Memorias orizabeñas de la Conquista II

Es sin duda significativo que, mientras el relato de la república de indios de Orizaba fue perfeccionado por un clérigo, el que hasta donde sabemos parece haber sido el primer relato orizabeño de la historia de la Conquista tras la independencia fue obra de un representante del naciente Estado de Veracruz: el jefe político Vicente de Segura. Cordobés de origen, liberal cercano a los que solemos conocer como “escoceses”, por identificarlos a las logias masónicas de ese rito, pero cuya filiación nunca fue aclarada, era pues parte del grupo de reformistas moderados que mantuvo el poder en Veracruz entre 1823 y 1828. Representante del gobierno estatal en Orizaba a partir de 1825 como jefe político del departamento, fue en el cumplimiento de sus obligaciones como tal, conforme a la ley orgánica estatal de 1825, que redactó sus Apuntes para la estadística del departamento de Orizava en 1826, cuyo capítulo quinto estuvo dedicado a un “Bosquejo histórico” desde los tiempos prehispánicos.

Si bien es posible que Segura retomara del relato de los indios el tema del establecimiento de los primeros pobladores de la región en Texmalaca y el nombre original de “Ahuilitzapam”, justo presenta una versión radicalmente opuesta de su papel en la Conquista. “No formaron estos guerreros liga con el general castellano, sino que por el contrario se mostraron opuestos a sus ambiciosas empresas”, asentó en su obra (p. 19). Estimaba probable que se hubieran unido a Cualpopoca en contra de Juan de Escalante y que por ello sufrieran la represión de los españoles, pintada con la tinta más sangrienta, describiendo en un párrafo memorable (pp. 19-20), lo mismo destrucción de bienes, que el sometimiento a trabajos forzados y torturas.

La vieja memoria local de la lealtad a ambas majestades, propia de las corporaciones del Antiguo Régimen, dejaba paso a un relato de la violencia de los españoles, tanto más oportuno y necesario a unos pocos años de consumada la independencia nacional y en el contexto de las conjuras internas y amenazas de invasión para restablecer el dominio de Fernando VII de la segunda mitad de la década de 1820, que el propio Segura debió enfrentar de manera bien real, en la misma Orizaba. Si bien los Apuntes sólo serían impresos en 1831 (es la edición que citamos aquí a partir de Google Libros), se diría que este pasaje era casi una advertencia de lo que podría ocurrir en una “reconquista” española.

Ahora bien, hasta donde sabemos debieron pasar cuatro décadas para ver una nueva versión de un relato orizabeño de la Conquista. Nos referimos al Ensayo de una historia de Orizaba, de 1867, obra de Joaquín Arróniz, y que, por lo que toca a este tema, fue el trabajo más amplio y acabado del siglo XIX. Tan es así que la otra gran crónica orizabeña de la segunda mitad del siglo, el Estudio histórico geográfico y estadístico de José María Naredo (1898) copió capítulos completos de Arróniz. Obra erudita, su autor rastreó con amplitud las menciones de Orizaba en obras del siglo XVIII, como la del arzobispo de México Francisco Antonio Lorenzana y, sobre todo, la del padre Francisco Xavier Clavijero –este último ya había sido leído por Segura–, y en las del siglo XIX, en particular las de William Prescott, Lucas Alamán y Manuel Orozco y Berra. Desde luego, aprovechó el trabajo de Segura y su propia colección de documentos de los siglos XVI al XVIII, entre los que destacaba un litigio sobre tierras entre Orizaba y Maltrata, que leyó como fuente para la historia de la Conquista.

ensayodeunahisto00arro_0009En esa labor, como Segura, no dejó de traslucir preocupaciones políticas del momento. La situación de los “indígenas” al culminarse la Conquista resultaba comprensible al lector de 1867, porque, decía Arróniz “nosotros mismos, por desgracia, vivimos en la incertidumbre dolorosa con que de años atrás luchamos, amenazados de una completa disolución social” (pp. 151-152). Mas debemos resaltarlo, su preocupación clara era inscribir a Orizaba en la historia nacional, e incluso en una “filosofía de la historia”, como él mismo la llamó, reflexión general sobre los hombres y las causas de su conducta, de signo progresista desde luego, que de nuevo según su decir, le permitía unir los acontecimientos más remotos a los más contemporáneos.

Así, entre lo más característico de las páginas de su obra, es que Orizaba se convirtió en teatro de eventos cuya significación iba más allá del marco local, casi diríamos “nacionales”. Lo decía el autor en su introducción: “la Historia de Orizaba […] abunda en hechos notables, considerados en su enlace ya oculto o manifiesto con otros de la Historia general de México” (p. IX). Así pues, el primer capítulo de su historia estuvo dedicado a los legendarios honores fúnebres de Quetzalcóatl en el Citlaltépetl, mientras la parte final del período está marcada por el relato del matrimonio dentre la Malinche y Juan de Xaramillo en el actual pueblo del Ingenio; hubo también atención particular para los dos momentos en que Cortés habría pasado por Orizaba, de hecho, para Arróniz, fue ahí donde planeó su estrategia contra Narváez. Además, según esta crónica, Orizaba obtuvo brillantes conquistadores: los primeros fueron los más sangrientos, los que habrían ocupado la región en nombre de Moctezuma I Ilhuicamina en 1457 encabezados por Tizoc, Axayácatl, Ahuizótl y sobre todo Moquihuix, rey de Tlaltelolco. En cambio, la conquista española habría sido más bien de espíritu pacífico gracias a Gonzalo de Sandoval, exaltado casi como héroe por Arróniz: “joven de gallardo y apuesto continente, de nunca desmentido valor y accesible a los sentimientos más generosos y magnánimos” (p. 141) y desde luego, por todo ello, compañero de particular valía para Cortés.

