San Francisco de Asís

Este año ha sido el del 800 aniversario de la fundación de la Orden de Hermanos Menores, es decir, los franciscanos. La conmemoración ha dado lugar, desde luego, a diversas celebraciones por parte de la propia orden, pero también a motivado la publicación de estudios en torno a la figura de su ilustre fundador. De las primeras, recuerdo en particular la misa celebrada el 4 de octubre por los franciscanos de París en la Catedral de Notre-Dame, particularmente emotiva con los cantos y oraciones franciscanas. De la segundas, he de destacar por ejemplo el número de este mes del prestigioso magazin L’Histoire que incluye un amplio dossier sobre San Francisco, y más aún una obra que aprovecharé para reseñar brevísimamente en esta entrada y la de la próxima semana, la de André Vauchez, Saint François d’Assise (Paris, Fayard, 2009, 548 pp.).

Cabe decir, en principio, que la obra del profesor Vauchez deslumbra porque se trata no sólo de una biografía de San Francisco, sino además de una historia de su imagen desde su muerte hasta nuestros días. Más aún, el libro nos ofrece también un recuento de las fuentes franciscanas y de su muchas veces controvertida trayectoria. Por si fuera poco, la propia biografía es ya original en sus propósitos, pues intenta alejarse del San Francisco predeterminado para la santidad de la mayor parte de sus biógrafos, para dar cuenta de “la indeterminación y las discontinuidades” como dice el propio autor al inicio de su obra.

Así, la biografía comienza con el contexto de la ciudad a la que San Francisco estuvo íntimamente ligado: Asís, de la que el autor nos ofrece una breve pero bella descripción, además de introducirnos al contexto político de las ciudades italianas de la época, divididas entre los boni homines, popolo, y además enfrentadas entre sí. En ese contexto conflictivo y participando activamente en él, comienza la vida del entonces Francesco di Bernardone hacia 1181-1182. Es de especial interés la forma en que Vauchez aborda, no la conversión, sino el “retournement” de Francesco entre 1205 y 1206. Tomando distancia de la hagiografía, el autor nos lo presenta, no como un encuentro instantáneo, iluminador y automático con la Gracia, sino como un amplio periodo de reflexión, de inquietudes, dudas y de búsqueda de nuevo sentido para su vida. Éste lo hallará finalmente en una sensibilidad entonces nueva: la de la misericordia, que había surgido apenas en el siglo XII y estaba entonces en proceso de institucionalización. Es además una búsqueda que lo lleva a dejar a su familia y a su comunidad para situarse de inmediato bajo la protección episcopal. Se plantea así un tema en que el autor insistirá constantemente: la lealtad absoluta de San Francisco a la Iglesia, desde la fase más temprana de su búsqueda y hasta el final de sus días.

Ateniéndonos al segundo capítulo de la obra de Vauchez, se podría decir que San Francisco fue el fundador de la orden franciscana, un poco a pesar suyo. En efecto, lejos de ser ése su designio primero y más importante desde los primeros instantes de su nueva vida religiosa, hubo un camino largo y complicado para llegar a él, como nos lo muestra el autor. De manera casi espontánea, el solitario ermitaño pasa a ser la cabeza de una fraternidad de penitentes, semejantes a otras que existían en la Italia del norte por entonces, asociando vida ascética y oración sin perder la condición laical, pero con la novedad de introducir la predicación itinerante entre sus labores. Incluso el primer encuentro con el papa Inocencio III, considerado acto de fundación de la orden, se nos presenta por Vauchez como una autorización, poco formal por cierto, para que dicha fraternidad continuara su labor.

No fue sino entonces, y todavía en medio de una búsqueda de identidad precisa, que la fraternidad empezó a ganar importancia, primero en la propia ciudad de Asís, gracias al ingreso de nuevos hermanos, y desde luego, hermanas. El autor nos muestras las dificultades para definir el papel de las mujeres, Clara y las otras “Pobres Damas”, en el seno de la fraternidad. Enseguida, analizando de manera muy convincente las pocas fuentes disponibles, Vauchez reconstruye el proceso de expansión, marcado por una gran diversidad de tendencias y formas de vida, pero también por la construcción de elementos de unidad, como los capítulos generales y la liturgia común romana. El autor se pregunta entonces de manera constante por los motivos del éxito franciscano: sitúandolas estrictamente en el contexto de las inquietudes religiosas de la época, aparecen en toda su novedad y trascendencia su mensaje de paz en medio de las querellas intestinas de la vida urbana, su testimonio personal que lo hizo aparecer como un santo a los ojos de las multitudes, y su predicación sencilla y clara frente al academicismo de los clérigos. Punto culminante de esa expansión es la salida fuera de Italia que lleva al autor a la no menos interesante y detallada reconstrucción del célebre encuentro del Poverello con el sultán de Egipto, Al-Malik al-Kamil.

De vuelta de Tierra Santa, comienza la parte tal vez más complicada de la vida de San Francisco según Vauchez: la “dolorosa normalización” que dará origen a la orden franciscana. En un proceso lento de varios años, asistimos a la negociación constante entre el fundador, tratando de conservar los elementos principales de identidad de su movimiento – “la utopía franciscana” a decir de Vauchez: la pobreza, el rechazo de toda forma de poder, la predicación entre infieles -, y las presiones tendientes a seguir el ejemplo de las otras órdenes religiosas – clericalización, institucionalización, propiedad común, enclaustración de las mujeres. Presiones que eran de Roma pero también internas en un movimiento que había cobrado una amplitud que sobrepasaba al fundador. De estas tensiones resultarán los documentos normativos que oficializan el nacimiento de la orden franciscana: las reglas, la de 1221 que no fue aprobada por Roma, “carta fundadora” de la fraternidad, y la de 1223, que conservando los principios, pierde, nos dice el autor, la “radicalidad evangélica”. Destaquémoslo de nueva cuenta: el autor nos muestra la fidelidad del fundador a la Santa Sede, aún en los momentos más complicados, y su cercanía con el protector de la nueva orden, el cardenal Hugolino, futuro papa.

San Francisco, según Vauchez, vivió este período con profundas inquietudes, sacudido ante la “gran tentación” la de retomar el control de la orden (que abandonó ya en 1221) y detener su evolución, o bien aceptar su pérdida. Es en este difícil marco, durante un retiro cuaresmal en La Verna, que tiene lugar uno de los pasajes más importantes de la vida del futuro santo: la estigmatización. Para el autor, este hecho, que se inscribe claramente en un itinerario espiritual de creciente cercanía a la Pasión de Cristo, constituye la salida de las inquietudes sobre el futuro de la orden. En adelante, lejos ya cualquier intento de retomar su control, San Francisco pasará sus últimos años dedicado más que nunca la oración y el testimonio. De esta última etapa resultarán sus obras más apreciadas por la posteridad: el Cántico de las criaturas y el Cántico del hermano Sol. En fin, en un último intento por dejar una orientación a sus hermanos, redacta los testamentos de abril y mayo (o junio) de 1226, invitaciones al mismo tiempo emotivas y severas del cumplimiento exacto de la regla de 1223, sin ninguna interpretación de por medio.

Con los testamentos concluye la biografía de Vauchez para pasar en la segunda parte de su obra al análisis de la trayectoria, ya no del hermano Francesco, sino de San Francisco de Asís.

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