Orizava

Antes que otra cosa debo aclarar que el título de la entrada no es un error ortográfico, sino que está escrito intencionalmente retomando la ortografía del siglo XIX. En efecto, durante la mayor parte de ese siglo no solía escribirse “Orizaba” sino “Orizava”. Y es que en esta ocasión me gustaría hablar un poco de la parroquia que ha sido mi objeto de estudio desde hace ya algunos años, y a la que estoy dedicando ahora mi tesis.

Portada de La ConcordiaTratándose de la que es, hasta hoy, la ciudad con más templos católicos del estado de Veracruz, debería ser evidente la importancia de estudiar su historia religiosa; sin embargo, no ha sido necesariamente el caso. De hecho, aparte de los cronistas decimonónicos (Joaquín Arróniz y José María Naredo) y algún otro más reciente, somos más bien pocos los que nos hayamos interesado por ese aspecto de la vida orizaveña. Es algo lamentable, pues es una historia muy rica, que tiene fuentes abundantes, aunque algo dispersas, y desde luego, es un asunto que no ha perdido actualidad.

Cabría decir ante todo que Orizava, la del siglo XVIII y XIX, es un magnífico ejemplo de hasta qué punto la vida urbana no podía concebirse sino bajo el marco religioso de la catolicidad. Hacer su historia, por tanto, es hacer la historia de la parroquia, de las capillas, de los conventos, de las cofradías y demás corporaciones religiosas, que fueron las constructoras de la villa a principios del siglo XVIII. Así es, a pesar de los esfuerzos de esas mismas corporaciones por prolongar su historia hasta hacerla remontar al siglo XVI, o incluso antes; a pesar de los cronistas decimonónicos, que retomaron esos testimonios un siglo después sin crítica alguna, como ha hecho también algún ingenuo estudiante de historia en su trabajo recepcional. A pesar de todo ello, la historia orizaveña empieza en realidad en las primeras décadas del siglo XVIII, cuando se introduce el cultivo del tabaco para aportar el “pasto material”, y comienza la construcción de templos para completar el “pasto espiritual”, por decirlo con los términos de la época.

Catedral y el padre Llano 2Fue entonces que comenzaron a construirse las iglesias monumentales que subsisten hasta hoy: la del hospital de San Juan de Dios, la parroquia (actual catedral) de San Miguel Arcángel, el santuario de Guadalupe (La Concordia), el convento del Carmen. Comenzó también la construcción de las capillas, tanto en el centro de la nueva urbe (la del Rosario, anexada posteriormente a la parroquia), como en sus márgenes: las de Dolores, San Antonio de Padua, Santa Ana, Santa Gertrudis. Hubo, claro está, un segundo impulso constructor a principios del siglo XIX, que fue el que permitió la conclusión de varios de esos templos, además de otros nuevos, como la nueva capilla del Calvario y el Colegio apostólico de San José de Gracia.

Al paso que se iban construyendo todas estas iglesias, no sólo se elevaban cúpulas y campanarios, que ya era bastante en una población que apenas pasaría de los diez mil habitantes a finales del siglo XVIII. Además, se abrían plazas, se introducían cañerías y se colocaban fuentes, se trazaban las calles para darles acceso, elementos todos que, junto con los barrios que en torno a ellas se formaban, adquirieron desde luego el nombre del santo patrono o de la advocación mariana a la que estaban dedicadas.

Don Diego Madrazo Escalera y Rueda, Marqués del Valle de la ColinaEstas obras además eran producto de esfuerzos colectivos que reunían a devotos grandes y pequeños. Las iglesias y sus anexos eran levantadas con las limosnas de unos y el trabajo de otros, o incluso directamente con el patrocinio de los notables. Ahí está la iglesia de San Antonio, obra en buena medida de la familia Sesma, del marquesado de Selva Nevada. En contraste, la iglesia parroquial fue levantada con el trabajo conjunto de las dos repúblicas, es decir, la de españoles y la de indios, lo que la haría el teatro de largas disputas ceremoniales a lo largo del siglo.

Ya desde entonces y hasta mediados del siglo XIX cuando menos, las iglesias y la villa entera serían el escenario constante de los fastos barrocos de numerosas corporaciones, de religiosos, de clérigos, pero sobre todo de seglares, que sacralizaban constantemente el espacio público e incluso el territorio en su conjunto. El viajero que arrivara por entonces a Orizava, procedente sin duda de Veracruz, no tardaría en escuchar las numerosas campanas que caracterizaron pronto el paisaje sonoro local, e incluso sería recibido en la barranca de Villegas, es decir, antes siquiera de entrar al espacio urbano, por la imagen de San Miguel Arcángel, propiedad de la cofradía del mismo nombre. Quien recorriera sus calles, no tardaría en cruzarse con alguna procesión, festiva o de rogativa, reuniendo a numerosos fieles, o sólo un selecto grupo de devotos rezando un rosario o un vía crucis. Si se quedaba algún tiempo, no tardaría en notar las disputas que se tejían entre las corporaciones o al interior incluso de ellas, con un reflejo muy claro en las grandes ceremonias eclesiásticas. Cierto, notaría sin duda la presencia de un clero local importante, hijos de notables con estudios en el seminario de Puebla, y un bachillerato de la Universidad de México.

IM000962.JPGPor ejemplo, los clérigos del santuario de Guadalupe, reunidos en el Oratorio de San Felipe Neri (fachada actual en la imagen), célebres por la emoción con que cantaban las Lamentaciones en la Semana Santa. Pero también frailes de origen peninsular, como los severos carmelitas, de origen novohispano como los siempre escandalosos juaninos, o ya al final del siglo, de origen mallorquín, como los franciscanos, célebres por sus espectaculares misiones de Cuaresma. Sin embargo, todos ellos e incluso el señor cura párroco, vicario foráneo y juez eclesiástico de la villa (que los hubo muy notables en orígenes, letras y empeños) no tenían fácil control sobre ese pequeño mundo tan heterogéneo de cofradías y hermandades, de cabildos de indios y de españoles, sobre quienes apenas el rey se hacía presente de cuando en cuando. Tendría que pasar una guerra civil, e incluso una revolución, la liberal claro está, para que las constructoras de la urbe, las corporaciones religiosas fueran desplazadas progresivamente, en el siglo XIX, por nuevas instituciones, las del liberalismo triunfante.

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