Archivo de la etiqueta: Agustín Rivera

Agustín Rivera: Vida, obra y contextos

Acaba de pasar el 193 aniversario del nacimiento de Agustín Rivera y Sanromán, clérigo y escritor público mencionado en este espacio en más de una ocasión. Ahora aprovecho para presentar aquí una obra que si bien tiene fecha de 2016, en realidad ha salido de la imprenta a principios de este año. Se titula Agustín Rivera: vida, obra y contextos, ha sido coordinada por la Dra. Lina Mercedes Cruz Lira, y reúne la mayor parte de los trabajos del proyecto “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX” que el Cuerpo Académico UDG-731 “Cultura y Sociedad” registro ante el entonces Programa de Mejoramiento del Profesorado (PROMEP, hoy PRODEP) de la SEP, en su convoctoria 2014 de Fortalecimiento de Cuerpos académicos.

En una primera parte reúne los seis trabajos que los miembros de este grupo de investigación realizamos entre 2015 y 2016, y en la segunda el resultado final de cinco de las conferencias de los colegas de otras instituciones que a lo largo de esos mismos años aceptaron compartir con nosotros sus conocimientos y perspectiva de la obra de Rivera. Hombre de una vida larga (1824-1916) y de una obra extensa (por lo menos 158 obras), celebrado en particular en Lagos de Moreno, su tierra natal, donde se le han dedicado calles, monumentos y ceremonias cívicas anuales, y motivo ya de algunos estudios puntuales. Sin embargo, ninguno de los autores es realmente partícipe de esa memoria local, ni tiene mayor interés en ella: no nos interesa Rivera tanto por laguense, cuanto justo por esa vida y obra, que lo sitúan como a cualquier mortal en ciertos contextos. De ahí el título del libro, y el primer mensaje fundamental: desacralizar (sin que eso signifique una falta de respeto) a alguien quien fue también un hombre “de carne y hueso”, y cuya vida, por tanto fue tan compleja y tan específica como cualquier otra. Siguiendo una tradición historiográfica ya larga, los autores tienden a repensar la originalidad del “Doctor de Lagos”, con resultados harto distintos.

Esto es particularmente evidente en la primera parte. El trabajo de Eduardo Camacho Mercado sitúa a Rivera en un contexto social de familias que reunían, como reza el título de su capítulo “Beneficios eclesiásticos y actividades profanas”, algo que el propio Rivera hizo, aunque al final predominó la segunda, la actividad de escritor. Asimismo, Rosa María Spinoso Arcocha nos lo presenta en el seno de las ideas y relaciones de género del siglo XIX y principios del XX, mostrándolo incluso como un hombre que no era particularmente original al respecto, sino todo lo contrario. Más centrados en la obra que en la vida, los trabajos de Juan Pío Martínez, Irma Estela Guerra Márquez, Lorena Cortés Manresa y del que escribe estas líneas, analizan a Rivera como historiador, como hombre de letras,  de debates y orador sagrado. Sucesivamente se nos presenta como historiador “todavía”, digamos, instalado “a caballo entre la historia profana y la historia sagrada”; autor que disertó sobre todos los aspectos de la literatura de su tiempo (desde la gramática hasta el teatro y la poesía); y crítico liberal firme creyente en la idea de progreso. Ya el reunir todas estas facetas en una misma trayectoria no deja de ser particular; sin embargo, en todo ello, aunque con matices en cada punto, es difícil no verlo sino como testimonio de procesos más amplios que afectaban a la historiografía, las letras, los debates políticos y la oratoria. Rivera pues, es una fuente interesante y vasta.

En la segunda parte, los textos del Dr. Arturo Camacho Becerra, del padre Tomás de Híjar y del Dr. Brian Connnaughton, en particular este último, han sido acaso los que de manera más amplia han afrontado la obra de Rivera planteándose su valor. Tenemos lo mismo una respuesta muy positiva de su carácter casi de precursor de la historia cultural en el primer caso, como al contrario un balance más bien negativo de sus relaciones con los obispos de Guadalajara, seguidos de un ponderado análisis que sopesa las especificidades de sus ideas políticas. Completan esta segunda parte dos capítulos sobre objetos más específicos, obra de los jóvenes doctores Berenice Reyes Herrera y Juan Pablo Ortiz Dávila, que nos informan de sus relaciones con publicistas liberales de otras latitudes y sus ideas sobre la Antigüedad clásica. Todo ello nos muestra, insisto, a un Rivera más original, para bien o para mal, que lo mismo amerita comparaciones con Jacob Burckhardt que con el papa Pedro de Luna. En fin, podría decirse que nuestro autor todavía puede hasta convertirse en materia de debates, académicos desde luego, sobre su lugar en la historia mexicana, sobre la valoración positiva o no de su trabajo, sobre su carácter moderno, etcétera. Al plantearse así y sin necesidad de llegar a respuestas definitivas, cabe decir, el CA “Cultura y sociedad” puede considerarse satisfecho, pues tal justamente ha sido la segunda de las ideas que han inspirado la obra.

En efecto, cabe recordar que este grupo de investigadores se distingue por haber levantado como bandera a la Historia cultural. Y si hay dos ideas fundamentales en esta corriente historiográfica es que no hay tema que escape al territorio del historiador, y que asimismo no hay una sola manera de abordar un objeto de estudio histórico. Ya en los otros trabajos colectivos que han precedido éste hemos transitado por un camino semejante: Catolicismo y sociedad, nueve miradas, siglos XVII-XXI, nos reunía en torno a una religión, La fundación del convento de capuchinas de Lagos, 1751-1756: estudios, lecturas y documentos, en torno a un corpus documental, y ahora la cita ha sido en torno a la vida, obra y contextos de un autor. En todos los casos, además, casi sobra decir que no consideramos haber agotado todas las posibilidades, por definición se pueden hacer otras lecturas complementarias o contradictorias, y en un futuro además desde las inquietudes renovadas de la sociedad que hoy desconocemos. Habiéndome correspondido coordinar una parte de los trabajos del proyecto, y habiendo sido también responsable de este Cuerpo académico, creo que tal es también uno de sus valores: es testimonio de un grupo muy particular de esta siempre amplia y no siempre tan activa ni renovada, historiografía mexicanista.

