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Laicidades

7784257219_bruno-le-maire-nicolas-sarkozy-valery-giscard-d-estaing-claude-bartolone-manuel-valls-et-francois-hollande-a-notre-dame-de-paris-le-27-juilletA fines de julio de este año se celebró en la Catedral de Notre-Dame de París una misa en memoria del sacerdote católico Jacques Hamel, asesinado el 26 de ese mes por seguidores del Estado Islámico. A ella asistieron, como vemos en la foto, el presidente François Hollande, el primer ministro Manuel Valls, los presidentes de la Asamblea Nacional y del Senado, así como los expresidentes Valéry Giscard d’Estaing y Nicolas Sarkozy. Esto es, las más altas autoridades de la República Francesa, república laica, y donde los medios hablan con cierta frecuencia de la laicidad como un elemento practicamente identitario, parte fundamental de la “excepcionalidad francesa”.

Empero, en realidad no es cosa tan rara ver a las autoridades del Estado francés asistir a ceremonias religiosas. De hecho, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, asistió a la misa vespertina del 15 de noviembre de 2015 en esa misma catedral, en homenaje a las víctimas del atentado que tuvo lugar en esa ciudad unos días antes, durante la cual, por cierto, el gran órgano de la Catedral hizo sonar La Marsellesa en el ofertorio. En las exequias de otro clérigo querido de la sociedad francesa, el padre Pierre, en 2007, estuvieron presentes también los altos funcionarios, encabezados por el presidente Jacques Chirac. La Catedral de Notre-Dame no tiene el monopolio exclusivo, pues la Catedral de Saint-Louis-des-Invalides sirve asimismo de iglesia para los funerales de los senadores franceses, en el video de abajo podemos ver, por ejemplo, las de Philippe Séguin en 2010.


Evenement – Les Obsèques de Philippe Séguin aux… por publicsenat

En México, república laica conforme al artículo 40 de la constitución federal, tampoco ha sido del todo raro ver la presencia de autoridades civiles en ceremonias religiosas en nuestros días, pero se convierte en general en tema de controversias. Cabe aclarar un punto importante. Las asistencias que he tomado del caso francés, son todas de carácter oficial; es decir, son eventos que se marcan en la agenda de los funcionarios públicos, tanto socialistas como gaullistas, quienes en realidad no están ahí haciendo gala de su confesión religiosa particular, sino en su carácter de autoridad de la república. Se trata normalmente de ceremonias fúnebres, esto es, su presencia es para participar de los homenajes a personajes de cierta relevancia para la vida pública. Esta semana hemos tenido en México, en la ciudad de Xalapa en concreto, un caso semejante con el deceso del presbítero y doctor José Benigno Zilli. Filósofo ampliamente conocido y reconocido de la sociedad y del ámbito académico  xalapeños, fue tanto formador en el Seminario arquidiocesano como profesor en la Universidad Veracruzana, donde dirigió incluso la Facultad de Filosofía, según la información del propio sitio de internet de esa Casa de Estudios. A la misa de exequias que en la Catedral de Xalapa encabezó el arzobispo emérito Sergio Obeso Rivera (quien pronunció una emotiva homilía), asistieron tanto el gobernador electo, como la rectora de la Universidad, la Dra. Sara Ladrón de Guevara, como podemos ver en esta nota.

Aunque no es que haya una definición absolutamente consensuada de la laicidad, digamos de manera breve que se trata básicamente del principio de separación de lo religioso y lo político. Mas la laicidad declina de muchas formas, y por definición tiene límites. En este caso bien concreto, mientras existan asociaciones religiosas, habrá sin duda personalidades públicas que pertenezcan o que incluso sean ministros de culto en ellas, pero que al mismo tiempo se desempeñen en ámbitos públicos, en la academia como fue con el padre Zilli, o en la labor social, como fue en Francia el padre Pierre, a quien he mencionado más arriba, o en México incluso en actividades políticas, como sucede actualmente con el padre Solalinde. La civilización occidental ha tendido a organizarse a partir de elementos binarios entre los que tratamos de trazar fronteras más o menos estables y definidas, mas hay que reconocer que, aun con voluntad de respetarlas, cualquier esfuerzo de separación tiene algo de artificial en la medida en que son las mismas personas las que viven entre lo público y lo privado, lo político y lo religioso, etcétera. Más allá de que las instituciones públicas puedan entregar reconocimientos o hacer homenajes en vida y en un marco secular a esas personalidades que se sitúan en dos ámbitos distintos, en algún momento llega el caso de tratar de sus exequias. Por ello es que a lo largo de nuestra historia se ha ido desarrollando un cierto catálogo de homenajes laicos paralelos: desde ceremonias con asistencia de las autoridades públicas (como las que en México se realizan en escenarios como el Palacio de las Bellas Artes para los artistas, o los honores militares en el caso de miembros de las fuerzas armadas), hasta simples comunicados oficiales.

En fin, paradójicamente, si la autoridad pública renunciara por entero a participar en esas exequias, sería tanto como dejar el postrero homenaje a una personalidad pública, en manos únicamente de autoridades religiosas. A falta pues de enriquecer la liturgia laica fúnebre, acaso valdría la pena recuperar al menos una tradición también francesa –napoleónica en específico– en el sentido de enmarcar esa asistencia oficial a ceremonias religiosas en un protocolo que evite los gestos explícitos de sumisión, como el arrodillarse o tomar los sacramentos en el caso de una misa de exequias, incluso si se trata de personas de confesión católica.

A propósito de la encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco

A continuación tengo el gusto de presentar la traducción de artículo breve de mi colega el Dr. Luis Martínez Andrade, sociólogo y militante ecosocialista, publicado originalmente en francés en la página de internet de la Liga Comunista Revolucionaria-La Izquierda de Bélgica. Agradezco al autor que me permita reproducirlo en esta página, cuyo interés es dar cuenta de la recepción de dicho documento pontificio por parte de los intelectuales militantes de izquierda.

Laudato Si'Bien recibida tanto por los iconos de la altermundializacion (como Naomi Klein) como por los teólogos de la liberación (Frei Betto, Leonardo Boff, Juan José Tamayo, entre otros), la encíclica Laudato Si’ (“Alabado seas”, encíclica del papa Francisco sobre el cuidado de la casa común, publicada el 24 de mayo de 2015) se ha convertido, para ciertos sectores de la sociedad, en una referencia insoslayable de la defensa de la naturaleza.

Según el filósofo y sociólogo marxista Michael Löwy, Laudato Si’ es una encíclica antisistémica, pues trae consigo, por una parte, una nueva interpretación de la tradición judeocristiana, y por otra, una reflexión radical sobre las causas de la crisis ecológica. Es cierto, la palabra capitalismo no aparece en la encíclica, pero la crítica del “modelo actual de desarrollo y la cultura del descarte” (n. 43), es clara. Más aún, el papa destaca el vínculo entre pobreza y destrucción ambiental. Por ello, escribe: “Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (n. 49). Notemos pues que la crítica del sistema que realiza el papa Francisco a través de su última encíclica retoma ciertos elementos que sugieren un eco del discurso de los movimientos sociales del Sur global, tales como la opción preferencial por los más pobres, la defensa del bien común, o incluso la crítica del paradigma tecnocrático.

Para el teólogo brasileño Leonardo Boff, Laudato Si’ se inscribe en la línea de la Carta de la Tierra[1], en la medida en que, al promover la articulación entre justicia social y justicia ecológica, la encíclica retoma el paradigma holístico y relacional de la Carta. “Es por tanto necesario una preocupación por el medio ambiente unida a un amor sincero hacia los seres humanos, y a un compromiso constante por los problemas de la sociedad” (n. 91). Así, esta encíclica es más la expresión de una ecología integral que un documento ambientalista.

