Miguel de Palomares y el primigenio cabildo eclesiástico de México

El siguiente texto ha sido amablemente enviado a este sitio como colaboración por el Dr. José Gabino Castillo, posdoctorante del Instituto de Investigaciones sobre la Educación y la Universidad de la UNAM.

Ilustración 1

Ilustración 1

Hace unos días, arqueólogos del Programa de Arqueología Urbana (PAU), del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dieron a conocer el descubrimiento de una lápida perteneciente a la sepultura del canónigo Miguel de Palomares (il. 1). El hallazgo ha sido por demás interesante; se trata del primer entierro descubierto de un clérigo del siglo XVI perteneciente a la primitiva catedral de México, aquella que existió algunos metros adelante de la actual que empezó a construirse en la segunda mitad del siglo XVI (il. 2. AGI, MP-México, 47.). Ahora bien, no se trata de cualquier clérigo sino de un canónigo perteneciente al primigenio cabildo eclesiástico de dicha catedral, el cual se conformó entre 1528-1540.

Ilustración 2. Plano de la ciudad de México de 1596 (detalle)

Ilustración 2. Plano de la ciudad de México de 1596 (detalle)

Miguel de Palomares fue uno de tantos clérigos que llegaron a la ciudad de México cuando ésta llevaba apenas una década de ser conquistada. Estos clérigos, provenientes de diversas diócesis españolas, sirvieron en los curatos recién fundados a lo largo del territorio novohispano. Palomares, por ejemplo, fue presentado en 1530 al de Veracruz, beneficio que, a su vez, sirvió el clérigo Manuel Flores, presentado como deán de la catedral de México ese mismo año. Otros personajes, como Diego Velázquez, quien también ocuparía una canonjía de México, incluso había acompañado a Cortés y González Dávila a Honduras sirviendo como capellán de sus ejércitos, más tarde sirvió en parroquias de Pánuco, Colima y la ciudad de México. Los servicios de estos clérigos fueron premiados por la Corona otorgándoles algunas de las primeras prebendas catedralicias. Esto ocurrió en prácticamente todos los obispados conforme se crearon sus catedrales y primeros cabildos. No obstante, esta práctica tuvo sus inconvenientes. En la década de 1540 el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, se quejó agriamente ante la Corona por la poca experiencia que en el rito catedralicio tenían sus prebendados. No obstante, otros obispos, como Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, reconocieron lo difícil que era constituir cabildos con prebendados españoles que rara vez querían venir a Nueva España por “lo poco que valen estas prebendas”.

Ilustración 3. Firma de Miguel de Palomares

Ilustración 3. Firma de Miguel de Palomares

De manera que si bien Zumárraga tenía razón, también es cierto que estos primeros núcleos capitulares fueron los que pusieron las bases de las futuras corporaciones catedralicias. En el caso de México, un primer cabildo cobró forma entre 1528, año en que se empezaron a presentar diversos clérigos para las prebendas, y 1534, cuando se elaboraron los estatutos de Erección de la catedral. De los presentados en esos años sólo Juan Juárez, Juan Bravo, Diego Velázquez, Miguel de Palomares y Manuel Flores, servían sus prebendas cuando el cabildo inició sesiones formales en su catedral en marzo de 1536. Manuel Flores servía como deán y los demás como canónigos. Todos ellos tenían experiencia como curas y habían estado cerca de Zumárraga en estos primeros años. Manuel Flores, por ejemplo, sirvió como su provisor, Diego Velázquez como su secretario y Palomares, si hemos de creer a documentos posteriores, fue su confesor en algún momento. Al iniciar sesiones formales en su catedral, en marzo de 1536, se sumaron nuevos capitulares: el maestrescuela don Álvaro Temiño, el tesorero don Rafael de Cervantes y el canónigo Cristóbal Campaya, aunque éste último aún sin presentación real, la cual obtuvo en 1538. Temiño y Cervantes llegaron nombrados de la Península mientras que Campaya había servido ya como capellán y cura en la iglesia de México desde al menos 1532. Dos años más tarde, en 1538, fueron presentados los canónigos Francisco Rodríguez Santos y Rodrigo de Ávila, y el racionero Ruy García. En 1539 lo fueron el chantre Diego de Loaisa y el racionero (y más tarde canónigo) Juan González. Para 1540 se presentó al arcediano Juan Negrete y al racionero Pedro de Campoverde. Ya en 1541 fue presentado otro racionero: Alonso de Arévalo. Todos ellos tomaron posesión de sus prebendas entre 1539 y 1541, de manera que fueron los personajes con los que Palomares tuvo alguna relación en esta primera década de historia capitular. Como Palomares, casi todos los prebendados vivieron muy cerca de la catedral (de acuerdo con documentos de fines del XVI la casa de Palomares estaba “en la calle de Jesús María y dan vuelta a la Santísima Trinidad”, il 4). Manuel Flores y Diego Velázquez, por su parte, dijeron poseer casas que colindaban con las del marqués del Valle, es decir en el lado poniente de la plaza principal.