 

El fanatismo y Agustín Rivera, una nota

En este año se ha cumplido el centenario de la muerte del Dr. Agustín Rivera y Sanromán. Para recordarlo, nada mejor que leer y analizar sus numerosos escritos. Rastrear en particular la presencia del concepto de fanatismo en sus textos, situándolos en el contexto de su obra e incluso de su vida, tiene cierto interés para comprender mejor su evolución como “escritor público”. De las 158 obras que hemos podido identificar de este autor, he revisado 83 buscando las formas léxicas fanatismo, fanático y fanáticos, que aparecen un total de 277 ocasiones. Así resulta esta primera gráfica de distribución de esas obras por año.

imagen1

Frecuencia absoluta de tres formas léxicas relacionadas con fanatismo en 81 obras de Rivera distribuidas por año

Desde luego ya resalta la concentración en dos obras principalmente, y su presencia además, en ciertos períodos, como la década de 1880, los últimos años de la siguiente y hacia 1910. Para una imagen de la presencia de este concepto en el conjunto de las obras y de la muestra que hemos construido, tenemos este otro gráfico, en el que hemos agrupado a las obras de Rivera por décadas, incluyendo el total de las publicadas en cada período, las revisadas aquí y las que incluyen los términos citados antes. Como se ve, en realidad es un asunto que interesó al autor sobre todo ya después de sus 60 años, entre 1887 y 1910.

imagen2

Número de obras en que aparecen los términos relacionados con el fanatismo en una muestra de obras de Agustín Rivera distribuida por décadas.

Pasemos a analizar los textos propiamente dichos. La gran figura de excepción en el tratamiento del fanatismo por Rivera es sin duda el Compendio de historia antigua de México del que he hablado antes. La repetición de estos términos es alta porque Rivera argumentaba que los aztecas, a causa de su “imaginación muy exaltada”, no habían sido tanto bárbaros cuanto fanáticos, sus sacrificios humanos de origen religioso eran la mejor prueba. Para confirmar esta caracterización, planteaba un “paralelo entre los sacrificios humanos de los aztecas y las hogueras de la Inquisición española”. Ese pasaje comenzaba con la acostumbrada ironía de nuestro autor: “Graciosos estaban los españoles en México cuando decían ‘¡Sacrificar a los hombres sacándoles el corazón! ¡Eso es horroroso! No: solamente quemémoslos’…”

imagen3No era un asunto menor, sino una manera de constatar la racionalidad de los aztecas, no menos que el carácter relativamente positivo de esa “religión primitiva adulterada”: en el fanatismo había “verdades luminosas” decía citando la Enciclopedia de Mellado. Para ilustrar su argumento presentó una serie de cuadros de fanáticos que incluían hasta a “sabios fanáticos” como Tertuliano, Orígenes, Pedro Abelardo y Felipe II.

En sus trabajos sucesivos el fanatismo va perdiendo ese carácter luminoso y se asocia con tres categorías de personajes: primero, con el ultramontanismo, es decir, el movimiento de renovación católica que rechazaba al liberalismo; segundo, con fundadores de otros movimientos religiosos; tercero, con los enemigos de la independencia y del partido liberal en México. En ese sentido iba el uso del término de la década de 1880: en Los dos estudiosos a lo rancio (1882) eran fanáticos los católicos ultramontanos opuestos a la enseñanza de los clásicos paganos; en La filosofía en Nueva España (1885) la nómina se ampliaba con Confucio, Buda, Zoroastro, Numa, Mahoma, Quetzalcóatl, Arrio, Lutero y Calvino; en los tres tomos de los Principios críticos del virreinato (1884, 1887 y 1888), es más severo con los aztecas (tomo I), mientras que sus héroes intelectuales hispánicos, Cervantes y Feijoo, se presentan como combatientes del fanatismo (tomo II), agregando finalmente a los jesuitas como fanáticos y a ciertos sectores de frailes y clérigos novohispanos (tomo III). Los Treinta sofismas de 1887 incluyeron en concreto a la lista a un jesuita, Mariano Vallarta, pero sobre todo, de manera sutil, al canónigo Agustín de la Rosa, con quien Rivera debatía en ese texto. En fin, los Anales de la época de la Reforma (1890), incluyen a los enemigos de la Constitución de 1857, bien que aparece la distinción entre conservadores y fanáticos. No dejó de sumar nombres a su lista, ahora ya contemporáneos del siglo XIX como el sacerdote español Félix Sardá.

imagen4Fue sin duda este último quien dio a Rivera la oportunidad de explayarse en esta materia. Sardá publicó un opúsculo titulado El liberalismo es pecado en 1884, cuya difusión en México motivó a nuestro autor a tomar la pluma para combatirlo. En las 79 menciones de los términos que antes citamos estamos ya por entero en las antípodas del Compendio de Historia antigua de México. Fanatismo se asocia al pasado, a la “plebe”, a la superstición, a la enemistad con el liberalismo y con el progreso, a la ceguera, a la ignorancia, y sobre todo al crimen. “Nada en el mundo ha causado tantos males como el fanatismo” llegó a escribir, utilizando ahora descalificaciones eclesiásticas y en femenino para citarlos, por ejemplo, “multitud de viejas y sacristanes”. Empero, advertía sobre su peligrosidad. Los clasificaba en “leones” y “zorras”, los primeros “groseros y tontos”, “de poca sal en la mollera”, pero en cambio los segundos, capaces de seducir aprovechando relaciones familiares y de amistad, y en particular, aprovechándose de la “vanidad” de las mujeres. Sin embargo, es importante decirlo, Rivera a esas alturas cuestionaba la autenticidad de la religión de los fanáticos, tan es así que el texto se termina con un lamento por la religión católica, por aquellos que trataban de sostenerla “con las armas, con el dinero, explotando los más vivos sentimientos de la naturaleza”, es decir, los de la familia. En suma, fanatismo es aquí, sobre todo, y me parece es la evolución más significativa de Rivera, un problema de la frontera entre lo político y lo religioso. Eran fanáticos quienes “con todos los medios de la política humana” confundían a la Iglesia con una institución profana.

Hubo al menos otras cuatro ocasiones importantes en que volvió sobre el fanatismo. Dos nos resultan ya muy familiares: Los pensadores de España (1899) y los Anales de la vida del padre de la patria (1910) continúan el camino abierto en la década de 1880, el de la denuncia del pasado virreinal y de los enemigos de la independencia. Los otros dos tienen todavía rasgos originales: en Los hijos de Jalisco (1897), Rivera ofreció a sus lectores, con la biografía del padre Rafael Herrera, un retrato del “carácter” de los fanáticos. Conviene destacarlo, el retrato de caracteres era una de las técnicas con las que Rivera esperaba educar a la sociedad a través de la lectura y la oratoria, favoreciendo la transformación del carácter y el temperamento del público, mediante las emociones suscitadas por los textos. En consecuencia, pintó un retrato satírico y ridículo de Herrera.

imagen5Poco más de una década más tarde, publicó los Recuerdos de mi capellanía de las capuchinas de Lagos (1908), marcados por el aire de balance de una vida ya larga, de más de ochenta años, que había mostrado ya en el folleto las Bodas de oro. En esa breve reflexión autobiográfica Rivera le da sentido a sus sesenta años de escritor público insinuando que fueron un constante combate contra el fanatismo, dejando por completo en el olvido la luminosidad que le había dado en los años 1870, y olvidando también que no había sido tan constante, pero confirmando su lado elitista: “Desde mi juventud me ha agradado mucho este pensamiento de Hardouin que leí en César Cantú: Me levanto todos los dias al amanecer, ¿acaso para pensar como el vulgo?”  En fin pues, consecuencia de su visión teológica harto tradicional de la naturaleza humana, el combate contra el fanatismo que lo unía a los partidarios de la modernidad, se diría que había llegado a dominar tanto su visión de la sociedad, como la de su propia vida.

