Procesión del Ayuntamiento

Los primeros días del mes de enero eran, para los novohispanos del siglo XVIII, tiempo de elecciones, y por tanto de celebraciones religiosas. Baste ver para el caso la Gazeta de México del 16 de enero de 1787, disponible en la Biblioteca Digital Hispánica. Desde su primera página, el periódico da cuenta de las elecciones habidas entre el 1o. y el 6 de enero en las ciudades de Puebla, Valladolid, Oaxaca, Querétaro y Guanajuato, y villas de Atlixco y Orizaba, cuyos respectivos ayuntamientos nombraron a los alcaldes ordinarios de ese año. El ayuntamiento de la Ciudad de México había hecho también su elección el día 1o., como aparece publicado en el número anterior de la Gaceta, el del 3 de enero.

Esto es, los señores regidores perpetuos, los “padres de la patria” como se les decía en la época, los notables por su prestigio, por descedientes de familias fundadoras, por sus aportaciones al bien de la comunidad, o simple y llanamente los compradores de estos oficios vendibles a beneficio de la Corona, que no perdían empero su carácter público, designaban en estos días a los depositarios de las varas de la justicia, que debían ejercer la jurisdicción municipal durante el año que empezaba. Si bien las notas no se extienden en dar mayores detalles sobre estas elecciones en particular, es bien sabido que, estos eventos a la vez tan cotidianos pero tan fundamentales para el buen orden público, no podían sino estar enmarcados por ceremonias religiosas. Así constaba normalmente en sus actas de cabildo y también en la publicidad de la época, por ejemplo en otras notas de la Gaceta, como en la del 14 de enero de 1784 (p. 2) a propósito de la Ciudad de México:

El día 1 después de haber asistido en su oratorio a la misa de Espíritu Santo, el Noble Ayuntamiento de esta Imperial Ciudad, (que como Metrópoli de la Nueva España goza los privilegios y preeminencias de Grande) […]
pasó por segundo cabildo a la elección de alcaldes ordinarios que se verificó en D. Isidro Antonio de Icaza, [regidor] honorario también y D. Josef Orduña, quienes inmediatamente pasaron a cumplimentar a Su Excelencia concurriendo a la tarde en el Imperial Convento de N.P. Santo Domingo al sermón y procesión de Nuestra Señora del Rosario…

Estas ceremonias eran perfectamente normales en la época, toda vez que no se trataba de actos abiertos a la competencia política, sino de designaciones fundadas en principios morales y en el prestigio y la “buena opinión” de los vecinos, y que se estimaba por tanto requerían la inspiración y bendición divinas. Así, no sólo los regidores de México sino también los otros ayuntamientos del reino, me consta en particular por lo que toca al Ilustre Ayuntamiento de Orizaba, por lo común comenzaban esta jornada asistiendo a la misa de Espíritu Santo antes de la elección. Si ésta era celebrada en espacios reservados, las celebraciones posteriores, también como en el caso de México, permitían a los vecinos admirar a los “cabezas de la comunidad” por las calles públicas.

En efecto, mientras los alcaldes de la capital iban al convento dominico, los regidores y alcaldes orizabeños salían en procesión a la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel para el canto de un Te Deum en acción de gracias. Mucho más elaborado era el ritual en Querétaro, donde se celebraba el “rosario de los alcaldes”: los nuevos jueces municipales iban al convento franciscano de la ciudad y acompañaban la procesión de los frailes con la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, que salía desde ahí hasta el convento de Santa Clara. Fuera en iglesias parroquiales o conventuales, se trataba normalmente de templos principales que tenían especial significado en la tradición urbana local, por su antigüedad o por las imágenes que albergaban.

Cabe destacar que se trata de una práctica duradera. En los primeros años del siglo XIX, cuando se instaló el régimen liberal, los nuevos ayuntamientos constitucionales no abandonaron la costumbre. Instalados también el 1o. de enero de cada año, su primer acto solía ser la asistencia a una “función de iglesia” (como se decía entonces) en acción de gracias por tal evento. Incluso cuando había intentos de reducir las asistencias a la iglesia, como lo hubo en Orizaba a propuesta de los munícipes “radicales” en 1833, la del Año Nuevo fue una de las celebraciones que permanecieron.

Así, hasta bien entrado el siglo XIX, en algunos casos hasta la separación de la Iglesia y el Estado de 1859, el espectáculo más común del día 1o. de enero era ver pasar en procesión a los regidores y alcaldes portando sus trajes de gala y “bajo de mazas”, es decir, precedidos por sus maceros, para ir a las iglesias y conventos principales. El 1o. de enero pues, era sobre todo el día de la procesión del ayuntamiento.

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