Esta doble conquista es muestra de la tensión que se respira a todo lo largo de estos primeros capítulos, entre la valoración no falta de ambigüedad de las civilizaciones prehispánicas, en quienes reprocha constantemente el carácter sanguinario, pero que no podían dejar de ser ya los “mexicanos”, al lado de los cuales lucharon, casi sobra decirlo, los hijos de Ahauializapan. Más todavía, ellos junto con los habitantes de Huatusco y Cotaxtla, “fueron los que más grandemente secundaron los esfuerzos heroicos de los mexicanos” (p. 132). Dotados de una claridad semejante pero de sentido opuesto a la que veíamos en relatos anteriores, “comprendieron aquellos pueblos, que la esclavitud a un poder extraño, era más odiosa a la tiranía de la corte de México” (p. 133). En cambio, y de nuevo no sin contradicción, Arróniz era un crítico del “fanatismo religioso”, pero que no dejaba de encontrar superior la “civilización cristiana” que los españoles representaban, aunque no sin defectos.

Ha sido estudiando la historia política de Orizaba que me he encontrado con estos relatos de la Conquista de los siglos XVIII y XIX. Desde luego, no es de extrañar, esta urbe es interesante porque en sus documentos se muestra de manera muy clara el ritmo local de cambios políticos de niveles más amplios (imperiales y nacionales), y esos cambios fueron asimismo verdaderos “impulsos memoriales”, por así decir, como lo fueron las Reformas Borbónicas, la Independencia y las guerras de Reforma e Intervención Francesa.

Lo ha mostrado la obra de Annick Lempérière, las reformas borbónicas favorecieron la creación corporativa, y una corporación de Antiguo Régimen tanto más si era un “cuerpo político”, y lo eran los dos ayuntamientos orizabeños (de indios y de españoles), requería no sólo de gobierno, bienes y legislación sino también de un pasado, una “tradición común y constante” entre más antigua mejor, que le sirviera para hacer política enfrentándose a otros cuerpos y particulares en los tribunales reales, alegando derechos y privilegios a partir de ella. Los documentos de la memoria de la Conquista orizabeña del siglo XVIII, lo hemos visto, son o servían ante todo como probanzas judiciales, que resaltaban en el caso de los españoles la antigüedad, y en el de los indios además, la fidelidad continua a las dos majestades. Es cierto que en tiempos de las reformas borbónicas hubo un intento de transformar la monarquía católica en una monarquía administrativa, pero su carácter judicial no se transformó radicalmente, y los propios triunfos de los ayuntamientos orizabeños prueban que la vía judicial seguía siendo un medio eficaz de negociación entre la Corona y los actores locales.

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Escudo de Orizaba en la obra de Arróniz.

No deja de impactar que los documentos que habían servido para construir esas tradiciones corporativas hayan sido asimilados con suma facilidad como testimonios para construir a su vez una historia patria. En el cambio político del Antiguo Régimen al liberalismo, las memorias corporativas eran dejadas de lado a favor de una memoria nacional, que se fue formando al ritmo de los eventos políticos. El ejemplo de los Apuntes de Segura nos recuerda la obra de los primeros gobiernos independientes, quienes llegaron a impulsaron por decreto ese tipo de labor, aunque refiriéndose sobre todo a la guerra de independencia. Al instalarse la república federal en 1823, los nuevos Estados se habían convertido además en otros tantos impulsores de la construcción de la memoria nacional, así fuera todavía con recursos modestos. Con Arróniz, estamos ante un trabajo que es ya más claramente histórico, de investigación exhaustiva, que dispone de los recursos para ello (especialmente archivos y colecciones documentales) lo que implica que aun si individual, fue una empresa que contó con un amplio consenso entre los actores políticos locales. Destaquemos sobre todo que es una obra escrita hacia el final de la guerra de Intervención Francesa y al cabo ya de varias décadas de inestabilidad política. Es justo ésta la que parece impulsar al autor a repensar el pasado, el presente e incluso el porvenir de la nación. “México, débil barquilla en una mar procelosa rodeada de sirtes y llena de abismos insondables, va hacia el porvenir, como Edipo, bajo el peso de la fatalidad” (pp. 607-608), concluía la obra de Arróniz. En suma pues, el relato orizabeño de la Conquista, había pasado de ser argumento del brillante pasado de unas corporaciones en particular, a episodio que, junto con otros, determinaba ya un oscuro futuro general para la nación.

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