En cambio, el politólogo colombiano José F. Puello-Socarras sostiene la tesis de que la posición del papa no es anticapitalista, sino más bien cercana a la economía social del mercado – una variante del ordoliberalismo, es decir, la expresión de un pensamiento liberal que busca desarrollar un marco normativo donde el Estado intervenga de nuevo en la economía. En ese sentido, tanto la posición del actual pontífice de Roma, como la doctrina social de la Iglesia, procuran salvaguardar las bases del sistema capitalista.

Si bien Puello-Socarras no yerra del todo en su lectura de Laudato Si’, nos parece que deja de lado ciertos elementos importantes de esta encíclica. Me explicó. Primeramente debemos tener presente que el papa es el representante de un Estado (¡una monarquía absoluta!) y por tanto nunca va a redactar El libro rojo. En segundo lugar, aunque la encíclica se dirige “a todos los hombres de buena voluntad”, es evidente que sus principales interlocutores son los creyentes. Y en efecto, hay posturas muy reaccionarias en esta encíclica, tales como la estigmatización del aborto (n. 120 y 136) y de la teoría del género (n. 155). A estas posturas debemos oponernos sin la menor duda.

Desde nuestro punto de vista, el alcance de esta encíclica reside en el hecho de que pone en cuestión la lógica productivista del actual modelo de desarrollo (la agricultura industrial), la mercantilización de la naturaleza, la alianza entre la economía y la tecnología, el mito del crecimiento infinito, la estrategia de compra y venta de “créditos de carbono”, etc. Por ello mismo consideramos importante la publicación de este documento, pues puede promover una alianza estratégica entre los grupos confesionales, cristianos en particular, que luchan por la defensa de la naturaleza, y nosotros, los militantes de una sociedad ecosocialista.

[1] Aprobada por la UNESCO en París en marzo de 2000, la Carta de la Tierra es una declaración internacional dirigida a construir un mundo justo, durable y pacífico. Compuesta por 16 principios, esta carta promueve la defensa de la “comunidad de vida” y la consideración de las “generaciones futuras”.

Memoria jesuita

Pío VII jesuitasAyer, en la iglesia del Gésu de Roma, el Papa Francisco encabezó la liturgia en celebración del 200 aniversario de la “ricostituzione” de la Compañía de Jesús. Fecha aparentemente elegida en función de la agenda del Papa, pues en realidad la bula de restauración de la Compañía fue expedida 7 de agosto de 1814 (en la imagen vemos una representación alusiva tomada del libreto de la celebración). Esto es, el festejo tiene lugar con algunas semanas de “retraso” respecto del aniversario preciso. El traslado sin embargo, ha permitido que el Papa visite y celebre con sus hermanos jesuitas a una semana prácticamente de la apertura del ya controvertido Sínodo extraordinario sobre la familia que se abrirá el 5 de octubre.

Empero, más allá del contexto, de la actualidad en que se ha insertado la celebración, la liturgia misma merece ser comentada. Conviene decirlo desde el inicio, ha brillado de manera particular por su originalidad y sencillez, su mezcla constante de tradición y modernidad, y sobre todo, por su mensaje constante de universalidad. Originalidad y sencillez, primero porque si bien se han anunciado unas vísperas, no se ha seguido con fidelidad estricta lo propio de dicho oficio, ni siquiera las lecturas propias de la fecha. Ha habido luces e incienso, salmos e himnos, que es lo propio de unas vísperas, pero no exactamente como uno esperaría, e incluso ha faltado el Magnificat. En cambio, los jesuitas han celebrado proponiéndonos una liturgia en tres partes: la presentación de unos símbolos, las luces; una liturgia de la palabra formada por salmodia, proclamación del Evangelio y homilía; y en fin, la conmemoración propiamente dicha, la parte más amplia en gestos, con la renovación de las promesas de los jesuitas presentes, el ofrecimiento del incienso, la entrega del Evangelio al General, las intercesiones, el saludo del General, culminando con un Te Deum.

Sencillez, en parte por el mismo hecho de tratarse de un oficio y no de una misa, pero además porque en él se han utilizado ornamentos modernos y sobrios. Sólo los maestros de ceremonias llevaban la tradicional sobrepelliz sobre la sotana, los demás, incluido el General, el padre Nicolás, portaban sotanas enteramente blancas. El Papa mismo ha llegado de capa pluvial sin otro adorno que una franja roja con bordes dorados, su trono asimismo de diseño contemporáneo, era elegante pero apenas distinto de una silla común por la altura del respaldo.  Conviene destacarlo, sólo el Papa (o mejor dicho, el Papa solo) se encontraba en la plataforma del altar: excepto los dos diáconos en sus bancos (bastante atrás), ni siquiera el General jesuita llegaba a “robar cámara”, con perdón de la expresión coloquial.  El énfasis en la figura sola y sencilla del Papa en lugar del acompañamiento de numerosos sacerdotes que lucieran pomposos ornamentos, se reforzó en última instancia con el trato dado al que el programa todavía trataba de “Santo Padre”, pero a quien el General Nicolás se dirigió como “Hermano Francisco”.

Y sin embargo, no es que a esta ceremonia conmemorativa, original y por ello moderna, inscrita por completo en la liturgia posconciliar, le faltaran evocaciones a la tradición. Evidentemente, el marco elegido para la ceremonia, la Iglesia del Gésu, y las numerosas referencias a San Ignacio de Loyola, recordaban que se trata del festejo de una institución varias veces centenaria. Además, una magnífica capilla musical ha entonado un conjunto de piezas en que constantemente se mezclaban el latín con las lenguas modernas (español, italiano, inglés y francés fundamentalmente). Sólo el Pater y la antífona mariana final (el Salve Regina) estuvieron por completo en la lengua tradicional de la liturgia católica, pero las letras han rescatado frases queridas de la espiritualidad ignaciana (“En todo amar y servir” repetía el canto de entrada) e incluso el lema mismo de la compañía (“Para mayor gloria de Dios”, del canto final), mientras dos de las invocaciones han citado al mismo San Ignacio de Loyola.

Desde luego, han sido sobre todo los mensajes, sobre la homilía del Papa, los más directamente encaminados a hacer memoria. Lo más interesante del mensaje del “hermano Francisco”, es que lejos de comentar el Evangelio, comentó más bien la obra del padre Ricci, a quien tocó ver la supresión de la Compañía en el siglo XVIII. En la celebración misma de su restablecimiento, lejos de un mensaje triunfalista, el Papa ha querido evocar el momento más difícil de la historia jesuita, causado por “los enemigos de la Iglesia” según ha dicho desde el principio de la homilía. Ha construido así un mensaje destinado a rescatar la forma en que la Compañía vivió la “confusión y la humillación”, que se diría (y más con la cita que hizo de Paulo VI) no han dejado de ser de actualidad para la Compañía.

No quiere esto decir que la celebración haya carecido de muestras de orgullo por parte de la Compañía. Antes bien, no es menos notorio que los jesuitas han querido recordarnos su propia universalidad: el espacio lo evocaba ya con las banderas que lucían al fondo del presbiterio; los actores del ceremonial lo confirmaban, con los representantes de las siete conferencias y con los lectores de las invocaciones, leyendo mensajes hasta en croata, swahili y malayo; en fin, la capilla y sus múltiples idiomas insistían también en ese sentido. La Compañía de Jesús, a doscientos años de su restablecimiento, alcanza a todo el orbe y tiene por “hermano” al Sumo Pontífice, pero celebra evocando el sufrimiento de Cristo, adaptándose a la sencillez que espera el mundo moderno de la liturgia, no sin evocar también la tradición ignaciana.

