Reformando las cofradías novohispanas

Hoy se cumplen doscientos treinta y siete años del inicio de una de las más ambiciosas reformas que bajo el reinado de la Casa de Borbón se emprendieron en la Nueva España: la reforma de las cofradías. El 17 de junio de 1775 el contador general de propios y arbitrios del reino, Francisco Antonio de Gallarreta, dirigió al virrey Antonio Bucareli la exposición que aparece abajo, en la que denunciaba no sólo su ilegalidad por haberse constituido contra lo dispuesto en las Leyes de Indias, sino sobre todo los problemas que suponían las cofradías para el público, es decir, para los pueblos novohispanos, y en particular para los indios. El contador llegó incluso a proponer una medida radical: la supresión de las cofradías.

Se inicio entonces un amplio expediente en el que las autoridades de buena parte del reino, tanto civiles como eclesiásticas dirigieron al gobierno una amplia información sobre la materia, fuente invaluable y todavía poco explotada sobre las cofradías mismas, pero también testimonio interesante de la forma en que la reforma se ponía en ejecución. Contrario a lo hecho en otros puntos del Imperio, en las oficinas del gobierno novohispano nunca dejó de tomarse en cuenta al episcopado, y nunca los jueces locales llegaron a proponer medidas específicas o a expresar una crítica directa sobre las corporaciones que se ponían en cuestión. Antes bien, contra lo que Gallarreta hubiera esperado, no faltaron las defensas decididas de las cofradías y sus prácticas, aunque cabe decir que el clero no dejó de compartir algunos de sus puntos de vista. Mas al final el expediente, que acumuló 18 gruesos legajos, debió cerrarse en 1793 sin una conclusión propiamente dicha, dejando lugar más bien a la reforma por la vía de los expedientes particulares.

El expediente general de cofradías de México resulta así un buen testimonio de las ambigüedades de las Reformas borbónicas, que nunca pudieron hacer por completo de lado a los actores tradicionales y a las corporaciones. Mas veamos por ahora con detalle este documento en que por primera vez las cofradías son denunciadas por oponerse a la utilidad del público.


AGN, Historia, vol. 312, fs. 1-4.

Excelentísimo Señor

Con el justo deseo de llenar las indispensables obligaciones de esta Contaduría general de mi cargo, pasé los oficios correspondientes a todos los alcaldes mayores de las distintas jurisdicciones comprendidas en la vasta extensión de este virreinato, a fin de que cada uno respectivamente me diese individual razón de los bienes comunes que poseían los pueblos sujetos a la suya, del producto anual de ellos y su inversión, informándome al mismo tiempo del número de congregaciones o hermandades que tuvieren, de sus advocaciones y origen, fondos en que consistían y gastos a que se erogaban, cuyas noticias me dieron con la claridad y distinción necesaria.

Reconocidas éstas con la atención que merece tan importante asunto, advertí sin embargo de que la mayor parte de las comunidades se hallan reducidas al más lamentable estado, por el abandono con que han sido tratadas hasta aquí, y que muchos de los pueblos carecen de terreno para formarlas, apenas hay alguno que no tenga una o dos que denominan cofradías, con abundantes fondos así en ganados como en tierras de labor y magueyales, cuyos productos se erogan en funciones de iglesia, comidas, fuegos y otros gastos tan inútiles como perjudiciales, según acreditan los precitados informes.

Por ellos consta igualmente que ninguna está fundada con licencia del superior gobierno y demás solemnidades que previene la ley veinte y cinco, libro primero, título cuarto de la Recopilación de estos reinos, y que sus fondos son dimanados de dotaciones particulares de los mismos vecinos, entre quienes se ignora absolutamente el principio de muchas de ellas, o de bienes correspondientes a las comunidades, que desemembraron y aplicaron a este efecto los gobernadores y repúblicas, asegurando a vuestra excelencia que hay pueblo que no posee un palmo de tierra de comunidad, y su cofradía tiene muchos ganados y más de setenta caballerías de sembradura y pastos, cuya desgracia es general, especialmente en los obispados de Oaxaca y Valladolid, sin que basten a contenerla los reglamentos que se les despachan, pues poco importa que se moderen gastos y corten abusos, sino se remedia éste que es el capital origen de su ruina.

