Octavas para Doña María

EDSC_0025n el siglo XVIII las campanas podían ser materia de reformas episcopales y monárquicas, tema de discusión por su magnífico o atronador sonido, según se viera, pero también tema inspirador de poemas. Ya hace algunos años compartí en este mismo espacio unos versos de don Tomás de Iriarte lamentando los excesos campaneros. En esta ocasión vamos a ver el lado opuesto, una composición dedicada en 1787, en forma de octavas, a la que entonces era la principal de las campanas de la Catedral Metropolitana, la “bautizada” con el nombre de Santa María de la Asunción, en honor de la patrona de la Iglesia, misma que, salvo error que sabrán disculpar los más conocedores, es la que vemos en la foto.

Fundida en 1578, la también conocida como “Doña María” y hoy simplemente como “La Doña”, llegó a su sitio actual en la “torre vieja” de la Catedral, la del oriente, el Domingo de Ramos de 1654. A fines del siglo XVIII se la describía como “muy bella y perfecta la simetría de su figura y la limpieza de su tez; su sonido muy grave, dulce y sonoro” y su peso se estimaba en 150 quintales. Cuando se culminó la torre poniente de la Catedral y se subieron las otras campanas se levantó un preciso recuento de su historia por los canónigos comisionados, que menciona que en 1787 “un curioso” fue quien “admirando su forma y gallardía, como la hermosura y lleno de su voz”, le escribió las octavas que siguen, y que simplemente se dedican a celebrar justamente sus dimensiones, su material y el alcance de su sonido.

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Fábrica material, libro 16, “Campanas que adornan las torres de la Santa Iglesia Catedral de México en el año de 1796”, fs. 72-73

“Esta matriz Iglesia Mexicana
que de grandeza y majestad blasona
tiene una torre fuerte, aunque algo enana,
que a su fábrica sirve de corona.DSC_0039

En cada arquillo cuelga una campana,
que entre cantos su tímpano eslabona,
y con su tono claro, es signo externo
para reglar el coro y el gobierno.

Entre estas la mayor, que por su fama
obtiene indisputable primacía,
Santa María de la Asunción se llama
y por voz popular Doña María.

En efecto entre todas es la Dama
y merece este don por su hidalguía
pues otra no se ve en ningún paraje
más bella, ni más noble en su linaje.

Es su cuerpo de prócer estatura,
su tez, por suave y limpia, muy hermosa,
a torno parece hecha su cintura
y en el vuelo su pompa muy airosa.

Admirable es su voz, en la dulzura,
y al mismo tiempo grave y majestuosa,
el oído encanta su metal sonoro
cuando se escucha, como que habla en oro.

Pesa en juicio del arte, por la cuenta,
casi arrobas seiscientas o cabales,
y en el badajo o lengua que la alienta
añade quince más, mas no puntuales.

Su materia, preciosa y opulenta,
es amalgama pura de metales
donde el fuego arrojó todo lo extraño
mezclando oro, latón, cobre y estaño.

Doce pies corre el ruedo del platillo
a compás y medida diligente
y diez y ocho en la faja o el anillo
que en el medio le ciñe fuertemente.

En el grueso relabio del tobillo
de veinte y cuatro el vuelo no desmiente
ascendiendo del cuerpo la figura
a más de siete pies toda su altura.

De media torre casi ahogada pende,
y entre otras veinte con dos más se esconde,
pero cuando su lengua se desprende,
el eco de las otras le responde.

No porque el grave toque las ofende
sí porque a su fineza corresponde
que resuene cada una en voz canora
a la imperiosa voz de su señora.

Aun con estar estrecha y sofocada
su concepto armonioso el oído halaga,
y el clamor de cualquiera campanada
más de legua en circuito el aire vaga.

Con el aliento de su voz pausada
a las demás las voces les apaga,
y burlándole al tiempo desengaños
numera ya dos siglos y nueve años.

 

No estaría completa esta nota sin un poco del sonido de esas campanas, que finalmente siguen ahí en nuestros días. Si tal vez ya no son tan queridas como para componerles versos, no deja de ser espectacular escuchar los repiques de la Metropolitana de México. Aquí un modesto ejemplo, no es la Doña María, pero sí las campanas de la torre poniente, bronces eclesiásticos que tratan de abrirse paso en medio del denso paisaje sonoro de la capital mexicana del siglo XXI.


Repiques de mediodía dominical en la Catedral… por davidclopez

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