Oraciones por la paz

Preces tempore belliLa paz es un tema que ha estado bien presente en la tradición cristiana desde hace siglos. No es extraño pues que en los libros litúrgicos no falten las preces para el tiempo de la guerra. En el Ritual Romano, el libro por excelencia de este tipo de ceremonias, y que vemos en la imagen en una edición parisina de 1855 disponible en Google Libros, aparece en las letanías “tempore belli” el salmo 45. Sin duda muy oportuno, pues en él se habla con amplitud de la seguridad del creyente en Dios ante esta tribulación: “Sin perder nuestra paz le alabaremos, en medio de trastornos tan extraños”. Los fieles de la Nueva España escucharon esas preces en su momento y participaron en los rituales que conllevaban. Por ejemplo, con motivo de las guerras atlánticas que libraba la monarquía hispánica. En una circular de agosto de 1779, el obispo de Puebla encargaba a sus párrocos la celebración de nueve días de letanías con motivo de la guerra contra Inglaterra. Se encargaron también en los sucesivos conflictos internacionales, pero también en los internos: con motivo de la guerra desde 1810, y más tarde, con las guerras en que intervino el naciente México independiente. Básicamente, se solía hacer una procesión más o menos importante, que diera la vuelta al atrio de las iglesias al menos, o que podía ir a una de las iglesias o santuarios importantes de la localidad. Se podían llevar las imágenes o las reliquias de los santos, o incluso invocar directamente a la Presencia real divina en la Eucaristía. Hoy en día, el tema de la guerra y de la paz permanece, pero sin duda los rituales han cambiado mucho. En efecto, esta breve evocación de los rituales de tiempos de guerra de antaño, nos permiten ver la originalidad de los rituales católicos de nuestros días. Y justo acabamos de ver uno sobre este tema.

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A tres semanas de una declaración pontificia en un discreto consistorio

article-2276884-1782F60A000005DC-229_634x580Hace tres semanas, el 11 de febrero pasado tuvo lugar un hecho inesperado y prácticamente inédito en la historia moderna y contemporánea del catolicismo: en medio de un consistorio convocado para la aprobación de una serie de decretos de causas de canonización, el Sumo Pontífice Benedicto XVI declaró que abdicaba de su cargo a partir del 28 del mismo mes al final de la jornada. Los cardenales presentes recibieron la noticia con sorpresa. El decano del Sacro Colegio, Angelo Sodano, a quien vemos en esta imagen con el Papa, lo dijo de inmediato en su mensaje de respuesta: estaban “casi incrédulos”. De hecho, en una bella ironía, el Papa que ha sido considerado tanto positiva como negativamente como un hombre de la tradición, conservador incluso, nos ha dado uno de los eventos más sorpresivos de la historia institucional de la Iglesia católica, después (creo que apenas) de la convocatoria del Concilio Vaticano II por Juan XXIII.

En efecto, ha sido un evento casi revolucionario, lamentan algunos, incluso entre aquellos que habían sido especialmente admiradores del Pontífice. La reacción tal vez más ilustrativa al respecto fue la del Cardenal Pell, arzobispo de Sidney, quien no dudó en manifestar sus críticas públicamente, expresando su temor de que la renuncia debilite la posición del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, algo que también han expresado medios tradicionalistas. Si bien los lefebvristas, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, expresaron su solidaridad con el Papa (otra ironía considerando las dificultades que le pusieron todo su pontificado), hubo medios que expresaron directamente el escándalo. El filósofo Enrico Radaelli llegó incluso a reclamar que el Papa se retractara de su decisión, mientras el historiador Roberto de Mattei, algo más moderado, dejó claro el meollo del problema para los tradicionalistas: “La imagen de la institución pontificia, a los ojos de la opinión pública mundial, estaría en efecto despojada de su sacralidad para ser entregada a los criterios de juicio de la modernidad”.

Empero, la casi unanimidad de los cardenales y obispos del mundo recibió la noticia con sorpresa, pero con obediencia. Es un hecho inédito, porque no había ocurrido desde la Edad Media, y entonces tuvo lugar para solucionar una crisis en que reinaban tres papas simultáneamente, pero está por completo contemplado en el Código de Derecho Canónico (CIC por sus siglas en latín). Además es un evento inesperado, sin duda, pero bien pronto los medios recordaron que el propio Benedicto XVI había hablado de esa posibilidad en otras oportunidades, sólo que sus palabras no habían sido retenidas en la opinión internacional, y ni siquiera en los propios medios católicos, acaso porque parecía improbable o incluso impensable que lo cumpliera. Es verdad que si no hay motivos para dudar que lo había reflexionado desde tiempo atrás, es claro que no fue hace tanto, como que tiene lugar a la mitad del Año de la Fe, celebración que uno hubiera podido imaginar como el equivalente del Jubileo que celebró Juan Pablo II, y cuando estaba anunciada la publicación de una nueva encíclica en abril que cerraría el ciclo de las virtudes. Sin embargo, el Papa, que ha gobernado la Iglesia con su original estilo durante ocho años, cierra su pontificado justo mantiéndose perfectamente en su línea propia. Lo han visto, yo creo que certeramente, analistas como Pietro di Marco, profesor de la Universidad de Florencia, el pontificado de Juan Pablo II estuvo basado en el carisma, ya fuera el del hombre jovial y animado del principio de su gobierno, o el anciano enfermo de su final, era un Papa de lo sentimental. El de Benedicto XVI ha sido en cambio un pontificado de la razón, de lo intelectual. Hasta el último momento ha sido en cambio un Papa en extremo moderado en el ámbito emocional, hasta el punto que en su salida del Palacio Apostólico parecía que quien renunciaba era su secretario, monseñor Gänswein, quien estaba fundido en lágrimas. Así, si de Juan Pablo II se recordarán (sin demeritar lo demás), sobre todo sus gestos con los que se ganaba a las multitudes, de Benedicto XVI son sus textos su gran legado. Esos discursos de profesor universitario, templados, explicativos, llenos de referencias a los Padres de la Iglesia, tan difíciles de transmitir a los medios de comunicación audiovisuales con los que no por nada tuvo siempre mala relación, reforzada por las dificultades que tuvieron las oficinas de comunicación de la Santa Sede buena parte del pontificado y sobre todo en momentos cruciales.

La renuncia del Papa pues, es ante todo, expresión de una racionalidad moderna que se introduce en el corazón mismo de lo que queda de la vieja Monarquía Pontifical, pero tampoco es algo nuevo, finalmente de eso, en parte, se trata la obra y el legado del Concilio Vaticano II. La profesora Danièle Hervieu-Léger ha tratado el tema en un artículo harto interesante publicado en Le Monde el 1o. de marzo, desde una perspectiva algo pesimista respecto de la centralidad del Papa en la vida eclesiática, pero que recuerda bien que la eclesiología del “Pueblo de Dios” que se proclamó en el Concilio, recuperaba la colegialidad y la sinodalidad, frente al absolutismo pontificio. En ese sentido, me parece que la renuncia de Benedicto XVI, el gran enemigo de la interpretación rupturista del Concilio, resulta más bien una prueba de que éste sigue siendo de gran actualidad, y de que en efecto es posible seguir repensando las altas instituciones de la Iglesia católica. No lo niego, es por ello que su renuncia me parece, no sólo un acto de virtud (que es lo en lo que han insistido obispos y sacerdotes), sino directamente un avance que ojalá pudiera tener consecuencias en la plena implementación de la colegialidad de la Iglesia.

Ahora bien, en otra bella ironía el Papa que tuvo tantas dificultades con los medios, el 11 de febrero pasado logró imponerles una agenda. A todo lo largo de la Cuaresma el público, católico o no, va a tener constantemente en sus pantallas la imagen de San Pedro del Vaticano y de los cardenales, y va a seguir minuto a minuto todo lo que gira en torno al cónclave. La decisión tomó por completo a los medios por sorpresa, como testimoniaba Frédéric Mounier, el corresponsal del diario La Croix, había apenas 4 periodistas en la sala de prensa siguiendo el consistorio, quienes tuvieron que salir de inmediato a buscar la grabación de lo declarado en latín por el Papa para verificar si sus oídos no los habían engañado. Pero como siempre cuando la religión entra en la opinión, no falta el escándalo, que vino con el tema del documento final que unos días más tarde entregaría al Papa la comisión de tres cardenales encargada de estudiar el asunto conocido en los medios como el “Vatileaks”. Hay buenas razones para que éste sea el último gran tema de controversia del Pontificado, pues finalmente se trata de la única verdadera gran crisis de estos años, el único caso que conmovió en realidad a la Curia romana.

