Procesión del Beato Felipe de Jesús

Ayer, 5 de febrero, fue la fiesta del “protomártir mexicano”, San Felipe Jesús, mártir de la evangelización del Japón en el siglo XVII. Más que hablar sobre la vida del santo, me permito aquí traer a la memoria los festejos que se le organizaban a principios del siglo XIX. Hasta entonces, en la víspera de la fiesta, los frailes franciscanos y dieguinos llevaban su imagen a la Catedral sin mayor acompañamiento, pero a partir de 1800, se solemnizó también el trayecto de retorno, es decir, de la Catedral al convento de San Francisco, concurriendo a él no sólo los frailes, sino también los gremios de artesanos y otras corporaciones llevando imágenes representantivas de la vida del entonces beato. El despliegue de fastos barrocos causó controversia, en virtud sobre todo de dos denuncias que, bajo el seudónimo de Francisco Sosa, fueron remitidas al rey en 1802 y 1804. A raíz de ellas hubo varios informes sobre la forma en que la procesión se desarrollaba, tanto de parte del gobierno del virrey como del arzobispo Francisco Xavier Lizana. Por ellos conocemos con algún detalle algunas de estas imágenes, y cuáles eran los puntos que en ellas y en la conducta de los fieles faltaban a la “decencia” que debía rodear a las imágenes sagradas, al menos según los “ilustrados” de la época.

Veamos en primer lugar, la publicidad oficial del evento, la Gazeta de México, en la cual no se trasluce nada de los debates, sino un elogio de la magnificencia de los festejos, como reflejo de una devoción unánime al santo mexicano.

Gazeta de México, tomo X, núm. 32, martes 1º. de marzo de 1801, p. 253.
En los días 4 y 5 de febrero se solemnizó en la Santa Iglesia Catedral la festividad de nuestro ínclito patrón y paisano San Felipe de Jesús, con la magnificencia que anualmente, trasladándose en procesión a Vísperas la hermosa efigie del santo desde el convento de San Francisco por su sagrada comunidad y la de descalzos dieguinos, desempeñando el panegírico a satisfacción del numeroso y distinguido concurso el R.P. Fr. Joseph Villaverde, y concluida la función se restituyó la santa imagen a su convento, pero en procesión mucho más lucida, pues la formaban a más de las dichas religiones, las cofradías y parcialidades, el tercer orden de servitas, todos los gremios presentando al santo en hermosas y adornadas estatuas en los principales pasajes de su vida, comenzando desde su infancia, cuyo paso acompañaban con luces en mano los alumnos gramáticos del Real Colegio de San Ildefonso, el resto de éste después, el cuerpo de la platería y la Nobilísima Ciudad, en cuyo cuerpo se conducía otra bella estatua del santo mártir, adorada de la Europa y América, en otras dos de igual sobresaliente escultura.
Precedió a esta función la general iluminación y adorno de puertas y ventanas en los días del novenario, y la coronaron los devotos cuerpos de la platería y cerería con el adorno uniforme de las fachadas de sus calles, la iluminación de las mismas, lo magnífico de sus dos altares,y últimamente con los suntuosos fuegos artificales que tuvieron en ambas noches en demostración de la tierna devoción que profesan a este esclarecido Mexicano Mártir.

Y ahora sí, el debate, en anexo a un informe del arzobispo Lizana al ministro Antonio Porcel del 15 de julio de 1805, aparece esta descripción de la procesión, en la cual se denuncian “irreverencias”, “abusos” y detalles “ridículos” que dan cuenta más bien de la exigencia del respeto a lo sagrado propio de aquella generación de la élite del mundo católico.

AGI, México, 2693
“Método y abusos de la procesión que se hace anualmente en México al B. Felipe de Jesús en el día 5 de febrero.
Antes de salir la procesión van llegando al cementerio de la Catedral, donde se colocan quince o dieciséis imágenes del B. Mártir conducidas por los gremios y por los empleados de la fábrica de cigarros. Los conductores y la mucha gente del pueblo que se halla allí en expectación del acto procesional tienen los más los sombreros puestos, aunque se hallen inmediatos a las imágenes y muchos de ellos fuman y ríen, con motivo de las conversaciones en que se ocupan. Luego que se da la señal de alzar en la Catedral, comienza a formarse la procesión, dirigéndola con bastante trabajo y fatiga el prebendado D. Joaquín Ladrón de Guevara. Dan principio a ella varios guiones y estandartes de hermandades de indios con vela en mano y algunos con las varas que usan los topiles y fiscales de república y doctrina. Siguen los gremios por su orden, llevando los más de sus individuos achas de cera, y conduciendo cada gremio una imagen del santo mártir alusiva a algún pasaje de su vida, entre las cuales se deja ver y choca la que representa el de la tentación a que prescindiese del estado de religioso, presentándole las comodidades del siglo una estatua en figura de diablo con astas y cola, vestida de casaca larga, pantalón y media bota, llamada de cucaracha, a la manera del vestido que traen los que dicen ser de última moda y reconoce el vulgo por “currutacos”. En otro paso se presenta otra figura vestida a lo chino con la casaca titulada a lo jacobino en acción de herir la oreja del santo. En otro la prisión del mismo, en que llevan los cordeles dos muchachos grandes vestidos de chinos o japoneses. En otra un hombre vestido de pantalón azul y blanco que sostiene un gallardete o bandera encarnada, y levantada en un mozo de más cinco varas de alto.
A estas figuras tan ridículas y a todas las demás, sigue el orden tercero de los servitas con su escudo y a continuación las comunidades de San Francisco, San Diego y San Cosme, interpolados sus individuos la Real y Pontificia Universidad, algunos capellanes de coro y músicos de Catedral, y finalmente el Ayuntamiento bajo de mazas, con un piquete de soldados. A ciertas distancias del cuerpo de la procesión van tres orquestas de música que alternan el canto de diferentes versos y delante de ella algunos granaderos para abrir paso.
A uno y otro lado hay líneas de coches y de un inmenso gentío que acude a verla, y concluida se vuelve cada gremio con la imagen que traía y se renuevan las irreverencias que como queda dicho se advierten antes de la formación.

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