Agustín Rivera en la historia de la secularización

Una entrada breve para compartir un video que ya hace tiempo tenía pendiente. En septiembre de 2015 tuvo la gentileza de visitarnos en Lagos de Moreno la Dra. Elisa Cárdenas Ayala, investigadora del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, para participar en el proyecto que desarrollaba entonces el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad” del Centro Universitario de los Lagos a propósito de las perspectivas para analizar la vida y obra Agustín Rivera y Sanromán. La profesora Cárdenas Ayala nos impartió una interesante conferencia en que integraba a Rivera en la problemática de la secularización en México, además de destacarlo como precursor de la historia social. Es buen tiempo para volver sobre Rivera, en este que sigue siendo el año del centenario de su fallecimiento, y en vísperas de que se publiquen los resultados concretos de ese proyecto.

 

Agustín Rivera: historia, política y polémica from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Los últimos días de Agustín Rivera

agustin-rivera-webEl día de hoy se cumplen cien años de la muerte del Dr. Agustín Rivera. Cabe destacarlo, si su obra no bastara, su memoria hizo también correr algo de tinta no desprovista de interés. La prensa dio a conocer la noticia de su muerte, y aunque falta un trabajo más amplio al respecto, parece ser que se le conmemoró sobre todo en las páginas de órganos del carrancismo, como El Pueblo. También recibió atención importante, y resulta paradójico tratándose de un sacerdote católico, del periódico oficial del metodismo, El abogado cristiano. Significativamente, no hemos encontrado hasta ahora, pero todavía no hemos hecho una búsqueda a profundidad, la reacción de la prensa católica.

En esta oportunidad, tomamos de las páginas de El pueblo un artículo remitido en octubre de 1916 y publicado en enero de 1917 de Rafael Muñoz Moreno, quien fue durante largos años el amanuense de Rivera. Desde luego, es un recuerdo íntimo, doloroso inclusive, que presenta a la admiración del lector a un anciano fuerte en la enfermedad pero extremadamente débil, ciego y pobre. Además se acerca todo lo posible a la facción revolucionaria en el poder. Es asimismo interesante pues nos describe unos últimos días del padre Rivera particularmente secularizados: no hay la mención más mínima a auxilios espirituales, rezos o sacramentos católicos. Sorprende también la ausencia de toda referencia a Lagos de Moreno, sus autoridades o habitantes. En cambio, hay incluso reproches familiares, y claro, vemos aquí ya la construcción de la imagen de Rivera como el gran sabio, comparable a los clásicos que tanto citó, como Homero, Horacio o Virgilio. Leamos pues, esta memoria familiar del sabio de Lagos en el centenario de su fallecimiento.

El pueblo, año III, tomo I, núm. 787, México, 6 de enero de 1917, p. 3.

Últimos días y muerte del preclaro escritor señor doctor Agustín Rivera

Una vez más se ha comprobado, con motivo del fallecimiento del señor Dr. D. Agustín Rivera, la verdad de aquel pensamiento de Hugo, expresado en el siguiente apóstrofe: “¡Grandes hombres si queréis que mañana se os haga justicia, moríos hoy!” Apenas han transcurrido tres meses desde esa defunción, cuando ya diferentes agrupaciones literarias se apresuran a estudiar su vida y analizar sus obras, tanto en los diferentes aspectos que estas en sí mismas presentan, como en el influjo cultural que han ejercido sobre nuestra patria. Un interés muy vivo se ha despertado en cuantos piensan, por conocer detalles relativos a los últimos días del erudito doctor. Numerosas cartas he recibido de reconocidos intelectuales, en que se me interroga sobre ese asunto, y para contestar a todas ellas y dar al dominio público lo que de derecho le corresponde, me he resuelto a escribir este artículo, informando en la verdad y en la justicia.

La existencia del señor Dr. Rivera fue amargada en sus últimos años por variados padecimientos físicos y morales. Lo avanzado de su edad, pues falleció a la de noventa y dos años, cuatro meses, seis días, le originó numerosos achaques y enfermedades, algunos de los cuales hubiesen sido insoportables para hombres de inferior carácter. De entre esos males, el mayor fue, sin duda, la paulatina disminución de su potencia visual, que empezada sensiblemente a mediados del año próximo anterior, llegó a imposibilitarlo para la lectura desde a fines del mismo, impidiéndole de ese modo, que efectuara lo que de más fundamental e irresistible había en todas sus tendencias. Desde entonces, comenzó a declinar rápidamente: todos los padecimientos que antes le eran soportables debido a que en el estudio encontraba para ellos un paliativo o un remedio radical, al ocupar el campo entero de su conciencia psicológica, crecieron en importancia subjetiva. Ensimismado, absorto, veíase discurrir por los aposentos de su casa (sita en esta ciudad. Avenida B. Domínguez, Poniente 37), siempre inteligente, siempre activo, supiendo con la claridad de las facultades mentales, la oscuridad creciente que le envolvía, y consiguiendo de ese modo dictarme las más ingentes cartas, ordenar sus objetos de uso personal, disponerse, en suma, para efectuar ese largo viaje que al fin emprendió, y que si no era esperado, era previsto. Fácil es comprender lo que para ese hombre significó la casi completa pérdida de la vista. Difícil es conseguir mayor concebir mayor desgracia para un hombre de estudio. Fue para él lo que habría sido la parálisis para Alejandro Magno, lo que sería la ablación de las alas para un cóndor. En los cerebros bien organizados, existen tendencias firmes y precisas: “la bestia filosófica” de que nos habla Nietzsche, no es más que el hombre constituido para filosofar y que se busca el medio al efecto más propicio venciendo no importa cuáles resistencias: suprimir esa indómita inclinación, desviar esa fuerza que se encamina por senderos predesignados por la naturaleza, ahogar lo que en nosotros existe a título de aspiración suprema, es suprimir la vida misma. Por eso considero que la rápida declinación de la del señor Dr. Rivera, a consecuencia de su ceguera, fue un suplicio y una comprobación, suplicio porque contrarió una tendencia primordial de su organismo: comprobación, porque rebeló la escuela de éste.

