre (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 176v-177, 179v y 182v), aunque no sabemos si con ello terminó este caso o si recurrió a algún magistrado de la Corona.

Sea de una forma o de otra, el caso de Neve, ayuda a considerar algunos otros puntos dentro del honor clerical del siglo XVIII, especialmente oportunos en nuestros días. Acaso no sobra constatar que los canónigos de entonces no pensaban exactamente en términos de un modelo de familia natural.

Accidentes cortesanos

ZocaloSigloXVIIIc - copiaEl 23 de septiembre de 1758 los habitantes de la Ciudad de México acaso habrán podido ser testigos de una de las querellas de cortesías más características de la época: un “accidente” de coches. La fecha era importante en el calendario cortesano de la época: era el “día del rey”, es decir, el cumpleaños de Fernando VI, el monarca que gobernaba los reinos hispánicos desde 1749. No podía ser de otra forma, en los reinos americanos de la Monarquía Católica, el festejo consistía ante todo en una misa de acción de gracias al Todopoderoso, a la que debían asistir todas las autoridades. Sin embargo, tenía también un lado más “secular”, o al menos no estrictamente religioso, había que felicitar al monarca, o mejor dicho a su alter ego, el virrey, en su Palacio. Esto es, tenía lugar un besamanos al que las autoridades y corporaciones se presentaban según su jerarquía.

Desde luego, en una época en que el poder se ejercía en el ceremonial, las asistencias al Palacio eran tan importantes como las que tenían lugar en las iglesias, y eran igualmente motivo de querellas encarnizadas. Para una ocasión solemne, aun si por su ubicación no hubiera sido difícil presentarse al Palacio a pie, casi sobra decir que el trayecto se hacía en coche, luciendo las galas y acompañamientos propios de cada autoridad. En la imagen, tomada del sitio web México Máxico, vemos un traslado de este tipo, aunque a la inversa del que nos referimos, pues es el de un virrey que acude a la Catedral Metropolitana saliendo del Palacio. La máxima autoridad del reino acude en forlón, el coche cerrado de cuatro asientos propio de estas ocasiones. Por supuesto, no iba solo, llevaba escolta a caballo y acompañantes (acaso incluso la Real Audiencia) asimismo en forlones, todos debidamente engalanados y uniformados. En esas condiciones, sufrir un “desaire” era tanto más insoportable para el honor de los magistrados civiles, públicos y eclesiásticos, y demás “personas de distinción”.

También las autoridades eclesiásticas estaban incluidas en estas ocasiones. El Cabildo Catedral Metropolitano salía de la Catedral por la puerta del oriente (la que en el siglo XVIII se llamaba del Empedradillo), tomando los canónigos sus forlones en el orden de su jerarquía y antigüedad. Los acompañaban los capellanes de coro, asimismo en coches, abriendo paso el pertiguero, a lomo de mula y luciendo su garnacha (traje talar), gorra y pértiga. Tal era, al menos el cortejo que se ordenaba en las ocasiones más importantes, verbi gratia para ir a darle la bienvenida a un virrey, mas para un cumpleaños regio ordinario, iba a Palacio sólo una diputación del Cabildo, y no en forlón sino en estufa, una carroza más cerrada que el primero. Justo fue la estufa de los canónigos la que en ese 23 de septiembre de 1758, iba de la Catedral al Palacio después de la misa de acción de gracias para presentar sus felicitaciones al rey en su virrey de la Nueva España. Día especialmente ocupado, los cuatro canónigos que iban como diputados, sobre todo el chantre, habían corrido también con responsabilidades en la iglesia al momento de la misa, e incluso en la despedida de las autoridades del templo, por lo que debieron salir a toda prisa de la Catedral. El problema es que en el camino la estufa de la Catedral alcanzó el cortejo de forlones de la Real Audiencia que ya estaba por entrar al Palacio, y sin mayor miramiento, pero felizmente con pericia del cochero, lo atravesaron por en medio para llegar antes que ellos.

