Procesiones

 Tal vez no haya una manera más espectacular de ocupar el espacio público por parte del catolicismo que a través de las procesiones. Cierto que éstas tienen una larga tradición en la Iglesia; sin embargo, son sin duda las procesiones barrocas, las que datan de la segunda mitad del siglo XVI en adelante, las que más han llamado la atención. No sin razón. Recordemos el contexto, frente a los cuestionamientos planteados por la Reforma protestante, el catolicismo de esta época, el del Concilio de Trento por identificarlo de alguna forma, asume la primera gran empresa de educativa global: la de hacer conocer a todos los fieles católicos los fundamentos de su fe. Para ello, lo ha señalado la historiografía en varias ocasiones, los eclesiásticos –clérigos, religiosos, misioneros– utilizaron no tanto recursos intelectuales sino sobre todo sensibles.

Al respecto existe una bibliografía bastante amplia que ha seguido en buena medida los temas abiertos por Jean Delumeau (Le catholicisme de Luther à Voltaire, 6a. éd., 1996). Ahí están por ejemplo las obras de François Lebrun (Croyances et culture dans la France d’Ancien Régime, 2001) y Louis Châtellier (La religión de los pobres. Europa y la formación del catolicismo moderno, 2002) sobre los misioneros que recorrieron toda Europa entre los siglos XVI y XVIII. En ambas obras nos encontramos amplios recuentos de los recursos, teatralizantes muchos de ellos, empleados por los religiosos (jesuitas y franciscanos sobre todo) para la conversión de los fieles. Recursos que, desde luego, se fueron integrando poco a poco en la pastoral misionera, a partir de la experiencia de sus actores, según nos lo muestra un artículo especialmente interesante de Bernardette Mejorena (“Une pastorale spectaculaire. Missions et missionnaires jésuites en Italie, XVIe-XVIIIe siècle”, Annales, 2002/2). La procesión se convirtió en elemento indispensable de dicha pastoral a principios del siglo XVII, sobre todo en el marco del cierre de la misión con ocasión de la comunión general. Ello no quiere decir que la procesión estuviera reservada sólo a ocasiones extraordinarias. Por el contrario, eran prácticamente cotidianas. Cierto que resaltaban en particular las de Cuaresma, Semana Santa y Corpus Christi, mas la mayoría de las cofradías y hermandades organizaba alguna con motivo de la fiesta de sus santos patronos, o bien para algún otro ejercicio piadoso, como el rezo del rosario o de las estaciones del via crucis, a veces mensuales o semanales inclusive.

Práctica sin duda especialmente sensible, la procesión podía al menos afectar tres sentidos. En principio, la vista, con el amplio despliegue de imágenes y símbolos de la catolicidad, como los santos y las advocaciones marianas cuya intercesión fue especialmente cara al catolicismo de la época, las cruces parroquiales, los estandartes y emblemas de las cofradías, todo adornado con el decoro correspondiente. Además, el oído, con la música lo mismo sacra que marcial del acompañamiento de capillas y coros o de las escoltas militares que seguían las imágenes procesionales, completado con el sonar de campanas a vuelo a su paso. Desde luego, era bien posible el caso opuesto, que el oído se impresionara no con la música sino con el silencio de una procesión nocturna, como la del Viernes Santo o como las de apertura de las misiones. En estas últimas los religiosos solían aprovechar el ambiente para lanzar algún verso cortante (una saetilla) recordando a los espectadores los peligros de la perdición del alma si esa noche era la última. En fin, el incienso generosamente esparcido al paso de la procesión, debía contribuir a formar un ambiente propicio a la devoción. Así, esta práctica piadosa instruía a los fieles y al mismo tiempo contribuía a la sacralización del espacio público.