Independiente de la falsedad o no de las filtraciones llegadas a la prensa, lo que es claro (no necesitábamos de este escándalo para confirmarlo en realidad), es que durante estos ocho años el gobierno central de la Iglesia ha tenido fuertes querellas internas, lo hemos visto en repetidas ocasiones, los dicasterios no siempre se comunicaban entre sí, o dejaban desprotegida la figura del Papa. Por ello han cobrado nuevo vigor (no es que les faltara mucho) los viejos fantasmas anticurialistas, que son también una vieja tradición católica: esas oficinas de los dicasterios convertidas en teatro de las más sórdidas intrigas, lugar de corrupción y no de santidad. Y claro, de inmediato es fácil es asociar el fracaso en el manejo de la Curia con la renuncia del Papa. Hay algo de verdad: si no acometió una reforma general de las instituciones centrales de la Santa Sede, el Papa trató de introducir cambios en varios puntos, tan variados como el tema del tratamiento dado a los casos de abuso sexual, el diálogo con la Fraternidad San Pío X, o la gestión financiera del Instituto de Obras de la Religión. En todo ello tuvo oposiciones importantes y no siempre el acompañamiento de todos sus colaboradores. En realidad, si es difícil que todos esos eventos no hayan tenido algún peso en su decisión, la cronología elegida (en el inicio de la Cuaresma, justo en un momento en que ninguno de esos escándalos estaba a la orden del día, en día festivo por el aniversario de los Pactos Lateranenses) creo que prueba bien que el Papa no estaba, como es su costumbre, pensando sólo en los eventos coyunturales, sino pensando en dar un mensaje de renovación eclesiológica.

Como sea, el jueves pasado, Benedicto XVI pasó a ser Pontífice emérito, retirándose a la residencia de Castelgandolfo, dejando paso a la Sede Vacante, el gobierno de los Cardenales, encabezados por el Camarlengo de la Iglesia Romana y el decano del Colegio, los cardenales Tarcisio Bertone y Angelo Sodano. Parece que hay prisa en elegir al nuevo Papa, pues hubo presiones fuertes para que reformara la constitución Universi Dominici Gregis, y ya para el último día de su pontificado pudo saludar a más de un centenar de cardenales presentes en Roma. Empero, todavía no hay nada escrito, se llevan a cabo apenas las primeras congregaciones, y los cardenales saben dar más de una sorpresa antes y durante el cónclave. En buen historiador, no he de aventurar nombres, pero en un colegio donde Benedicto XVI dejó nombrados a 20 italianos, que se suman a 8 que recibieron el birrete bajo Juan Pablo II y son también electores, hay buenas razones para pensar, que los italianos tienen posibilidades…

Más allá de la elección misma, que justo ha despertado las incontables listas de “papables”, es interesante ver las presiones de la opinión sobre la asistencia de algunos cardenales electores, otras sobre la reforma de la Iglesia, y la tremenda apertura de temas de discusión que se han suscitado. Sin duda algunos ven todo ello como constantes ataques a la Iglesia, y aunque tal es a veces la intención, hay muchas voces que se expresan con tanta irreverencia como fervor de fondo, y en ese sentido es siempre interesante ver que permanece fuerte como tema de actualidad. Es materia de discusión muchas veces apasionada, tan presente en los medios, que se diría que no importa la disminución de la práctica religiosa, la opinión pública no puede vivir sin ella.

Visita de Benedicto XVI a México

No podía ser de otra forma, esta semana es casi obligado hablar de la visita apostólica del Papa Benedicto XVI a México, en camino de Cuba para celebrar el jubileo del 400 aniversario del hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Visita controvertida, como la mayor parte de los viajes del Papa fuera de Italia: lo fueron en particular el de Inglaterra en 2010 y el de España en 2011. Y controvertida por más de un motivo: el problema de la violencia (cabría destacar que es tal vez la primera ocasión que el Papa visita un país prácticamente en estado de guerra, Tierra Santa aparte), el ambiente electoral, la reforma del artículo 24 constitucional, y claro está, las primeras voces que se quejan del apoyo económico oficial para la seguridad del Sumo Pontífice.

La opinión pública discutió mucho al respecto en los medios masivos, en la prensa y en el internet, por lo cual yo creo que lo primero a destacar es que ello no ha evitado que la recepción sea multitudinaria. Benedicto XVI no tiene el mismo carisma, pero prácticamente desde antes de tocar tierra mexicana, ha sido ovacionado de manera casi tan espectacular como lo fuera el Beato Juan Pablo II, cuya memoria, lo confirmamos con el recorrido de sus reliquias el año pasado, está particularmente viva entre los mexicanos. Aplausos, porras (muchas heredadas del pontificado anterior), gritos de júbilo, banderas del Estado Vaticano ondeando, en fin, el mismo repertorio festivo que se le dedicó a su predecesor, mañanitas incluidas por más recomendaciones en contra de los organizadores. Su llegada a Guanajuato capital fue especialmente apoteósica, con la parada para recibir las llaves de la ciudad de manos del Presidente municipal y para el saludo del Gobernador, pero sobre todo por la recepción multitudinaria en la Plaza la Paz, a vuelo de campanas de la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, con orquesta, coros, mariachi y muchos gritos, es decir, con todo el ensordecedor repertorio sonoro de que nuestro país es capaz. Para corresponder sin duda a la memoria de su predecesor, Benedicto XVI se ha mostrado particularmente abierto a corresponder con algunos gestos a las aclamaciones de la multitud, incluyendo portar el sombrero de charro que se le vio a su arribo al Parque Bicentenario en la misa de hoy.

Ha sido pues, sin duda, una recepción excepcional para el Papa, aunque tampoco habría que exagerar, la de su visita a Benín en 2011 podría compararse hasta cierto punto, y en París en 2008 no había una multitud tan grande pero los jóvenes de las escuelas católicas francesas lo recibieron con ovaciones semejantes. Como sea, tengo la impresión de que hay en ella, claro está mucha movilización bien organizada por parte del Episcopado, pero mucho también de catarsis, de necesidad de una celebración colectiva en tiempos efectivamente complicados en la mayor parte de las regiones de nuestro país. Cabe decir en fin, que si Benedicto XVI no es un hombre que cautive multitudes, tal vez ha jugado a su favor la brevedad de la mayor parte de sus intervenciones y el buen uso en ellas de frases emotivas iniciales, como las que arrancaron aplausos a su llegada a León y en su mensaje en Guanajuato. Este último, por cierto, pensado exclusivamente para los niños y no para la multitud en su conjunto, tuvo particular éxito, tal vez justo por eso mismo, por estar pensado con sencillez infantil. En cambio, es significativo que su homilía en la misa de hoy, no llegara a ser interrumpida por aclamación alguna. Cierto, el sonido local había pedido que los asistentes guardaran la compostura, pero tengo la impresión de que  ello no hubiera sido obstáculo si efectivamente la emoción hubiera cautivado a los presentes.