La pobreza, esa inseparable compañera de la virtud y el genio, afligió también en sus últimos años al ilustre desaparecido. Imposibilitado por su edad para todo trabajo inmediatamente productivo; sin el apoyo de mi hijo el Lic. Muñoz Moreno, que a la sazón sufría los rigores del exilio; dedicado yo por completo a atender de noche y día al noble anciano; sin contar con mas recursos que la modesta pensión de ciento cincuenta pesos mensuales en su favor decretada por el XXVI Congreso de la Unión, y que la Revolución, por una de esas contradicciones que hacen que ciertas cosas grandes tengan, no obstante, aspectos de pequeñez incomprensibles, le hizo pagar, a la par, en papel moneda de circulación forzosa; sin recibir la menor ayuda de ninguno de sus acaudalados parientes, de quienes posible es que en otra oportunidad me ocupe, hubiérase de seguro visto en la miseria, a no haber sido por el espontáneo auxilio que le impartieron algunos de esos hombres que nacieron a la vida pública, al calor del incendio revolucionario, desconocidos antes y admirados hoy por lo preclaro de sus talentos y la eficiencia de sus energías, grandes cerebros para quienes la opresión fue obscuridad y la libertad significó gloria, tales como los señores General Manuel M. Diéguez, Lic. Manuel Aguirre Berlanga y Luis Castellanos y Tapia; otro de ellos, dotado de excepcionales cualidades, por desgracia actualmente anuladas a consecuencia de un error político: el señor General Felipe Ángeles; un digno sacerdote, discípulo del señor Dr. Rivera, y que a título de excepción honra a la clase a que pertenece, el señor cura del Huatusco, Ver., Don Fermín Moreno, y algún otro filántropo, tipo genuino de modestia y bondad, que quiso ocultarse en el incognito al hacer un oportuno donativo… Vayan a todos ellos, las presentes líneas, en testimonio de gratitud y pública comprobación de sus virtudes, y sepa quien lo lea o quien lo escuche que si, con excepción del último, pródigos hubieran sido con el ilustre historiador de que me ocupo, a bajo precio habrían comprado el derecho que hoy tienen de que sean repetidos sus nombres, con la honrosa significación de protectores de las letras, mientras perdure el de aquel a quien beneficiaron, como aun suenan los nombres de Mecenas y del Duque de Béjar, al evocar los de Horacio, Virgilio y Cervantes.

El Dr. Rivera, ciego y pobre, recuerda a Homero, que, ciego también como su nombre lo indica, peregrinaba por las ciudades de la Antigua Grecia, recibiendo un óbolo de quienes oíanle recitar trozos de sus eternos poemas.

¡Jamás fue la fortuna propicia para el genio, quien en todos los tiempos ha sabido armarse de filosófica paciencia para resistir a sus adversidades: “La virtud concede un reino y diadema segura y un laurel propio a aquel que ve grandes montones de oro y plata y no vuelve los ojos hacia ellos,” y “levanté un monumento más duradero que el bronce y más alto que las pirámides de Egipto, que ni la lluvia voraz, ni el aquilón impotente, ni la innumerable serie de los años, ni la fuga de los tiempos pueda destruir”… pensamientos son que, creados por el fecundo numen de Horacio, repetidos fueron, en son de consuelo y esperanza, por el eximio escritor laguense.

La desaparición del señor Dr. Rivera fue una sorpresa aun para mí, que más de cerca lo atendía. Cierto es que su avanzada edad hacía que revistiera caracteres de gravedad la menor alteración de su salud, por lo que a diario era de temerse un desenlace funesto; pero como sus achaques y enfermedades se sucedían unos con otros, casi sin interrupción, y como constantemente se conseguía un completo restablecimiento, debido unas veces a las atenciones médicas y siempre a los cuidados y desvelos que en suerte me cupo la honra de prodigarle, durante la última enfermedad del ilustre paciente, denominada enterocolitis, jamás perdí la esperanza de que sanara. A conservar esta ilusión, contribuyó en buena parte la actividad intelectual y la energía de carácter del sabio historiador, quien, en la antevíspera misma de su muerte, con su fluidez extraordinaria, dictábame una carta de negocios para el señor Dr. Cayetano Andrade, carta que, por ser la última que redactó, y en prueba de lo que afirmo, me prometo dar a la publicidad, a cuyo efecto, ya me he dirigido a su destinatario para recabarla. En presencia de tan notable conservación del entendimiento, difícil era creer que la muerte se acercaba. Al fin llegó el día seis de julio último. Por extraña coincidencia, en la misma fecha regresó, tras larga expatriación, mi ya aludido hijo el Lic. Muñoz Moreno, a quien el señor Dr. Rivera desde hacía largo tiempo esperaba con impaciencia, y cuya forzada separación, fue otro de sus padecimientos morales, no logrando hacerla cesar, a pesar de que al efecto, dos veces se dirigió al C. Primer Jefe; mi hijo y yo nos presentamos en el aposento del señor doctor, quien a la sazón dormía; no quisimos despertarlo, porque recordé que había pasado mala noche, y temí que la inopinada presencia de Alfredo, le ocasionara una impresión que, por lo intensa, le fuera perjudicial; cuando regresamos, expiraba… Abrió los ojos; mas en medio de la agonía, en la penumbra de la instancia y con la casi completa ceguera que le aquejaba, seguro es que ni siquiera alcanzó a distinguirnos. Lentamente fue disminuyendo el ritmo de su respiración, hasta cesar por completo. Al parecer sin sufrimiento alguno, hizo la por todos temida transición de la vida al no ser. Puede decirse que pasó, de uno de los sueños transitorios de este mundo, al eterno y profundo de la muerte…

El cortejo que acompañó el cadáver del señor Dr. Rivera hasta su última morada, fue poco numeroso. El elemento oficial no formó parte de él. Solamente los niños de una escuela, como si en medio de su candor e inexperiencia, se dieran mejor cuenta de la pérdida sufrida por la Patria toda, en particular por sus clases estudiosas, conducidos por su inteligente Director el señor profesor J. Sóstenes Lira, que poco después también bajó a la tumba, presentes se encontraron hasta que para siempre desapareció de su vista el cadáver del ilustre laguense. Ninguna voz se alzó para darle la eterna despedida. El Lic. Muñoz Moreno intentó ver algunos concepto; mas impidióselo la intensidad de su emoción. Los grandes dolores, jamás podrán ser expresados por medio de la palabra: únicamente el lenguaje natural es capaz de revelarlos. A este propósito, podría sentarse como incontrovertible la siguiente tendencia entimemática: ¿Hablas de tu dolor? ¡No es muy intenso!

