Memoria jesuita

Pío VII jesuitasAyer, en la iglesia del Gésu de Roma, el Papa Francisco encabezó la liturgia en celebración del 200 aniversario de la “ricostituzione” de la Compañía de Jesús. Fecha aparentemente elegida en función de la agenda del Papa, pues en realidad la bula de restauración de la Compañía fue expedida 7 de agosto de 1814 (en la imagen vemos una representación alusiva tomada del libreto de la celebración). Esto es, el festejo tiene lugar con algunas semanas de “retraso” respecto del aniversario preciso. El traslado sin embargo, ha permitido que el Papa visite y celebre con sus hermanos jesuitas a una semana prácticamente de la apertura del ya controvertido Sínodo extraordinario sobre la familia que se abrirá el 5 de octubre.

Empero, más allá del contexto, de la actualidad en que se ha insertado la celebración, la liturgia misma merece ser comentada. Conviene decirlo desde el inicio, ha brillado de manera particular por su originalidad y sencillez, su mezcla constante de tradición y modernidad, y sobre todo, por su mensaje constante de universalidad. Originalidad y sencillez, primero porque si bien se han anunciado unas vísperas, no se ha seguido con fidelidad estricta lo propio de dicho oficio, ni siquiera las lecturas propias de la fecha. Ha habido luces e incienso, salmos e himnos, que es lo propio de unas vísperas, pero no exactamente como uno esperaría, e incluso ha faltado el Magnificat. En cambio, los jesuitas han celebrado proponiéndonos una liturgia en tres partes: la presentación de unos símbolos, las luces; una liturgia de la palabra formada por salmodia, proclamación del Evangelio y homilía; y en fin, la conmemoración propiamente dicha, la parte más amplia en gestos, con la renovación de las promesas de los jesuitas presentes, el ofrecimiento del incienso, la entrega del Evangelio al General, las intercesiones, el saludo del General, culminando con un Te Deum.

Sencillez, en parte por el mismo hecho de tratarse de un oficio y no de una misa, pero además porque en él se han utilizado ornamentos modernos y sobrios. Sólo los maestros de ceremonias llevaban la tradicional sobrepelliz sobre la sotana, los demás, incluido el General, el padre Nicolás, portaban sotanas enteramente blancas. El Papa mismo ha llegado de capa pluvial sin otro adorno que una franja roja con bordes dorados, su trono asimismo de diseño contemporáneo, era elegante pero apenas distinto de una silla común por la altura del respaldo.  Conviene destacarlo, sólo el Papa (o mejor dicho, el Papa solo) se encontraba en la plataforma del altar: excepto los dos diáconos en sus bancos (bastante atrás), ni siquiera el General jesuita llegaba a “robar cámara”, con perdón de la expresión coloquial.  El énfasis en la figura sola y sencilla del Papa en lugar del acompañamiento de numerosos sacerdotes que lucieran pomposos ornamentos, se reforzó en última instancia con el trato dado al que el programa todavía trataba de “Santo Padre”, pero a quien el General Nicolás se dirigió como “Hermano Francisco”.

Y sin embargo, no es que a esta ceremonia conmemorativa, original y por ello moderna, inscrita por completo en la liturgia posconciliar, le faltaran evocaciones a la tradición. Evidentemente, el marco elegido para la ceremonia, la Iglesia del Gésu, y las numerosas referencias a San Ignacio de Loyola, recordaban que se trata del festejo de una institución varias veces centenaria. Además, una magnífica capilla musical ha entonado un conjunto de piezas en que constantemente se mezclaban el latín con las lenguas modernas (español, italiano, inglés y francés fundamentalmente). Sólo el Pater y la antífona mariana final (el Salve Regina) estuvieron por completo en la lengua tradicional de la liturgia católica, pero las letras han rescatado frases queridas de la espiritualidad ignaciana (“En todo amar y servir” repetía el canto de entrada) e incluso el lema mismo de la compañía (“Para mayor gloria de Dios”, del canto final), mientras dos de las invocaciones han citado al mismo San Ignacio de Loyola.

Desde luego, han sido sobre todo los mensajes, sobre la homilía del Papa, los más directamente encaminados a hacer memoria. Lo más interesante del mensaje del “hermano Francisco”, es que lejos de comentar el Evangelio, comentó más bien la obra del padre Ricci, a quien tocó ver la supresión de la Compañía en el siglo XVIII. En la celebración misma de su restablecimiento, lejos de un mensaje triunfalista, el Papa ha querido evocar el momento más difícil de la historia jesuita, causado por “los enemigos de la Iglesia” según ha dicho desde el principio de la homilía. Ha construido así un mensaje destinado a rescatar la forma en que la Compañía vivió la “confusión y la humillación”, que se diría (y más con la cita que hizo de Paulo VI) no han dejado de ser de actualidad para la Compañía.

No quiere esto decir que la celebración haya carecido de muestras de orgullo por parte de la Compañía. Antes bien, no es menos notorio que los jesuitas han querido recordarnos su propia universalidad: el espacio lo evocaba ya con las banderas que lucían al fondo del presbiterio; los actores del ceremonial lo confirmaban, con los representantes de las siete conferencias y con los lectores de las invocaciones, leyendo mensajes hasta en croata, swahili y malayo; en fin, la capilla y sus múltiples idiomas insistían también en ese sentido. La Compañía de Jesús, a doscientos años de su restablecimiento, alcanza a todo el orbe y tiene por “hermano” al Sumo Pontífice, pero celebra evocando el sufrimiento de Cristo, adaptándose a la sencillez que espera el mundo moderno de la liturgia, no sin evocar también la tradición ignaciana.

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