Notre-Dame de Paris

FachadaAquí una última entrada parisina, a propósito de la que es sin duda la iglesia más conocida de la ciudad, la Catedral de Notre-Dame. Mas en esta ocasión quisiera no hablar tanto de su historia, como de su vida religiosa actual. En efecto, a pesar de las apariencias, la Catedral no es sólo un atractivo turístico de París, aunque es bien cierto que la mayor parte de sus visitantes son turistas y que sus ingresos dependen en buena medida de la compra de cirios y veladoras con la imagen de la Virgen, que asimismo son los turistas quienes más compran. La vida religiosa y litúrgica de la Catedral está lejos de reducirse a algunos horarios como dicen algunos: en medio de la multitud de turistas, los capellanes y canónigos de la Catedral dedican buena parte de la jornada a escuchar confesiones en las capillas laterales (y siempre hay fila de espera, aunque corta) mientras que todas los días se celebran cuatro o cinco misas, además de los oficios de Laudes y Vísperas, ya en el altar mayor o en el del coro, la adoración del Santísimo Sacramento los jueves (especialmente querida de los fieles franceses) y la de las reliquias de la Pasión los primeros viernes de mes (especialmente cara a los fieles de origen ruso), además de las numerosas celebraciones que implica el calendario litúrgico. Como cualquier catedral del mundo católico, Notre-Dame celebra, y de manera especialmente notable todas las festividades del año, siendo especialmente visitada por franceses y extranjeros en los momentos fuertes de éste. Por ejemplo, para la misa de Navidad, la misa de medianoche, de la cual, como dice el rector arcipreste, no vale preguntar su horario porque es puntualmente a la medianoche. Asimismo, para las celebraciones de la Semana Santa, especialmente la misa crismal y la del domingo de Pascua, o para las ordenaciones sacerdotales a finales de junio, cuando se reúne una pequeña multitud que habla, en principio, francés.

A ello hay que agregar que la catedral, como iglesia principal de la diócesis, es punto de reunión de todas las comunidades extranjeras residentes en la ciudad, que son muchas. Lo mismo recibe a la comunidad peruana para la procesión de la imagen del Señor de los Milagros a principios de noviembre, que a la comunidad mexicana para la misa de la Virgen de Guadalupe en diciembre, a los ukranianos de rito greco-católico en febrero, a los armenios en la fecha del memorial del genocidio de principios del siglo XX, y de cuando en cuando a vietnamitas, haitianos, africanos y un amplio etcétera.

Para organizar todo ello, la Catedral es ante todo una pequeña comunidad. No me refiero sólo a los sacerdotes, que encabezados por el rector arcipreste Monseñor Jacquin, destacan por su formación intelectual (que se puede constatar en las conferencias de Cuaresma y Adviento), por sus competencia en varios idiomas y por sus origenes diversos. Además, existe un medio centenar de empleados de la catedral, entre sacristanes, recepcionistas y guardias, y hay que destacar también a los voluntarios, que se ocupan lo mismo de la distribución de las hojas de los oficios del día, que de distribuir la comunión. Hay también un pequeño contingente de fieles asiduos de la catedral, lo mismo algunos jóvenes de los colegios y movimientos católicos (los scouts en particular), que adultos y personas mayores, algunos por cierto “originarios de la migración” como dicen aquí, es decir de ascendencia subsahariana, filipina, española, portuguesa, china, malgache, etcétera. De hecho es de destacar la presencia indú entre los guardias de la Catedral, algunos de conversión relativamente reciente, y cuyos hijos han recibido en ella los sacramentos iniciales. Entre los fieles, una antigua corporación: los caballeros del Santo Sepulcro, que asisten sobre todo en la custodia de las reliquias de la Pasión y en las procesiones con la imagen de la Virgen.

Por supuesto hay que mencionar la célebre Maîtrise de la Catedral, sus tres prestigiosos coros de adultos, jóvenes y niños, dirigidos hoy por el maestro Lionel Sow, quienes interpretan en las celebraciones cotidianas, y también para numerosos conciertos y audiciones gratuitas o de bajo costo, una selección musical siempre acorde con el contenido religioso de la celebración. Al lado de los coros, por supuesto, los organistas, músicos profesionales de gran talla que sorprenden con sus ejecuciones de obras clásicas y con improvisaciones para cada ocasión, y que son especialmente apreciados por los fieles franceses, mucho más sensibles al órgano que en la tradición hispana. Son todos ellos quienes hacen que la Catedral sea mucho más que un edificio histórico. No puedo menos que subrayar que la Catedral se hace notar por el cuidado de la liturgia, por la música sin duda, pero en general por el cuidado en el respeto de lo sagrado y del sentido religioso de todas las celebraciones.

En fin, la Catedral tiene también una vida política importante: es prácticamente el templo nacional francés. En efecto, esta república laica se distingue por carecer de ceremoniales laicos para la memoria de sus muertos, por lo que, de manera muy natural, Notre-Dame ve la llegada del presidente de la República, de los ministros y el alcalde de París, recibidos como corresponde por el arzobispo y el rector arcipreste, con motivo de funerales nacionales. Aunque la otra catedral católica de la ciudad, Saint-Louis-des-Invalides, la del obispo del Ejército, es la que tiene mayores responsabilidades, en Notre-Dame se han celebrado por ejemplo el homenaje nacional de las víctimas del vuelo Río de Janeiro-París en 2009, o los funerales del presidente Miterrand en 1996. Por todo ello, la Catedral de Notre-Dame de París, es hoy y creo por largo tiempo más, un lugar para la historia religiosa y política francesa y del catolicismo europeo del siglo XXI.

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