Minerva

DSCF3452Tal vez el lugar de Roma más conocido por los cofrades novohispanos del siglo XVIII haya sido la Basílica de Santa María sopra Minerva, una de las dos iglesias principales de los frailes dominicos en la Ciudad Eterna, cuya fachada de estilo barroco vemos en esta imagen, que incluye el célebre pulcino, y cuyo interior actual vemos más abajo, restaurado al estilo neogótico en el siglo XIX. Mas no era la belleza de la iglesia la que la hacía célebre de aquel lado del Atlántico, sino el hecho de haber sido fundada en ella la primera archicofradía del Santísimo Sacramento de la historia en 1539, destinada en principio al acompañamiento de la procesión de Corpus Christi y del viático. El Papa Paulo III le concedió amplias indulgencias, de las que podrían participar los cofrades de las corporaciones que se fundaran en todo el orbe católico.

DSCF3454Y así era. Todo aquel que ha tratado con las cofradías novohispanas, no puede dejar de advertir en sus constituciones la mención constante de la agregación a las indulgencias de la original romana. La relación con ella podía ser más o menos distante o próxima. Algunas cofradías novohispanas habían acudido directamente a Roma a obtener la agregación por bulas pontificias originales. Ellas eran debidamente ostentadas en sus documentos, como fue la archicofradía del Santísimo Sacramento de la Ciudad de México, que tramitó la suya en tan temprana fecha como 1540. Para ello no era necesario estrictamente titular a la cofradía de sacramental, como prueba la bula obtenida a finales del siglo XVII para la cofradía de la Purísima Concepción del convento de la Merced de México. Tampoco tenía que hacerse de inmediato, las hubo que, a pesar del tiempo transcurrido desde su fundación, no renunciaban a obtener sus bulas. La prueba es la archicofradía de la villa de Córdoba, que fundada en 1643, por el obispo Palafox en persona, decían como para aumentar su prestigio, y que tramitó su agregación en Roma hasta más de un siglo después, en 1772.

DSCF3468Las corporaciones que no podían enviar comisionados hasta la Corte Pontifica, podían obtener la agregación por el intermedio de las ya fundadas. Allá por 1790, la sacramental de Tepotzotlán podía presumir de contar incluso con una copia de la bula de la que obtuvo la de la Ciudad de México, que le servía para justificar su propia agregación.

Desde luego, a la agregación correspondían ciertas responsabilidades, la más notoria era la procesión con el Santísimo del tercer domingo de mes, la llamada justamente “de Minerva”. Obligación repetida una y otra vez en las constituciones de las cofradías novohispanas, con detalles particulares: en Celaya, en Tepotzotlán y en la parroquia de Santa Ana de Querétaro se hacía al interior de la iglesia parroquial, en otras por el atrio como en la de San Sebastián de Querétaro, pero en cualquier caso era una procesión estrechamente asociada a la iglesia parroquial. En  Iztapaluca y en San Luis Potosí, le seguía una misa cantada, durante la cual seguía expuesto el Sacramento, y los cofrades, previamente confesados, comulgaban para obtener la indulgencia. Conllevaba también sus oraciones, las preces al Santísimo Sacramento, que en principio los cofrades debían poder acompañar. Procesión con velas o cirios, implicaba en fin un costo económico importante, no sólo en la limosna del celebrante sino sobre todo en la cera.

El prestigio romano y las indulgencias servían así para difundir por todos los rincones del mundo católico el dogma tal vez el más caro a la Reforma católica, el de la presencia real en la Eucaristía, lo mismo que unas prácticas cultuales (la procesión, la misa cantada, el alumbrado, las preces) y devocionales (la confesión sobre todo), e incluso la cercanía a la que debía ser la principal iglesia de cada pueblo, villa y ciudad, la parroquial. En efecto, las bulas pontificias establecían que sólo pudiera haber una archicofradía sacramental por parroquia, e incluso una sola en cada población, lo que no evitó sin embargo que otras, bajo diversos títulos, como las congregaciones de Cocheros y del Alumbrado que se fundaron a finales del siglo XVIII, reprodujeran varias de sus prácticas, profundizando así el impulso dado desde Roma a la cultura del catolicismo barroco.

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