Pascuas, vendimias y estrenos

OrizabaA finales del siglo XIX, el cronista orizabeño José María Naredo, publicaba su Estudio geográfico, histórico y estadístico del cantón y de la ciudad de Orizaba, del que vemos aquí la portadilla. Obra extensa, en dos tomos, publicada por la Imprenta del Hospicio, que entre otros muchos temas, dedicó largas páginas a describir las “funciones y procesiones que en ella [en la parroquia de San Miguel] se hacían en tiempos anteriores a la promulgación de las leyes de Reforma”. En efecto, el Estudio de Naredo presentaba una auténtica memoria de los fastos religiosos de Orizaba, desde luego el autor no ocultaba para nada su animosidad en contra de la secularización del espacio público que habían significado dichas leyes. Nostálgico conservador, presentó con detalle esas celebraciones, pero al hacerlo también presentaba los argumentos que debían escucharse, desde su punto de vista, para restablecerlas o conservarlas. Ahora bien, lo interesante es que el propio Naredo no podía escapar al proceso de secularización y debió incluir argumentos que no eran exclusivamente religiosos.

Bando RevillagigedoEn efecto, al terminar su descripción de la Semana Santa con el Domingo de Resurrección,  alegó que esas “semanas santas” eran superiores “para el orden moral y para el orden social”, y al decir esto último se refería incluso al ámbito económico. “Traían al comercio y a los ramos industriales pingües ganancias”, afirmó, refiriéndose concretamente a dos ramos: la costura y la venta de alimentos. En ello había una bella paradoja, pues si algo se había criticado, al menos desde el siglo XVIII, en las funciones de Semana, justo había sido la vendimia que se formaba alrededor de las procesiones. Más todavía, el gobierno del virrey Segundo Conde de Revillagigedo incluso había terminado por tomar medidas muy concretas al respecto en la Ciudad de México como vemos en el bando de marzo de 1793 (AGN, Indiferente virreinal, caja 1797), que tomamos prestada de las publicaciones de mi colega José Gabino Castillo en cierta red social. En él se prohibía colocar “puestos de chía, almuerzos, frutas, dulces y cosas semejantes en las calles”, además de “vendedores de matracas, pasteles, ojarascas y demás especies”. Preocupación ante todo religiosa, como se advierte en el señalamiento de que con ellos se “turba la devoción” y se “quebranta el ayuno”. Es cierto, esto no evitó que una década más tarde, en 1804, se denunciaran aún los “puestos de contristajos y vendimias de almuerzos y brebajes” que existían al paso de las procesiones de Semana Santa, como hemos visto en este mismo espacio hace un par de semanas. También en la villa de Orizaba de principios del XIX, según Naredo, se consumía con abundancia “dulces, bizcochos y aguas frescas”, aguas que eran de “loja, horchata, chía y tamarindo”, cuya venta dejaba “muy buenas utilidades”, todo lo cual escandalizaba a los católicos ilustrados, pero era recuperado positivamente por el cronista decimonónico.

DSCF9428 (2)El otro “ramo industrial” destacado por Naredo, no era menos profano, y afectaba no sólo a la Semana Santa orizabeña sino incluso a toda la Cuaresma. En todo ese tiempo, “las costureras no eran suficientes”, al igual que sastres y zapateros, por “el prurito que los individuos de uno y otro sexo de todas clases tenían por estrenar algo en la Semana Santa” afirmó. Ahora bien, el tema del estreno no puede dejar de hablarnos del problema de la galantería: ya en el siglo XVIII, uno de los puntos que el clero denunciaba con más fuerza en las prácticas religiosas era la “mezcla de ambos sexos”, motivo incluso para prohibir las procesiones nocturnas. Entre los liberales decimonónicos había todavía una sensibilidad que denunciaba esas actitudes profanas en el pueblo. Testimonio de ello es el cuadro de Primitivo Miranda Semana Santa en Cuautitlán (1858), un detalle del cual vemos a la izquierda. Lo ha destacado la Dra. Angélica Velázquez (Primitivo Miranda y la construcción visual del liberalismo, 2012), el Cuautitlán del cuadro no es tan sólo el poblado real sino el pueblo imaginado por las élites liberales. De ese pueblo es una magnífica representante la China que mira hacia el espectador, en traje y actitudes no exactamente devotas (al igual que su pareja por lo que toca a lo primero) mostrando incluso el tobillo. El cronista orizabeño, en cambio, deja atrás el tono de escándalo para destacar simplemente el “extraordinario movimiento en las tiendas de ropa”. Por supuesto, él mismo tuvo que detenerse para volver sobre las funciones estrictamente religiosas antes, lamentablemente para nosotros, de seguir detallando “el alboroto de nuestro pueblo” para tiempos de Corpus.

En suma pues, aunque un poco sin quererlo, el cronista conservador y devoto no podía dejar del todo de lado esos aspectos de la Semana Santa que terminaban siendo, y en ello coincidía con el católico ilustrado Antonio Gómez de principio del siglo, “motivos de diversión y hasta quizá de burla”. Se sirvió de ellos para defender esas antiguas prácticas en un tema que los liberales estimaban particularmente, el económico, corriendo el riesgo en cambio de que se acusara a esas celebraciones de no ser, efectivamente, sino negocios con ganancias. En todo caso, no podemos dejar de preguntarnos, desde luego, hasta qué punto no era esa, finalmente, la verdadera gran tradición de la Semana Santa, su lado espectacular y profano, y no tanto (o no tan sólo) el interiorista o devoto que hoy en día, al igual que aquellos devotos, asociamos con lo religioso.

 

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