Religión y nación en Guatemala

GuatemalaDouglass Sullivan-González, Piety, power and politics. Religion and nation formation in Guatemala, 1821-1871, University of Pittsburgh Press, 1998, 182 pp.

Este breve cuanto interesante estudio nos lleva por un tema que suele atraer la atención de muy pocos historiadores mexicanos: la historia de América Central, en este caso de Guatemala. Ello es siempre una lástima, pues como esta disertación breve nos muestra, se trata de una historia realmente apasionante tanto para la historia política como para la historia religiosa, y además en su lectura uno no puede evitar, de manera casi natural, pensar en comparaciones con los otros países latinoamericanos y en particular con México. Obra con un estilo casi didáctico para el lector que desconoce la historia guatemalteca, comienza con un capítulo que nos presenta el conflictivo primer siglo XIX, planteando ya la problemática central de la obra: la participación del clero en la construcción de la idea de nación durante el régimen de Rafael Carrera. Desde luego, nos ofrece como puntos introductorios un breve resumen de la historia religiosa local, una introducción a las distintas regiones de Guatemala (sobre todo el oriente “ladino” y el occidente “indígena”), además de una amplia discusión de la (poca) historiografía que ha tratado el tema.

Planteados así los puntos de partida indispensables, el capítulo 2 nos presenta a la Iglesia guatemalteca del primer siglo XIX y sus problemas, sobre todo a partir de las reformas emprendidas por los primeros gobiernos liberales de la década de 1820: disminución de párrocos titulares en beneficio de curas interinos, situación coyuntural que se convertirá luego en una política consciente del episcopado para evitar nuevas intervenciones gubernamentales a través del Patronato; asimismo, disminución de ordenaciones y aumento del clero extranjero (español sobre todo desde mediados del siglo), en una diócesis tradicionalmente de reclutamiento local. Su estudio sobre el clero hace notar además el mantenimiento de una presencia relativamente importante de los religiosos, y sobre todo se destaca por su análisis del tiempo de residencia de los clérigos, que da cuenta de las décadas de crisis y de recuperación de la presencia clerical.

El capítulo 3 es una verdadera historia religiosa guatemalteca en la que encontramos problemas comunes a todo el mundo católico de la época, como las protestas por el traslado de los cementerios de las iglesias a extramuros de los pueblos, pero también problemas mucho más locales, como las prácticas religiosas de los fieles en ausencia o ante la débil presencia del clero que el autor mostró en el capítulo precedente. Tienen lugar entonces desde misas celebradas por seglares hasta revueltas religiosas directamente heterodoxas, que invocan la aparición de hombres-dioses, pasando por acusaciones de brujería. Asimismo, se fortalece la autonomia de las cofradías, que disfrutan entonces incluso de una cierta prosperidad material. Todo ello tiene consecuencias políticas, favoreciendo la clientela que apoyará el ascenso de Rafael Carrera.

Subrayemos en particular tres puntos principales. Primero, el análisis contrastado de las epidemias de cólera de 1837 y 1857, que muestran bien hasta qué punto fue decisiva su interpretación en un horizonte religioso para la política guatemalteca: el gobierno reformista de los años 30’s no sobrevivió a las tensiones religiosas que él mismo había creado, mientras el de Carrera, con el apoyo popular y del clero, soporta bien las inquietudes generadas entonces. En segundo lugar, destaquemos también el estudio del discurso clerical del primer siglo XIX, que cuenta grandes figuras, en particular la de don Juan José Aycinena. Desde los púlpitos se construye la idea del pacto con Dios de la nación guatemalteca, nuevo pueblo elegido, que debía corresponder a los beneficios del cielo con el control de los “excesos de la libertad”, frecuentemente denunciados.

En fin, Soullivan-Gonzalez muestra la complejidad de la relación entre Carrera y la Iglesia. Si su movimiento tuvo sin duda un fuerte matiz religioso, que contó con eclesiásticos guerrilleros, aunque menos de los que cabría esperar, una primera alianza entre el caudillo y el alto clero estuvo más bien marcada por las reticencias del arzobispo y el compromiso de muchos párrocos con el restablecimiento del orden. En una segunda etapa, en cambio, en la década de 1850, se va consolidando esta difícil alianza, de la que da cuenta, otra vez con una comparación entre las movilizaciones de 1851 y 1863, la segunda mucho más efectiva gracias a la labor de los párrocos. Empero, aun si el caudillo logra hasta firmar un concordato con la Santa Sede en 1852, la mutua desconfianza sería permanente a lo largo del régimen.

La obra termina exponiendo la paradoja, sólo aparente, de un régimen conservador mucho más efectivo en la construcción de una nación moderna que sus predecesores liberales. Si bien es de lamentarse el poco espacio que en la obra se dedica, precisamente, a los liberales guatemaltecos, sus discursos, sus proyectos y sus reformas, la obra constituye sin lugar a dudas un bien logrado análisis de la trascendencia de la religión en la política del primer siglo XIX.

Comentarios: