Papantzin

agustin-rivera-webUno de los episodios proféticos más célebres de los relatos de la Conquista de México es el de la resurrección de Papantzin. No siendo propiamente especialista del tema de la Conquista, sino un mero interesado en la historia religiosa y política de los siglos XVIII y XIX, no pretendo aquí analizarlo en todos sus alcances. Me interesa tan sólo la versión de un autor en particular, el Dr. Agustín Rivera y Sanromán, longevo clérigo, prolífico publicista y erudito historiador (1824-1916), a quien vemos en la imagen y que representaba, en el último tercio del siglo XIX y los primeros años del XX, un característico esfuerzo por construir un discurso conciliador entre liberalismo y catolicismo. En efecto, Rivera recuperaba al mismo tiempo la crítica histórica moderna, con su cuestionamiento de creencias que se calificaban como “superstición” y “fanatismo”, pero también se consideraba representante de la teología católica más tradicional, fundada en Santo Tomás de Aquino. Polemista nato, la memoria de la Conquista de México, episodio fundador de la historia nacional mexicana cuya interpretación en lo político y en lo religioso no dejaba de ser tema de controversia en el siglo XIX, no podía serle ajena. Trató de él en varias de sus obras históricas, en particular en su Compendio de historia antigua de México de 1878, que motivaría una larga censura negativa de la mitra de Guadalajara, cuyo primer punto trató precisamente del relato que hizo de la resurrección de Papantzin. Por ahora, en este artículo vamos a limitarnos a un recorrido por la historia del relato justo hasta la época de nuestro autor.

Monarquía IndianaLa historia de una mujer que sale de su sepultura una noche tras cuatro días después de su muerte para advertir a Moctezuma el final de su “señorío” aparece ya en la Historia general de fray Bernardino de Sahagún, cuyo manuscrito data de mediados del siglo XVI. Sin embargo, hasta donde sabemos, el relato tomó su versión casi definitiva en la Monarquía indiana de fray Juan de Torquemada, obra publicada a principios del siglo XVII y cuya portada vemos en la imagen. A la luz de los trabajos recientes, casi sobra decir que estos cronistas escribían desde una perspectiva occidental cristiana, en que los grandes acontecimientos eran, como en los relatos bíblicos o de la Antigüedad grecolatina, necesariamente anunciados de manera sobrenatural. La caída de Tenochtitlán era la de una nueva Jerusalén. El padre Torquemada tomaba explícitamente como modelo la historia de Flavio Josefo, evocaba los propósitos divinos de esas advertencias para la enmienda de “los errores de su gentilidad y ceguedad de sus vicios” de los mesoamericanos. Aunque retomaba los incidentes que ya antes había expuesto el padre Sahagún, Torquemada se detuvo sobre todo en la historia que nos interesa, que presentaba como el más explícito de los presagios, pues los demás “no daban claridad de lo que significaban”, de ahí que le dedicara todo un capítulo.

A más de hermana de Moctezuma, el personaje central, que en esta crónica se llama simplemente “Papan”, era viuda del señor de Tlatelolco. En buena lógica occidental, por todo ello, era tratada “con mucho respeto y cuidado”. Enterrada en un jardín, resucita al amanecer del siguiente día apareciendo ante una niña. El relato está marcado por el miedo y el misterio, su “mayordoma” se desmaya al verla, y por poco ocurre lo mismo con otras dos “dueñas” llamadas en auxilio de la primera. Papan se oculta por un día entero, antes de llamar a “su mayordomo y ayo”, para hacer venir a Moctezuma a través de su tío Nezahualpilli, “rey” de Texcoco. “¿Eres tú hermana o el demonio en tu figura?” pregunta al verla finalmente su hermano, presentado aquí como “muy cobarde en cosas de agüeros”.