Ahora bien, dejando de lado ese punto, el propio viaje despertaba una incógnita fundamental: sus motivos. Lo sabemos, es el resultado de una invitación expresa del Episcopado Mexicano y de la Presidencia de la República, pero es original entre los viajes del Sumo Pontífice actual, porque éste ha salido de Italia con destinos bien concretos: para encabezar jornadas, como las de la Juventud de Colonia en 2005, de Sydney en 2008 y de Madrid en 2011; o los encuentros de familias de Valencia en 2006 y de Croacia en 2011; por supuesto, con motivo de conferencias y sínodos episcopales, que motivaron las visitas a Brasil y Benín, y con motivo de los aniversarios de grandes santuarios marianos como los de Mariazell, Lourdes y ahora la Caridad del Cobre. Ninguno de estos grandes eventos se contaba en la agenda de la parte mexicana de este viaje, y siendo además particularmente buena la relación de México con la Santa Sede, la prensa internacional destacaba sobre todo la agenda de Cuba. Pero ya en la tradicional conferencia de prensa en el avión de Alitalia hacia México se hicieron presentes los temas principales de la visita: el que más llamará la atención de la opinión será sin duda el de la violencia, sobre el cual el Papa dijo, en respuesta a la pregunta de Javier Alatorre, “voy para alentar y aprender”; en cambio, el tema que él mismo desearía destacar muy posiblemente sea representado en la frase que siguió a la que acabo de citar: “para confirmar en la fe, en la esperanza y en la caridad”. Sobre ello versó ya su mensaje en la ceremonia de bienvenida, en la que cual se definió como peregrino de la fe, de la esperanza y de la caridad, pero sobre todo de la segunda, dictando cátedra a partir de lo que ya expuso en su encíclica Spe salvi. La Iglesia, se entiende así, tiene una responsabilidad en concreto educativa, como lo expresó directamente al responderle a Valentina Alazraki en el avión: “no es un poder político, no es un partido”, y en cambio “el primer pensamiento de la Iglesia es educar la conciencia”.

De manera coherente con esta idea, no ha habido en toda la visita llamados explícitos como no sea a la conversión de los corazones. Cierto, en la ceremonia de bienvenida afirmó que ora por las víctimas de la violencia y en su mensaje en Guanajuato hubo mención de los sufrimientos de los niños, pero nada más. Las palabras más enérgicas en el tema de la violencia fueron pronunciadas por el arzobispo de León, monseñor José Guadalupe Martín Rábago, en el saludo de la misa del Parque Bicentenario, denunciando por igual la pobreza, la impunidad y el cambio en la moral. Unos minutos más tarde, en la homilía, el mensaje más largo del Papa en esta visita, el Sumo Pontífice se limitaba a hacer un bello comentario del Salmo y el Evangelio de hoy, cierto que aludiendo a la situación de la nación mexicana, pero sobre todo llamando de manera general a que Cristo reine en los corazones. El Papa pues, no ha intervenido de manera directa en las discusiones internas mexicanas, ni se ha pronunciado claramente a favor o en contra de las estrategias (si así se les puede llamar) del gobierno en materia de combate al narcotráfico.

El mensaje más fuerte del Papa, por así decir, fue el que dirigió a los obispos latinoamericanos en las Vísperas celebradas en la Catedral de Nuestra Señora de la Luz de León. Ahí fue recibido con un discurso de expresión de fidelidad del presidente de la CEM, a que respondió con un recordatorio de las responsabilidades episcopales. Sutil, demasiado dirán algunos, les instó a corregir a los sacerdotes “sobre actitudes improcedentes” y a evitar “divisiones estériles”. Tal vez sea paradójico del más importante crítico de la teología de la liberación latinoamericana, les indicó: “Estén del lado de quienes son marginados”. Ahí, en la conferencia de prensa del avión y en la homilía de la misa, resaltó la agenda propiamente eclesiástica: la “Misión continental” producto de la Conferencia de Aparecida, la organización del Año de la fe, la conmemoración de los bicentenarios de las independencias. Actividades todas en las que el Papa ha indicado, según se entiende, la necesidad de darle al catolicismo latinoamericano un carácter más racional, que complemente su aspecto profundamente emocional, por ejemplo con la “meditación de la Sagrada Escritura”, según dijo en las Vísperas.

Alentar, educar y dirigir una admonición a los obispos pues, han constituido los principales temas del viaje, pero hay un tercero que ha sido bastante visible: la infancia. Benedicto XVI ha pasado buena parte de su viaje a México bendiciendo niños, lo mismo en el aeropuerto del Bajío que en Guanajuato, donde el saludo del Papa estaba dirigido a ellos e iba incluido un llamado para proteger a la infancia. No he tenido oportunidad de ver notas al respecto, pero ya puedo imaginar que a muchos comentaristas les habrá parecido provocador o irónico, teniendo en mente sin duda los escándalos de pederastia internacionales pero sobre todo nacionales (el del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel para ser preciso). Justamente me queda la impresión de que es una imagen que responde a la crítica en esta materia, ya lo dijo el Padre Lombardi en la conferencia de prensa del sábado a pregunta de una reportera de Milenio, pero que viene sobre todo por parte del Episcopado Mexicano, con la intención de evocar otra vez los gestos de Juan Pablo II con la infancia, de manera muy directa, como lo vimos con las palomas que salieron volando del balcón de la mansión del Conde Rul.


Ahora bien, una cosa son los mensajes que el Papa y el Episcopado han querido transmitir y otra el sentido que los actores políticos locales han querido darle a la visita. Y me parece que los ha habido y han sido particularmente exitosos. El Episcopado había advertido que el Papa no se reuniría con los candidatos a la Presidencia, lo que no ha podido (o querido) evitar es la presencia constante del Presidente de la República. En una primera parte, la ceremonia de bienvenida, fue una presencia oficial bien enmarcada en un protocolo rígido, presencia obligada por las relaciones diplomáticas de México con la Santa Sede. Ahí, en el aeropuerto del Bajío, ni un solo funcionario besó el anillo del Pescador, el Presidente indicó en su discurso que México es un Estado laico (aunque sólo luego de una referencia implícita a la reforma del artículo 24) y no hubo, como en el sexenio anterior, presentación de toda la familia presidencial ante el Sumo Pontífice.

En realidad, la presencia del titular Ejecutivo hubiera podido terminar ahí, podría haberse realizado un encuentro privado breve en el propio aeropuerto y dejar la ceremonia de despedida a cargo de la Secretaría de Relaciones Exteriores. En cambio, el programa dejaba ver que si antaño Juan Pablo II había sido un tanto acaparado por el cardenal Rivera Carrera, Benedicto XVI lo sería por el Presidente Calderón. La visita de cortesía al mandatario el sábado en Guanajuato, en el antiguo palacio del Conde de Casa Rul, fue oficialmente oportunidad para hablar de la agenda internacional común y, según el comunicado de la Presidencia, también se aprovechó para presentar al Papa a algunas víctimas de la violencia, todo ello en el sorprendente lapso de menos de media hora. Así, no es extraño que el padre Lombardi en la conferencia de prensa de esa noche no estuviera siquiera informado de ese último punto a pesar de haber asistido a la reunión. Se diría que la Presidencia quería aprovechar para reivindicar su propia imagen del tratamiento de las víctimas, presentándolas al Papa, pero sin explicar mucho quiénes eran.

Extraoficialmente, el encuentro del sábado fue también espacio para la expresión religiosa del Presidente, su familia y su entorno, incluida la bendición de las familias de sus colaboradores fallecidos en accidentes aéreos. Además, el Presidente casi se diría que se aseguró de su propia visibilidad, desplazando un poco al Episcopado mexicano, acompañando al Papa en todo momento, incluso cuando dirigía su mensaje desde el balcón de la mansión. Y hoy, por primera vez en todo el sexenio, la agenda presidencial incluyó la asistencia a la misa, como invitado decía la página de internet de la Presidencia. Estuvo ahí para saludar al Papa a su llegada al Parque Bicentenario, para despedirlo a su salida bajo los acordes de la Marcha Pontifical, y claro está, Felipe Calderón y su familia subieron a comulgar de manos del Sumo Pontífice, aunque cabe hacer notar que él no aceptó arrodillarse en el reclinatorio que se colocó para el caso. Todo ello mostrando hasta qué punto la Presidencia sí que deseaba el respaldo pontificio, aunque a estas alturas me es imposible imaginar si tiene un sentido político, es decir, si podría capitalizarlo de alguna forma.

