Oraciones por la paz

Preces tempore belliLa paz es un tema que ha estado bien presente en la tradición cristiana desde hace siglos. No es extraño pues que en los libros litúrgicos no falten las preces para el tiempo de la guerra. En el Ritual Romano, el libro por excelencia de este tipo de ceremonias, y que vemos en la imagen en una edición parisina de 1855 disponible en Google Libros, aparece en las letanías “tempore belli” el salmo 45. Sin duda muy oportuno, pues en él se habla con amplitud de la seguridad del creyente en Dios ante esta tribulación: “Sin perder nuestra paz le alabaremos, en medio de trastornos tan extraños”. Los fieles de la Nueva España escucharon esas preces en su momento y participaron en los rituales que conllevaban. Por ejemplo, con motivo de las guerras atlánticas que libraba la monarquía hispánica. En una circular de agosto de 1779, el obispo de Puebla encargaba a sus párrocos la celebración de nueve días de letanías con motivo de la guerra contra Inglaterra. Se encargaron también en los sucesivos conflictos internacionales, pero también en los internos: con motivo de la guerra desde 1810, y más tarde, con las guerras en que intervino el naciente México independiente. Básicamente, se solía hacer una procesión más o menos importante, que diera la vuelta al atrio de las iglesias al menos, o que podía ir a una de las iglesias o santuarios importantes de la localidad. Se podían llevar las imágenes o las reliquias de los santos, o incluso invocar directamente a la Presencia real divina en la Eucaristía. Hoy en día, el tema de la guerra y de la paz permanece, pero sin duda los rituales han cambiado mucho. En efecto, esta breve evocación de los rituales de tiempos de guerra de antaño, nos permiten ver la originalidad de los rituales católicos de nuestros días. Y justo acabamos de ver uno sobre este tema.

