Procesiones y currutacos

Perfecto_currutacoEstamos en visperas de la Candelaria, pero también a unos días del 5 de febrero, la fiesta de San Felipe de Jesús. Es más que oportuno, por tanto, evocar la procesión que se le organizaba al “protomártir mexicano” en la capital novohispana a principios del siglo XIX, y que fue iniciativa del canónigo Joaquín Ladrón de Guevara. Ya la hemos mencionado en otra oportunidad: era el cortejo que llevaba la imagen del entonces en realidad beato, de vuelta desde la Catedral Metropolitana hasta el convento de San Francisco. En 1802 y 1804, un personaje muy particular de la época, cuyo nombre desconocemos, pero que firmaba extensas cartas dirigidas a diversas autoridades en Madrid con los seudónimos de Francisco Sosa y Antonio Gómez, denunció diversos puntos de esa procesión. “Más papista que el Papa” diríamos hoy, nuestro autor anónimo se mostraba preocupado porque, según decía su primera carta, el canónigo había convertido “un acto tan serio en cosa de comedia”, al introducir diversas escenas de la vida del santo, con imágenes “de bulto” que portaban los gremios, pero que se prestaban a “diversión”. Una en particular, aquella en que el diablo tentaba a Felipe de Jesús para evitar que se convirtiera en religioso, pero el maligno, lejos de aparecer en figura aterradora, se presentaba como un “perfecto currutaco”.

En la imagen vemos una estampa que circulaba por el mundo hispánico en la segunda mitad del siglo XVIII, titulada justamente “El perfecto currutaco”, y que se encuentra en diversos acervos, entre ellos la Biblioteca Nacional de España. Como fácil puede advertirse gracias a la ilustración, el término se utilizaba, y en algunos lugares sigue en uso, para designar a un varón que se estimaba excesivamente preocupado por la moda y el arreglo personal, hasta el punto de convertirse en figura cómica. Tal era el escándalo de Sosa, el diablo iba en “traje ridículo”, con “sus bucles, su espada, su casaca”, “a la manera del vestido que traen los que dicen ser de última moda”, de forma suficientemente exagerada que provocaba risa. Si bien seguía siendo reconocible porque conservaba “astas y cola”, es decir, los clásicos cuernos, el autor en realidad tenía razón, no era sino una figura destinada a generar burlas. Paradójicamente, el único que estuvo de acuerdo con Sosa fue el arzobispo de México, Francisco Xavier Lizana, quien trató de prohibir la salida de las “imágenes ridículas”, pero que no pudo con la heterogénea alianza formada para proteger la procesión. Ésta, iba encabezaba, claro está, por la familia Ladrón de Guevara, con influencia en la Real Audiencia gracias a que en ella había sido regente el padre del canónigo. Pero era una coalición que reunía también a sectores medios, los gremios, e incluso, lamentaba el arzobispo, “la plebe”, “los indios”, pasando por frailes y párrocos, quienes habrían señalado al prelado que esas imágenes “agradaban por lo mismo” mucho más que “las serias y devotas”.

Y en efecto, el expediente que hoy se conserva en el Archivo General de Indias, sección Audiencia de México, legajo 2693, es interesante porque una parte significativa de él estuvo dedicado a que las autoridades religiosas de la Ciudad de México expusieran graves argumentos para exhibir en una procesión una figura irrisoria del diablo. No faltaron, sin embargo, empezando porque en el “currutaco” se ridiculizaba a quien se negaba a guardar la compostura propia de la devoción, y se aludía incluso, aunque nadie se atrevió a decirlo explícitamente a una cuestión de prácticas sexuales. El guardián del convento de San Francisco aclaraba: “El vestir así al diablo es detestación de la profanidad de los trajes diabólicos que en esta época infeliz trajo del infierno ese enemigo”. El guardián de los franciscanos descalzos de San Diego agregó que era “para desterrar el abuso indecentísimo con que se cubren los hombres, afrenta de nuestro sexo y del Cristianismo”. El traje de currutaco y la risa que debía provocar terminaban así sirviendo de arma en una guerra cultural en que indirectamente se asociaba el alejamiento de la normativa religiosa con el pecado nefando.

Del lado civil, en cambio, más que una defensa, hubo una auténtica negación. El Ayuntamiento de la Ciudad de México se extendió en la defensa de la pompa procesional en honor de un hijo de la misma patria, pero rechazó siquiera considerar el tema de las imágenes “ridículas”. Antes bien, “sólo podrán estimarlo por tal [como imágenes que se prestaban a risa] los libertinos y los heresiarcas” decían los regidores con mayor severidad que los frailes. Hasta el fiscal Ambrosio de Sagarzurrieta, en otros momentos crítico de los Ladrón de Guevara y de las prácticas religiosas locales, terminó dictaminando — casi se diría que con ironía– que las imágenes de la procesión eran todas “conformes al espíritu de la Iglesia y mueven a devoción, piedad e imitación de sus virtudes”.

El canónigo también llegó a remitir su defensa ante el Consejo de Indias en Madrid, aunque no evitar una contradicción. Citó a su favor la obra de fray Juan de Ayala, El pintor cristiano y erudito, quien insistía en que se representara al diablo con sus caracteres distintivos (los cuernos), ya en forma monstruosa o humana, pero nunca contempló el tema de la risa. El clérigo, sin embargo, terminó uniéndose al combate citado por los frailes, aunque de manera más bien original: eligió el traje de currutaco, porque “me pareció ayudaría para desterrarlo”.

Al final, la argumentación de Sosa fue compartida por el fiscal del Consejo de Indias en 1807, y por los miembros del Consejo de Regencia en 1811, quienes trataron de imponer, no sabemos si con éxito, que la procesión “se haga con edificación, excusando en ella la multitud de imágenes”. La batalla por la “edificación” y la “devoción” era finalmente la que había emprendido Sosa, quien en sus cartas insistía, “los santos sólo se deben sacar o en el martirio que sufrieron o en el género de penitencia que florecieron”. Paradoja de principios del siglo XIX: la procesión que había introducido el canónigo Ladrón de Guevara y respaldaba el clero, élites y pueblo de la Ciudad de México, enlazaba con mejor con las tradiciones del catolicismo barroco e incluso del cristianismo medieval, mientras el punto de vista de Sosa, de los fiscales y magistrados en la corte, aunque también del arzobispo Lizana, con los esfuerzos de la propia Reforma católica y del catolicismo ilustrado –normalmente asumidos por el clero– en el sentido de separar lo sagrado y lo profano. La risa, aun para ridiculizar a los enemigos, imaginarios o reales de la religión, pertenecía a este último ámbito, y debía por tanto desalojarse de una procesión que debía sólo conmover religiosamente a sus espectadores.

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