Memoria de dos gobernantes mexicanos

Tumba de Don Porfirio2En otra entrada he tratado sobre las reliquias del que fuera el primer presidente mexicano fallecido en el cargo, el general Miguel Barragán (1836), y es de ahí que me ha parecido interesante llamar la atención sobre la memoria, religiosa o no, de algunos de nuestros gobernantes. Ahora bien, no todos repartieron su cuerpo por lugares sagrados como Barragán, pero en cambio dejaron monumentos interesantes para la historia religiosa de México, incluso fuera del actual territorio mexicano. Aquí quisiera evocar dos, relacionados con la memoria de controvertidos gobernantes mexicanos: la tumba del presidente Porfirio Díaz, en París, y la del emperador Maximiliano de Habsburgo en Viena. ¿Por qué digo que se trata de monumentos para la historia religiosa de México? La respuesta parece clara en la imagen que vemos a la izquierda, fotografía del interior de la tumba del presidente Díaz en el cementerio de Montparnasse, tomada en junio de 2009. En ella se encontraban entonces, al lado de veladoras y ofrendas florales, al menos cuatro imágenes marianas, tres de ellas de la Virgen de Guadalupe, la más “nacional” de las imágenes marianas presentes en México (justamente desde tiempos de don Porfirio, podríamos decir). Esto es, si bien don Porfirio mantuvo una muy buena relación con el episcopado, no fue en vida un hombre tenido por especialmente devoto, ni la historiografía católica llegó a considerarlo directamente un héroe de la Iglesia; mas su memoria parece asociada aquí a los símbolos más clásicos del catolicismo mexicano, acaso por la religiosidad que sí que era característica de la comunidad mexicana exiliada con él en París, y a la que debemos la presencia de la imagen de Nuestra Señora del Tepeyac en la Catedral de Notre-Dame de París. Mas por lo reciente de las imágenes, uno diría que más de un mexicano que quiere rendir alguna forma de tributo al ex-presidente lo hace pensando en términos religiosos.
Leyenda con flores y cartasEl contraste no podría ser más patente con la otra tumba, la del emperador Maximiliano de Habsburgo, que se encuentra en la cripta imperial de Viena. Paradójicamente, se trata en este caso de una dinastía asociada estrechamente al catolicismo, y que cuenta hasta hoy con varios personajes que aspiran a ser elevados a los altares. De hecho, no muy lejos del sepulcro del emperador mexicano, se encuentra el monumento al beato Carlos de Habsburgo, el último emperador reinante en Austria, muerto en el exilio en 1922.
Es cierto, sobre el sepulcro de Maximiliano se encuentra un crucifijo, pero en cambio, las ofrendas que se le dedican a su memoria son perfectamente seculares. En la imagen, tomada en julio de 2012, vemos que hay flores, pero no imágenes religiosas ni veladoras. Curiosamente, se diría que si ante la tumba de don Porfirio se reza, ante la de Maximiliano se escribe, pues hay varias cartas, entre ellas una de un miembro de la masonería y otra de un conocido abogado y escritor, José Manuel Villalpando.
Cierto, el emperador no tuvo una relación particularmente buena con el episcopado, ni con la Santa Sede, pero en principio había sido buscando un príncipe católico que los conservadores habían apoyado su candidatura para el trono mexicano, siendo además un monarca cumplido, digamos, en cuanto a la observancia del culto, como testimonia el ceremonial de la corte de su tiempo. Desde luego podríamos seguir haciendo comparaciones con otras tumbas, por ejemplo la de la Emperatriz Carlota, mas acaso por su colocación entre las criptas de la familia real belga en Bruselas, en ese caso no hay manifestación memorial alguna, al menos hasta donde he podido verificar. Sin duda en el propio territorio mexicano no faltan expresiones semejantes que nos dicen mucho, no tanto de los personajes insisto, cuanto de la forma en que se les recuerda.

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