Patronatos

Creo que es momento de hablar de temas más clásicos de la historia religiosa mexicana. Aquí uno que es absolutamente fundamental: el Patronato regio, bajo el cual se encontraban, desde finales del siglo XV la iglesia de Granada, desde el siglo XVI todas las iglesias de los reinos de Indias y, desde el siglo XVIII, todas las iglesias peninsulares. Aquí presentaré únicamente cinco puntos que me parecen importantes sobre este tema.

1. ¿Qué es el Patronato? Remontémonos un poco en el tiempo, hasta la definición que presentan las Siete Partidas, la célebre recopilación de leyes realizada en el siglo XIII bajo el reinado Alfonso X de Castilla. Si parece algo exagerado ir hasta esta recopilación fundadora del derecho hispánico, no está de más decir que su trascendencia a lo largo de los siglo fue tal que no utilizamos aquí sino la versión que aparece de ellas en las Pandectas hispano megicanas publicadas por el abogado mexicano Juan N. Rodríguez de San Miguel en el siglo XIX. Pues bien, las Partidas presentaban una etimología del término y la interpretaban como “padre de carga” para enseguida definirlo como “el derecho o poder que ganan en la Eglesia, por bienes que fazen, los que son Patronos della”. Tales bienes podían ser la tierra, la construcción o la dotación de una iglesia, aquí como pocas veces la iglesia, el edificio, confundida con la Iglesia la comunidad. A cambio, los patronos recibían “honra, utilidad y carga”, pues se constituían en protectores de la iglesia y adquirían derechos sobre ella, el más importante: “e quando la Eglesia vacare (decían las Partidas), deue presentar Clerigo para ella”. Es decir, adquiría lo que en derecho canónico se llama “derecho de presentación”.

2. ¿Qué es el derecho de presentación? Veamos para ello el Curso de derecho canónico hispano e indiano del padre Murillo Velarde, utilizado en el siglo XVIII en el mundo hispánico, pero que sigue en buena medida el Corpus Iuris Canonici. La presentación no era sino una de las cinco vías posibles para designar, o mejor dicho, para proveer, los titulares de los beneficios eclesiásticos, es decir, los cargos con sus respectivas dotaciones, bienes y rentas. Las otras cuatro vías eran la elección, la postulación, la nominación y la libre colación. En la elección, un cuerpo colegiado designaba al titular por tres vías posibles: escrutinio, compromiso o inspiración el elegido tenía algún impedimento para el cargo, entonces simplemente se le postulaba hasta que un superior le concediera la excepción correspondiente. La nominación tenía lugar normalmente para los beneficios que se concursaban, pues los examinadores del concurso nominaban una terna de entre los concursantes para que un superior designara. En la presentación, que es la que nos interesa, el patrono designaba al titular del beneficio, mediando a veces la nominación, es decir, podía recibir la terna resultado de un concurso para designar al ganador. Acto seguido, el patrono presentaba al nuevo beneficiado ante el superior correspondiente para que éste le diera la colación canónica. La libre colación, tenía lugar cuando un prelado o superior designaba sin preceder elección, presentación o nominación alguna.

Así pues cuando hablamos del Patronato regio sobre las iglesias de Indias, queremos decir sobre todo que eran los reyes quienes designaban a los titulares de los beneficios eclesiásticos. Ahora bien, este derecho tiene también su historia.

3. ¿Cómo se obtuvo el Patronato? Los precedentes del Patronato indiano se remontan cuando menos al siglo XIII, cuando menos por lo que toca a su reconocimiento por el Papa. Los monarcas de Castilla y Aragón obtuvieron su ejercicio en los territorios que iban conquistando a los árabes, por ejemplo Córdoba en 1236 y Valencia en 1239. El precedente directo fue la bula Orthodoxae fidei, de 1486, en que el papa Inocencio VIII concedió el patronato de las iglesias de Granada y de Canarias. Así, en principio, el Patronato indiano sería una concesión pontificia otorgada por el papa Julio II en la bula Universalis Ecclesiae de julio de 1508.