Por fin, Papan transPapantzinmite su mensaje: habría sido transportada a un valle surcado por un río, y al tratar de atravesarlo la detiene “un mancebo vestido de hábito largo, blanco como un cristal, relumbrante como el sol”, con la señal de la cruz en la frente y alas en la espalda. Recorre el valle de su mano, y le muestra “muchas cabezas y huesos de hombres muertos y otros muchos que se quejaban con gemidos muy dolorosos”, así como “personas negras con cuernos en la cabeza y los pies de hechura de los venados o ciervos”, y finalmente, la llegada de “unos navíos muy grandes” con los conquistadores, “hijos del sol”. El “mancebo” le explica que ellos “habían de ser señores de estos reinos” y los huesos pertenecían a “nuestros antepasados que no habían tenido lumbre de fe”. Ella estaba destinada a “gozar de la fe” que trajeran los conquistadores, e incluso tenía el encargo de “guiadora de las gentes” al bautismo. Moctezuma preso de la turbación, fue consolado con el argumento de que su hermana “estaba loca y que con el mal grave que tenía disvariaba”. En buen relato evangelizador, la profecía se cumple, y Papan, que en adelante habría seguido una vida de ayuno y “muy particular y recogida”, se bautizaría tras la conquista como María Papan, “haciendo vida de buena cristiana”.

ClavijeroEl relato del padre Torquemada llegó al siglo XIX fundamentalmente a través del padre Clavijero (cuyo retrato del Museo Nacional de Historia vemos en la imagen), quien lo retomaba de manera puntual en su Historia antigua de México, publicada en Cesena en 1780, aunque le da a su protagonista el nombre ya definitivo de Papantzin. Obra que se inscribe en el contexto de la respuesta a la negativa imagen americana de la Ilustración europea, aunque tenida por más “racional”, no dejaba de validar este tipo de presagios. “No es inverosímil que habiendo Dios anunciado con varios prodigios la pérdida de algunas ciudades […] quisiese también usar de la misma providencia con respecto al trastorno general de un mundo entero”, afirmó el padre jesuita.

La obra de Clavijero, traducida al español hacia la tercera década del siglo XIX, se convirtió en figura de autoridad que validaba la historicidad de la resurrección de Papantzin. Al menos lo fue para Carlos María de Bustamante, publicista liberal y católico quien lo citaba en su edición de la obra del padre Sahagún de 1829. En cambio, fue cuestionado por otros historiadores de la Conquista como William Prescott, quien se afirmaba sorprendido del crédito que le daba Bustamante a esa resurrección que el prefería no mencionar sino en nota a pie de página, aunque no dejó de encontrar “glimmerings of truth” en los presagios. Es decir, dudaba de los eventos pero no de la creencia generalizada en ellos, ni del ambiente de inquietud reinante en Tenochtitlan bajo Moctezuma. Algo semejante fue la visión de los historiadores liberales de la segunda mitad del siglo. Guillermo Prieto, en sus Lecciones de historia patria de 1886 la calificaba de “leyenda absurda” pero no dudaba de que “tuvo grande boga”, contribuyendo incluso a la imagen de “supersticioso al extremo” de aquel gobernante mexica. Los liberales asociaban la religión popular con la superstición y proyectaban esa imagen del presente hacia el pasado sin mayor dificultad.

Roa BárcenaEmpero, la resurrección de Papantzin tuvo todavía difusión en otros ámbitos. José María Roa Bárcena la incluyó en sus Leyendas mexicanas de 1862, poniendo en verso los presagios en conjunto y en particular la historia de la princesa. Casi dos décadas más tarde, los pintores Isidro Martínez y Juan Urruchi se ocuparían del tema aparentemente en trabajos para un concurso en la Academia de San Carlos. En la tercera imagen de esta entrada vemos justo el cuadro de Martínez de 1880, procedente del Museo de Bellas Artes de Toluca, tomado de un artículo de Stacie G. Widdifield publicado en el Art Journal en 1990. El personaje había pasado así de los relatos edificantes de las crónicas misioneras a los proyectos de cultura nacional del siglo XIX, que es donde lo encontró el doctor Rivera y Sanromán en la década de 1870. Cerremos pues este artículo con unos versos de Roa Bárcena sobre nuestra princesa resucitada:

De pueblos humildes y grandes naciones
Que llenan, mezclados, la faz de la tierra,
Y al yugo se inclinan o encienden la guerra,
Escrito en los cielos el término está.

Y cuando se acerca — la historia lo dice —
Anuncian su adverso destino futuro
Presagios, visiones, los signos del muro.
La tierra temblando, saliéndose el mar.

En medio de agüeros de gran desventura,
Dios quiso a la azteca gentil monarquía
Con raro portento mostrar cierto día,
si bien entre sombras, la luz de la fe.

Sacó del sepulcro discreta princesa
Que a reyes y plebe contó lo que ha visto;
Con ello el apóstol primero de Cristo
En estas regiones de América fue.

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