Ilustración 4. Posible ubicación donde estuvo la casa de Palomares. Hoy esquina de Jesús María y Emiliano Zapata.

Ilustración 4. Posible ubicación donde estuvo la casa de Palomares. Hoy esquina de Jesús María y Emiliano Zapata.

Las huellas que este primer núcleo capitular nos dejó son pocas. Sólo de algunos personajes contamos con datos más amplios gracias a su importante presencia en la catedral, ejerciendo oficios como el de procurador ante la Corte (es el caso de Campaya) o gracias a que elaboraron testamentos donde plasmaron parte de su vida (por ejemplo Negrete o Santos). En el caso de Palomares, su muerte parece haber sido repentina; murió intestado hacia mediados del mes de octubre de 1542. La última sesión capitular en la que participó fue la del 23 de junio. No obstante, no existen registros de otros cabildos sino hasta el 17 de noviembre, día en que el obispo nombró un canónigo sustituto que ocuparía la prebenda del ya difunto Palomares. El 24 de junio, Zumárraga y el cabildo se reunieron para hacer el inventario de los bienes del prebendado e instituir una capellanía de misas fundada por éste. Entonces se mencionó que tenía “poco más o menos” un mes y medio de fallecido y que había muerto ab intestato. Con el capital de sus bienes, particularmente sus casas y dos solares que poseía en la ciudad, se fundó una capellanía con mil pesos de principal y una renta de 30 pesos de minas de los cuales se dirían, cada año, 16 misas por el “ánima” del referido difunto” y “por las ánimas de sus padres”. La capellanía de Palomares se mantuvo vigente durante todo el periodo virreinal hasta que su capital fue depositado, en 1806, en la Real Caja de Consolidación, no sin antes haber servido a varios de sus capellanes para ordenarse como presbíteros.

De manera que el hallazgo de la tumba de Miguel de Palomares es un hecho que tiene, podríamos decirlo, una importancia colectiva en tanto nos remite a la historia de este primer cuerpo capitular de la década de 1530-1540. Nos recuerda la importancia de estos primeros clérigos que atravesaron el océano junto con muchos de los conquistadores y primeros pobladores que llegaron a la Nueva España poco después de consumada la conquista. La época de Palomares nos remite también a un periodo de agrios conflictos entre Zumárraga y la Audiencia. Es también una etapa muy difícil para el cabildo pues no existían diezmos necesarios para pagar las prebendas ni para comprar lo necesario para el ritual catedralicio. A Palomares y sus pares le tocó solicitar al rey el que los indios pagaran diezmos sobre productos de Castilla (diezmo de las tres cosas), lo cual se aprobó un año después de muerto Palomares. Por el pago de dichos diezmos el cabildo se enfrascó en un fuerte conflicto con las poderosas órdenes mendicantes, las cuales se amparaban entonces en diversos privilegios papales y reales. Sirva, de paso, mencionar que la tumba de Palomares nos recuerda también que si bien es a dichas órdenes religiosas a las que más atención se ha puesto cuando se habla de este periodo, no por ello la importancia de los clérigos seculares es menor. Muchos de ellos fungieron prácticamente como evangelizadores, ese fue el caso de Diego Velázquez y Juan González quienes, al mismo tiempo que servían sus prebendas, recibieron autorización para atender diversos pueblos de indios en el entonces obispado gracias a que conocían las lenguas de los naturales. Por su parte, Palomares, junto con otros clérigos, se habían abocado a atender a la importante y numerosa población española que iba creciendo en las diversas villas. La importancia de este primer cabildo radica, entonces, no sólo en ser el primero sino en ser los fundadores de la tradición capitular novohispana. Y eso de ser los primeros no es poca cosa, Palomares fue también el primer prebendado, de este cabildo primigenio de México, en morir en su catedral. La frase puesta en su lápida (palabras más, palabras menos, pues no he podido apreciarla bien en las fotos que circulan) no deja lugar a dudas del mensaje que nos mandaron sus hermanos de cabildo: aquí yace el canónigo, de los primeros en esta santa iglesia.

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