Memorias orizabeñas de la Conquista I

Catedral y el padre Llano 2

Actual Catedral de Orizaba, antigua iglesia parroquial de San Miguel

“Pueblo de los mejores del obispado, por su opulencia, amenidad, abundancia de víveres, y disposición de sus casas” según Villaseñor y Sánchez en el Theatro Americano a mediados del siglo XVIII, Orizaba se distinguía entonces además por una población heterogénea. El cosmógrafo real estimó entonces que en el pueblo habitaban 510 familias españolas y 809 de indios, así como 300 de mestizos y 220 de mulatos; es decir, la “gente de razón” superaba en número a los indios. Además, dio cuenta de la posición ascendente de los españoles, quienes “forman comercio separado” y de la importancia del cultivo de tabaco, cuyo rendimiento calculó en cien mil pesos anuales. De hecho, eran justo los comerciantes españoles los que se beneficiaban de la producción de tabaco, no necesariamente porque fueran productores, sino porque la financiaban a crédito, la “aviaban” como se decía entonces. Además habían comenzado a organizarse en calidad de “república española” de Orizaba o bien como “diputación de comercio” que obtuvo la administración de alcabalas hacia 1750. A partir de 1758, esa misma diputación solicitó al virrey de Nueva España su formalización como un ayuntamiento. La nueva corporación sólo llegó a ver la luz hasta 1764, pues se siguió un largo litigio en la Real Audiencia, pues de inmediato se opusieron la república de indios y el Conde del Valle de Orizaba. Este litigio, nos interesa pues en ese marco la diputación insistió en un punto: presentar a Orizaba como un pueblo español desde sus orígenes.

En efecto, tal fue uno de los motivos para que en 1762 se mandara levantar una extensa información sobre el pueblo, incluyendo un padrón, una descripción de las calles y plazas, y desde luego, testimonios de las corporaciones religiosas locales sobre sus fundadores y dotadores (AGI, México, leg. 1927-1928). Esto último no es de extrañar, aunque el despacho no lo mencione explícitamente, se entiende que si el pasto espiritual era indispensable en toda población de la época, la mejor manera de clarificar sus “principios, fundación y origen” estaba en conocer la historia de sus iglesias, santuarios, capillas, conventos, congregaciones y cofradías.

Así, las declaraciones de los cabezas de las corporaciones religiosas de Orizaba de 1762, comenzaron a perfilar una memoria de los orígenes del pueblo, basada en el propio comercio español. Decía el capellán del santuario de Guadalupe, “el principio de esta población fueron unos ranchos o casas donde hacían mansión con los caudales que traían a su cargo […] los españoles dueños de carros”. Esta versión la confirmó el prior del Carmen, datando la fundación hacia 1550. En ese mismo tenor, el informe de la parroquia de San Miguel sentenció: “Los españoles son primeros en tiempo y vecindad y los indios en formalidad de pueblo y república”. Más aún, los tenientes de cura encargados de la redacción identificaron incluso a las familias fundadoras: “apellidados Ramones, Prados, Mejías, Maldonados”, cuyo origen habría estado, desde luego, en la Península Ibérica, más concretamente, en Jerez de la Frontera.

Las iglesias resultaban fundamentales para este relato, pues ellas preservaban los testimonios de su veracidad: los tenientes de cura de la parroquia afirmaban contar con documentos de que en 1649 se había otorgado a los Ramones, como “primeros pobladores de este lugar” una demostración clásica de patronazgo en esa iglesia: “sepultura y asiento”; más todavía, había sido un español, el capitán Juan González de Olmedo, el fundador de la primera iglesia parroquial. El prior del hospital de San Juan de Dios, por su parte, podía incluso presentar una de las escrituras de fundación de su convento como prueba: se trataba de la obligación otorgada en 1619 por Pedro Mejía y Sebastián Maldonado por 6 mil pesos, casas y solares para construirlo y dotarlo. No lo decían entonces los testimonios, pero todo ello habría de contribuir, a largo plazo, a fundamentar una verdadera memoria religiosa orizabeña, que recuperaría a finales del siglo XIX el cronista José María Naredo, quien evocaba con aire de nostalgia “la piedad de nuestros mayores”.