El día de ayer, en la plaza de San Pedro en el Vaticano, ha tenido lugar una Vigilia de Oración, encabezada por el Papa en persona. Cierre de una jornada de ayuno y de oración motivada por la posible intervención armada de las potencias occidentales en Siria, no es un evento menor, pues hemos visto a la diplomacia vaticana intervenir con energía en este asunto. Evento sin duda edificante para quien lo ha seguido con los ojos de la fe, es además interesante porque, desde mi punto de vista, ha reflejado bien la originalidad no sólo de los rituales de estos tiempos, sino en particular la originalidad de este Pontificado. Sobre lo primero, lo más evidente es que hoy en día, las oraciones para pedir por la comunidad no están ya marcadas por la procesión, como había sido desde tiempos de la Antigüedad tardía, y más todavía, no son sólo colectivas propiamente sino también individuales. La vigilia de oración es ejemplar en ambos puntos: absolutamente sedentaria, casi inmóvil, aunque ha incluido momentos procesionales, no han sido de los fieles ni del clero, sino de una imagen y de la Eucaristía. Antaño pues, los fieles se movilizaban y movilizaban a los santos, a la Virgen y a Dios mismo para fortalecer junto con ellos su sentimiento de seguridad. Hogaño se les ve llegar y entronizarse en medio de la asamblea, pero no es ese gesto el fundamental. Lo es, en cambio la oración. Así es. Una añeja tensión del catolicismo es la que se plantea entre el culto y la devoción, al menos desde el siglo XVI. Esto es, entre la religión en su sentido más tradicional, más espectacular, más exterior, y también más sacerdotal; frente a la idea de la religión como una experiencia ante todo espiritual, interior, sobria por tanto y más individual. Sin duda ésta última visión ha ascendido incluso en el corazón mismo del culto católico. La vigilia de oración no se concibe ya sin dejar amplios momentos para que los fieles recen en absoluto silencio, de manera por completo individual, sin la guía siquiera de alguna indicación clerical o de alguna imagen, sin adoptar tampoco una postura uniforme que haga de la oración un gesto unánime. En fin, el salmo 45, el de la seguridad del fiel ante los desastres, ha dejado paso a salmos más oportunos para nuestros días, salmos de alabanza, como el 144. Desde luego, ya no se trata de implorar ni el auxilio en la batalla, ni de mantener la fe en la tribulación sino de pedir, insistentemente en la paz, y en reflexionar en los motivos de la división. No es que esto estuviera ausente antaño, pero no era la prioridad. Por ejemplo, las viejas preces contemplaban la posibilidad de que la guerra fuera contra los infieles y los herejes, incluyendo entonces oraciones para la “humillación de los enemigos de la Iglesia”. Algo impensable ya en nuestros días, en que la mirada del catolicismo hacia las otras religiones se ha modificado sensiblemente, y para bien, cabe decir. En ello, la vigilia de ayer no es tan original, cuanto representativa de una época, mas debemos repetir que desde otra perspectiva, sí que presenta elementos originales, que nos la muestran como específica del pontificado actual, el del Papa Francisco. El Papa Francisco se ha identificado ante todo como el obispo de Roma. Pues bien, la de la Vigilia de Oración ha sido, no cabe duda, una liturgia romana, por sus actores, por sus símbolos y sus gestos, por sus textos y su lengua. Comencemos por los actores, que es lo más visible. En el altar ha estado el Papa solo, y sólo con su maestro de ceremonias. Los lugares de honor han estado reservados a los cardenales, que por sus vestiduras se puede ver que eran todos de rito latino. El Papa ha rezado por el mundo oriental, pero sin la presencia de obispos o patriarcas orientales católicos. La cámara del CTV nos mostró que si bien había sacerdotes ortodoxos y representantes de otras religiones, su lugar era a la izquierda del altar, es decir, como asistentes y no como actores del ritual. Por lo que hace a los símbolos, la vigilia ha comenzado por invocar a la Virgen, protectora por excelencia de la Humanidad entera, cierto, pero lo ha hecho en su imagen de la Salus Populi Romani, la patrona de la Ciudad Eterna. En principio es un icono oriental, pero dado que la jornada estaba dedicada a la paz en Siria, uno podría preguntarse ¿Por qué no buscar algún icono más significativo para esa región del mundo? Más allá de las imágenes, tampoco hubo ningún gesto de la rica tradición litúrgica oriental que se colara, ni por descuido, en esta vigilia. Siria, que es una de los países con mayor variedad de ritos cristianos. Es bien conocida, por ejemplo, la sensibilidad de los orientales por el incienso y por las luces. Mas ha sido, y volveremos sobre ello, una liturgia demasiado sobria como para aceptar tan característicos elementos. Liturgia romana, en fin, por su lengua. Sólo algunos himnos y oraciones en latín interrumpieron una jornada casi por entero en italiano. “La querida nación siria” estuvo presente apenas en esas palabras pronunciadas justo en italiano durante la homilía, sin que ninguno de los idiomas propios de dicha nación (el árabe, pero también el arameo). El griego, la lengua litúrgica por excelencia del Oriente cristiano, sólo se hizo presente en el Kyrie eleison de las letanías y las invocaciones. Jornada tanto más romana al momento de la exposición de la Eucaristía cuanto que las oraciones fueron sistemáticamente tomadas de los Papas desde Pío XII hasta Benedicto XVI. Hay que elogiar al maestro de ceremonias que tuvo el buen tino de elegir a los dos jovencitos que pronunciaron la oración de Pío XII con una dulzura que aquel Soberano Pontífice tan grave no hubiera sido capaz. Por decirlo en una sola frase, ha sido una jornada de oración por la paz del Obispo y del pueblo de Roma. Sin embargo, tal vez lo que más sorprende de la vigilia ha sido su sobriedad. El Papa ha encabezado una liturgia marcada por su “dépouillement”, dirían los franceses. Empezando por los ornamentos: hemos visto salir al Papa sin portar siquiera una estola, y sin ningún acompañamiento. No fue sino en los últimos momentos de la celebración que llegó a portar algún otro ornamento, aparte de su sotana blanca. Tomó la capa pluvial y el velo humeral, pero sobre todo la primera se distinguía por su total pulcritud: completamente blanca, sin un solo adorno que destacara su carácter pontificio. Además, al Papa lo seguía su maestro de ceremonias litúrgicas, asimismo sin portar siquiera la sobrepelliz. El mismo “dépouillement” ha caracterizado la homilía, un mensaje breve y sencillo, con referencias al Antiguo Testamento, sobre todo al Génesis. Pero ha sido más bien una reflexión personal y un llamado a la reconciliación a todos los niveles, bien lejos de las reflexiones profundas y eruditas de Benedicto XVI, casi sobra decirlo. Discurso muy sobrio, ni siquiera particularmente emotivo en un Papa que sabemos ya que sabe bien conmover a las multitudes. Discurso además perfectamente dentro de lo que se espera del Papa tradicionalmente. Esto es, aunque en estos meses hemos visto que él ha sido “reclamado” por así decir, por los teólogos liberacionistas, su discurso no ha tenido nada que ver con dicha corriente. En ese sentido, ha sido una vigilia de oración en que se ha pedido también la iluminación de los corazones de los gobernantes, pero no se ha lanzado ninguna denuncia profética contra ellos. Aquí pues, ya para cerrar, el video oficial de esta vigilia de oración.

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