Preces de tiempos de guerra

La Semana Santa es sin duda una ocasión en que se hacen escuchar las voces de los obispos católicos. Los medios masivos suelen dedicarle atención importante a las homilías del Papa y de toda la jerarquía en la Misa Crismal, en la Misa de la Cena del Jueves Santo, en el oficio del Viernes Santo, y otras celebraciones litúrgicas de estos días. En México en particular, este año 2011 esas intervenciones han estado marcadas por el tema de la violencia, y sin duda no es para menos dados los recientes macabros descubrimientos de casi dos centenares de cadáveres de víctimas de la delicuencia enterrados en fosas clandestinas, de Tamaulipas sobre todo. El tema ha sido tocado en la homilía del Domingo de Ramos del arzobispo de Monterrey, el cardenal Robles Ortega; en la homilía de la Misa Crismal celebrada por el arzobispo de México, el cardenal Rivera Carrera; en el Via Crucis del Viernes Santo encabezado por el arzobispo de Guadalajara, el cardenal Sandoval Íñiguez, por no citar sino a los tres cardenales mexicanos. La diócesis de Matamoros, a la que pertenece el trágicamente célebre municipio de San Fernando, como cabía esperar, había emitido ya un comunicado expresando sus condolencias a los deudos y elevando sus oraciones por las víctimas, y unos días más tarde el obispo Faustino Armendáriz visitó a los familiares de los desaparecidos en el Servicio Médico Forense. Lógicamente es una de las diócesis que mayor atención ha prestado al problema, dedicándole diversos comunicados, e incluso organizando procesiones por la paz con motivo de la fiesta de la Virgen de Guadalupe el año pasado. De manera colectiva, ya la exhortación pastoral del episcopado de febrero del año pasado, había tratado ampliamente el tema de la construcción de la paz, estableciendo incluso diversos compromisos concretos a partir de diversos ejes.

Estos comunicados, homilías y exhortaciones, han estado dirigidas lo mismo a hacer oración por la paz, a reprochar la indeferencia ante estos sucesos, o a llamar a los criminales mismos a la conversión. Otrora, en una situación de guerra como la presente, se hubiera esperado del clero del Antiguo Régimen, además sí de exhortaciones, celebraciones litúrgicas específicas, sobre todo, la celebración de la rogativa de tiempo de guerra, que dejo aquí tomada de un Ritual Romano impreso en Madrid en 1795

Y para que al menos la primera parte sea clara, dejo aquí la traducción contemporánea del salmo 45 (o 46 hoy en día):

Dios es nuestro refugio y fortaleza,
una ayuda siempre pronta en los peligros.
Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva
y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar;
aunque bramen y se agiten sus olas,
y con su ímpetu sacudan las montañas.
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.
Los canales del Río alegran la Ciudad de Dios,
la más santa Morada del Altísimo.
Dios está en medio de ella: nunca vacilará;
él la socorrerá al despuntar la aurora.
Tiemblan las naciones, se tambalean los reinos:
él hace oír su voz y se deshace la tierra.
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.
Vengan a contemplar las obras del Señor,
él hace cosas admirables en la tierra:
elimina la guerra hasta los extremos del mundo;
rompe el arco, quiebra la lanza
y prende fuego a los escudos.
Ríndanse y reconozcan que yo soy Dios:
yo estoy por encima de las naciones,
por encima de toda la tierra.
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.

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