Por si fuera poco, el naciente Ayuntamiento recuperó a una imagen mariana en particular para favorecer sus pretensiones: la de la Inmaculada Concepción, a la que eligió como patrona desde 1764. El regidor Diego Pérez Castropol redactó una memoria en que evocaba “notorias antiguas tradiciones” que hacían de la Purísima la primera titular de la parroquia que levantó González Olmedo, y por tanto “devoción de aquellos europeos fundadores del lugar”. La nueva corporación municipal se pretendía así heredera de la cofradía de esa imagen, que se estimaba fundada desde “tiempos inmemoriales”, la cual habría servido, y lo decía explícitamente el regidor, como lugar de reunión de los vecinos españoles a falta del Ayuntamiento que ahora se había erigido (AHMO, Fondo Colonia, c. 3, escrito de D. Diego Pérez Castropol). Casi sobra decir, que los munícipes podían de esta forma dejar de lado al patrono oficial de entonces, San Miguel arcángel, que por ello era más bien patrono del vecindario de indios.

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Actual iglesia del Carmen de Orizaba.

Desde luego, todos estos relatos y testimonios debían explicar también el origen de los indios. Éstos, se habrían instalado posteriormente en Orizaba, hacia 1551; de hecho, se habría tratado del trasladado de una congregación previamente reunida en las faldas del Volcán y que desde 1553 habría tenido la formalidad de república con un primer gobernador, Miguel Mendoza. Mas su presencia habría estado vinculada con el propio comercio español. El prior del Carmen los describía como “un corto número de naturales traídos de diversas partes por considerarlos necesarios para el servicio de los carros”.

“Tradición común y constante”, insistían las declaraciones de 1762, casi sobra decir que fue un relato de inmediato contestado por la república de indios de Orizaba, que en las décadas siguientes fue perfeccionando una versión alternativa. En efecto, aunque desde 1758 los procuradores de los indios insistieron en el carácter de fundador de sus representados ante la Corte de México, hasta dónde he podido averiguar, fue a partir de 1774 que la república de indios comenzó, además, a fundar sus alegatos específicamente en un relato de la Conquista, una memoria de su fidelidad a las dos majestades. En efecto, era la evocación de una conversión temprana, pero también de un vasallaje fiel a la monarquía católica.

En la extensa representación dirigida al rey el 25 de enero de 1774 (AGI, México, leg. 1766), firmada por todos los oficiales de la república, contradiciendo de nuevo la creación del cabildo español y dando cuenta de todos los perjuicios que les causaban, trataron en primer término el fundamento histórico de los comerciantes españoles. Se presentaban al rey con “legítimo derecho” en su calidad de “fundadores que hemos sido de este pueblo y su valle desde la gentilidad”, es decir, desde antes de la Conquista y la evangelización. Si los españoles los hacían datar de 1551, la república contestaba que sus orígenes remontaban a antes de 1519, pero sobre todo, que ellos habían tenido un papel en el establecimiento de la religión católica y la monarquía hispánica en esas tierras. Afirmaban que sus antepasados “prestaron pronto vasallaje a los soberanos de España, y como tal auxiliaron y favorecieron al tiempo de la conquista a los héroes que en la de este reino se empeñaron”. La república de indios debió insistir en diciembre del mismo año: eran ellos y no los españoles los que estaban en posesión inmemorial, por derecho natural, “desde el tiempo de la gentilidad”, y por título de la Divina providencia, tras haber sido de los primeros en “alistarse bajo de las banderas de la religión católica”. Alistamiento literal, pues de nuevo se trataba de su participación en la conquista.

