Reformando la música de la Nueva Galicia

DSCF3180En los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, recorrió la extensa diócesis de Guadalajara su obispo D. Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo. Prelado estricto y reformador, emitió primero una serie de largos mandatos contemplando numerosos aspectos de la vida religiosa de su grey, remitidos con el edicto de visita a sus súbditos, los párrocos en 1797. Mas ya en las parroquias mismas, él personalmente o a veces los visitadores comisionados, dictaron mandatos en temas incluso más diversos, por lo que los cuatro voluminosos cuadernos de más de mil fojas que reúnen los autos de visita, remitidos al rey en febrero de 1804, cumpliendo con sus obligaciones de prelado regalista, son una fuente inapreciable para la historia religiosa neogallega.

Entre esos múltiples temas, quisiera destacar aquí el de la música. Cierto, no se trata de un tema recurrente, pues aparece sólo en seis autos de visita, los de las parroquias de Lagos (que vemos en la imagen), Real de Pánuco y Veta Grande, Zapotlán el Grande, Colima, Tepic, Ixcuintla y del santuario de San Juan de los Lagos. Sin embargo, se aprecia en ellos una sensibilidad interesante a destacar a propósito de lo que debía ser la música litúrgica, y que podría resumirse en tres puntos: sobriedad, decencia y clericalización.

Lo más evidente es que monseñor Ruiz Cabañas era más bien partidario de la sobriedad: más que un coro numeroso, dice el mandato concerniente a la parroquia de Lagos, era “muy de su gusto siempre que vaquen las del día el que no haya más de dos cantores bien impuestos en su obligación”. Lo mismo fue en la parroquia del Real de Pánuco y Veta Grande, donde el obispo estimaba conveniente “establecer un número determinado de pocos y buenos sean cantores solos con organista o también músicos”. Prelado del catolicismo ilustrado, no se complace en el fasto excesivo, en la abundancia de cantores e instrumentistas, para acompañar las celebraciones. Empero, ello no quiere decir que no buscara el correcto culto de las imágenes religiosas.

Así es, el auto de visita del Santuario de San Juan de los Lagos es buena prueba. El visitador enviado por el obispo se ocupó ahí, al contrario, de reorganizar la capilla de música, en principio aumentándola conforme a las rentas disponibles de la iglesia. Ante todo, para garantizar su perennidad, mandó que hubiera “escoleta”, es decir, ensayo de músicos y cantores dos veces por semana, para aprovechar la oportunidad para formar a los que quisieran integrarse a la capilla. Además mandó completar una “mediana capilla” aumentando plazas para tres cantores, dos músicos de “instrumentos de soplo” y un violín. Mas cuidadoso también de la decencia del culto, mandó reemplazar el bajón que ya “no es instrumento propio en el día”, por un bajo. La capilla del Santuario podía quedar así decentemente dotada y organizada, como correspondía al culto de la imagen que albergaba.

En fin, el canto no debía ser dejado a los seglares, sino que era propio de las obligaciones sacerdotales. Lo vemos en Zapotlán el Grande y en Colima donde el mandato episcopal ordena que, los domingos y días festivos, los maestros de capilla dedicaran tiempo para enseñar el canto llano, no a los cantores, sino a los propios clérigos. Cierto, ello es además es significativo respecto de los conocimientos musicales de los eclesiásticos de la época, pero ante todo muestra que el coro seguramente hubiera querido escuchar el obispo a su paso por las parroquias de su diócesis, no era sino un coro de sacerdotes.

Sobra decir que estamos lejos de conocer con detalle todo lo que sucedía en la historia musical de las parroquias novohispanas del siglo XVIII, pero sin duda la exploración a detalle de otros autos de visita episcopales podría dar mayores luces al respecto.

Comentarios: