Navidades profanas o sagradas

Las fiestas de la Natividad constituyen sin duda uno de los festejos más importantes del mundo católico; sin embargo, conocer con detalle lo que tenía en lugar antaño en ellos, no es necesariamente fácil. Si bien los libros litúrgicos nos dejan ver la parte más formal de la celebración, se sabe bien que en la Nochebuena tenía lugar una abundante paraliturgia, que congregaba a numerosos fieles: los maitines, los villancicos, el reparto de alimentos, las danzas incluso, tenían lugar en los atrios de las iglesias, mezclando la alegría sagrada de la Encarnación con otras más profanas. Una mezcla que un buen número de autoridades civiles y religiosas, no siempre estuvo dispuesta a tolerar. Aquí, justamente, un par de testimonios de la forma en que esas navidades profanas y sagradas tenían lugar a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. El priero viene en voz ni más ni menos que del Arzobispo de México en persona, Francisco Xavier Lizana y Beaumont. Trascribo aquí simplemente unos fragmentos de su edicto del 15 de diciembre de 1803, en que abordó el problema de la celebración de la Navidad. Obviamente, el prelado se ocupa de describir exclusivamente para prohibir, con lo cual se nos escapan muchos detalles. Destaquemos en todo caso la sensibilidad de este príncipe de la Iglesia, especialmente preocupada por la sacralidad de la fiesta y del templo: para él, algunos de los tradicionales instrumentos musicales que se tocaban para mayor exaltar el gozo de la fiesta se habían convertido en “propios de fiestas de gentiles” y el canto en lengua vulgar, como profano, debía dejar paso al latín. Quien desee leer el edicto completo puede hacerlo en la Hemeroteca Digital de España.

Pero no sólo los clérigos de esta época se manifestaban por separar lo sagrado y lo profano. Entre algunos seglares, hombres de las élites, no necesariamente políticas sino también intelectuales, los había con una sensibilidad semejante. Uno de ellos es un personaje conocido y a la vez desconocido de nuestra historiografía, pues escribió casi siempre bajo seudónimo: Francisco Sosa/Antonio Gómez, autor de una larga lista de “representaciones”, como se decía en la época, que entre otros temas tratan el de las celebraciones religiosas. Como vemos más abajo, tomando la pluma en enero de 1804 bajo el nombre de Antonio Gómez, se dirigió al Consejo de Indias para denunciar el incumplimiento del edicto del arzobispo Lizana. Él también se escandalizaba de la profanación de una Noche Santa con la venta de bebidas alcohólicas en los en apariencia inocentes “puestos de Nochebuena”, no menos que denunciaba la música y el ruido que imperaba en los atrios y plazas de las iglesias.

Hasta donde sabemos no hubo, al menos hasta el final del régimen virreinal, un esfuerzo más radical por imponer la separación de ambas esferas en materias festivas, por lo que podemos suponer que, incluso después de esa fecha, los clérigos y devotos más sensibles debieron seguir tolerando algunos de estos “escándalos”. En cualquier caso, constituyen ambos testimonios una prueba de que la fiesta, incluso la más sagrada, podía siempre mezclarse con diversiones profanas.

Gazeta de México, tomo XI, núm. 49, viernes 16 de diciembre de 1803, p. 401.

…habiendo llegado a nuestra noticia los desórdenes que reinan en este nuestro arzobispado, así en la única noche de todo el año en que por los motivos más poderosos y circunstancias más recomendables continúa la Santa Iglesia la costumbre de juntar en el templo a los adoradores fieles, como en los días que preceden al Nacimiento del Señor, y se solemnizan con las Misas llamadas de Aguinaldo; renovando cuanto sobre este particular dispuso y decretó nuestro antecesor de buena memoria el Excelentísimo e Ilustrísimo Sr. D. Alonso Núñez de Haro y Peralta, mandamos que en ninguna iglesia, aunque sea de regulares, se dé principio a las Misas de Aguinaldo hasta que haya amanecido claramente la luz del día, y que si, o por la distribución de horas y observancia de la regla que profesan, o por cualquiera otro motivo, se hubieren de comenzar antes de dicha hora, no se abra la puerta del templo, ni se permita entrar a persona alguna; que en las iglesias de religiosos y religiosas en que estas misas se celebren de día, no se toquen ni en ellas ni en los coros, pitos, sonajas u otros instrumentos propios de fiestas de gentiles, que tributan culto diabólico a sus falsos ídolos; que no se cante cosa alguna en idioma vulgar; y que no se echen desde los coros dulces, bizcochos, aleluyas ni cosa alguna, sino antes bien se guarde todo el respeto, decoro, silencio y santidad que corresponde a la Casa de Dios; y finalmente, que a excepción de nuestra Santa Iglesia Metropolitana, en ninguna otra secular ni regular, se abran las puertas en la noche del veinte y cuatro al veinte y cinco de diciembre.

¿Queréis acaso renovar las festividades solemnizadas antiguamente por los idólatras con licenciosos juegos en honor de Jano y de Estrenia? ¿No sabéis que de estas infames diversiones se han derivado entre los cristianos los excesos profanos de las estrenas o aguinaldos? ¿Ignoráis las severas prohibiciones de los Concilios antiguos y las providencias de algunas iglesias, que para impedir semejante detestable práctica prolongaban el ayuno, las oraciones y la hora del alimento? ¿Qué es lo que pretendéis? ¿que la disposición sensual y carnal, cuando menos mundana y tumultuesa, ponga obstáculos al nacimiento de Cristo en nuestros corazones y a que reine en nosotros por su gracia?

AGI, México, 2688. Representación de Antonio Gómez, México, 27 de enero de 1804.
…sin embargo de la prohibición que contiene el edicto de que no se abrieran las puertas y no entrase persona alguna, abrieron aunque no de par en par la puerta, pero ya viene la tía, sobrina, prima o hermana del padre prior, sacristán, la tocó pues, ábrasele el postigo o la puerta excusada del convento, de modo que así en estos dos conventos como en algunos de monjas hubo sus familias convidadas que entraron a la misa de gallo, como vulgarmente se nomina, otro de los motivos que no se consiguió el total cumplimiento fue, por la ninguna vigilancia del magistrado secular, pues si se hubiera dado orden que se persiguiese a las gentes, que sin embargo de estar ya entendidas no se habían de abrir las puertas, fuesen a esperar y a tocar las puertas de las iglesias y sus cementerios, como lo hicieron tocando con palos, piedras y tratando hasta de forzar las puertas de los templos, permitiendo asimismo el magistrado secular el que se queden abiertos los puestos que denominan de nochebuena, los que aunque en ellos públicamente no se vende sino dulces, pero piadamente [sic] se expende aguardiente, vino, etc., y así de qué sirve que a las nueve de la noche se cierren las tabernas y vinaterías públicas, si quedan las ocultas o paliadas.

[…] que haga publicar bando para que en la noche del 24 al 25 de diciembre los puestos de Nochebuena se apaguen a las nueve de la noche, que no haya músicas, bailes ni escándalos en las plazas y cementerios, que se prevenga al ilustrísimo señor arzobispo, repita su edicto con inserción de la citada ley y de la real cédula en que V.M. tuviere a bien confirmarlo, para la inteligencia de los regulares de ambos sexos, con especialidad que se impongan penas con acuerdo de la real sala y su fiscal, a los que fueren a tocar las puertas de los templos y se hayaren en los cementerios, duplicándose las rondas y patrullas en semejante noche.

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