O’Gorman: el guadalupanismo como invención

El texto que sigue es una versión ligeramente modificada de un artículo que publiqué en el Diario de Xalapa el 11 de diciembre de 2006,  pero que es perfectamente vigente en estos días guadalupanos. En noviembre de 2006, se cumplieron cien años del natalicio de quien fuera, sin lugar a dudas, el más importante de los historiadores mexicanos del siglo XX: Edmundo O’Gorman. Entre las muchas aportaciones que hiciera a la historiografía mexicanista se destaca un libro clave para los estudios guadalupanistas: Destierro de sombras. Luz en el origen de la imagen y culto de Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac. Aprovecho este artículo para reseñar, de manera muy general, el contenido de esa obra, de muy recomendable lectura.

Desde sus primeras líneas, O’Gorman es muy claro en su postura antiaparicionista, como también en su propósito: “reconstruir en lo medular de su discurso el proceso histórico del origen del guadalupanismo mexicano”. Tal objetivo lo lleva a rastrear los orígenes del culto guadalupano, de ahí que comience por determinar la advocación de la primera ermita del Tepeyac. A partir de un fino análisis de los documentos del siglo XVI, concluye que ese primer templo, construido en la década de 1530, estaba dedicado a “La Madre de Dios” o a “Santa María”, es decir, a ninguna advocación mariana en particular, y que es imposible decir con seguridad si había en ella o no una imagen, aunque si la había lo más probable es que fuera, asimismo, sin una dedicación particular.

Enseguida, O’Gorman da cuenta de las dos décadas de “intermedio de silencio” hasta 1556: de ese período no existe testimonio alguno sobre el culto guadalupano, pues cuanto mucho existen menciones de la ermita, mas no de la imagen que pudiese haber existido en ella. De manera que el primer testimonio de ella es el sermón predicado en la Catedral de México el 6 de septiembre de 1556 por quien fuera su segundo arzobispo, el dominico fray Alonso de Montúfar. Dicho sermón fue el primero en favorecer el culto a Nuestra Señora del Tepeyac, que por tanto existía ya en esa fecha.

Para precisar el momento de su introducción, O’Gorman, hace un recuento de los actos inmediatamente anteriores en que cabría haber esperado alguna mención a la imagen. El último de ellos, la publicación de las constituciones del I Concilio Mexicano en noviembre de 1555. Por tanto, deduce el autor, es en ese período de diez meses (noviembre de 1555-septiembre de 1556) en el que se encuentra el origen del culto guadalupano. Determinada la fecha, nuestro autor pasó a dar cuenta de “la invención del guadalupanismo novohispano”, título del segundo y apasionante capítulo de su obra. En él, recupera cinco de los llamados “testimonios indígenas”: el Diario de Juan Bautista, la Relación originalde Chimalpahin, el Códice Aubin, los Anales de México y el Nican moctepana. Todos ellos coinciden en un punto: la “aparición” de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac ocurrió, o bien a fines de 1555, o en 1556. Como se entiende con claridad de la expresión “aparecer”, “la imagen –deduce O’Gorman– debió colocarse en la ermita de manera subrepticia, condición para que el suceso fuera recibido por los indios como portentoso”.

Otros dos testimonios, en particular una carta del virrey Martín Enríquez, de 1575, aportan nuevos datos. El virrey informó que hacia 1555 ó 1556 un milagro realizado por la imagen de la ermita había extendido su culto entre los españoles de la Ciudad de México. Según el análisis de O’Gorman, fueron ellos quienes le impusieron el nombre de Guadalupe, “para transferirle el prestigio de la imagen española”, particularmente atractivo para los novohispanos por la devoción que le tenían Hernán Cortés y otros conquistadores”. Todavía en el tema de las fechas, a partir de un informe del propio arzobispo Montúfar de mayo de 1555, el autor deduce que la ermita había pasado hacía poco a la jurisdicción ordinaria, abandonando su condición original de visita de los franciscanos. De ahí, por supuesto, la protección de que gozó el culto desde sus inicios por parte del clero.

