Retrato de un clérigo

Aquí un retrato anticlerical de uno de los modelos de clérigo más detestados por los liberales del siglo XIX: un beneficiado, es decir, un clérigo que vivía de las rentas de un beneficio simple, sin obligación alguna de cura de almas (predicar, confesar, etc.), y que por tanto no decía sino las misas que le estaban encomendadas. Claro está, es un retrato panfletario, que intenta ridiculizar con cierta elegancia a un personaje y no dar de él una descripción completa. El autor, Salvador Miñano de Bedoya, fue sin duda uno de los especialistas del retrato satírico, del que hizo escuela, y tuvo una amplia difusión en los inicios de los años 1820. El contexto era propicio. Después de casi seis años de restauración absolutista (1814-1820), el régimen liberal se había restablecido, incluyendo la libertad de prensa, y hubo una verdadera oleada de este género. Pues bien, aquí este retrato no muy edificante, pero tal vez envidiable, de un honorable beneficiado:

El compadre del holgazán y apologista universal de la holgazanería. Carta primera, México, Imprenta de Ontiveros, 1820, pp. 5-8

“Tardes pasadas, determinado a tantearlo, fui a su casa y me lo encontré recién levantado de siesta, sentado en una silla poltrona, en una atrilera delante un breviario abierto, un grueso gato maltés en las rodillas y al lado quitándole las moscas suavemente con un abanico la sobrina del ama, que es una joven andaluza, pelinegra, viva como una pimienta y de bella figura. Le aseguro a vd. que me edificaba aquel cuadro. Saludele con una sola inclinación de cabeza por no interrumpir el rezo, y él con la mano me hizo seña de que me sentase. Estuve oyéndole un rato entre regueldo y regueldo recitar un versículo hasta que el gato poniéndose de pies, enderezó el rabo, y pasándoselo por las narices le derribó los anteojos. Entonces dejó el rezo; y bien, amigo, me dijo volviéndose a mí, ¿que tenemos? Señor, nada de particular: ya veo a vd. tan gordo y tan fresco. Hombre sí, gracias al Todopoderoso, y al método racional de vida que yo observo. Yo me levanto entre nueve y diez de la mañana, y por no estar ocioso me entretengo en cuidar mis podencos, visitar mi corral de gallinas y ver limpiar mi caballo. Si el tiempo lo permite salgo un rato a saber lo que pasa en el pueblo y hacer cuatro visitas a mis conocimientos, y vuelvo a la hora de comer; encuentro la mesa puesta, como bien y duermo un par de horas de siesta. Después hago lo que vd. ve y si hay lugar voy de paseo a la fuente, donde esta bribonzuela (y le dio una palmadita en el carrillo) me lleva en el ridículo alguna friolera de dulce para beber agua, porque yo procuro cuanto puedo tener a la vista la familia que Dios puso a mi cargo. Volvemos y se toma chocolate mientras llegan dos amigos que me hacen tercio para jugar un trecillo religioso y que no pasa de peseta el tanto, por cuanto habiendo sido esta honesta recreación la ocupación de toda mi vida, conozco las ventajas que llevo y no quiero cargos de conciencia. A las nueve, que se deja el juego, entra mi familia, se lee un rato en un excelente tratado de cocina; se habla de lo que se ha de guisar al día siguiente, se cena en gracia de Dios, y me voy a mi alcoba, donde mientras me desnudan y me calientan la cama, se reza el rosario de María Santísima con mucha devoción; me acuesto después de haber santiguado la cama con agua bendita, y ya no hay hombre hasta la mañana siguiente, que esta chiquilla me entra el chocolate. Tal es el método constante de mi vida, que no se altera sino es por algunos días que ocupo en la caza, o por algunos viajes que hago a las ferias de la comarca, en donde siempre hay motivos de utilidad y de placer, sin perjuicio de la conciencia. […]”

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