El mundo, su escenario

El siguiente texto fue originalmente leído el día 28 de mayo del 2014, en la Casa Universitaria del Centro Universitario de los Lagos,  por el Dr. Eduardo Camacho Mercado, en la presentación del libro El mundo, su escenario,de la Dra. Julia Preciado, editado por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.

Presentación Cartel Julia P.

La autora

Dicen los manuales clásicos de teoría y métodos de la historia, que antes de conocer al libro, hay que conocer al historiador. Julia Preciado Zamora, según sus propias palabras, “nació en Cuauhtémoc, Colima, un poblado que linda con el Volcán de Fuego. Se volvió historiadora porque concluyó que, más que en inventar historias nuevas, su futuro estaba en rescatar historias viejas”.

La Dra. Julia Preciado es una conversa a la historia. Sus orígenes están en la República hermana de las Letras. Después, estudió la Maestría en Historia Regional en la Universidad de Colima, y el Doctorado en Ciencias Sociales con especialidad en Historia, en el CIESAS-Occidente, institución en la que actualmente labora. Con esta conversión, la historia ganó una estupenda historiadora, sin que las letras perdieran a su escritora. Afortunadamente, la historia admite la doble nacionalidad y no exige renunciar a la anterior. Antes bien, desea que sus ciudadanos conserven sus amores y habilidades. Convencida nuestra disciplina de que a final de cuentas “todo es historia”, acepta, sin prejuicios ni complejos, las aportaciones de la antropología, la sociología, la psicología, la economía, la demografía, la geografía y demás ciencias sociales y humanidades.

Sin duda, la historia está a caballo entre la ciencia y el arte. El historiador francés Marc Bloch aconsejaba: “Cuidémonos de no quitar a nuestra ciencia su parte de poesía.” Octavio Paz, en una entrevista dijo: “Los historiadores son los poetas del pasado. Sin visión poética no hay visión histórica”.

Julia Preciado escribió recientemente:

“Evoco, como estudiante de Letras, mi gusto por el sonido de las letras en el papel, especialmente en los poemas. Me gustaban porque se sostenían con palabras precisas, aunque en ese momento, esto no lo entendía. Las letras de un poema son sus pilares. Ahora desde la distancia entiendo que leer poemas, y tomarlos como ejemplo de escritura, permite a los autores un estilo claro y puntual. Un buen poeta, o un buen poema, se vale de palabras exactas para transmitir olores, sonidos, colores, texturas e imágenes. Si al poema le falta una palabra, se resquebraja; si le sobra, se desperdiga. De ahí la precisión que obliga”.

Estamos pues, ante una historiadora que valora y pone en primer orden de importancia la buena escritura. Que entiende que el lenguaje farragoso, y oscuro, no tiene lugar en la escritura de la historia. Y que esto es posible, sin renunciar al uso, inteligente y mesurado, de las herramientas conceptuales que nos ofrecen las ciencias sociales. Las utiliza en las dosis necesarias, sólo para explicar todo aquello que no se puede expresar con el lenguaje común. Así, se vale de trabajos de antropólogos y sociólogos como Avner Ben-Amos, Durkheim, Erving Goffman, Arnold van Gennep, Víctor Turner, y del historiador Roger Chartier; y utiliza conceptos como Rito, rito de paso, ritual como drama representado, ritual procesual, liminalidad, estructura y communitas, representación, interacción social, puesta en escena.

La autora siempre apuesta por la precisión, la claridad y la sencillez. Esa es la razón por la que este libro se lee con suma facilidad, aunque sea, de hecho, un libro complejo. Valga como ejemplo, la primera frase:

“Francisco Orozco y Jiménez, figura emblemática de la historia de la Iglesia en México, simbolizó la protesta de los católicos contra el régimen nacido durante la revolución mexicana y desafió sus principios”.

 

De qué trata la obra

Aunque la autora menciona que el tema principal de este libro es el funeral del arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, en realidad es una biografía de este líder de la Iglesia al que inexplicablemente no se le ha prestado la atención suficiente,[1] y a través de la vida de Orozco y Jiménez, el libro recrea las difíciles relaciones entre la Iglesia y el Estado entre 1910 y 1940.

Para la autora, los análisis de los funerales “funcionan como una especie de tragaluz que permite estudiar una época a través de la muerte, y de la vida, de un individuo”, “como ventana para entender el clima de opinión de la época así como las cuestiones políticas más apremiantes del momento.”

Además del análisis del funeral, del recorrido por su vida, y a través de ésta, por el contexto histórico de México y en particular de Jalisco, la autora estudia tres aspectos muy importantes: el del controversial papel jugado por el arzobispo durante la guerra cristera; los periodos de exilio o escondite en los que tuvo que gobernar su arquidiócesis por cartas, y el estudio de la imagen del arzobispo, de las representaciones que él construyó y que le construyeron sus enemigos.