Aclarado así el origen del culto entre los españoles, el autor dedica su tercer capítulo a averiguar el origen del culto entre los indios a través del análisis de la obra fundamental del guadalupanismo: el Nican mopohua, el célebre relato de las apariciones escrito por Antonio Valeriano. O’Gorman ubica la escritura de ese texto en los primeros meses de 1556. La obra, observaba don Edmundo, da cuenta, no de la aparición de la imagen de la Virgen, sino de su aparición “por primera vez” en 1531, por tanto, se entiende que el autor estaba consciente de que en el momento en que escribía se había realizado una “segunda aparición”. Obviamente, el objetivo de narrar esta “primera aparición” no era sino “sacralizar la imagen guadalupana al concederle un fundamento sobrenatural”. Narración que, conviene acotar, no era histórica. Como había señalado ya fray Servando Teresa de Mier en el siglo XIX, “se trataba de una composición literaria del género de los autos sacramentales”. Con este relato mítico, Valeriano, concluye O’Gorman, no hacía sino reclamar para los indios la posesión de una imagen que, como se ha señalado, estaba siendo apropiada por los españoles.

En fin, aclarado el origen de la imagen, Destierro de sombras… continúa con el análisis de las circunstancias en que se dio la aparición de 1556. El 6 de septiembre de ese año, ya lo hemos mencionado, el arzobispo Montúfar predicó el primer sermón guadalupano, alabando las facultades taumatúrgicas de la imagen. En respuesta, el 8 de septiembre, fray Francisco de Bustamante, provincial de los franciscanos, predicó un sermón en la capilla de San José de los Naturales de su convento de México en que descalificaba los títulos de la imagen “pintada ayer por un indio llamado Marcos”, denunciaba la falsedad de sus milagros y que su promoción entre los indios podía hacerlos recaer en la idolatría, y reclamaba la intervención del virrey para poner en claro el origen de esa nueva (y para él falsa) devoción. En consecuencia, el arzobispo Montúfar levantó una información testimonial contra el prelado franciscano, aunque más bien, como demuestra O’Gorman, fue para protegerse de sus acusaciones.

Más allá de la evidente rivalidad personal entre el arzobispo y el provincial, don Edmundo encuentra en este enfrentamiento, en principio, un testimonio de la disputa entre la ortodoxia, representada por un clérigo inquisidor tradicionalista (Montúfar), y el erasmismo reformador del que los religiosos serían herederos. Asimismo, el nuevo culto era parte del enfrentamiento de la reciente Iglesia diocesana, empeñada en fortalecer su presencia, con la Iglesia misionera consolidada por los religiosos. Dos eran los problemas fundamentales para el episcopado: sustituir a los frailes con clérigos y obtener recursos de los fieles a través del diezmo, del que estaban exentos los indios. Aunque estos problemas eran prácticamente irresolubles para el arzobispo, en cambio, el lograr la “sumisión y obediencia de los indios” estuvo más a su alcance. Tal es, para O’Gorman, el motivo del apoyo arzobispal al nuevo culto guadalupano, y por tanto “la razón de ser e índole en su origen”.

Cabe decir que la historiografía reciente ha avanzado de manera importante en la línea abierta por O’Gorman, especialmente en lo que hace al enfrenamiento entre los “modelos de Iglesia” representados por clérigos y frailes en el siglo XVI. Asimismo, existen ahora mayores estudios sobre la forma en que el culto guadalupano fue extendiéndose en los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, la obra sigue siendo fundamental en su análisis de las circunstancias específicas de introducción de la imagen. Por supuesto, su trascendencia va más allá del ámbito estrictamente historiográfico, mas cabe decir que no era intención de su autor afectar las creencias de nadie. En ese sentido afirmaba el propio don Edmundo: “…la fortaleza de la fe es invulnerable a los asaltos de la razón, me conforta saber que nada de cuanto diga puede minar la creencia en la verdad histórica del prodigio del Tepeyac, ni quitarle a quien la abrigue el consuelo de la devoción que lo venere, y al admitir eso, reconozco el grado que nuestra historia guadalupana tiene una vertiente de espiritualidad, de atracción popular y de sentimiento nacionalista que aquí dejo intacta, quizá su dimensión esencial por estar más allá de las disputas de los hombres”.

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