Notas sobre moral y religión en la prensa veracruzana del primer federalismo

Moral y religión son dos términos que se encuentran constantemente en las páginas de los periódicos del primer federalismo veracruzano, y sobre todo en los debates de tiempos de la primera reforma liberal, la de 1833 y 1834. En realidad no es extraño, los publicistas liberales de la época solían argumentar utilizando referencias religiosas, hasta el punto de publicar a veces verdaderas loas a la religión. Sin embargo, ello no evitaba que el término apareciera frecuentemente asociado a aquellas prácticas que criticaban, a las pasiones que rechazaban y a los enemigos que combatían. Prácticas propias del catolicismo barroco, que “ofendían” la pureza de la religión; pasiones como el “celo” o el “fanatismo”, que no eran sino pura hipocresía; enemigos, que en realidad deseaban restaurar el viejo orden, asociado a la Inquisición, al oscurantismo, y a la tiranía. En cambio, cuando se trataba de las virtudes de la religión, lo más común era que saliera a relucir el concepto de moral.

Lo afirmaba ya uno de los publicistas de El Oriente (Xalapa), el periódico de los moderados veracruzanos en 1826, en el Cristianismo valía el dogma ciertamente, pero en particular la moral. Así, en diversos artículos, la moral se opone lo mismo al abundante número de fiestas de santos, fuente de “toda clase de desórdenes”, pero también al “celo” de los devotos, que denunciaban sin siquiera una amonestación carititativa previa, a los poseedores de estampas obscenas. Además, con su control del bien y del mal, ella era el principal justificante de la religión en la sociedad, necesaria así por su “poder moral”, siendo a la vez “vínculo” de la sociedad, “freno” que detenía el monstruo de la discordia, y “fuerza” a veces temible, pues podía lo mismo “conducir pacíficamente” que “descarriar cruelmente” a los pueblos.

En las publicaciones de 1833, la moral sigue en pleno ascenso, siendo incluso sinónimo de progreso, de “la carrera de la civilización”, como decía un editorial de enero de 1834, que la oponía a la superstición, y enumeraba entre sus virtudes la libertad, la equidad y la tolerancia. Mas con toda la altura de sus virtudes y con ser necesaria para la sociedad civil, la moral tenía una esfera propia, que no tenía nada que ver con la política. Lo decía bien un artículo retomado de El Fénix de la Libertad, los asuntos de la religión, no tenían que ver ni con la soberanía, ni con el poder público, ni con la forma de gobierno. Sus ministros debían también permanecer fuera de esos ámbitos, aunque eso sí, combatiendo la superstición, enseñando la caridad, la fraternidad y el rechazo de la opresión.

En el debate que los diputados veracruzanos sostuvieron con el obispo de Puebla a fines de 1833, los legisladores llegaron a afirmar que la Iglesia, precisamente porque era “cuerpo moral”, “domina sobre los vicios y no sobre las personas”, por lo que no podía ejercer ninguna autoridad sobre los ciudadanos. No es de extrañar por tanto que los publicistas y legisladores hicieran verdaderos juicios de los clérigos y de los devotos cuando salían de ese intangible ámbito de la moral.

Entre 1833 y 1834 se impuso consecuentemente la condena constante de clérigos y seglares que, entrando a la política o peor aún, tomando las armas, se convertían inmediatamente en “inmorales”, o bien pretendían lo contario a la difusión de la moral, es decir, “desmoralizaban” al pueblo. La defensa de la religión era pues, inmoral, y los publicistas, no escasearon en adjetivos para calificar a sus actores: ministros de Belial”, que justificaban los pronunciamientos con “escandalosa inmoralidad”; acompañados de “bárbaros soldados” de “conducta tenebrosa e inmoral”, como Mariano Arista o Gabriel Durán, líderes de los pronunciamientos de esos años, y por supuesto, seguidos por el “populacho desmoralizado y fanático”, como el que encabezara el pronunciamiento de Orizaba del 20 de abril de 1834 contra el cierre de los conventos del Estado de Veracruz.

En este punto se diría que tocamos una auténtica inversión de jerarquías entre religión y moral, que es finalmente lo propio del liberalismo del siglo XIX. Lo había dicho un publicista en el verano de 1833: “No hay religión sin moralidad”, y aún más, “las prácticas religiosas están subordinadas a la moral”.

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