Según el Compendio bulario índico, el papa habría concedido entonces a los reyes castellanos: a) La presentación ante la Santa Sede de todos los titulares de las iglesias metropolitanas, catedrales y monasterios, dignidades mayores y beneficios de ellas. b) La extensión de un año de plazo para presentar a los titulares para los que mediara la elección en un órgano colegiado. c) La presentación ante los obispos de los beneficios inferiores. d) El derecho a recurrir a otro obispo si el titular de la diócesis se negare a conceder la colación en diez días. Si a alguien le interesa ver la bula, está digitalizada en el, en el Archivo General de Indias bajo la signatura PATRONATO,1,N.8,R.3, Bula de Julio II, 28-VII-1508: patronato y presentación.

Sin embargo, la concesión pontificia no fue el único fundamento del Patronato indiano. En la Ordenanza del Patronato de 1574 el rey alegaba otra fuente, previa incluso a la bula pontificia. El patronato provenía de “haverse descubierto y adquirido aquel Nuevo Mundo, edificado y dotado en él las iglesias y monasterios a nuestra costa”. Uno y otra fuente, sin embargo, no eran sino completarias. El derecho de la época, no debemos olvidarlo, era acumulativo, por lo que, hasta la independencia al menos, no hubo mayor problema en mantener la doble argumentación sobre las fuentes del Patronato.

4. ¿Cómo se ejercía el Patronato? En concreto, podemos verlo en el título VI del libro 1o. de la Recopilación de Leyes de Indias. Hay que decir que el Patronato implicaba un gran esfuerzo burocrático en la corte de Madrid, donde se realizaban los más altos nombramientos. El rey se reservaba la presentación de arzobispos y obispos, si bien normalmente era tratada en el Consejo de Indias, cuyo parecer también era solicitado para el nombramiento de los cabildos catedrales, cuya presentación no se hacía ante el Papa sino ante el obispo respectivo. El rey se hacía presente además en los exámenes para las canonjías de oposición (doctoral, magistral y penitencial).

Por lo que toca a los beneficios menores, básicamente las parroquias, sacristías mayores, etcétera, eran los virreyes quienes se ocupaban de la presentación, en calidad de vicepatronos. Para los curatos se convocaba a concursos periódicos, de los que resultaba una terna de donde el vicepatrono designaba al nuevo titular para que el obispo le otorgara la colación canónica. Ahora bien, es importante decir que todo ello no implicaba el sometimiento absoluto de los eclesiásticos ante la potestad secular. Lejos de ello, nada más característico de la vida política del imperio hispánico que el enfrentamiento entre los altos prelados y los virreyes, aunque es cierto que en principio ambas potestades debían colaborar para el buen gobierno del reino.

5. Por último, ¿el Patronato era exclusivo de los reyes castellanos? Cabe decir que la mayor parte de las monarquías católicas de Europa contaban con alguna participación en la provisión de los beneficios eclesiásticos. Por el Concordato de Boloña de 1516, el rey de Francia tenía también el derecho de presentación, aunque sólo de los beneficios mayores, de la mayor parte de las iglesias de sus reinos. El rey de Portugal tenía asimismo el derecho de Patronato en sus reinos en tanto gran maestre de la Orden de Cristo.

El Patronato regio puede parecer un tema excesivamente técnico, sin embargo, no es un asunto menor. Era un procedimiento que permitía la participación de la potestad secular en los nombramientos eclesiásticos, manteniendo sin embargo los eclesiásticos su propia legitimidad a través de la colación canónica. Ésta, la conservaron siempre el Papa y los obispos, de manera que los reyes, por muy amplia que fuera su participación en todo el procedimiento, no investían directamente a los clérigos. Nada más caro a la Iglesia en su conjunto desde tiempos de la Reforma gregoriana (siglo XI), que evitar la intervención directa de las autoridades seculares en sus nombramientos. Tal había sido el sentido de la más célebre de los enfrentamientos medievales entre el Papa y el Emperador: la querella de las investiduras. De ahí que, una vez que se desintegró el Imperio hispánico, el primer problema eclesiástico de los nuevos estados nacionales fue la discusión sobre la continuidad o no del patronato indiano.

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