Debo hacer constar aquí que, aunque fue muy modesta la inhumación del señor Dr. Rivera, ya el Gobierno Constitucionalista, en su titánica labor de nacionalismo, en particular algunos de sus más distinguidos miembros, como los señores Lic. Manuel Aguirre Berlanga  y General Manuel M. Diéguez, a iniciativa mía, se preocupan por erigir, sobre la humilde tumba del autor de tantas luminosas obras, un monumento cuya grandeza corresponda a su memoria.

León, Gto., octubre de 1916.

RAFAEL MUÑOZ MORENO

N.R. El anterior interesante artículo sobre uno de nuestros más esclarecidos sabios, nos fue remitido por el culto escritor que con su firma lo calza, y que fue quien asistió en su muerte, al Dr. Rivera, recibiendo de él nombramiento de su albacea testamentario.

Agustín Rivera, a caballo entre la historia sagrada y la historia profana

En este Domingo de Pascua, una entrada breve, sólo para compartir con el público que tiene la gentileza de seguir este blog, una más de las conferencias del XIII ciclo del Seminario de Historia Mexicana, en colaboración con el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”, en el marco del proyecto “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX”. En esta ocasión se trata de la conferencia impartida por el Dr. Juan Pío Martínez, destacado integrante del citado CA, quien expone con amplitud algunas de las características fundamentales de la obra del padre Agustín Rivera como historiador.

Agustín Rivera a caballo entre la historia sagrada y la historia profana from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Agustín Rivera ultramontano

Esta semana continúo con la labor de difusión de lo que hacemos los historiadores de Lagos que formamos el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”. En el marco del proyecto “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX” en la semana pasada tuvimos el gusto de recibir la visita del Dr. Pablo Mijangos y González, investigador del CIDE. Especialista en los estudios de la respuesta eclesiástica a la Reforma liberal, nos ha presentado una interesante conferencia analizando una de las obras de Rivera, Cartas sobre Roma visitada en la primavera de 1867. La conferencia ha sido harto interesante, en particular mas no exclusivamente para quienes participamos en este proyecto, en la medida en que nos muestra una lectura del prolífico clérigo laguense decimonónico situándolo en el contexto del final de la soberanía temporal de los Papas y el ascenso del catolicismo ultramontano. Ya lo verá el lector si tiene la oportunidad de seguir esta conferencia, Rivera, siempre identificado con el liberalismo, puede ser también interpretado como un ultramontano, cierto que sui generis, pero no menos fiel a la figura del Romano Pontífice. De paso, advirtamos que el análisis del profesor Mijangos nos muestra bien que la perspectiva política y eclesiástica del autor marca profundamente la manera, de ninguna manera neutra, en que se representa a Roma o al propio Pío IX.

Sin más preámbulo, escuchemos lo que nos expuso el profesor Mijangos la fría tarde del miércoles 27 de enero, en la Casa Universitaria del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara.

El mundo clásico y la Roma de Pío IX en la mirada de Agustín Rivera from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Papantzin 3

Papantzin“El espíritu que habló a Papantzin debe haber sido un mal teólogo, porque creyó que todos los que mueren en el gentilismo se condenan”. Tal fue la última observación del padre Rivera contra la verosimilitud del relato de la resurrección de Papantzin. Estaba lejos de improvisar en la materia, antes bien repetía una proposición que justo había desarrollado con cierta amplitud en el tratado Concordancia de la razón y la fe, aunque no sin alguna divergencia.

En ese texto, había insistido en que la razón natural podía alcanzar el conocimiento de la ley natural, y por tanto, a pesar de la “ignorancia invencible” de la revelación, evitar la condena eterna. Los infieles en este caso, empero, “habiendo observado la ley natural no se salvan, sino que se van al limbo”. Nuestro autor respondía así a las posturas de apologistas católicos de la época, en concreto la de Jean-Jacques-Auguste Nicolas, quien en sus Études Philosophiques sur le Christianisme, hablaba de la “salvación” de quienes “mueren en estado de justicia natural”. Este error, por tratarse de un autor “muy benemérito de la Iglesia Católica”, decía Rivera que “hará más mal que una doctrina de RousseaConcordanciau”.

Empero, en una nota al pie de su Compendio de historia antigua de México, precisamente ampliando lo dicho en su duodécima observación sobre el caso de Papantzin, concedió una excepción, apoyado en las “Maximes de l’Église Catholique sur le salut des hommes” del conde de Frayssinous. El también obispo de Hermópolis, contestaba ahí a autores como Rousseau sobre la condenación de los infieles, con la posibilidad de una “revelación especial” o de “impresiones interiores”, o bien incluso algún otro “prodigio de misericordia” que les permitiría a un infiel alcanzar incluso la salvación eterna. De ahí que don Agustín pudiera declarar su creencia en que “algunos aztecas y otros americanos”, que practicaban los sacrificios humanos “sólo por obedecer la ley civil”, con deseo de la revelación y contrición por violar la ley natural, no sólo no se habían condenado ni estaban en el limbo sino que “reinan con Cristo eternamente”, gracias a “inspiraciones interiores a la orilla de la tumba”. Como puede verse, siendo crítico moderno de las apariciones y presagios, el padre Rivera no dejaba de creer ni en el limbo ni en la salvación casi milagrosa de los aztecas.

Mas justo esa observación y nota al pie, merecieron la censura de la mitra de Guadalajara. A fines de 1879, el propio autor hizo llegar su obra al arzobispo Pedro Loza, quien la remitió para censura al párroco del Sagrario, Luis Barbosa. Éste, preparó un dictamen señalando en la obra veinticinco “proposiciones […] disonantes de la enseñanza de la Iglesia”, las primeras dos, dedicados a los pasajes que acabamos de citar. Mas cabe comenzar señalando que el censor no mostró ningún interés en el cuestionamiento de la veracidad de la resurrección de Papantzin. De entrada había indicado que en el texto había materias “profanas y religiosas” y que en las primeras era posible el desacuerdo de opiniones. Las materias religiosas pues eran las estrictamente teológicas. En ellas hay que reconocer que el párroco argumentaba con una lógica muy clara y directa: por una parte, lo que el padre Rivera llamaba “gentilismo” no era sino el conjunto de “las creencias y prácticas supersticiosas de la idolatría”, y éstas eran un crimen que trasgredía la ley natural; por otra, para la salvación era requisito indispensable la “fe divina, sobrenatural y explícita”, por lo que no cabía sino la condenación eterna.