Mas sin duda la autoridad civil más entusiasta ha sido la del Gobierno de Guanajuato. El gobernador Juan Manuel Oliva, en entrevista que concedió a Radio Vaticano el viernes, calificaba la llegada del Papa de “día histórico para Guanajuato” y presumía de los logros de la organización. Sólo él ha superado al Presidente Calderón en encuentros con el Papa, pues lo ha visto todos los días de su viaje y más de una vez: en la ceremonia de bienvenida, a la entrada de la ciudad de Guanajuato con motivo de la entrega de las llaves de la ciudad, antes de la misa para la entrega de las llaves de la ciudad de Silao, en la misa misma, donde él sí se arrodilló para recibir la comunión (si la vista no me falla), y en fin, ahora en las Vísperas de la Catedral de León, ni más ni menos que para el encendido de fuegos artificiales en el Cerro del Cubilete.

En fin, mañana el Papa parte rumbo a La Habana, donde le espera ya la verdadera gran visita de este viaje, mucho más tensa, por sus declaraciones en el avión a propósito de la ideología marxista y por las del arzobispo de La Habana a propósito de que no hay ya presos políticos en Cuba. La escala en México, me parece, ha sido una interesante muestra de las tensiones permanentes entre la emoción popular, las prioridades clericales, la opinión pública y los intereses coyunturales de nuestros políticos, entre las cuales nunca queda claro quién se aprovecha de quién.

Lugares para la misa

El 15 de diciembre pasado, la Cámara de Diputados discutió la reforma del artículo 24 constitucional. Uno de los puntos a debate era suprimir el párrafo de ese artículo que dice: “Los actos religiosos de culto público se celebrarán ordinariamente en los templos”. No entraré aquí a detallar la discusión  (harto interesante, cabe decir) que se originó entre los legisladores, pero cabe citar algunas reacciones de los diputados de izquierda, que fueron especialmente interesantes: “el Papa y la jerarquía eclesiástica se podría animar a celebrar misas en la Ciudad de México, en el Zócalo”, dijo el diputado Jaime Cárdenas; por el mismo tenor, el diputado Gerardo Fernández Noroña completó: “ya hacen misas en el corazón de la ciudad, en la catedral, que es el templo católico más importante del país, y ahora quieren que las hagan en la plancha del Zócalo”. Simpática ironía de la historia, antaño el tema era la protección de los espacios sagrados religiosos de toda forma de manifestación profana, hogaño hay que proteger los espacios no menos sagrados pero laicos (el Zócalo), de toda forma de manifestación religiosa.

Pero más allá de lo meramente anecdótico, la discusión me parece da pie para recordar un poco de la historia de los espacios para la celebración de la misa. No me remontaré a los orígenes del Cristianismo, confesando mi incompetencia para ello, pero me basta recordar la obra de Eric Palazzo L’espace rituel et le sacré dans le Christianisme, en la que expone con claridad que, en la Edad Media, la misa podía celebrarse tanto en los santuarios como en cualquier otro sitio exterior gracias a los altares portátiles. De hecho, las obras de los grandes santos de la época están llenas de referencias a misas celebradas a lo largo de peregrinajes y misiones, literalmente a orillas de los caminos o incluso en los barcos (aunque en estos últimos sin consagración por lo general). A veces se celebraron para bendecir a los combatientes antes de las grandes batallas medievales, de lo cual quedó incluso memoria hasta el siglo XIX, como vemos en este cuadro de la Batalla de Bouvines, de la Galería de Historia de Francia del Palacio de Versalles, donde justamente aparece el altar con las especies eucarísticas. Cabe decir, las órdenes que surgieron justamente para la predicación itinerante, los dominicos y los franciscanos, obtuvieron pronto el privilegio de llevar altares portátiles por doquier.

BouvinesFue la época de las Reformas, protestante y católica, cuando la preocupación (casi la competencia me atrevería a decir) por proteger correctamente lo sagrado, llevó a la prohibición casi sistemática de las misas fuera de las iglesias. Philippe Martin en Le théâtre divin. Une histoire de la messe XVIe-XXe siècle lo muestra bien con el ejemplo de un monje benedictino francés del siglo XVI que atraviesa Europa camino de Tierra Santa celebrando constantemente la misa, pero nunca a bordo de barcos ni fuera de altares católicos. En el mundo americano, tierra de misiones casi por definición, es cierto que las órdenes mendicantes y los jesuitas hicieron uso de altares portátiles y celebraron al aire libreo. Pero ahí donde ya la catolicidad estaba consolidada, la preocupación era (como en todo el mundo católico) acondicionar con “decencia” las iglesias y capillas.

Un buen ejemplo es que la obra que tanto hemos citado en este blog, El porque de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios, no comprende el tema del altar portátil sino para su uso en el ejército, y en cambio sus primeros capítulos están destinados a exponer el denso simbolismo que ya en ese siglo XVIII caracterizaba a las iglesias. Tal era el preámbulo indispensable para exponer a detalle cada una de las ceremonias eclesiásticas, la misa en particular. En ese sentido, acaso los obispos del Antiguo Régimen habrían estado de acuerdo con la redacción del artículo 24 constitucional: las ceremonias religiosas debían tener lugar, de ordinario, en los templos. Aunque confieso que conozco poco del asunto, siguiendo al mismo Martin, parece que fue el gran movimiento católico de finales del siglo XIX y principios del XX, el catolicismo social, seguido por el “movimiento litúrgico” del siglo XX el que se entusiasmaría por las grandes celebraciones en exteriores. Es de entonces que datan las grandes reuniones, los congresos católicos, congresos eucarísticos, semanas sociales y demás, que por su carácter multitudinario, difícilmente podían entrar en el espacio de una iglesia ordinaria, imponiendo la celebración de la misa fuera de ella. De ahí que en nuestros días la legislación canónica sea más bien flexible en la materia: el Codigo de Derecho Canónico prevé en el canon 932 que la celebración de la misa sea “en lugar sagrado”, a no ser que “la necesidad exija otra cosa”.

Así pues, si en los siglos XVI al XVIII las grandes manifestaciones exteriores del catolicismo fueron sobre todo las procesiones y las misiones, entre los siglos XIX y XX la misa efectivamente se irá agregando a ellas. Se trata al mismo tiempo de una adaptación a una sociedad de masas, de un esfuerzo por demostrar la vitalidad del catolicismo, en ciertos casos incluso de un romántico reencuentro con el templo mismo de la naturaleza, o con los grandes lugares de la memoria del Cristianismo (v.gr. Benedicto XVI oficiando en el Valle de Josafat). Pero no deja de haber razón en las inquietudes de la sensibilidad “laicista”, por así decir, pues en efecto se trata también de un esfuerzo por recuperar la presencia religiosa en un espacio público cada vez más secularizado.

Una liturgia para América Latina

El pasado 12 de diciembre tuvo lugar en la Basílica Vaticana, es decir, en San Pedro de Roma, una misa encabezada por el Papa Benedicto XVI en persona, dedicada a conmemorar el bicentenario de las independencias de los países latinoamericanos. De ella, la prensa mexicana retuvo sobre todo la confirmación, en voz del propio Papa durante su homilía, de su viaje a México y Cuba; sin embargo, la liturgia de la ocasión no deja de ser interesante. Desconozco si la televisión de señal abierta o cerrada transmitió la ceremonia, por lo que creo que conviene una descripción paso a paso de la misma. Quien sí la haya visto, perdonará pues si entro mucho en los detalles. Aquí en primer término la nota difundida sobre el evento en el canal en español de la Santa Sede en Youtube.

