San Francisco de Asís II

A partir del capítulo III de la obra de André Vauchez, Saint François d’Assise (Paris, Fayard, 2009) asistimos, como reza uno de sus epígrafes, a la “muerte de un hombre” y al “nacimiento de un santo”. La del Poverello fue una muerte edificante según los cánones de la época, como correspondía a su fama de santidad, aunque no desprovista de alguna originalidad. Apenas consumada, su figura y su memoria, nos muestra el autor, se convirtieron de inmediato en un recurso útil para los fines más diversos. En principio, los del papa Gregorio IX, antiguo cardenal Hugolino, que otorgó la canonización casi en automático (1228), y quien continuaba así sus esfuerzos por integrar a la orden franciscana en la reforma de la Iglesia. Un esfuerzo del que también son testimonio las primeras biografías, las Vidas de Tomás de Celano. Pero había también otros actores interesados: la ciudad de Asís, deseosa de establecerlo como santo protector de la ciudad, y los propios franciscanos, que intervienen activamente en la construcción de la Basílica de San Francisco y en la conflictiva traslación a ella de sus reliquias.

No menos trascendente, en el capítulo IV, Vauchez analiza lo que denomina la “segunda muerte” de Francisco, es decir, la de su proyecto. En las dos décadas siguientes (1230-1253), varios de los principios fundamentales asentados por el fundador en las reglas y en su testamentos fueron dejados progresivamente de lado: uso de bienes e incluso de dinero, construcción de estructuras de gobierno más cerradas, privilegios frente a los obispos, clericalización. Todo ello tuvo una respuesta en el rescate del santo como un “supersanto” dice Vauchez, es decir, inscribiendo su figura en interpretaciones apocalípticas. Hubo además una oposición muy activa de parte de varios de los antiguos compañeros franciscanos y sobre todo, de Clara y las Pobres Damas de Asís. Pero lo que más impacta de este capítulo es la tendencia hacia un verdadero “olvido” del santo de Asís entre sus propios hermanos, e incluso un cierto menosprecio de su figura, limitando sus méritos a la fundación de la orden y redacción de la regla.

Se diría que en adelante las lecturas sobre San Francisco no harán sino ahondar la distancia con el hermano Francesco, por emplear los términos del autor. Lecturas que además serán numerosas desde el inicio: el autor da cuenta de la “floración” de vidas y leyendas (en el sentido medieval del término) franciscanas hasta la construcción final de la versión oficial franciscana, la de San Buenaventura, que llevará a su término la deshumanización del santo fundador. Una multiplicación que va de la mano con las luchas internas al interior de la orden.

De nuevo la obra de Vauchez aparece sumamente original, pues no se limita a las lecturas de textos, sino que amplía enseguida su análisis a las imágenes. Desde luego, éstas no hacen sino reflejar, poco más o menos, la misma tendencia de las biografías: los contenidos que exaltaban la que había sido en efecto la “utopía franciscana” (la pobreza, la humildad, la penitencia), dan paso a otros más adecuados a la figura de un santo fundador, reduciendo la representación de sus virtudes a meras alegorías. Asimismo, analiza de manera muy interesante como se va reconstruyendo, tanto en los textos como en las imágenes, uno de sus temas principales: los estigmas, asunto especialmente controvertido en la historiografía franciscana del siglo XX.

La trayectoria de San Francisco no se detiene en la Edad Media. Vauchez lo sigue entre las ambivalencias de los reformadores protestantes, las apologías eruditas del siglo XVII, las críticas de los philosophes del XVIII, su rescate como héroe revolucionario por los románticos en el XIX, hasta los primeros esfuerzos de un estudio científico en los albores del siglo XX. En fin, pareciera que las lecturas de San Francisco son inagotables hasta nuestros días, pues el Poverello aparece lo mismo como símbolo de la Teología de la Liberación latinoamericana, de un ecologismo cristiano o del ecumenismo. Frente a este ascenso meteórico, el autor insiste en que es necesario devolver al Pobre de Asís a su contexto histórico original, si es que queremos comprender realmente su figura.

En ese esfuerzo se inscribe la última parte de la obra de Vauchez, dedicada a examinar, a partir de sus propios escritos, los aspectos más innovadores en su tiempo del Poverello. En principio, su intensa relación con Dios, que pasaba por una experiencia sensible que tenía mucho de pasional. Enseguida, su relación compleja con las Sagradas Escrituras, intensa hasta hacer de ellas una verdadera forma de vida, pero marcada también por una cultura esencialmente oral que rechazaba las sutilezas de intelectuales. Por supuesto, también su relación con la naturaleza, a contracorriente de formas heterodoxas de gnosticismo, pero también del retiro del mundo monacal de la época. “Fundador disidente”, capaz sin embargo de mantener “el carisma en la institución” como reza el título del capítulo X de Vauchez, la relación de San Francisco con la Iglesia no fue menos original, mas el autor destaca en particular su forma de vida religiosa, que recuperaba al mismo tiempo experiencias de laicos, eremitas y penitentes, rechazando la clausura y las distinciones entre “estados” para lanzarse a una predicación al alcance de todos. En fin, el autor nos muestra a San Francisco como un “mediador cultural”: alfabetizado pero iletrado, conocedor a un tiempo de la cultura profana y de la clerical, transmitía ideales cortesanos y caballerescos en sus textos al mismo tiempo que los ponía en cuestión con sus obras, además “juglar de Dios”, predicador capaz de servirse hasta de la risa para mover a los pueblos a la conversión.

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