CensuraParadójicamente el párroco, quien según el propio Rivera había sido franciscano, misionero apostólico del colegio de Zapopan, estaba mucho menos dispuesto que el clérigo liberal a la intervención directa divina para salvar a los aztecas. De hecho, estimaba que en la nota en cuestión, el autor se dejaba llevar por su “excesivo afecto” hacia aquel pueblo antiguo, hasta el punto de situarlo “en un predicamento mejor que el del católico en la plenitud de la fe y de la gracia evangélica”. Obviamente descartaba el caso de que la naturaleza sola llegara a alcanzar la salvación por sí misma, a pesar de que no era el argumento principal de don Agustín. Respecto del que sí lo era, se limitaba a afirmar que esos “milagros asombrosos” eran directamente “rarísimos”. El censor pues, se ubicaba en una defensa literal del principio de que extra ecclesiam, nulla salus.

Si bien las otras proposiciones de Barbosa nos alejan del tema de la resurreción de Papantzin, es importante subrayar que el documento en su conjunto es buena prueba de que la memoria de la Conquista de México, estaba lejos de ser un tema políticamente inocente. El párroco abordó claramente como un punto más del combate que el catolicismo ultramontano de la época libraba contra los “errores modernos”. En efecto, Barbosa se preocupaba, en principo, de lo que estimaba como una tolerancia injustificada a la violación de la ley natural, teniendo presentes las que se cometían en fechas más recientes: según él, en ese sentido no había “diferencia sustancial” entre los sacrificios humanos mesoamericanos y “las escenas repugnantes de la Revolución Francesa y de la comuna de París”. Salvar a los aztecas antiguos era tanto como hacer lo propio con los revolucionarios y demás portadores de los errores modernos. En ese sentido, la obra histórica de Rivera era peligrosa porque propiciaba la “confusión de ideas”, cuya consecuencia, siempre según el censor, “nos llevaría inevitablemente al escepticismo, al indiferentismo, y a la impiedad volteriana y enciclopedista”.

Censura de una obra ya publicada, difundida oficialmente de manera limitada según el propio Rivera, él mismo se ocupó de reimprimirla, junto con una breve respuesta suya. Contribuyó así a que la opinión pública tomara conocimiento del caso, que comentó incluso décadas más tarde con cierta extensión uno de los biógrafos de Rivera, el escritor Mariano Azuela, quien no dejó de ironizar sobre la “calidad cristiana” de Barbosa al considerar justo el tormento eterno de “las almas de los aztecas”, dando cuenta además de las rivalidades personales mezcladas en este debate de Teología y de Historia.

agustin-rivera-webEn cierto sentido, la mitra de Guadalajara era coherente al censurar esos pasajes de la obra de Rivera: su crítica moderna de las prácticas religiosas, su teología conciliadora, su discurso pues de la Conquista conforme a su intento de conciliación del catolicismo y el liberalismo, contrastaban fuertemente con los esfuerzos de construir una cultura católica bajo los principios del ultramontanismo, en que la diócesis de Guadalajara ocupaba entonces una posición de vanguardia. Rivera afrontaría problemas semejantes en los años siguientes cuando se interesó también en la historia novohispana, volvería sobre la época prehispánica de manera puntual en la parte primera de sus Anales Mexicanos de 1889. Mero listado de fechas y eventos, por lo que no había espacio para la reflexión teológica, no abandonaba en cambio la mirada crítica: el último acontecimiento de los “Anales indios” databa de 1510 y era la “falsa revelación y profecía de la princesa Papantzin”.

Papantzin 2

agustin-rivera-webAgustín Rivera fue profesor de Historia del Liceo de Varones de su natal Lagos de Moreno por dos años, 1869 y 1870. Fue en ese marco que, según su propia versión, reunió los materiales de los que resultarían tres de sus obras históricas: el Compendio de Historia antigua de Grecia (1869), el Compendio de Historia Romana (1872) y el que aquí nos interesa, el tomo I del Compendio de Historia Antigua de México, obra de 447 páginas impresa en 1878. Obra dividida entre los tiempos “antehistóricos” y los “históricos”, que separaba la fundación de Tenochtitlán, la segunda parte se dividía a su vez en dos libros, uno para la historia propiamente dicha y otro para la civilización bajo Moctezuma Xocoyotzin. Los relatos y descripciones se completaban además con capítulos dedicados a lo que el doctor Rivera llamaba “filosofía de la historia”, las reflexiones generales sobre su escritura. Es justo al cierre del libro primero de la seguna parte y en uno de esos capítulos que abordó la historia de Papantzin, con el significativo subtítulo de “Falta de crítica en España y México en los siglos XVI, XVII y XVIII”.

Entre Clavijero y Prescott, es decir, entre la historicidad o no del relato de la princesa, el doctor Rivera elegía la interpretación de este último: aceptaba la “expectación universal” de los aztecas y con ella la historicidad de la creencia en los presagios, pero negaba su veracidad y su carácter objetivo de “vaticinios de la venida de los españoles”. Contra la veracidad del relato reunió un total de doce observaciones. En ellas argumentaba a varios niveles; destaquemos en primer lugar, la crítica histórica: Rivera cuestionaba los argumentos que Torquemada y Clavijero habían usado como testimonios del milagro, a saber, una información jurídica “que no se sabe cómo se hizo ni en qué tiempo”, así como ciertas “pinturas”, más insistía en que estas últimas como escrituras jeroglíficas, lejos de ser un testimonio cierto se prestaban a confusión. Tan era así que ya en su historia de Grecia antigua había afirmado que los jeroglíficos habían sido una de las causas de las mitologías. Notaba además la ausencia del relato en otras crónicas del siglo XVI, a pesar de que Clavijero tenía el hecho por “público y estrepitoso”.

Compendio Historia Antigua MéxicoDe esta forma, en la observación séptima pudo construir un relato “probable” del incidente, fundado en la locura de Papantzin, dando por válido lo que en el relato de Torquemada había sido un elemento para alegar más bien la ceguera de Moctezuma. La princesa simplemente “se creyó muerta y se hizo colocar en una gruta de su jardín a guisa de sepulcro”.

Conviene subrayarlo, ésta no fue ni la primera ni la última vez que Rivera se ocupó de discutir milagros. Lector no sólo de Prescott, sino además autoproclamado seguidor del padre Feijoo, benedictino español del siglo XVIII, representante de la llamada “Ilustración católica” del mundo hispánico. Ya lo había citado y elogiado con cierta amplitud en su Compendio de historia antigua de Grecia, lo seguiría haciendo en varios de sus textos, en que abundaría en la crítica de las prácticas religiosas católicas, y contra lo que estimaba como “supersticiones” como las leyendas de almas que volvían del más allá. En un siglo que, según ha mostrado la obra de Guillaume Cuchet, el tema de las ánimas del Purgatorio seguía siendo fundamental para la Iglesia, Rivera se mostraba más bien escéptico.