Ya desde los ritos iniciales, los organizadores de la misa quisieron transmitir mensajes bastante claros. Teniendo de fondo el canto Pueblo de reyes, versión en español del Peuple de Dieu de Lucien Deiss, hicieron en primer lugar su entrada las banderas de todos los países latinoamericanos, incluso de aquellos que no conmemoran bicentenarios independentistas en estos años, como Haití, Brasil y Panamá. Portadas por jóvenes de los respectivos países, uno diría que la nave central de la Basílica se convertía en una simbólica procesión de nuestras naciones hacia la Cátedra de San Pedro que luce en el fondo de ella. Representados pues, ya que no necesariamente por diplomáticos al menos por nuestros símbolos nacionales, tomó la palabra el Dr. Guzmán Carriquirry, actual secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, y uno de los laicos de más importante trayectoria en los dicasterios de la Santa Sede. Su discurso, fue ya una lectura de la historia latinoamericana en renovada clave católica. Esto es, sin caer necesariamente en los viejos dichos de la historiografía conservadora latinoamericana, se insistía con fuerza en el papel decisivo del catolicismo en el desarrollo de nuestros pueblos. Notemos en particular las citas: salieron a relucir el Nican Mopohua (el célebre texto fundador de las apariciones guadalupanas), al lado de frases célebres de los próceres de la independencia Bolívar y Morelos (“Morales”, dijo por equivocación el profesor Carriquirry), y claro está, referencias de los documentos de la última conferencia general del episcopado latinoamericano, la de Aparecida (Brasil), y del propio Benedicto XVI. Cerró esta primera parte, previa a la misa propiamente dicha, la oración guadalupana pronunciada por el arzobispo de Santo Domingo (República Dominicana), cardenal López Rodríguez.

Presentes ya las naciones festejadas y debidamente enmarcada su historia en la del catolicismo, bajo unos clásicos acordes del Tu es Petrus, hizo su entrada el Sumo Pontífice acompañado de los concelebrantes. Cabe destacar la repartición “equitativa”, por decirlo de alguna forma, de los asistentes del Sumo Pontífice: dos cardenales de la curia, el Secretario de Estado, cardenal Bertone y (era casi obligado) el presidente de la comisión para América Latina, cardenal Ouellet, con dos cardenales arzobispos latinoamericanos, el de México (cardenal Rivera Carrera) y el de Aparecida (Brasil, cardenal Assis). En contraste con el muy clásico y solemne rito de entrada, luego de unas palabras de  agradecimiento al Papa por haberse sumado a la conmemoración del Bicentenario, la música elegida para la ocasión fue mayormente la Misa criolla (1965) del argentino Ariel Ramírez, joya de la música religiosa latinoamericana del siglo XX. Inspirada en la música tradicional argentina y andina, jugó en su día un destacado papel como fuente de inspiración para la música de la Teología de la Liberación, aunque nunca estuvo relacionada con ella directamente. Desconozco, lo confieso, si ya antes se había usado en la Basílica de San Pedro y con el Papa presente, pero convenía en este caso tanto más cuanto que Ramírez la dedicó a unas religiosas compatriotas del Papa que habían asistido a las víctimas de un campo de concentración del nazismo. Para quien no lo conozca, aquí incluyo el Gloria de ella, en una de las versiones más conocidas, la interpretada por Mercedes Sosa.

Al ritmo de estilo sudamericano, siguió la liturgia de la palabra mayormente en español, sólo la segunda lectura fue proclamada en portugués. En cuanto a las lecturas, si bien el Salmo (66) y el Evangelio (San Lucas, 1) fueron efectivamente tomados de la liturgia que se acostumbra en México para la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, en la primera lectura el profeta Isaías dejó paso a Zacarías, y en la segunda, la carta de San Pablo a los Gálatas fue sustuida por un pasaje del Apocalipsis. Aunque sin duda los especialistas en estos temas podrán corregirme, no creo que hayan sido cambios al azar. El pasaje del profeta Zacarías, capítulo 9, con su evocación de la extensión del reino prometido al pueblo de Israel “hasta los confines de la Tierra”, convenía perfectamente a una liturgia para los pueblos latinoamericanos, e incluso abría bien el responso del salmo “Que te alaben Señor, todos los pueblos”. Por su parte, la lectura del Apocalipsis vendría a ser hasta históricamente más apropiada, toda vez que desde siglos atrás los oradores novohispanos y mexicanos quisieron ver en la de Guadalupe la “gran señal” de la visión de San Juan en Patmos, y ella también abría bien el camino al Evangelio, el de la visita de la Virgen a Isabel. En general, pues, se diría que los organizadores trataban de darle mayor realce a la imagen misma que ya nos habían dado en los ritos iniciales, la de unos pueblos lejanos y múltiples, reunidos en torno de la imagen maternal mariana, no menos que de la maternal Iglesia.

Vino así la homilía, asimismo en español (salvo un breve pasaje en portugués) que no reseño por estar publicada íntegramente en varios idiomas en el sitio de la Santa Sede. No puedo omitir, sin embargo, que valdría la pena hacer alguna vez el recorrido de las palabras de los Papas sobre la independencia latinoamericana, desde aquellas encíclicas de Pío VII (Etsi longissimo, 1816) y León XII (Etsi iam diu, 1824), hasta esta manifestación de la “alegría de la Iglesia” por el aniversario de nuestras naciones. Más solemne, en latín sobre todo, aunque sin dejar de lado en la música a la Misa criolla, la liturgia eucarística fue por ello (siempre según mi particular opinión), algo menos rica en referencias específicas a la América Latina. Por ello, más que seguir describiendo el ritual, quisiera cerrar simplemente con esta imagen, propia del Servicio Fotográfico de L’Osservatore Romano, periódico oficial del Papa (la galería completa está disponible en su página de internet). En ella vemos el paso del Sumo Pontífice ante las banderas latinoamericanas, al fondo la Cátedra de San Pedro, los abanderados de pie en saludo a la máxima autoridad de la Iglesia católica. Lamentablemente no encontré una imagen clara de cómo las banderas se inclinaron al momento de la consagración, pero en uno y otro caso, creo que ilustra bien una parte no menor de este ceremonial, que también iba dirigido a mostrar a las naciones latinoamericanas tributando honores a la Sede Apostólica.Papa y Banderas

¿Templarios?

La información internacional del mes de julio pasado estuvo particularmente marcada por el doble atentado de Oslo, la explosión en el centro de la capital y el tiroteo contra los jóvenes socialdemócratas reunidos en la isla de Utoya, perpetrados en principio por Anders Behring Breivik. Unos días antes, la información más frecuente sobre la violencia en México, estaba relacionada con los operativos de la Policía Federal contra una organización criminal instalada en Michoacán denominada “Los Caballeros Templarios”. Entre uno y otros hay sin duda muchas más diferencias que similitudes, aunque sin duda hay una bien palpable, la violencia criminal, y una referencia cultural común: la medieval Orden de Pobres Caballeros del Templo de Salomón, orden religiosa de caballería fundada por cruzados de origen franco en el siglo XII, para protección de los peregrinajes en Tierra Santa, y disuelta en el XIV luego de un célebre proceso de herejía y otros delitos (desde brujería hasta sodomía) llevado ante la Inquisición francesa, y cuyos últimos miembros fueron quemados en la hoguera por decisión del rey Felipe IV en 1314.

Tengo la impresión de que sería por sí mismo interesante seguir los enredados caminos de aquella Milicia de Cristo a lo largo de la historia. Ella ha generado una vasta literatura, fundamentalmente novelas históricas (como el célebre Los reyes malditos del ya fallecido Maurice Druon) y obras esotéricas, hasta terminar sirviendo de inspiración a criminales de tan distinto género, pero me temo que no será empresa del que escribe estas líneas. En cambio, creo que puedo al menos llamar la atención sobre lo que uno y otros recuperan del Temple.

Tal vez es un poco obvio decirlo, pero parece claro que más que de los Templarios como orden religiosa, estamos hablando de ellos como orden de caballería. Puedo desde luego equivocarme, pero no he visto ninguna alusión a sus prácticas religiosas, a sus votos monásticos o siquiera a la devoción a su santo patrono (San Jorge). Así pues, Breivik, con su tan difundida imagen portando el manto con la cruz roja de los caballeros y su pertenencia (desconozco si confirmada) a un grupo que habría adoptado el mismo nombre de la orden, se entiende que reivindica sobre todo su carácter de guerreros, de una organización militar jerárquica y dotada de una cierta mística, e incluso de un carácter secreto o “hermético”, que es la imagen difundida de la orden en la literatura esotérica contemporánea. Cierto, se trata, para él, de los defensores de la civilización europea contra la civilización árabe musulmana, la primera sin duda “cristiana” por su pasado, la Cristiandad, pero no porque su presente o futuro estén directamente asociados con una práctica religiosa definida. De ahí la ambigüedad de la denominación que se le dio en la prensa de “fundamentalista cristiano”, pues no parece que en sus ideas políticas haya un proyecto de teocracia claramente definido, que lo hay en cambio en algunos otros sectores de la extrema derecha europea.

Del otro lado del Atlántico, los “templarios” michoacanos parecen ir también en un sentido semejante. Lo más difundido de ellos en la prensa ha sido un “Código de conducta” que ya es sin duda significativo en su nombre, pues los Templarios tenían una regla, como cualquier orden religiosa, adoptada de las de San Agustín y de San Benito de Nursia. Hay ciertamente en este caso una declaración de creer en Dios, pero sin especificar en manera alguna una profesión de fe concreta, algo así como en los escritos de Breivik hay conceptos ambiguos como el de “cristiano agnóstico”, si bien contrario al noruego los michoacanos  declaran su apoyo a la libertad religiosa. De manera harto paradójica, recuperan valores “tradicionales” y en efecto de inspiración cristiana, como el honor, el combate de la injusticia, y la protección de los débiles, pero más que todo ello, se nota de nuevo la asociación del Temple con una organización cerrada, secreta, cuyo único voto explícito es el de silencio y su único ritual declarado es el de ingreso (porque claro está no hay manera de salir).

En ese sentido, esa referencia cultural compartida, lejos de ser profundamente religiosa, está más bien profundamente secularizada, como muestra bien el hecho de aceptar de manera más o menos clara el principio de la laicidad. Aun si tiene un componente “místico”, por así decir, no se trata aquí de aquel viejo temor de los publicistas liberales del siglo XIX y principios del XX, de ver levantarse el estandarte de la defensa de la religión, que entonces era criticado sobre todo por ir en contra de la propia moral cristiana, en el entendido de que para los liberales la moral estaba por encima de la religión. Claramente pues, estos “templarios” del siglo XXI, contrario a los medievales, no pelean por una causa religiosa, y menos aún, si nos atenemos a sus numerosas víctimas, conocen nada de moral.

El beato Palafox y Mendoza II

Ayer, después de varios siglos de espera, tuvo lugar en la Catedral del Burgo de Osma la beatificación de don Juan de Palafox y Mendoza, celebrada por el prefecto de la Congregación de Causas de los Santos, el cardenal Amato, con asistencia de diversos prelados de España y de México, autoridades de las comunidades autónomas de Navarra y Castilla y León, y una nutrida cuanto controvertida delegación poblana. Aquí unas imágenes muy breves de la ceremonia, tomadas por el servicio de comunicación de la Junta castellanoleonesa.

Aunque sin duda monseñor Palafox ya no despierta los mismos sentimientos que en el siglo XVII o en el XVIII, cabe reconocer que su beatificación ha dado motivo a importantes festejos a ambos lados del Atlántico. Los podemos ver en los portales que han montado la diócesis de Osma y la arquidiócesis de Puebla (del que procede la imagen de más abajo), se han organizado lo mismo exposiciones artísticas que ciclos de conferencias, conciertos, presentaciones de libros y revistas, además de emisiones especiales en los medios, radiofónicas sobre todo gracias a Radio María. En general, se ha tratado de recuperar con cierta amplitud las variadas facetas de la vida de este ilustre prelado del siglo XVII, no sólo su vida espiritual, sino también, lo que tal vez ha fascinado más sobre él, la forma en que la articulaba con una intensa actividad en la alta magistratura del Imperio. Destaquemos que en Puebla las conferencias que incluidas en el programa han dado oportunidad a la participación de importantes historiadores de esa ciudad, especialistas destacados en sus respectivos temas. Desde luego, no sólo hay actividades artísticas y académicas, sino que, además de la beatificación misma, se cuentan otras celebraciones litúrgicas, no sólo diocesanas, sino también a escala más local, como el solemne Te Deum celebrado en Fitero, en la parroquia donde se bautizara don Juan de Palafox, con asistencia de las autoridades municipales y de la Comunidad Autónoma de Navarra, tal como vemos en este video.

Cabe hacer notar, si la diócesis de Osma ha concentrado sus actividades entre los meses de abril y mayo, la arquidiócesis de Puebla en cambio los ha programado entre mayo y agosto, siendo estas últimas mucho más amplias que las del Burgo. No me refiero sólo al número de eventos, cuanto a la diversidad de temas que cubren esas iniciativas, pues en Puebla incluyen ya hasta prácticas devocionales “palafoxianas”, lo que sin duda corresponde bien a la conmemoración de un hombre que tuvo siempre una importante vida espiritual. Hay así una Hora Santa y un Via Crucis, en los que se leen amplios extractos de varias de sus obras espirituales, enmarcados en el caso de la primera con cánticos populares de las primeras décadas del siglo XX. Interesado por el tema de la utilidad pública, no puedo dejar de señalar que justamente se ha elegido como reflexión del Evangelio de la Hora Santa un pasaje en que Monseñor Palafox explica la múltiple utilidad de la oración: práctica de virtudes amistad con Dios, consuelo en la penitencia y medio eficaz para alcanzar de Dios lo que nos conviene, entre “otras innumerables utilidades”. En el contexto de su época, ese pasaje permite entender bien el por qué la promoción del ejercicio de la oración podía ser argumento para la fundación de todo género de corporaciones, hasta el punto de recibir el financiamiento del público a través de la limosna. Hoy sin duda serán otras las lecturas, pero el ejercicio mismo no deja de ser interesante: el obispo, consejero real y devoto del siglo XVII, se convierte ahora en guía de la oración de los católicos poblanos del siglo XXI.

palafox11Ahora bien, entre los festejos de Osma y de Puebla hay también otra diferencia. Curiosa paradoja, mientras que la tierra natal del beato ha centrado la atención así en la ceremonia que ha tenido lugar ayer como punto culminante de los festejos, la tierra de adopción de monseñor Palafox en cambio ha destacado sobre todo su natalicio (y onomástico, desde luego), el 24 de junio. Sin duda, los organizadores han sabido ser simbólicos. Ese día, según se puede ver en la agenda de actividades, Monseñor Palafox, o mejor dicho sus reliquias, harán una gran entrada triunfal en la que fue su ciudad episcopal, pasando previamente por dos puntos que le fueron especialmente caros durante su labor pastoral, Nativitas y San Pedro Cholula. Se escucharán luego las campanas de todas las iglesias de la urbe angelopolitana, que de alguna forma rememorarán aquellas otras que en el siglo XVIII repicaron anticipadamente la beatificación, hasta el punto de generar algún tumulto. Y en fin, a mediodía Palafox entrará de vuelta en la Catedral que se esforzó con concluir y consagrar en una de las ceremonias más fastuosas que conociera el siglo XVII novohispano, la misma que lo viera partir el 6 de mayo de 1649.