Mujeres de rostros cubiertos

“El hábito no hace al monje” dice un viejo refrán, que citaban ya los obispos del siglo XVIII cuando iban a tratar de la honestidad que debía caracterizar al traje clerical, y justamente para decir que el vestuario era indispensable para el reconocimiento de todo género de personas eclesiásticas. Símbolo de distinción, de separación de los seglares, de pertenencia a una corporación en particular, era también un signo externo de devoción, de desprendimiento mundano e incluso de penitencia, a veces elegido por mano divina. El hábito dominico en blanco y negro habría sido, por ejemplo, obra de la Virgen, simbolizando al mismo tiempo la castidad y la obediencia. El tosco sayal franciscano y la descalsez de algunas de las ramas de esa familia religiosa, son recuerdo de la estrecha relación del fundador de la orden con la “Dama Pobreza”. Ya desde siglos atrás pero sobre todo en tiempos de la Reforma católica, también los seglares devotos comenzaron a vestirse según su devoción, con algún “hábito interior”, como los escapularios de las órdenes terceras, pero incluso también con “hábito exterior”. Desde luego, una de las preocupaciones de la autoridad, tanto civil como eclesiástica, era controlar el diseño y uso de dichos hábitos, sobre todo cuando se trataba de seglares, y más en particular en el caso de las mujeres.

Tal vez la mejor prueba al respecto haya sido el oficio que el 20 de diciembre de 1789, el virrey de la Nueva España, conde de Revillagigedo, remitió al arzobispo de México, D. Alonso Núñez de Haro y Peralta. En él expresaba su preocupación sobre uno de los más notables “abusos y desórdenes” que había notado en la “policía y buen gobierno” de la capital desde que había tomado el mando en octubre anterior. Inquietaba al virrey “el vestuario de ciertas beatas dominicas y carmelitanas”, que llevaban “cubiertos los rostros y la mayor parte del cuerpo con mantos de género tupido y grosero”. El conde de Revillagigedo era un magistrado de la monarquía, comprometido en efecto con la reforma de la polícia urbana en la Ciudad de México — un tema magistralmente tratado en la obra de Annick Lempérière, Entre Dieu et le roi, (Les Belles Lettres, 2004) dicho sea de paso –, por lo que sus consideraciones distaban de ser religiosas. No le suponía un problema este vestuario porque pudiera tratarse de alguna práctica “supersticiosa”, sino porque podía causar problemas al orden público: “pueden ocultarse bajo de ellos hombres fascinerosos como ya ha sucedido alguna vez, porque el desaliño del mismo vestuario dificulta la distinción de ambos sexos”, decía en su oficio.

El arzobispo Haro y Peralta, eclesiástico asimismo comprometido con las reformas de la época, fiel vasallo del monarca hasta el punto de remitir al Consejo de Indias prácticamente todos sus edictos y pastorales, no pudo menos que atender la solicitud del virrey. El día 22 de diciembre se libró por tanto un mandato para que los superiores de las órdenes religiosas, sobre todo dominicos y carmelitas, pero también franciscanos, mercedarios y agustinos, reportaran si las beatas de sus corporaciones portaban y con qué fundamento semejante “traje irregular”. Por supuesto, todos los religiosos afirmaron que sus beatas respectivas andaban todas (o al menos debían andar) “con el rostro enteramente descubierto”, por lo que el 31 de diciembre el fiscal de la curia arzobispal declaró que se trataba efectivamente de un “irregular vestuario” y un “abuso”. Lo interesante del asunto es que el jurista, el doctor Larragoiti, fundó su dictamen al mismo tiempo en el “daño a la causa pública” que denunciaba el virrey, pero sobre todo en el derecho canónico. Y por ello recordó con cierta extensión los prejuicios que contra la “libre voluntad” de las mujeres se podían encontrar en la legislación.

“Han clamado siempre los Sumos Pontífices y Concilios contra este género de beatas” decía el fiscal, recordando incluso su prohibición por el Concilio Tercero Mexicano so pena de excomunión mayor, pero citando sobre todo las reglas mencionadas en el clásico de la disciplina eclesiástica de la época, las Instituciones Eclesiásticas de Benedicto XIV. Las beatas, decía éste, debían ser mayores de 40 años, “de buena vida y costumbres”, con capacidad para subsistir y sin cohabitar con varones que no fueran parientes suyos en primer grado, condiciones todas, y esto era lo más importante, verificadas por la autoridad episcopal. Ello era indispensable para evitar que las mujeres acturan “por sólo su arbitrio” en tomar este tipo de vestimenta.

Prueba de que el asunto era grave, el dictamen del fiscal fue llevado al arzobispo, que para entonces ya se hallaba efectuando la visita pastoral de Cuernavaca, quien aprobó las medidas propuestas y se redactó una minuta de edicto. Para confirmar que era un fiel vasallo, el arzobispo envió primero la minuta al virrey para que lo revisara, y con su acuerdo lo mandó publicar con fecha ya del 8 de enero de 1790. En él repetía los términos expresados por el fiscal para obtener la licencia para tomar el hábito de beata, la necesidad de su licencia para ello, y mandaba que “>debían llevarlo “con humildad, modestia, aseo y decencia, pero de ningún modo usarán de las tocas que son propias de las religiosas, ni tampoco se cubrirán los rostros como hasta ahora lo han hecho”.

En el edicto, además, el arzobispo lucía toda su autoridad en el asunto pedido por el virrey: aunque concedió dos meses de gracia a las mujeres que tuvieran que reformar su hábito, las que se cubrieran rostro tendrían que hacerlo de inmediato tras la publicación del mandato, so pena de excomunión, encomendando además a los sacristanes de las iglesias impidieran la entrada en las iglesias a las mujeres que no cumplieran. No está de más decir que con tal eficiencia el arzobispo se ganó el agradecimiento, no sólo del virrey, sino incluso del Consejo de Indias, a quien informó con detalle de todo, como puede ver se en el expediente que hoy se encuentra en el legajo México, 2644 del Archivo General de Indias, que sigo aquí puntualmente.

Peligrosas pues, ya entonces, para la “causa pública”, las mujeres con el rostro cubierto son una buena muestra de cómo funcionaba el régimen de los borbones en tiempos de las reformas. Siempre en estrecha colaboración con la autoridad eclesiástica, a pesar de los numerosos problemas de jurisdicción que surgían de manera cotidiana, uno diría que la mejor forma de hacer aplicar una reforma era transmitirla por vía del episcopado a los párrocos. Paradójicamente las autoridades, que sin embargo se preocupaban siempre de evitar la intervención del clero en asuntos “profanos”, de su jurisdicción, convertían así constantemente en asuntos “sagrados”, digamos, o al menos de disciplina eclesiástica, más de un asunto civil, contribuyendo a mantener así difusa la frontera entre religión y política.

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