Procesiones, violencias y cofradías

Consolación_fachadaEra la noche del 7 de septiembre de 1770, si bien no lo sabemos con precisión, acaso los habitantes de la villa de Utrera, en el reino de Sevilla, habrán notado que algo importante sucedía pues por encargo del síndico del público, los porteros del Ayuntamiento recorrían las casas del Teniente de Asistente, alcaldes y regidores para llamarlos a cabildo extraordinario. El síndico se había enterado de que el superior de los religiosos de San Francisco de Paula (mínimos) del convento de la villa había anunciado que se suspendía la procesión de la venerada y “milagrosa” imagen de la Virgen de la Consolación, que se veneraba en el Santuario adjunto al convento, cuya fachada actual vemos en la imagen. Alarmado, había reunido a la corporación municipal para tomar medidas al respecto y obligar a los religiosos a permitir la procesión, en aras sobre todo de evitar “disturbios y alborotos” de las doce hermandades y multitud de “forasteros” que, como cada año, llegaba justo para participar en la procesión. A eso de la 1 de la mañana, ya del día mismo de la procesión, el superior de los mínimos fue informado judicialmente de la decisión de los munícipes, que acató solemnemente.

Ahora bien, si no necesariamente percibieron esas diligencias, lo que los habitantes de la villa tal vez sí hayan notado era el ambiente de “voces muy lamentables”, e incluso de preparación de una “asonada” contra el convento de que dio cuenta, unas semanas más tarde, el Teniente de Asistente, es decir, el magistrado incorporado en el Ayuntamiento que representaba al rey. Éste, describió a la procesión descalificándola de antemano como el producto “del celo de la devoción” de unos, pero sobre todo como un mero “pretexto de ella”, pues lo que abundaba en dicha práctica era más bien la violencia que habían temido los munícipes. “Embriagados y armados con escopetas, espadas y garrotes, disparando continuos tiros dentro de la iglesia”, era como se formaba el cortejo de la Virgen. Más todavía, el magistrado asociaba procesión con orden, y por tanto, en esta época, con jerarquías, por lo que no le parecía tal una que iba “sin observar orden ni método alguno”, sin autoridades ni civiles ni eclesiásticas. En cambio, decía “va la santa imagen entregada a esta porción de gentes bárbaras”, quienes “con precipitada carrera la conducen por los sitios que se les antoja”, en un trayecto que “supersticiosamente”, se interpretaba por los fieles como “efecto de la voluntad divina”.

Hoy enRetablo_santuario_Consolación día, en que somos más herederos de aquel magistrado, Miguel Rul, que de los fieles andaluces de entonces, puede en efecto parecernos extraña una procesión así. El Teniente de Asistente estimó necesario publicar por bando la prohibición de blasfemias, de venta de embriagantes por parte de mujeres, de entrar con armas a la iglesia, y sobre todo, de que ningún cofrade “fuese osado tomar las andas” de la imagen sino “hasta llegar cada uno al sitio que tienen señalado”. Esto es, según los testimonios recogidos en el expediente (Archivo Histórico Nacional, Consejos, leg. 948, exp. 1, n. 1), la procesión consistía en que una multitud de seglares entraba en la iglesia a las 8 de la mañana, apenas los mínimos abrían sus puertas, y entre todos, sacaban a la imagen de su altar (cuyo retablo actual vemos en la imagen), pero no había propiamente un cortejo jerárquicamente ordenado. La propia multitud establecía el trayecto, que en aquellos años del siglo XVIII, tendía más bien a prolongarse. Si bien las hermandades parece ser que tenían alguna forma de acuerdo sobre el punto donde se intercambiarían a la imagen, ello no evitaba que se la disputaran o al menos trataran de anticiparse a tomarla.

Tal pues, otro aspecto del mundo cofrade del siglo XVIII: en aras de reducir la violencia de sus prácticas, las hermandades de Utrera merecieron ser integradas a la reforma que por entonces se realizaba en varios reinos de la monarquía hispánica, se les recogieron sus constituciones y debieron al Consejo de Castilla para obtener la licencia real. Si hoy subsiste la devoción a la Virgen de la Consolación, su salida es mucho más “clásica” para nosotros. Mas viéndolas históricamente, desde luego, no sólo hay motivo para compartir los prejuicios de los magistrados y del superior de los mínimos, sino que además nos ayuda a comprender la variedad de mezclas entre lo sagrado y lo profano del catolicismo de antaño. La procesión no era sólo devoción, en el sentido interiorista del término, como hubieran querido las autoridades: la fiesta, la violencia y el desorden eran parte de ella, parte legítima desde la perspectiva de los fieles que asistían peregrinando al santuario.

Confieso que desconozco si hubo casos parecidos en el reino de Nueva España, pero el caso de Utrera no deja de recordar otro peregrinaje del antiguo reino de Sevilla, que subsiste hasta hoy con esas peculiaridades, y que justo tiene lugar en estos días: la salida de la Virgen del Rocío con el llamado “salto de la reja”. Aunque mucho más pacífico que el de Consolación en los 1770, se trata justo de una verdadera carrera de los hombres de las hermandades que peregrinan a ese santuario para tomar las andas de la Virgen y sacarla, entre todos, en un auténtico “santo desorden”, para procesionar por los alrededores de su iglesia, como vemos en este video del año pasado.

 

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