Los oidores, desde luego, no dejaron pasar el incidente, y el día 26 enviaron a su escribano de cámara a pedir explicaciones, según consta en Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de cabildo, libro núm. 43, fs. 258v-259v. El chantre reconoció “ser cierto el contexto de dicho recado”, pero aclaró que había sido “sin advertencia”, es decir, sin intención. O mejor dicho, al menos sin intención contra los oidores sino contra los regidores del Ayuntamiento de México. El clérigo explicaba, en efecto, que el problema era que “viendo entrar un forlón [ya] vacío” y que “cuatro de los regidores de la Nobilísima Ciudad se habían apeado”, “los cocheros entraron [metieron a la fuerza, diríamos hoy] la estufa de su señoría [el Cabildo Catedral]”. Esto es, el problema era que, en principio, a los canónigos les tocaba antes del Ayuntamiento, pero éste “siempre está a la mira, acechando algún descuido de no estar a tiempo el venerable” para usupar su lugar. Para proteger el honor de la corporación bien valía la pena atravesarse en medio del cortejo de coches del más alto tribunal del reino. La rivalidad entre Cabildo Catedral y cabildo civil no era rara en estas materias, ya hace unas semanas hemos visto aquí otro ejemplo, tapatío, en que los bonetes de los canónigos se enfrentaban a los sombreros de los regidores incluso al interior de las iglesias.

De paso, el chantre recordó que ya el virrey primer Conde de Revillagigedo (antecesor del Marqués de las Amarillas, entonces reinante), los había desairado un par de veces justo por haber llegado tarde a Palacio. Tanto que en una de ellas los había mandado despedir sin recibirlos pues ya incluso “se había quitado la peluca”. Bella paradoja, los canónigos pagaban así la importancia de su posición en la Monarquía Católica: eran ellos los principales responsables de un culto cuya magnificencia era considerada indispensable para la Majestad, tanto divina como humana; culto en el cual eran asimismo fundamentales las expresiones de cortesía, como la entrada y despedida de las autoridades civiles, con la cual ellos tenían asimismo un papel fundamental en la atribución de sus jerarquías; todo ello les atribuía a su vez un sitio de honor, el tercer lugar en las recepciones y besamanos en el Palacio. Conviene destacarlo, el Cabildo Catedral era una corporación que en particular estaba ahí para el cuidado del culto y de los honores, si sus competencias incluían temas que hoy nos parecen rescatables todavía, como la música, el cuidado de las obras que hoy vemos como artísticas, el patronazgo de instituciones educativas (los colegios para formar a los niños que participaban en la liturgia) y caritativas, etcétera, sus actas de Cabildo muestran que sus preocupaciones giraban sobre todo en torno a esos temas religiosos y a la vez políticos. Hoy nos parecería extraño ver esas preocupaciones en el clero, mas entonces los canónigos eran finos expertos en ceremonias y cortesías, tratamientos y procedimientos, celosos protectores del orden cortesano del Antiguo Régimen. Antes que perder un ápice de su honor, eran literalmente capaces de arrollar a quien se les atravesara, como en aquel mediodía de 1758.

 

Del respeto a las capas pluviales

A principios de diciembre pasado publiqué en este mismo espacio una nota breve sobre las cortesías que los prelados de antaño debían realizar cuando pasaban por delante de un magistrado real portando un ornamento muy concreto: la capa magna. Vimos las airadas reacciones de oidores y gobernadores que lamentaban que los obispos se negaran a arrastrar la larga falda que la caracterizaba.

Pues bien, en esta ocasión, para seguir explorando este tema, vamos a ver la situación contraria, es decir, los gestos que los magistrados debían realizar a su vez al paso de uno o varios eclesiásticos. Vamos a ilustrarlos con claridad con un documento que los resume bien: la representación al rey en el Consejo de Indias de los canónigos de la Catedral de Guadalajara del 15 de abril de 1724. En ella, los prebendados lamentaban que la Real Audiencia e incluso el Ayuntamiento de esa ciudad se negaban a corresponderles con su postura y gestualidad sus atenciones que ellos tenían con los magistrados cuando les pasaban por delante. En particular se destaca el respeto que los clérigos exigían a los ornamentos que portaban cuando encabezaban los oficios divinos: la capa pluvial y bonete. Si la capa magna del hábito coral de los obispos debía arrastrarse, la pluvial de unos oficiantes, al contrario debía al menos levantar a los magistrados de sus asientos.

Al igual que en el caso del arrastre de la falda episcopal, en nuestros días puede sonar simpático y meramente anecdótico este tipo de enfrentamientos. Mas debemos reiterar que eran decisivos en la política de la época: en el siglo XVIII novohispano, se seguía haciendo política en las iglesias en las ceremonias, tanto los gestos de cortesía como en la liturgia, que por lo común generaban a su vez extensas contestaciones ante los más altos tribunales, como en este caso el Real y Supremo Consejo de Indias. En esos gestos y posturas estaba constantemente comprometido algo tan importante en la época como el honor de los representantes de las majestades divina y humana. Veamos pues la manera en que formulaba su queja el Cabildo eclesiástico de Guadalajara.