Es cierto que la república de indios no hizo un uso sistemático de este relato en sus varias representaciones al rey de las décadas de 1770 y 1780, pero sí que hubo un trabajo de perfeccionamiento de ese relato. Para 1782, el procurador de la república en la Corte de Madrid, podía incluso citar un nombre antiguo para Orizaba: “San Miguel Aguiliçipa”. De hecho, para entonces la iglesia del Calvario se había integrado al relato de los orígenes orizabeños, pues habría sido construida por “los primeros indios caciques” justo “después de la Conquista” (AGN, Indiferente Virreinal, c. 5475, exp. 67). Este nombre en náhuatl estaría destinado a conocer buena fortuna en los años siguientes, aunque todavía se modificaría levemente para convertirse en “San Miguel Ahuilizapan”, que es el que aparece en el texto que consagró definitivamente la versión india de los orígenes orizabeños: el manuscrito titulado “Fiel tradición y legales noticias de origen del pueblo y congregación de indios titulado San Miguel Ahuilizapan”, obra del padre Antonio Joaquín Iznardo, fechado en diciembre de 1804 (editado por Comunidad Morelos en 1999).

Cabe mencionarlo, el padre Iznardo fue uno de los personajes más característicos de la villa de Orizaba de los años desde 1770 a 1810. A más de la longevidad, fue un clérigo que se distinguió por su buena posición económica, que hasta donde sabemos poco se dedicó a la cura de almas más allá de sus obligaciones como capellán, que tuvo participación en diversas corporaciones religiosas de la villa, cercano a las devociones de los jesuitas cuyo instituto trató de introducir en Orizaba, aunque aquí nos interesa resaltar que fue apoderado general de la república de indios desde diciembre de 1784. Ya antes, le había tocado participar en el intento de mediación en los conflictos de las dos repúblicas que emprendió el clero orizabeño en el verano de ese mismo año. Teniendo facultades para administrar los bienes de los indios, fue seguramente entonces que pudo tener acceso a los documentos de las llamadas “tierras del golfo”, recién adquiridas por los naturales al marquesado de Sierra Nevada en 1779, y que comenzaron a arrendar entre 1784 y 1785.

La “Fiel tradición” de Iznardo comienza citando justo los documentos de las tierras del golfo, que es posible que los naturales se empeñaran en comprar al marquesado porque en ellas estaba incluido el paraje de Texmalaca, que habría sido la “primera ubicación [del pueblo] antes de la Conquista”. Es de ahí que se habrían trasladado al valle de Orizaba en 1552 para fundar San Miguel Ahuilizapan, siempre en razón de su fidelidad a las dos majestades, para facilitar “la administración de justicia y sacramentos”, para constituir no república, sino “formal Ayuntamiento de gobernador, alcaldes y regidores” en 1553. El comercio también tuvo aquí un papel para el poblamiento de Orizaba, pero en contraste con el relato que hemos visto antes, fue el que llevó al pueblo a “la poca gente de razón, española, pobre y de toda casta”, “semicivilizados por falta de lime, rose y cultura”, todo según los términos de Iznardo.

Sobre todo, el clérigo introdujo un relato más preciso de la participación orizabeña en la Conquista, que vinculaba a los hijos de San Miguel Ahuilizapan con el prestigioso Cabildo de Tlaxcala. Un documento de tiempos del virrey Bucareli, haría constar “haber sacado de su primer pueblo de Orizaba Cortés, cuatro principales, que unidos con los tlaxcaltecas, ayudaron a la conquista de los Mecas, entre ellos Dn. Diego de Montezuma Mendoza y Austria”. Acaso por ello el primer gobernador de Orizaba era aquí rebautizado: después de varios siglos de ser Miguel de Mendoza, pasaba a ser Don Miguel de Montezuma y Mendoza.

Unos años más tarde, en 1810, fue una versión apenas modificada de este relato el que utilizó el que ya se titulaba como “Ilustre Ayuntamiento de Naturales de la villa de Orizaba”, al manifestar su lealtad a las autoridades del reino ante la insurrección del padre Hidalgo (Gaceta del gobierno de México, t. I, nº. 136, 20 de noviembre de 1810, pp. 962-964). Los indios de Orizaba habrían estado vinculados por “una especie de reconocimiento de alianza y de amistad con el noble senado de Tlaxcala”, pero dotados de virtudes naturales “conocieron desde luego” la ventaja de someterse al rey católico, y por ello, “voluntariamente pasaron hasta cerca de Tepeaca a ofrecer su libertad en manos del conquistador de este reino”. Sin embargo, este relato, construido a lo largo de 35 años, pronto dejaría de ser útil, justo por la fortuna final del conflicto iniciado en 1810.

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