Empero, no era menos una práctica donde se mezclaban lo sagrado y lo profano, como nos lo muestra por ejemplo el estudio del profesor Alain Cabantous (Entre fêtes et clochers. Profane et sacré dans l’Europe moderne, XVIIe-XVIIIe siècle, Fayard, 2002). En efecto, entre los temas recurrentes de los mandatos episcopales de ambos lados del Atlántico estaba la preocupación por imponer a los fieles el respeto al paso de las procesiones. Los clérigos miraron frecuentemente con desconfianza aquellas en las que debían participar fieles de ambos sexos, o las que tenían lugar caída la noche. “Profanaciones” las hubo seguramente, y no desprovistas de interés. El episcopado trató también de controlar su aspecto festivo, sobre todo en el siglo XVIII cuando clérigos jansenitas en Francia, o “ilustrados” en otras partes del mundo católico, hicieron lo posible por suprimir el paso de ciertos personajes, asociados normalmente al demonio, y que abrían muchos de los recorridos (gigantes, cabezudos, tarascas, etc.). Además, el profesor Cabantous nos recuerda que la procesión era también un lugar de exhibición de jerarquías profanas, y por ello fuente inagotable de conflictos de precedencia. Un poco en todas partes no faltaban corporaciones o autoridades que reclamaban que su lugar era usurpado por otras, lo mismo entre órdenes religiosas que entre corporaciones civiles. Así pues, la procesión no era sólo una forma de instrucción religiosa sino también instruía sobre el orden de la sociedad.

Tal era el caso sobre todo de la gran procesión del catolicismo de entonces, la del Corpus Christi. Ésta, atestiguaba el despliegue más amplio de las pompas barrocas correspondiente al paso de la Majestad Divina, realmente presente en la Eucaristía como lo recordó el Concilio de Trento, por las calles cubiertas de enrramadas y por en medio de balcones adornados. Abierta a veces por una representación del diablo sometido, en ella participaban las parroquias, las cofradías, las órdenes religiosas, los cabildos eclesiásticos y seculares, las autoridades civiles (incluyendo desde luego a las de los indios en América), protegidas por escoltas militares. La de la Ciudad de México ha sido ampliamente reconstruida por ejemplo por Antonio Rubial García (La plaza, el palacio y el convento. La ciudad de México en el siglo XVII, 1998), y ha sido con razón utilizada para analizar los actores de la sociedad del Antiguo Régimen (por ejemplo por Alfredo Ávila, En nombre de la nación. La formación del gobierno representativo en México, 1808-1824, 2002).

Precisamente por la forma en que representaban el espacio público la religiosidad, las sensibilidades y las jerarquías sociales y políticas del Antiguo Régimen, las procesiones fueron un motivo de conflictos especialmente importante en el marco de la revolución liberal. Empero, hubo posibilidades de convivencia interesantes. Bernard Plongeron ha estudiado por ejemplo cómo fue posible que la procesión de Corpus (la Fête Dieu) siguiera celebrándose en el París revolucionario de 1790 y 1791. Donde el cambio hacia el liberalismo fue mucho menos radical, como en México, hubo con mayor razón largos períodos en que las autoridades civiles siguieron participando en las procesiones, incluso generando nuevos problemas de precedencia por el lugar que debían ocupar los nuevos poderes estatales frente a instituciones locales de larga tradición.

Empero, hacia mediados del siglo XIX, es cierto que un poco por todo el mundo católico la gran época de las procesiones tocó a su fin. Y sin embargo, todos sabemos que no son cosa del pasado. Siendo yo mismo un fiel seguidor de procesiones, aprovecho aquí para presentar dos buenos ejemplos de la vivacidad de la tradición. En principio, un ejemplo salido de entre las procesiones españolas, que aunque no desprovistas de cambios son sin duda buenas herederas de las que aquí hemos tratado. Este es un fragmento de la procesión de la hermandad sevillana “Madre de Dios del Sol” de octubre de 2007. Además de la particular advocación, la hermandad es interesante por la edad de sus integrantes, por debajo de los 20 años, por lo que en su caso al menos, podemos decir que las procesiones, no sólo no son cosa del pasado, sino que tienen mucho futuro.

Y en fin, un ejemplo latinoamericano y parisino. Aquí un fragmento de la procesión del Señor de los Milagros de noviembre de 2008, organizada anualmente por la comunidad peruana, y que si es menos ostentosa por ahora, no es menos ejemplar de la continuidad de la tradición barroca.

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