Sobrepelliz

120px-Priest_or_seminarian_with_censorRevisando las obras pías y ceremonias religiosas establecias en los testamentos de Orizaba de la segunda mitad del siglo XVIII, como sin duda en los de muchas otras parroquias del mundo hispánico, uno se encuentra de vez en cuando con los detalles que los fieles exigían para ciertas celebraciones. Para muchos testadores no bastaba con especificar si había misa o responso, sino que había que detallar, a veces con una precisión que hace las delicias de los historiadores, ciertos elementos que hoy pueden parecernos banales, pero que entonces no lo eran tanto. Así, los que detallan desde las fechas, hasta los repiques o dobles de campanas, el número de cirios y velas, u otros aspectos de las pompas eclesiásticas, para darles mayor realce o para dar testimonio de humildad cristiana. En este tipo de menciones dan cuenta de hasta qué punto la liturgia, el ceremonial y todo lo que les rodea son fundamentales para comprender la cultura religiosa de antaño.

Entre todas esas menciones de detalles, sólo en apariencia menores, quisiera traer a colación la sobrepelliz. Se trata de una vestidura eclesiástica de lino, blanca, corta pues llega un poco arriba de las rodillas, tradicionalmente de mangas muy anchas, a diferencia del roquete, que las tiene estrechas. Tradicionalmente se ocupaba por debajo de todas las demás vestiduras consideradas propiamente sagradas (como la casulla), y era también el traje de los eclesiásticos que, estando presentes en el coro o cerca del altar de las iglesias, no participaban en la celebración. La imagen está tomada, lo confieso, de la Wikipedia, a falta de tiempo para buscar una fuente más seria y una sobrepelliz que corresponda a la época a la que me refiero. Sin embargo, creo que por lo menos el lector puede darse una idea de la forma de este tipo de vestiduras, si es que en su región ya no se utilizan, lo que es a veces el caso desde las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II.

Como todas las vestiduras eclesiásticas, su origen, su uso y su significado daban lugar a una erudición muy interesante. Su nombre se hace derivar tradicionalmente de la etimología “super pelles”, es decir, sobre las pieles, para representar la vestidura humana con pieles de animales tras el pecado original. En contraste, su blancura “simboliza la inoencia, la limpieza y pureza de la castidad por la cual el sacerdote debe resplandecer”, por decirlo en los términos del padre Pedro Murillo Velarde S.J., en su Curso de derecho canónico hispano e indiano, libro III, título 41, no. 368. Para ampliar un poco más al respecto, aquí una página de la siempre instructiva obra dieciochesca de D. Antonio de Lobera (1791), El porqué de todas las ceremonias de la iglesia y sus misterios… disponible en Googlebooks.

Ahora bien, decía que la sobrepelliz era importante en el siglo XVIII, pues los testadores y fundadores de obras pías tenían la costumbre de contar el número de sobrepellices (y por tanto de sacerdotes) que acompañaban las ceremonias que fundaban. Cuando en 1767 los cosecheros de tabaco de Orizaba, los notables por excelencia de la región, instituyeron su fiesta en honor de los Dolores de la Virgen, había que celebrarla por lo menos cantada, con diácono y subdiácono, pero también con “doce sobrepellices de asistentes”. La fiesta a Santa Ana fundada en 1775 por el regidor de la villa D. Juan Antonio de Cora y su esposa, debía también celebrarse con misa cantada “con asistencia de ocho sacerdotes revestidos de sobrepellices”, como también la fiesta a San Joaquín fundada en el testamento de la citada esposa de Cora en 1784. Las pompas fúnebres de un sacerdote como el padre José Soto Guerrero, fallecido en Puebla en 1770, debían contar con un acompañamiento digno: “veinticinco sobrepellices”. En cambio, las de una dama devota de las “buenas familias” de Orizaba, como Da. María Juliana Álvarez Casaprima, deseosa en 1776 de destacarse por su sencillez, no contarían “sino con sólo dos sobrepellices”.

Esta insistencia en el número, da ciertamente a pensar hasta qué punto los fieles no veían a veces en estos sacerdotes acompañantes más bien un ornamento más de la celebración, a la misma altura que las velas o las campanas, y no los valoraban tanto por las oraciones que, asistiendo, podían elevar por sus almas. Religiosidad a veces de la vanidad, como se lo reprocharan en su día muchas voces incluso eclesiásticas, el clero importaba también para dar realce a las jerarquías de la época, las de los notables devotos por encima del común de los fieles, la de los propios clérigos por encima de los seglares. Empero, y es sin duda la riqueza la religiosidad de la Antiguo Régimen, había otras muchas formas de relación con los sacerdotes y las ceremonias en las que sí que importaba su intermediación propiamente religiosa.

Este conteo de sobrepellices desaparece por completo en los testamentos del siglo XIX, dando cuenta así, de la pérdida de la importancia de muchos aspectos ceremoniales, y de cierta secularización de la cultura de las élites de la época.

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