La autora explica que se interesó en escribir acerca del arzobispo de Guadalajara, “entre otras razones, por la manera en que administró simbólicamente su persona pública”. Líder carismático, “la suya fue una personalidad disidente y soberbia que arrastró multitudes, hasta su lecho de enfermo e incluso en el momento mismo de su muerte”.

“Estudiar la figura pública que el arzobispo Orozco y Jiménez construyó de sí mismo, y que los demás creyeron y percibieron de su persona”.

El capítulo 1, “Una veta de la historia cultural”, es un estado del arte de los estudios acerca de los funerales: los funerales de estado de los “grandes hombres” de la Tercera República Francesa, el funeral del suegro de Porfirio Díaz, Manuel Romero Rubio, el de Abraham Lincoln, de Bernardo O´Higgins, Álvaro Obregón, José de León Toral y Pedro Infante.

Capítulo 2, “El escenario y su momento histórico”. Reconstruye el contexto social, político, cultural y económico de 1913 a 1940. “circunstancias que permitirán entender el porqué de los apoteósicos funerales”. Es el capítulo más tradicional, pero muy necesario porque aporta información desconocida para el público no especializado.

El capítulo 3, “Órdenes de tinta y papel”, examina la correspondencia de Orozco y Jiménez escrita desde el exilio o mientras permanecía oculto en territorio del arzobispado, entre 1916 y 1919. Este capítulo es muy importante, entre otras cosas, porque “rompe con la imagen autoritaria del arzobispo que tradicionalmente ha presentado la historiografía”. Julia Preciado “demuestra que las órdenes que dio Orozco y Jiménez en esa etapa, no siempre se obedecieron”.

Informa sobre sus seudónimos y disfraces para ocultar su identidad, las cartas a sacerdotes, feligreses y familiares, y sobre todo, al deán de la Mitra Manuel Alvarado, quien se encargó del gobierno eclesiástico en los años de ausencia del prelado, y las dificultades para hacer que el resto del cabildo eclesiástico lo obedeciera. Algunas de sus resoluciones fueron rechazadas, por ejemplo, las órdenes de que se reabrieran los templos sin esperar el permiso oficial, durante la crisis por los decretos 1923 y 1927 del gobernador Manual M. Diéguez entre junio de 1918 y febrero de 1919. Alvarado y otros sacerdotes, veían muy peligroso obedecer esa disposición.

Nos habla también sobre las dificultades que enfrentaba para enterarse de lo que pasaba, por ejemplo, con la protesta de los obispos mexicanos a la constitución, protesta a la que se sumó cuatro meses después. Contaba con información fragmentada y con retraso.

Julia Preciado concluye en este capítulo, que “el arzobispo mantuvo a los católicos unidos, si bien no del todo controlados, a través de sus pastorales y de sus frecuentes cartas personales”.

El capítulo 4, “Líder renuente”, estudia la posición adoptada por el arzobispo ante la rebelión cristera, pero sobre todo, la imagen que sus enemigos se crearon de él y de su participación. La decisión de no abandonar a su feligresía durante los tres años de guerra cristera, le ganó el título de dirigente de los cristeros, imagen con la que lo representaban el gobierno y la prensa oficial e incluso la internacional. Esta idea ha persistido en varios historiadores contemporáneos, ya sea porque consideran obvio que así haya sido, porque suponen que así fue, o porque desean que así haya sido, aunque ninguno presente las pruebas que confirmen sus afirmaciones. La autora es contundente al respecto: no hay ninguna evidencia que permita afirmar que el arzobispo dirigió la revuelta. “La rebelión de los cristeros atrapó entre sus redes el aura de militante que Francisco Orozco y Jiménez se había creado para llevarlo a formar parte, en el imaginario popular, de una rebelión a la que se opuso y hasta donde se conoce no prestó su apoyo moral o intelectual”.

¿Por qué entonces se ocultó y permaneció en territorio de la arquidiócesis? Julia Preciado nos dice, que los motivos de Orozco y Jiménez para ocultarse fueron otros, distintos a la rebelión armada: “que en 1926 Orozco y Jiménez permaneciera entre sus feligreses obedeció a una postura muy suya para oponerse a las disposiciones del gobierno civil que lastimaban a la Iglesia católica. Era una forma de resistencia pasiva: se opuso al gobierno permaneciendo en la arquidiócesis para defender el trabajo de organización que había desarrollado entre las zonas rurales y la ciudad, y para no abandonar por completo –al menos en teoría– el control y la autoridad que ejercía como arzobispo”.