Más todavía, en una interpretación semejante a la de otros autores liberales, no dejó de apuntar al uso político de los relatos de milagros. Papantzin, en su locura podía en efecto haber hablado “a su hermano de la caída de su monarquía”, pero estimaba que el tema del presagio de la Conquista no era sino un añadido posterior. Bien podía haber sido inventado por los indios, “para congraciarse” con los españoles “y aliviar de algunos modos el yugo de fierro que pesaba sobre su cuello”, afirmaba haciéndose eco de la visión negativa de la dominación española; o al contrario, sería obra de los españoles “para apoyar su conquista y dominación en una sanción divina”.

Sin embargo, esta crítica histórica de inspiración ilustrada y moderna, iba de la mano con una perspectiva antropológica, que si no ameritó entonces una reflexión más explícita, puede relacionarse con pasajes de otras de sus obras anteriores. Así, si algo aparece de forma constante es el tema de la desigualdad del progreso humano, en parte por razones como el origen geográfico: los indios, por ejemplo, “tienen una imaginación muy exaltada, que revela su origen oriental”, decía. Esta desigualdad la había explicado ya en el Compendio de historia antigua de Grecia: los pueblos “de la descendencia jafética”, los asiáticos, se habrían “civilizado más tarde” en virtud de su dedicación al nomadismo, mientras que semitas y camitas, al establecerse en territorios más favorables al sedentarismo, lo habrían hecho antes. La civilización, afirmaba Rivera, requería no sólo de “paz y progreso”, sino de “radicación en un lugar” al menos “en su infancia”. Esto tenía consecuencias permanentes, paradójicamente una “infancia” estable había garantizado el posterior dinamismo de los europeos, “inclinados al movimiento”. Por ello en su caso se podía conjugar en pasado la creencia “las relaciones de apariciones de muertos”.

Compendio de Historia Antigua de GreciaMas la naturaleza humana, no por progresar dejaba de ser imperfecta. La misma observación séptima de Rivera afirmaba con pesimismo: “Es muy fuerte la pasión por lo maravilloso que todos tenemos radicada en nuestra naturaleza”. Sobre sus debilidades y fortalezas había disertado ya un poco antes, en su breve tratado escolástico Concordancia de la razón y la fe, publicado en 1876. En él, defendía la idea de que la “razón natural” existía en todos los pueblos, incluso en los paganos, pues como tal era independiente de la revelación religiosa. Esto, empero, significaba también que esa razón natural tenía límites, “herida por el pecado original” decía en ese tratado, padecía una “ignorancia invencible” que le impedía el conocimiento del “conjunto de verdades que constituye la religión”. Esto nos lleva así a la problemática teológica del relato de la resurrección de Papantzin, que veremos en algunas semanas más.

Papantzin

agustin-rivera-webUno de los episodios proféticos más célebres de los relatos de la Conquista de México es el de la resurrección de Papantzin. No siendo propiamente especialista del tema de la Conquista, sino un mero interesado en la historia religiosa y política de los siglos XVIII y XIX, no pretendo aquí analizarlo en todos sus alcances. Me interesa tan sólo la versión de un autor en particular, el Dr. Agustín Rivera y Sanromán, longevo clérigo, prolífico publicista y erudito historiador (1824-1916), a quien vemos en la imagen y que representaba, en el último tercio del siglo XIX y los primeros años del XX, un característico esfuerzo por construir un discurso conciliador entre liberalismo y catolicismo. En efecto, Rivera recuperaba al mismo tiempo la crítica histórica moderna, con su cuestionamiento de creencias que se calificaban como “superstición” y “fanatismo”, pero también se consideraba representante de la teología católica más tradicional, fundada en Santo Tomás de Aquino. Polemista nato, la memoria de la Conquista de México, episodio fundador de la historia nacional mexicana cuya interpretación en lo político y en lo religioso no dejaba de ser tema de controversia en el siglo XIX, no podía serle ajena. Trató de él en varias de sus obras históricas, en particular en su Compendio de historia antigua de México de 1878, que motivaría una larga censura negativa de la mitra de Guadalajara, cuyo primer punto trató precisamente del relato que hizo de la resurrección de Papantzin. Por ahora, en este artículo vamos a limitarnos a un recorrido por la historia del relato justo hasta la época de nuestro autor.

Monarquía IndianaLa historia de una mujer que sale de su sepultura una noche tras cuatro días después de su muerte para advertir a Moctezuma el final de su “señorío” aparece ya en la Historia general de fray Bernardino de Sahagún, cuyo manuscrito data de mediados del siglo XVI. Sin embargo, hasta donde sabemos, el relato tomó su versión casi definitiva en la Monarquía indiana de fray Juan de Torquemada, obra publicada a principios del siglo XVII y cuya portada vemos en la imagen. A la luz de los trabajos recientes, casi sobra decir que estos cronistas escribían desde una perspectiva occidental cristiana, en que los grandes acontecimientos eran, como en los relatos bíblicos o de la Antigüedad grecolatina, necesariamente anunciados de manera sobrenatural. La caída de Tenochtitlán era la de una nueva Jerusalén. El padre Torquemada tomaba explícitamente como modelo la historia de Flavio Josefo, evocaba los propósitos divinos de esas advertencias para la enmienda de “los errores de su gentilidad y ceguedad de sus vicios” de los mesoamericanos. Aunque retomaba los incidentes que ya antes había expuesto el padre Sahagún, Torquemada se detuvo sobre todo en la historia que nos interesa, que presentaba como el más explícito de los presagios, pues los demás “no daban claridad de lo que significaban”, de ahí que le dedicara todo un capítulo.

A más de hermana de Moctezuma, el personaje central, que en esta crónica se llama simplemente “Papan”, era viuda del señor de Tlatelolco. En buena lógica occidental, por todo ello, era tratada “con mucho respeto y cuidado”. Enterrada en un jardín, resucita al amanecer del siguiente día apareciendo ante una niña. El relato está marcado por el miedo y el misterio, su “mayordoma” se desmaya al verla, y por poco ocurre lo mismo con otras dos “dueñas” llamadas en auxilio de la primera. Papan se oculta por un día entero, antes de llamar a “su mayordomo y ayo”, para hacer venir a Moctezuma a través de su tío Nezahualpilli, “rey” de Texcoco. “¿Eres tú hermana o el demonio en tu figura?” pregunta al verla finalmente su hermano, presentado aquí como “muy cobarde en cosas de agüeros”.

