Sermón de la Independencia II

Aquí la segunda parte del sermón pronunciado el 26 de agosto de 1821 por fray Nicolás García de Medina en la parroquia de San Miguel Orizaba, en presencia de Agustín de Iturbide y Juan O’Donojú, con motivo de la celebración de la firma de los Tratados de Córdoba.

Amor a la patria.

Este es un fuego suave, que todo lo renueva y todo lo purifica. Este amor es el que destruye esa desigualdad inmensa que el orgullo había puesto en la sociedad. La naturaleza siempre benéfica había creado a los seres racionales iguales y libres, la tiranía y la ambición es quien los ha hecho débiles y miserables. Esta libertad es el primero de los derechos del hombre, el derecho que nos exime de obedecer más que a las leyes, y de no temer más que a las leyes mismas. Si alguna vez se ha visto en las naciones el siglo de los Nerones y los Calígulas, si el despotismo de algunos monstruos ha podido mirar con fiereza a la humanidad afligida, el hombre a quien anima el amor a la libertad justa aparta horrorizado sus ojos de cuadro tan desagradable, y bendice sin cesar al héroe afortunado, que rompe cadenas tan pesadas y deshace la opresión y la esclavitud de su patria. Donde el fuego sagrado de este amor descubre sus llamas vigorosas, no dudemos que brota la felicidad y la abundancia. Las campiñas aparecen florecientes, se consolidan las generaciones, los poblados brillas y hermosean. No hay tierra que no esté cultivada, familia que carezca de un decente patrimonio, arte que no esté protegida, oficio que quede sin ejercicio. El comercio, ese bien de toda sociedad, que la sustenta y la vivifica, el comercio repito, rebozará con el sobrante de la industria nacional a los puertos; él trasladará a países distantes ricas mercancías, que refluirán después a nosotros con nueva y duplicada riqueza. En semejante situación cada soldado será un héroe que peleará en defensa de una patria que formará su felicidad y sus delicias; cada ministro, un Licurgo que medirá sus glorias por la prosperidad de su nación; cada magistrado, un Foción por la integridad y desinterés de sus juicios; cada general, un Epaminondas que se señale en la equidad y la moderación, como en el esplendor de sus victorias. Ligados todos con los lazos del nudo político y social, no habrá tribulación que los aflija, trabajo que los abata, contratiempo que los amedrente, rivalidad que los destruya. El Estado, firme siempre sobre este amor, como sobre una dura roca, triunfará de las más horrorosas tempestades, se burlará de las oleadas más amenazantes y presentará su faz tranquila y serena, aun cuando intenten conmoverlo los vaivenes más terribles. Tal es, señores, el amor de la libertad y de la independencia de la patria. Amor que la naturaleza se complace en reproducir sin cesar en todas las generaciones; amor justo y necesario, que ha elevado a las naciones abatidas y ha hecho mudar de semblante los imperios fundados en la tiranía y la ambición; y amor, por último, de que animados en la contienda que hemos emprendido en defensa de nuestros derechos nos ha colocado al fin en el rango de las naciones independientes, y ha expuesto en nuestro suelo ejemplares y acciones heróicas dignas de competir con las de los Alcibíades, Trasíbulos y Xenofontes griegos, y con las de los Cincinatos y Escipiones romanos. Animados pues de este amor, no recelemos ni temamos un gobierno que se cimienta sobre un principio tan sólido. Corramos presurosos a participar de sus frutos. Corramos señores, reunámonos en su recinto, pero que sea nuestra divisa la

Unión y fraternidad, tercera base del sistema de la independencia.

