Parce mihi

Entre los muchos temas de la historia religiosa que es complicado reconstruir, sin duda uno de ellos es el de la vida musical de las iglesias de antaño. El órgano, así como otros instrumentos y claro está, las voces de cantores adultos y niños, eran el acompañamiento fundamental de las misas, las horas canónicas y demás celebraciones litúrgicas, lo mismo de las grandes catedrales que de iglesias más modestas. Sigue siendo difícil situarnos desde la perspectiva de los oyentes, y saber con precisión que significado tenía para los fieles la música de sus iglesias. En cambio, desde hace ya varios años existen investigaciones que se han dedicado a rescatar tanto la producción musical presente en libros de coro y composiciones, así como la sociología de esos músicos, en particular los grandes maestros de capilla. Incluso ha habido grandes esfuerzos por rescatar los órganos históricos de las iglesias. En México, en particular, se destaca el gran trabajo del Proyecto Musicat, dedicado lo mismo a un extenso rescate de fuentes y a la publicación de estudios sobre este tema.

Ahora que se acerca la conmemoración de los fieles difuntos, parece oportunidad para una breve nota sobre lo que se escuchaba en esta ocasión entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX en una iglesia novohispana, por ejemplo en la Catedral de Guadalajara de Indias. Podemos tener un leve atisbo al respecto gracias a un inventario levantado el 5 de mayo de 1846, de todo lo que pertenecía a la Catedral de Guadalajara (Archivo Histórico del Cabildo de la Arquidiócesis de Guadalajara, sección Gobierno, serie Secretaría, Culto, 1820-1846, caja 4, exp. 81-2). En él se incluyeron todas las obras musicales de dicha iglesia, clasificándolas según el contenido y la celebración para la que servían. Como cabía esperar, una parte muy significativa eran misas: entre los juegos de solfa había al menos 52, aunque lamentablemente el documento no detalla con precisión sus autores o si se trataba de ejemplares de piezas repetidas. Había también, un pequeño grupo de composiciones clasificadas como del oficio de difuntos, pero sólo incluían un oficio incompleto, tres misas de réquiem, dos versiones del salmo Domine ne in furore (uno de los siete salmos penitenciales) y sobre todo seis versiones del Parce mihi.

Felizmente, sabemos al menos los compositores de estas piezas: Ignacio de Jerusalem, José Coll, N. Murillo, Santiago Belloni, Manuel Delgado y Vicente Zárate (suponemos que es Vicente Ortiz de Zárate), aunque por ahora sólo podemos decir que el primero y los dos últimos fueron músicos establecidos en Nueva España. El más celébre es el primero, desde luego, italiano de origen y maestro de capilla de la Catedral de México a mediados del siglo XVIII. Delgado era compositor y ejecutante de violín en la misma metropolitana a principios del siglo XIX, mientras Ortiz de Zárate era maestro de la Catedral tapatía también en los primeros años de esa centuria. De los otros no he encontrado datos por ahora, pero podríamos al menos suponer que la Catedral consumía sobre todo música de origen local o al menos del mundo hispánico.

Ahora bien, podemos también suponer –atrevidamente es cierto, a falta todavía de fuentes– que la variedad de versiones podría tener alguna relación con lo que se esperaba escuchar en esas funciones eclesiásticas, o con lo que se valoraba en ellas. El Parce mihi es un pasaje del libro de Job que se leía como primera lección del primer nocturno del oficio, podemos pensar pues que, con seis versiones útiles, pues el inventario tiene el cuidado de señalar las obras que requieren volverse a transcribir, al menos esa lección era acompañada de instrumentos y voces y no sólo leída por los celebrantes. La nota en el oficio incompleto de que comprendía “invitatorio hasta 1a. lección”, podría indicarnos pues que en la Catedral de Guadalajara al menos toda esa primera parte del oficio dedicado a las ánimas del purgatorio, resonaba con la pompa propia de las principales celebraciones. Desde luego, repetimos, todavía nos queda saber qué tanto era esto notado por los fieles y qué trascendencia tenía para ellos. Por ahora quedémonos con otra versión del Parce mihi, asimismo novohispana, de Tomás Ochando, del siglo XVIII, pertenece al disco Aires del Virreinato, volumen 2.

 

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