Reliquias de San Primitivo

Una de las tradiciones más importantes de la historia del Cristianismo es sin duda la veneración de las reliquias. Tiene sin duda orígenes remotos: data cuando menos de la época de las persecuciones bajo el Imperio Romano, como una forma de guardar la memoria de los mártires. Es una práctica paralela a la veneración de las imágenes, que se originan también de los retratos funerarios que en aquella época era costumbre colocar en las tumbas. Al convertirse el Cristianismo en religión oficial del Imperio, las reliquias comenzaron a adquirir un nuevo valor, no sin generar ya entonces muchas controversias, hasta convertirse en el eje mismo de las nuevos templos cristianos. Así como la Basílica Vaticana, construida literalmente sobre las tumbas de los apóstoles San Pedro y San Pablo, prácticamente todas las iglesias europeas de tiempos medievales fueron construidas en torno a las tumbas de mártires. Ya sea depositadas debajo de los altares principales, o en capillas ricamente adornadas, ellas constituían (y constituyen muchas veces hasta hoy), los tesoros más importantes de las iglesias, y antes de que los relicarios con la Eucaristía del siglo XVI y posteriores vinieran a convertirse en el eje de los templos, ése era el papel de las reliquias y de las imágenes.

Memorial de los compañeros de Cristo, las reliquias también eran verdaderos auxiliares de la comunidad, no sólo en la otra vida sino ya aquí en este mundo, pues a ellos se recurría en prácticamente todo género de ocurrencias. El contacto con las reliquias, su traslado e incluso a veces su sola visión, movilizaba literalmente la intercesión en el Cielo, lo mismo para el alivio de las enfermedades de los individuos, que para calmar los males que afectaban a la comunidad. Apenas una epidemia, un temblor, una tormenta, o cualquier otra calamidad se desataba, era por demás común hasta no hace mucho (siglo XIX, principios del XX) pedir una procesión con las reliquias de alguno de los santos patronos de las ciudades y los pueblos europeos. Contar con las reliquias de un santo prestigioso, mártir sobre todo, era una verdadera necesidad. Hubo varias oleadas de traslados de reliquias, de Oriente a Occidente primero, por ejemplo en tiempos de las Cruzadas, que es cuando llegan a Europa occidental las reliquias conservadas por los emperadores bizantinos, un caso ejemplar: las reliquias de la Pasión (incluyendo la Corona de Espinas) adquiridas por San Luis para su capilla real en París en el siglo XIII. Pero en el siglo XIX cuando se abrieron las catacumbas romanas gracias a las exploraciones arqueológicas de tiempos de los Papas Gregorio XVI y Pío IX, hubo otra oleada de reliquias de mártires romanos que se dispersaron por Europa.

Los reinos americanos, por supuesto, no fueron excepción en materia de la cultura de las reliquias. De cuando en cuando hubo importantes adquisiciones y donaciones obtenidas por los religiosos (los Jesuitas en particular) y clérigos para estas nuevas tierras. Lo ideal, sin embargo, hubiera sido producir nuestras propias reliquias de santos locales, lo cual a pesar de muchos esfuerzos no fue posible. Los únicos cultos locales correctamente autorizados por Roma fueron los de Felipe de Jesús y Sebastián de Aparicio, beatificados en el siglo XVIII. Como nos muestra la obra del profesor Pierre Ragon sobre las imágenes y los santos en la Nueva España que hemos reseñado en una entrada anterior, los novohispanos debieron reemplazar el culto de las reliquias con el culto de las imágenes, la de Nuestra Señora de Guadalupe en primer lugar.

Todo ello no evitó que hubiera en efecto algunas reliquias de santos importadas de Europa que ganaran popularidad entre los novohispanos. Las de San Hipólito, santo patrono de la Ciudad de México, fueron en su día muy veneradas, y quiero aquí citar en particular las de San Primitivo, patrono de la misma ciudad para pedir lluvia, cuya celebración del día 10 de junio en la Catedral Metropolitana transcribo a continuación a partir del Diario manual del Cabildo catedral de 1751.

“San Primitivo Mártir. Doble y reliquia que se expone públicamente en medio del altar mayor de esta Santa Iglesia con luces, como es costumbre hacerlo con todas las reliquias de que se reza en los días de los santos, cuyas son desde las primeras vísperas hasta el día siguiente en todas las horas y misas hasta acabarse maitines.

Nota.- Y porque con las reliquias de San Primitivo es tradición que la acredita la experiencia, que en su día o en otro que haya parecido necesario el exponerlas públicas en el altar como está dicho, siempre llueve. En estos años que han escaseado las aguas a su tiempo y experimentándose graves daños con los calores y sequedad ha determinado el V. Cabildo no sólo ponerlas públicas en su día y otros que han convenido hacerlo así y hacerle rogativa y oración, con lo que luego ha venido el remedio de la lluvia, sino también en su día hacer procesión, cantándose la letanía de Nuestra Señora, la que da vuelta por fuera de esta Santa Iglesia, saliendo por la puerta de junto a la capilla del Sagrario a entrar por la que mira al Empedradillo y dar vuelta por el altar mayor llevando en hombros de los padres capellanes la urna de las reliquias, a la que y a la misa asiste la capilla y canta en uno y otro, con repique o rogativa de campanas, conforme la necesidad y ocasión en que se hace…”

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