AGI, Audiencia de Guadalajara, leg. 207.

Señor,

Siendo del divino agrado y del servicio de Vuestra Majestad la conservación de la paz, así para la quietud de las almas como para los aciertos del gobierno, y siendo de la obligación cristiana el procurarlo, para conseguirla, expone a Vuestra Majestad. el Cabildo Eclesiástico de esta Santa Iglesia el justo sentimiento que le asiste de los repetidos desaires que de la Real Audiencia de esta Corte experimenta.

El día 1o. de marzo del corriente año de 724, se ofreció un entierro de Cabildo, en que asistió la Real Audiencia, así en la casa, sacando el cuerpo hasta la puerta, como en las calles, acompañándole y en la Iglesia deponiéndole, quizá por haber sido la difunta hija de un ministro que fue de ella. Y estando en dicha Iglesia, que fue la de Santa Teresa, acabados los oficios, tomaron el féretro los cuatro ministros para [llevarlo] del túmulo a la sepultura, que estaba en el presbiterio, y habiendo comenzado a subir sus gradas se puso en pie todo el Cabildo Eclesiástico, pareciéndole urbanidad precisa a la representación de una Real Audiencia, y esperando que esta acción fuera correspondida con alguna política demostración, no la mereció el Cabildo, antes sí experimentó el desaire de que los cuatro ministros volviesen a sus sillas dando las espaldas uno por uno al Cabildo que por haber sido así no lo atribuye a descuido.

Más sensible desaire experimenta el Cabildo en todas las funciones de tabla, pues saliendo con capas pluviales para las procesiones y pasando en comunidad por la crujía, aunque al llegar a la vista de la Real Audiencia todos los capitulares se quitan los bonetes y bajan la cabeza, los ministros de ella se quedan sentados y apenas hacen una muy ligera cortesía, faltando en esto no sólo a la correspondencia política, sino a la religiosa urbanidad, y a lo que Vuestra Majestad tiene mandado por reales cédulas al virrey, Audiencia y más tribunales de México.

Lo mismo se experimenta cuando observando la ceremonia eclesiástica de ir dos capitulares del coro al altar mayor a dar la gloria al preste, pues ni cuando van ni cuando vuelven merecen de la Real Audiencia la correspondencia de su atención, pues los prebendados se quitan los bonetes y bajan la cabeza, no obstante que van con capas pluviales, lo que no debieran hacer pues ningún eclesiástico que se viste tal capa debe quitar el bonete para hacer cortesía, sino bajar solamente la cabeza. Y así parece que lo ordenó Vuestra Majestad en 27 de junio de 1698 cuando se sirvió de aprobar y mandó observar las constituciones sinodales del obispado de Caracas, pues en la constitución 285, libro 4, tit. 20, &6 que manda hagan cortesía los prebendados al vicepatrón de Vuestra Majestad con la cabeza descubierta, si no llevaren capa o estola, y con los bonetes puestos si llevasen uno de estos dos vestuarios, se le dio absolutamente el paso sin auto alguno acordado de vuestro Supremo Consejo.

Con tales ejemplares de la Real Audiencia se ha movido el Cabildo secular y tanto que el Domingo de Ramos dio orden a todos sus capitulares para que no hicieran cortesía alguna al eclesiástico que entonces para recibir las palmas se hallaba en el presbiterio y así lo ejecutaron los más de los regidores, no con poco rubor del Cabildo Eclesiástico.

Estos desaires, por ser públicos y repetidos siente el Cabildo y porque con sus expresiones reverentes nunca los ha merecido, antes sí es acreedor de las más buenas correspondencias, porque en las referidas ocasiones no ha hecho una pequeña demostración que pudiera manifestar su sentimiento, portándose siempre muy conforme a lo que Dios manda y a lo que Vuestra Majestad en sus leyes reales ordena, y procurando servir los ministros en muchas ocasiones que se empeñan para que a sus ahijados se den conveniencias, la alta y cristiana comprensión de Vuestra Majestad pesará y apreciará esta expresión del Cabildo, y para que se logre y mantenga la paz, dispensará las reales órdenes que fuere servido, los que observará rendida y puntualmente este Cabildo como leyes de su rey y señor natural.

Dios nuestro Señor guarde la Católica Real Persona de Vuestra Majestad los muchos años que la Cristiandad ha menester.

Guadalajara, y abril 15 de 1724.

El marqués de Uluapa.- D. Joseph Portillo Gallo.- D. Manuel Antonio Tello del Rosal.