Naturaleza humana y política, un apunte sobre Santo Tomás de Aquino II

Esta semana continúo con el texto de la anterior, un apunte breve sobre Santo Tomás de Aquino. El apartado anterior, introductorio, terminamos diciendo que nuestro autor afirmaba que el hombre era la unión del alma y el cuerpo. Veamos ahora porqué esto era importante entonces, es decir, vamos a examinar, en parte, el contexto ideológico medieval.

“El milagro de la nube”, de Pedro Berruguete, representando nuevamente un pasaje de la vida de Santo Domingo en su combate a la herejía.

Fue ésa una época de definiciones importantes para la Cristiandad, europea occidental. Sin ser, repito, especialista en el período, pareciera que se trataba de establecer la amplitud o límites entre una concepción dual conciliatoria, por una parte, y lo que podría llamarse el dualismo, en las oposiciones entre esos conceptos binarios fundamentales del Cristianismo, como aquellos entre el bien y el mal, Dios y el hombre, el cielo y el infierno, o en este caso, entre el cuerpo y el alma. Un dualismo radical sería por ejemplo el gran movimiento considerado herético por la Iglesia que ya he citado: el de los cátaros o albiguenses en el sur de Francia, que en al menos en los manuales actuales seguimos considerando próximo al maniqueísmo. En ese movimiento era posible concebir al espíritu humano como una sustancia pura y buena aprisionada en la carne, el cuerpo material maligno. El historiador español Martín Alvira lo explica, la tendencia de la historiografía reciente es explicar ese dualismo cátaro como una lectura literal y radical de los Evangelios y no como un movimiento fuera del cristianismo occidental.

Ahora bien otro movimiento que había suscitado problemas todavía a principios del siglo XIII, muestra en cambio que tampoco podía cuestionarse radicalmente toda concepción dual. Los hermanos del libre espíritu fueron condenados también formalmente por el IV Concilio de Letrán de 1215 (que también trató de los albiguenses), su fundador fue un profesor de la Universidad de París, Amaury de Bène o de Chartres, cuyos restos terminaron siendo exhumados y “arrojados al viento” tras un primer decreto episcopal condenatorio de su doctrina de 1210. Según G. C. Capelle, bien le hubiera quedado como divisa la frase Omnia sunt Deus, “Todos son Dios”. Se sabe poco de su doctrina, pero se suele identificar como un panteísmo en el cual Dios está implicado o envuelto en todas las cosas, el alma humana en particular, de forma que el alma de los fundadores de ese movimiento habría sido la encarnación del Espíritu Santo.

Apoteosis de Santo Tomás de Aquino, obra de Francisco de Zurbarán, fragmento. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

He mencionado dos posturas que terminaron en el campo de la “herejía”, ése que era de los peores delitos en ese contexto, como hoy pudiera ser el genocidio, hay que considerar además que no terminaron en esa categoría de manera voluntaria. El ejemplo de Amaury de Bène nos recuerda que la diversidad era posible entre los propios clérigos y frailes de las universidades, pero que, repito, en esta época se iban construyendo o renovando los límites de lo que podía considerarse dentro o fuera de la Iglesia cristiana. La vida universitaria estaba abierta a encendidas disputas y querellas, tanto de orden institucional (religiosos contra seglares, por ejemplo) como teórico (no es que alguna vez haya sido posible desconectarlas radicalmente). Perder las controversias, por razones de uno u otro tipo, implicaba en ese contexto político-religioso la posibilidad de terminar literalmente quemado: desde 1022 al menos la represión de la herejía, en tribunales seculares como eclesiásticos, podía implicar el uso de la hoguera. Destaquemos sin embargo que nada estaba escrito, que los polos de ortodoxia y heterodoxia justo eran controvertidos, no era fácil establecerlos de manera contundente. Un buen ejemplo de ello es que la propia enseñanza de Santo Tomás fue controvertida, en 1277 el obispo de París terminó prohibiendo un conjunto de 219 tesis, algunas de las cuales contenidas en obras del Aquinatense. Es cierto, un aspecto del problema era la obra de Aristóteles, que apenas en 1255 había sido recibida por el programa oficial de la universidad parisina, pero en particular hay que hacer notar que 111 de esas tesis eran sobre temas antropológicos, es decir referidos a la naturaleza del hombre.

Ahora bien, si la afirmación de Santo Tomás en la Suma de que el hombre es cuerpo y alma era importante en su tiempo, en realidad enfrentaba no tanto a esos otros movimientos que he citado y que terminaron fuera de la Iglesia, sino sobre todo al que hoy llamamos el  “neoagustinismo”, por estar fundado en una lectura de San Agustín de Hipona y a su vez, de Platón. Esta postura fue mayoritaria entre los autores ortodoxos de la época, justo por ello, en realidad resulta complicado exponerla de manera precisa, lo cual es buen ejemplo de los límites siempre complicados de los –ismos, y además, como ya decíamos respecto de Aristóteles y de Tomás de Aquino, Agustín de Hipona no necesariamente se hubiera reconocido en ellos. El padre Edouard-Henri Weber, en una obra de los años 1990, tomaba como ejemplo concreto de la posición dualista a Alexandre de Hales, anglosajón, profesor de teología en París en la primera mitad del siglo XIII, franciscano en sus últimos años.

Santo Tomás de Aquino, atribuido a Antoine Nicolas, ca. 1648
Catedral de Notre-Dame de París.

Vamos a aprovechar ese análisis para mostrar cómo Santo Tomás se planteaba frente a ese contexto ideológico. En la cuestión 75 de la primera parte de la Summa, el Aquinatense escribía siguiendo a Aristóteles que el hombre es “ser compuesto de sustancia espiritual y corporal”, el cuerpo se identificaba con la materia y el alma con la forma. Alexandre de Hales, en su Glosa del Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo había afirmado en cambio que “hay dos sustancias en el hombre, la del alma y la del cuerpo”. El padre Weber identificaba en Hales cuatro definiciones del hombre que, a consecuencia de este dualismo, tendían a reducirlo al alma. Por ejemplo en una de sus Cuestiones disputadas el alma humana aparece como “sustancialmente homogénea” respecto de los ángeles, con la sola diferencia de ser una “sustancia espiritual unible a un cuerpo”. De hecho, Pedro Lombardo directamente había escrito en el siglo XII que “el alma liberada del cuerpo es, como el ángel, una persona”. De ahí la importancia del artículo 4 de la misma cuestión 75 en que Santo Tomás se plantea: “El alma, ¿es o no es el hombre?”, y que responde negativamente, así como en el artículo 7 descalificaba que el alma del hombre y el ángel fueran de la misma especie.

Alain Boureau lo ha señalado en un artículo de 1992, San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino innovaban introduciendo una noción de la naturaleza humana conjuntiva, es decir, “que reúne el conjunto de determinaciones del individuo” organizándolas, de manera jerárquica se entiende, para “orientar al hombre y su actividad hacia la divinidad”; los neoagustinistas, mayoritarios en el siglo XIII, defendían más bien una definición de la naturaleza humana disyuntiva, “restaban del individuo concreto lo que no corresponde a su unión con Dios”, tratando de mantener así una mayor distancia de lo espiritual respecto de lo carnal.

Ahora bien, esta manera de situarse frente a su contexto, tenía consecuencias…

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