Tal debe ser la conducta del patriota cristiano. Tal es el espíritu de Jesucristo. Espíritu de paz, que fundado en la caridad reúne los ánimos y los concentra en unos mismos sentimientos; espíritu de dulzura, que combate la fiereza de las pasiones y arruina el odio y la discordia, monstruos de todos los siglos y enemigos irreconciliables de la paz y buena armonía de la sociedad. Espíritu de clemencia que corrige al delincuente sin exasperarlo y le hace entrar en el cumplimiento de sus deberes, por los medios suaves de la lenidad y del buen comportamiento. Espíritu de tolerancia con que llevamos los unos las cargas de los otros, nos dispensamos nuestras flaquezas, miramos con pesar las miserias de nuestro hermano y nos enlazamos con los vínculos de la caridad perfecta. Espíritu en fin de justicia, que no propende a la acepción de personas, que a todos iguala ante la ley, sin admitir más distinción que la del mérito y la virtud… Tal es el carácter de la unión verdadera. Tal debe ser el cumplimiento de nuestro deber para que nuestro gobierno sea afortunado. Tal ha sido ¡ilustre jefe! permitidme que os dirija la palabra sin que se ofenda vuestra modestia, tal ha sido vuestra conducta, y el universo asombrado admirará siempre las vastas miras de vuestra política, la profundidad de vuestras calculaciones, lo benéfico de vuestros proyectos, los talentos que habéis descubierto, el valor y el esfuerzo de vuestra grande alma, pero sobre todo ese carácter dulce e insinuante con que habéis conseguido la paz y la felicidad de muchos millones de habitantes. Por estos medios habéis facilitado una empresa insuperable, a no atenernos más que a una previsión común. Habéis sellado la unión fraternal entre vivientes de distintos hemisferios. Vos habéis proporcionado que Esaú se reconcilie con Jacob, sin disputarse uno a otro el derecho de primogenitura; que los hijos de Israel rescindan sus contiendas con los pastores de Gerasa sobre la división de pozos y cisternas. Vos habéis hecho que el leopardo y el cordero habiten bajo un mismo techo en buena inteligencia; que la pesadez del buey y la velocidad del águila se reúnan a tirar del mismo carro; vos habéis hecho… sería nunca acabar si se ampliase este fecundo pensamiento.

Recibid los corazones de americanos y europeos, recibid su afecto, aceptad su gratitud. Nunca se olvidará en nuestra memoria este día, este momento bienaventurado, en que quemáis en el Santuario el incienso de la concordia en medio de las aclamaciones de todo este pueblo numeroso, que os mira como un genio bienhechor colocado por la Providencia entre nosotros, para cicatrizar heridas canceradas por el odio y la rivalidad. Perfeccionad la grande obra de nuestra libertad a que os llama vuestro destino. No perdáis de vista las justas consideraciones debidas al monarca a quien reconocéis como jefe del Imperio, ni olvidéis a una madre, que aunque se separa de nosotros por la justa emancipación, que exige la naturaleza y la justicia, espera no obstante mantener siempre sin alteración relaciones de amistad y de mutua correspondencia. Y nosotros, señores, penetrados de la justificación de la causa que hoy nos tiene reunidos, y excitados por modelo tan virtuoso, deponed ya vuestros temores, alejad de vuestro corazón el recelo y la desconfianza, y venid al pie de los altares a ofrecer sacrificios de fidelidad y gratidus en las aras de la religión y de la patria.

¡Venerables sacerdotes, ministros de la paz y mediadores entre Dios y el pueblo, entre cielos y tierra! Levantad en esta ocasión vuestras manos puras a lo alto, exhalad gemidos devotos entre el vestíbulo y el altar, e implorad la piedad y beneficencia del Altísimo a favor de una obra fundada sobre las bases sólidas de la caridad y la justicia, pedid con instancia que la religión, ahora más que nunca garantizada y protegida por una nación fiel, conserve siempre íntegros sus derechos y que nunca sea entre nosotros impugnada y combatida por la infidencia y la incredulidad.

¡Militares ilustres, que con la espada en la mano y la piedad en el corazón, habéis contribuido a la elevación y grandeza a que hoy ha llegado nuestra patria! Sería agraviar vuestro honor si se os exigiesen protestas y demostraciones religiosas: vuestra sangre vertida en lucha tan honrosa, las cicatrices que se ven estampadas en vuestros cuerpos y contraídas por combatientes repetidos son los garantes de la sinceridad de vuestros sentimientos.

¡Vecinos honrados, indios generosos al par que desgraciados, a quienes la nación honra con el tierno título de hijos de su afecto! Vosotros, cuya felicidad no ha vacilado en medio de los mayores compromisos; vosotros, repito, que por tantos años habéis tenido como en herencia la esclavitud y la opresión, y vuestro sustento más ordinario ha sido las lágrimas y la amargura, venid en este glorioso día a ser partícipes del placer más puro y de la alegría que a todos nos anima; venid al templo santo a dejar esas cadenas tan pesadas que os han aprisionado y a respirar el aire puro de la libertad que os proporciona la independencia nacional.

Todos, en fin, señores, prorrumpamos, como en otro tiempo los hijos de Israel en caso semejante: Viva la religión de nuestros padres… Viva por muchos siglos el nuevo Imperio mexicano… Viva el emperador a quien hemos reconocido por su jefe… Viva el general de los ejércitos nacionales… Y sobre todo, seamos siempre fieles a aquel Señor, a quien sólo es debido con preferencia y en propiedad la alabanza, la bendición y el hacimiento de gracias por los siglos de los siglos.

Amén

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