Por fin, Papan transPapantzinmite su mensaje: habría sido transportada a un valle surcado por un río, y al tratar de atravesarlo la detiene “un mancebo vestido de hábito largo, blanco como un cristal, relumbrante como el sol”, con la señal de la cruz en la frente y alas en la espalda. Recorre el valle de su mano, y le muestra “muchas cabezas y huesos de hombres muertos y otros muchos que se quejaban con gemidos muy dolorosos”, así como “personas negras con cuernos en la cabeza y los pies de hechura de los venados o ciervos”, y finalmente, la llegada de “unos navíos muy grandes” con los conquistadores, “hijos del sol”. El “mancebo” le explica que ellos “habían de ser señores de estos reinos” y los huesos pertenecían a “nuestros antepasados que no habían tenido lumbre de fe”. Ella estaba destinada a “gozar de la fe” que trajeran los conquistadores, e incluso tenía el encargo de “guiadora de las gentes” al bautismo. Moctezuma preso de la turbación, fue consolado con el argumento de que su hermana “estaba loca y que con el mal grave que tenía disvariaba”. En buen relato evangelizador, la profecía se cumple, y Papan, que en adelante habría seguido una vida de ayuno y “muy particular y recogida”, se bautizaría tras la conquista como María Papan, “haciendo vida de buena cristiana”.

ClavijeroEl relato del padre Torquemada llegó al siglo XIX fundamentalmente a través del padre Clavijero (cuyo retrato del Museo Nacional de Historia vemos en la imagen), quien lo retomaba de manera puntual en su Historia antigua de México, publicada en Cesena en 1780, aunque le da a su protagonista el nombre ya definitivo de Papantzin. Obra que se inscribe en el contexto de la respuesta a la negativa imagen americana de la Ilustración europea, aunque tenida por más “racional”, no dejaba de validar este tipo de presagios. “No es inverosímil que habiendo Dios anunciado con varios prodigios la pérdida de algunas ciudades […] quisiese también usar de la misma providencia con respecto al trastorno general de un mundo entero”, afirmó el padre jesuita.

La obra de Clavijero, traducida al español hacia la tercera década del siglo XIX, se convirtió en figura de autoridad que validaba la historicidad de la resurrección de Papantzin. Al menos lo fue para Carlos María de Bustamante, publicista liberal y católico quien lo citaba en su edición de la obra del padre Sahagún de 1829. En cambio, fue cuestionado por otros historiadores de la Conquista como William Prescott, quien se afirmaba sorprendido del crédito que le daba Bustamante a esa resurrección que el prefería no mencionar sino en nota a pie de página, aunque no dejó de encontrar “glimmerings of truth” en los presagios. Es decir, dudaba de los eventos pero no de la creencia generalizada en ellos, ni del ambiente de inquietud reinante en Tenochtitlan bajo Moctezuma. Algo semejante fue la visión de los historiadores liberales de la segunda mitad del siglo. Guillermo Prieto, en sus Lecciones de historia patria de 1886 la calificaba de “leyenda absurda” pero no dudaba de que “tuvo grande boga”, contribuyendo incluso a la imagen de “supersticioso al extremo” de aquel gobernante mexica. Los liberales asociaban la religión popular con la superstición y proyectaban esa imagen del presente hacia el pasado sin mayor dificultad.

Roa BárcenaEmpero, la resurrección de Papantzin tuvo todavía difusión en otros ámbitos. José María Roa Bárcena la incluyó en sus Leyendas mexicanas de 1862, poniendo en verso los presagios en conjunto y en particular la historia de la princesa. Casi dos décadas más tarde, los pintores Isidro Martínez y Juan Urruchi se ocuparían del tema aparentemente en trabajos para un concurso en la Academia de San Carlos. En la tercera imagen de esta entrada vemos justo el cuadro de Martínez de 1880, procedente del Museo de Bellas Artes de Toluca, tomado de un artículo de Stacie G. Widdifield publicado en el Art Journal en 1990. El personaje había pasado así de los relatos edificantes de las crónicas misioneras a los proyectos de cultura nacional del siglo XIX, que es donde lo encontró el doctor Rivera y Sanromán en la década de 1870. Cerremos pues este artículo con unos versos de Roa Bárcena sobre nuestra princesa resucitada:

De pueblos humildes y grandes naciones
Que llenan, mezclados, la faz de la tierra,
Y al yugo se inclinan o encienden la guerra,
Escrito en los cielos el término está.

Y cuando se acerca — la historia lo dice —
Anuncian su adverso destino futuro
Presagios, visiones, los signos del muro.
La tierra temblando, saliéndose el mar.

En medio de agüeros de gran desventura,
Dios quiso a la azteca gentil monarquía
Con raro portento mostrar cierto día,
si bien entre sombras, la luz de la fe.

Sacó del sepulcro discreta princesa
Que a reyes y plebe contó lo que ha visto;
Con ello el apóstol primero de Cristo
En estas regiones de América fue.

Agustín Rivera ¿autor liberal de planteamientos modernos?

Una entrada breve para difundir una conferencia que tuvo lugar hace ya poco más de dos semanas en Lagos de Moreno. Explico brevemente el contexto: el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad” del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara realiza en este año un pequeño proyecto de investigación con recursos del Programa para el Desarrollo Profesional Docente (PRODEP) de la SEP. El proyecto se titula “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX”, y está estructurado en tres ejes: por una parte el análisis de la vida y obra de Agustín Rivera y Sanromán, desde las diversas perspectivas de la historia cultural (en concreto: historia religiosa, historia de los conceptos, historia de las mujeres, e historia de la historiografía); en segundo lugar, la recuperación de los trabajos recientes sobre dicho autor, y finalmente, la exploración de manera más amplia algunos de los temas concretos planteados en su obra.

Como parte del segundo eje, el XII Ciclo de Conferencias del Seminario de Historia Mexicana ha contado con la presencia de diversos investigadores que han estudiado a Rivera: en marzo contamos con la presencia del Dr. Arturo Camacho Becerra, en abril con la del Dr. Tomás de Híjar, y en agosto, con la del Dr. Brian Connaughton. Justo esta última conferencia es la que comparto aquí, aunque aprovecho para promover el canal de dicho ciclo en Vimeo, donde el lector puede ver un total ya de 20 conferencias de diversos temas históricos. Sin mayor preámbulo, dejo al lector ver lo que el profesor Connaughton nos compartió en la tarde del 26 de agosto en la Casa Universitaria de Lagos de Moreno.

Agustín Rivera ¿autor liberal de planteamientos modernos? from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.