Pira y rifa por las ánimas de Lagos

Esta semana de nuevo una entrada breve para tratar de otra de las prácticas religiosas del mes de noviembre que tenían lugar en la siempre querida parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de la villa de Lagos, pero ya no sólo en tiempos del reino de la Nueva Galicia, sino también de cuando era parte de una nueva entidad política, la provincia y luego Estado o Departamento de Jalisco. Esto es, ya entrado el siglo XIX. De nuevo son prácticas que encontramos en los libros de cofradías, en particular a los de la cofradía de las Benditas Ánimas que se conservan en el Archivo Histórico Parroquial de la Asunción de Lagos de Moreno.

La fiesta principal de dicha cofradía era, desde luego, el 2 de noviembre, la conmemoración de los Fieles Difuntos, y consistía sobre todo en la realización de un aniversario, es decir, una misa solemne, cantada como nos lo indican los registros del pago de músicos, con monaguillos acompañando al preste, quien seguramente era también el que se ocupaba de subir al púlpito para el sermón, que en el siglo XVIII se pagaba también por separado. Había además misas y rosarios durante toda la octava en el siglo XVIII, aunque tendieron a desaparecer en el siglo XIX. Mas el elemento central era sin duda la que se llamaba la pira funeraria, es decir, un túmulo formado por varios bastidores de madera pintados que se adornaba con abundantes luces, como se entiende por el hecho de que el gasto fundamental de la ocasión era la cera: dos arrobas solían adornarla, es decir unos 23 kilos de cera. Adquirida en los años 1790, bajo la gestión del bachiller José Ana Gómez Portugal como mayordomo, éste justificaba en 1803 los abundantes gastos del aniversario por “ser preciso vestir de ella [de cera] toda la pira, porque lo contrario sería deformidad e irrisión”. Tan era así que en 1824 hubo que renunciar a la pira por “la carestía de la cera”. Podemos pues suponer que en esos años y hasta la década de 1830, los habitantes de Lagos se acostumbraron a asistir a la festividad de las ánimas en buena medida para ver el espectacular adorno y su iluminación.

Reservada al principio para la festividad, en el siglo XIX la pira llegó a alquilarse: en 1820 para las exequias de un padre jesuita, cuyo nombre desconocemos lamentablemente, en 1826 para los funerales de la esposa de don Marcos Reyes, en 1829 a petición de doña Carmen Villalobos, y en 1834 en las exequias de don Nicolás Martín del Campo. Tan era importante la pira, que en septiembre de 1799 se decidió construir un cuarto en el atrio de la iglesia exclusivamente para guardarla, pues en la sacristía, donde hasta entonces se había depositado, la humedad dañaba la pintura. Renovada a principios de la década de 1810, reparada en 1816, 1829, 1831 y 1832, en este último decenio parece haber ido perdiendo centralidad en los festejos. A partir de 1832 justamente, se colocaba más bien una tumba, es decir, un armazón con forma de ataúd. En el inventario de 1838 aparece todavía la pira pero “ya muy vieja” y al año siguiente el obispo Diego de Aranda, en su visita pastoral, ordenó incluso que se derrumbara el cuarto donde se guardaba, sin duda en aras de darle mayor dignidad al atrio parroquial. No volvemos a saber de ella en los años siguientes, acaso por haber sido eliminada junto el mismo cuarto.

Es sin duda significativo que el siglo XIX trajera en cambio la introducción de nuevos elementos al festejo. En noviembre de 1821 aparece así la rifa de las ánimas, que perduró hasta los tiempos de la Reforma liberal en 1859. Su funcionamiento preciso nos lo explica uno de los asientos en los ingresos del año de 1839. La gente compraba boletos o números por medio real a favor de las ánimas de su devoción, podemos imaginar que parientes suyos difuntos, que la cofradía distribuía a través de un colector. El alma ganadora obtenía una misa cantada exclusivamente para ella, por la reducción de su estancia en el Purgatorio, mientras que todas las otras que entraban en la rifa debían conformarse con una misa rezada en común. Según se aprecia por las cuentas del mayordomo era una práctica que tenían gran eco entre los habitantes, sobre todo en su primer año, cuando se recabaron 20 pesos netos, ya descontando el costo de las dos misas, lo que significa que más de 300 números entraron a la rifa. En los años siguientes osciló el ingreso entre unos 6 y hasta 15 pesos anuales, lamentablemente las fuentes no nos dan pistas para seguir los motivos.

La rifa es importante pues sorprende en las cuentas por su permanencia en oposición al aniversario, cuyas luces literalmente se fueron apagando en las décadas de 1840 y 1850. La cera de la función disminuyó significativamente con la desaparición de la pira, y de hecho los últimos mayordomos apenas si compraban algunas libras para la ocasión, incluso el pago por el sermón desaparece, concentrándose el gasto cada vez más en el costo de la misa y la capilla de cantores, la música incluyó a veces “instrumentos de viento”. Aunque son duda pocos indicios los que contamos, podemos ver que la sensibilidad de los laguenses a favor de los fastos iba disminuyendo en beneficio de una práctica más estrictamente religiosa aunque no menos centrada en el culto, la propia misa.

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