Misiones Apóstolicas

Hoy es Domingo de Ramos, conmemoración de la entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén y, al mismo tiempo, de su Pasión y Muerte, cuyo relato se lee en el Evangelio de este día. Por ello, me pareció especialmente oportuno dedicar estas líneas a unos personajes un tanto olvidados de la historiografía mexicanista y que podemos fácilmente relacionar con uno y otro de tales pasajes evangélicos: los misioneros apostólicos.

Cierto, se ha escrito mucho sobre las misiones “de infieles”, tanto las del siglo XVI como las posteriores, que se dedicaron a la evangelización “de frontera”, por así decir, lo mismo en la Sierra Gorda que en las Californias. En cambio, es poca la atención dedicada en México a las misiones apostólicas, que eran misiones “populares”, “del interior” o “de fieles”, es decir, dirigidas a pueblos ya cristianizados. Sus orígenes son relativamente remotos, cuando menos medievales, ligados sobre todo a las órdenes religiosas mendicantes, como los dominicos y los franciscanos (siglo XIII) y más tarde (desde el siglo XVI) constituirán también una de las labores más importantes de jesuitas, lazaristas, etc. La semana pasada me referí ya a estas misiones, por lo que me remito a las referencias que ahí aparecen en cuanto a bibliografía (Châtellier, Lebrun, Delumeau, Mejorena, etc.) Hasta donde yo sé, para México sólo David Brading las ha citado en algunos textos, en el marco de la religiosidad barroca novohispana.

Para comprender este género de prácticas es importante tener presente su fundamento evangélico. En los tres Evangelios sinópticos (San Mateo, San Marcos y San Lucas), hay un pasaje en que Cristo envía a predicar a los apóstoles de dos en dos y les da una serie de instrucciones sobre lo que harán en el camino. Como su nombre indica, los misioneros apostólicos no harán otra cosa que seguir el ejemplo de las instrucciones dadas a los Doce, cuyo aspecto mesiánico e incluso apocalíptico actualizarán en los pueblos a su paso durante varios siglos, sobre todo en los siglos XVII y XVIII pero hasta bien entrado el XIX y a veces incluso hasta el XX.

Es mucho lo que hay que decir de estas misiones y de los misioneros. Permítanme quedarme por ahora en su aspecto profético e incluso apocalíptico. Éste tiene también su fundamento evangélico: cuando Jesucristo envió a sus apóstoles a predicar les ordenó “proclamad que el Reino de los Cielos está cerca, curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios” (Mt, 10:7-8). Pues bien, no otra cosa hicieron sus herederos. Ya en tiempos medievales San Vicente Ferrer auguraba por los pueblos a su paso castigos dignos de Sodoma y Gomorra, evitados gracias a actos de conversión dignos de los ninivitas. Los misioneros de la época clásica fueron más moderados, aunque nunca desprovistos de su fama de taumaturgos y de hacedores de milagros, a comenzar por la conversión de los corazones más duros. Otros actores relacionados con la pastoral de los pueblos de la época, como párrocos y obispos, dejaron al respecto testimonios muy vivos. No puedo evitar citar ampliamente al párroco de Orizaba, José Francisco de Ordosgoiti, cuando argumentaba a favor del establecimiento de un colegio de misioneros apostólicos en su parroquia en 1794. Decía el doctor Ordosgoiti que a la llegada de los frailes: “Se conmoverán sin duda los fundamentos de los montes y temblarán los valles, florecerán los desiertos y la tierra más árida brotará fuentes de agua, el gozo y la alegría brotarán en ella y no se oirá otra cosa que la acción de gracias y la voz de la alabanza. Los lobos se convertirán en ovejas y éstas aprovecharán en su humildad y mansedumbre, y en suma, se conmoverá el Infierno y se repetirán las festividades de los Cielos delante de los ángeles de Dios”.

Hay incluso representaciones de las predicaciones franciscanas que nos muestran efectivamente su carácter sobrenatural. En la iglesia del antiguo colegio apostólico de San Fernando existe por ejemplo una que nos muestra a San Francisco conmoviendo a sus oyentes, mientras sus palabras se elevan al Cielo, donde son seguidas con atención por los ángeles, e incluso en los infiernos los demonios resienten su impacto.

Sobre todo, el aspecto sobrenatural de las misiones era representado cotidianamente en las entradas que los religiosos solían hacer a los pueblos. No puedo sino evocar a título ejemplar la que hicieron en Orizaba los frailes fundadores del Colegio Apostólico de San José de Gracia el 10 de noviembre de 1799. En medio de calles lucidamente decoradas para la ocasión, los tres misioneros fueron recibidos por coros de niños portando palmas y entonando cánticos, entre los que resonaba ya uno de sus himnos más difundidos, el Alabado. Desde luego, las autoridades civiles y eclesiásticas salieron a su encuentro para conducirlos a su nueva iglesia, no sin antes realizar la debida acción de gracias, el Te Deum laudamus oficiado por el párroco de la entonces villa.

Y ya durante las misiones propiamente tales, no faltaron las curaciones, la expulsión de pestes, el control de tempestades e incluso los exorcismos. Más que remitirme a los siglos más lejanos, creo oportuno repetir que este tipo de misiones se siguieron hasta incluso el siglo XX. Un misioneros apostólico de entonces fue el entonces joven San Rafael Guízar y Valencia, a quien ha dedicado una extensa biografía reciente el maestro Félix Báez Jorge, titulada Olor de santidad (Universidad Veracruzana, 2006). Pues bien, cuando el futuro monseñor Guízar predicaba no faltaron milagros, relacionados normalmente con el agua, lo mismo en Guatemala, en Cuba o en México. En Guatemala evitó que sus fieles se mojaran a pesar de una tormenta; en Cuba, sus oraciones detuvieron una lluvia torrencial que amenazaba justo el inicio de su predicación, y en México obtuvo también que cesara una tormenta orando con un niño ante el tabernáculo del Santísimo Sacramento.

Ahora bien, no menos espectacular que sus entradas y sus milagros era la devoción de los misioneros apostólicos por el tema de la Crucifixión. En efecto, fueron ellos quienes difundieron la práctica del via crucis “extramuros”, también conocidos como calvarios en algunas regiones, algunos bajo la forma de representaciones vivientes, en que los misioneros llevaban a los pueblos a recorrer las estaciones de la calle de la Amargura, desde los templos parroquiales a las capillas del Calvario, frecuentemente instaladas en la altura visible más cercana, donde quedaba instalada la gran cruz de la misión. Los religiosos procuraban así perpetuar su obra a través de unas prácticas que habrían de repetirse cuando menos cada Viernes Santo, y contribuían así a la obra de sacralización del espacio. La cruz de la misión recordaría a los pueblos de manera permanente su compromiso con la religión.

Como puede verse, a pesar de su carácter efímero y tal vez demasiado espectacular, dejaron marcas palpables en la vida de los pueblos en las cuales, y en sus consecuencias, no sólo religiosas sino incluso políticas, sería sin duda deseable profundizar.

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