Muchas de estas fundaciones tuvieron su principo en la devoción de algunos particulares que respectivamente dejaron cortísimas cantidades ya en especie, ya en cabezas de ganado para que con su producto se dijese número señalado de misas o se celebrase la fiesta de éste o el otro santo, y tomando sobre sí los naturales la administración de dichos bienes, se hicieron igualmente cargo de llenar las obligaciones de su destino, pero como la debilidad de los fondos no podía sufrir el gasto a que estaban dedicados, se veían en la dura precisión de erogar lo que faltaba de sus propios caudales, y para libertarse de este gravamen, usaron del injusto arbitrio de separar alguna porción de terreno o finca de su comunidad, que aplicaron desde luego a cubrir el costo que ofrecía la celebridad del santo a quien habían dejado su limosna, el particular, denominándola ya cofradía, sin embargo de no tener ninguna de las circunstancias que requiere su erección.

Otras hay fundadas precisamente sobre bienes de comunidad en esta forma: determinaron los indios de un pueblo celebrar la fiesta anual de San Francisco (v.g.) y para hacerla separaron de dichos bienes algún pedazo de tierra, o extrajeron varias cabezas de ganado, que vendieron, comprando con su importe alguna finca, que rindiese lo necesario para esta festividad, o las conservaron a fin de costearla con su producto, y continuando sus sucesores en el mismo abuso, miran ya éste como un fondo sagrado, que sólo puede invertirse en obsequio del santo a quien se aplicó, cuyo aumento procuran con mayor cuidado que el de las comunidades, quedando así desatendidas éstas y despojadas de lo que legítimamente les corresponde, de cuyo principio nace en mucha parte la pobreza de los naturales, y las miserias que experimentan en los tiempos de calamidad, que les obligan a morir lastimosamente, o a desamparar sus propias casas para mendigar en las ciudades y villas, siendo rarísimo el que después se restituye a ellas, con general perjuicio de las poblaciones, y consiguientemente de los reales tributos, lo que no sucedería si las rentas comunes estuviesen gobernadas con la economía que merece su piadoso destino, y no se desmembrasen para dedicarlas a esta clase de fundaciones, tan gravosas al público, que tendría entonces un seguro repuesto con que aliviar sus urgencias.

Este es, señor excelentísimo, el desorden que se experimenta en esta delicada materia, de cuyo pronto remedio pende nada menos que la felicidad de los pueblos, que siempre ha sido el digno objeto de los afanes de vuestra excelencia, y para proporcionársela no hallo otro arbitrio que el de que su justificación se sirva mandar suprimir las referidas cofradías, como fundadas sin las solemnidades que prescribe la citada ley 25, aplicando todos sus bienes a las respectivas comunidades, con lo que se reintegrarán éstas de lo que se les ha defraudado, se repararán de los atrasos que sufrieron con este motivo, se pondrán en el más floreciente estado, y lograrán estos vasallos la satisfacción de ver efectivas en su alivio las sabias piadosas intenciones del rey, en el nuevo establecimiento de esta oficina, quedando al mismo tiempo libres los pueblos de los gravísimos perjuicios que les ocasiona la multiplicidad de funciones, porque los naturales, cuyo carácter específico es la inacción, sólo buscan en ellas la novedad, el concurso, el ruido y la bebida, de que nace la embriaguez, las torpezas y demás excesos que enteramente los arruinan.

Nuestro Señor guarde la importante vida de vuestra excelencia muchos años. México y junio 17 de 1775.

Excelentísimo Señor
Francisco Antonio de Gallareta y Zubiate.

Excelentísimo Señor Bailío frey D. Antonio Bucareli y Ursúa.

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