Una aportación importante de este capítulo a la historiografía, es el uso de fuentes extranjeras nunca antes utilizadas o poco conocidas.

El capítulo V, “Arzobispo de cuerpo entero”, es en mi opinión el mejor capítulo del libro. Analiza cómo Orozco y Jiménez construyó su imagen pública, y también, la manera en que fue representado por el gobierno y la prensa oficial. La autora utiliza la fotografía como documento histórico e interpreta las imágenes. Se apoya en conceptos sobre la presentación de la persona en la sociedad, de Erving Goffman.

La imagen que de sí mismo publicitó el prelado, se fincaba en la costumbre y la tradición católica, sobre lo que debería ser la figura de los obispos, sostenida, por ejemplo, en un tipo de vestimenta, una parafernalia y un transfondo repletos de símbolos de potestad que reforzaban su autoridad. Pero además de esa imagen, en palabras de la autora: “el arzobispo cultivó una imagen que trasponía lo que hasta entonces se ajustaba a su perfil como jerarca de la Iglesia […]. Al rebasar con serenidad las fronteras de lo esperado (o permitido), en cuanto a proyección, dentro de las reglas no escritas de los jerarcas de la Iglesia, Orozco y Jiménez esperaba sumisión entre sus coetáneos y veneración entre las generaciones venideras”. “Desplegaba un estilo particular que eclipsaba a los demás obispos”.

Por ejemplo, las fotografías que hizo circular a su llegada a Guadalajara, realzaban su distinguido porte y juventud. Auténtico príncipe de la Iglesia, “encarnaba la metáfora del vigor y la robustez necesarios para dirigir la arquidiócesis de Guadalajara”. Se sabía, además, que gozaba de buena posición económica. El arzobispo desplegaba todos esos atributos de su estatus siguiendo, en palabras de Goffman, “una pauta de conducta apropiada, coherente, embellecida y bien articulada”.

Interesante es también la fotografía de alrededor de 1917-1918, en la que aparece barbado, cansado, y en un escenario desprovisto de toda escenografía que denotara su jerarquía. Quizás por esta razón porta la Mitra y el báculo, a diferencia de las anteriores fotografías, en las que aparecen a un lado. Estamos frente a una imagen que informa de las penurias por las que estaba pasando su persona, y a través de él, simbólicamente, las penurias de la Iglesia y de todos los católicos.

La imagen del arzobispo se transformó con el tiempo, por obvias razones de envejecimiento, pero también por las circunstancias históricas que afrontó. “Si al principio la imagen juvenil de Orozco y Jiménez fue una de sus mejores armas, al final de su mitrado la estampa de anciano fue su escudo que lo protegía de los ataques del Gobierno civil”.

Por último, la autora estudia la antípoda de la imagen que el arzobispo creó de sí mismo: la que construyeron gobierno y prensa oficial, como rebelde y cabecilla de bandidos y cristeros.

El último capítulo, “Entierro y enmienda”, analiza el funeral. Los funerales del arzobispo, además de honrar su memoria, se utilizaron con fines políticos, específicamente, tuvieron la intención de mandar el mensaje, al gobierno, de que la Iglesia respetaba las leyes y se iniciaba una nueva etapa de relaciones cordiales, ahora bajo el liderazgo del arzobispo heredero José Garibi Rivera, quien utilizó los funerales para aparecer como el sucesor conciliador. “Su heredero, el arzobispo auxiliar José Garibi Rivera; logró atraer y unir simbólicamente a los católicos, al comparecer ante ellos –y ante representantes de las autoridades civiles– como sucesor legítimo de la Iglesia tapatía”. “El cuerpo sin vida del arzobispo fue el símbolo que marcó una nueva época para la Iglesia en Jalisco en lo tocante a sus relaciones con el Estado”. “La muerte del arzobispo, abrió el camino para una nueva era de entendimiento entre las autoridades eclesiásticas y los gobiernos del estado de Jalisco y el nacional”.

Palabras finales

Para todos aquellos lectores, que sólo quieren conocer la historia y disfrutar de un buen libro, es una excelente noticia la aparición de esta obra. Pero hay que tener cuidado en no dejarse llevar por su accesibilidad y considerarlo sólo un libro bien escrito de divulgación histórica. Estamos frente a una obra producto de varios años de investigación rigurosa, inteligente y profesional, que aporta información y perspectivas nuevas al mundo académico de la historiografía.

 Eduardo Camacho Mercado

Lagos de Moreno, Jalisco, a 28 de mayo de 2014.


[1] Sabemos que hay biografías, algunas muy completas e informadas, y que se menciona constantemente en las obras sobre este periodo histórico. Pero faltan más obras académicas sobre el personaje, como esta de Julia Preciado.

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