Oración por la tolerancia

En el mundo atlántico del siglo XIX la religión se convirtió, de hecho de mentalidad, a asunto de opinión. Es una afirmación muy general, cierto, matizada en su cronología según las regiones, pero que se confirma con la importancia que cobraron los temas religiosos en la prensa. En el mundo hispánico en particular, toda una generación de “publicistas” a un mismo tiempo católicos y liberales se dedicaron a luchar contra lo que consideraban el fanatismo en todas sus facetas: las “supersticiones populares”, el “clericalismo”, el “despotismo” del Papa, la conspiración jesuita, etcétera. En sus artículos, llenos de una erudición a veces un tanto ecléctica, se recurría a la historia eclesiástica, a los Padres de la Iglesia y a las Sagradas Escrituras para probar que su esfuerzo no era sino en pro de la restauración del cristianismo de los primeros tiempos liberado de los “abusos” introducidos, según ellos, por la Edad Media (concretamente la reforma gregoriana en el siglo XI), e incluso por el Concilio de Trento.

Como en toda obra de combate, sus textos son normalmente críticas a veces muy irónicas, satíricas incluso, otras veces adquirían la forma de largos y enjundiosos artículos, no menos que se acercaban ocasionalmente al estilo propio de la oratoria sagrada, que a fin de cuentas conocían siendo algunos de ellos clérigos de formación. Sin embargo, es relativamente raro encontrar en sus disputas obras que expresen de alguna forma su devoción. Empero, tuvieron un modelo para ello: ni más ni menos que de Voltaire, de quien retomaron la Prière à Dieu del Tratado sobre la Tolerancia. Apareció publicada en el periódico La Palanca, de la ciudad de México, y fue retomada por El Oriente de Xalapa en noviembre de 1826 (número 773, p. 3204). No es algo inesperado considerando que era una obra sobre uno de los temas más caros de esos reformadores ilustrados, la propia tolerancia religiosa.

En efecto, en un Estado católico, como el de la primera mitad del siglo XIX mexicano, la lucha por la tolerancia no era un asunto menor, y luchar por ella y demostrar al mismo tiempo que se era un buen católico, era todavía más complicado. Voltaire ofrecía, al menos en el caso concreto de esta oración, ese difícil equilibrio. Aquí pues la traducción difundida en México con el título de “Oración al Supremo Ser”:

¡Oh Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos! Si a las débiles y mortales criaturas perdidas en la inmensidad del espacio, es permitido atreverse a pedirte alguna cosa a ti que todo lo puedes, y a ti, cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate exterminar aquellos errores inseparables de nuestra naturaleza que causan nuestras calamidades. Si no nos has dado el corazón para aborrecernos, ni las manos para degollarnos, haz que mutuamente nos ayudemos a soportar el peso de una vida penosa y pasajera; haz que la diferencia de vestidos que cubren nuestros frágiles cuerpos; que la variedad de lenguas insuficientes que distinguen a las naciones; que los diversos usos hijos del capricho, que la multitud de leyes imperfectas y contradictorias; que la diversidad de nuestras insensatas opiniones; que las varias condiciones tan desiguales a nuestros ojos, y tan uniformes delante de ti, y que los matices que distinguen a todos los átomos llamados hombres, no sean señales de aborrecimiento y de persecución. Haz que aquellos que encienden cirios a mediodía para adorarte, soporten a los que se contentan con la luz del sol; que aquellos que se cubren con una tela blanca para decir, “que es necesario amarte”, no detesten a los que con un manto de lana negra dicen la misma cosa; manifiesta tu voluntad, y haz ver a todos que del mismo modo te dignas aceptar nuestras oraciones en cualquiera lengua, que en una lengua escogida; que las adoraciones en cualquiera lugar, y las ceremonias de cualquiera clase son iguales ante ti, si no es las que se dirigen a la persecución y exterminio del género humano; haz que los que dominan una partecita de esta pequeña masa de lodo, llamado “mundo”, que poseen algunos fragmentos redondos de ciertos metales, gocen sin orgullo de los que ellos llaman “grandeza, riqueza”, y que los demás los vean sin envidia, porque tú sabes que nada hay en estas cosas que nos deba envanecer, y nada que nos deba engreír.

Haz finalmente que los hombres todos recuerden que son hermanos; que horrorice la tiranía ejercitada con la fuerza o con la seducción. Si los males de la guerra son inevitables, no nos aborrezcamos, ni nos despedacemos en el seno de la paz, y empleemos los instantes de nuestra existencia en bendecir en mil lenguas diversas desde Siam hasta California tu bondad con que nos ha concedido la vida. Amén.

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