Mandamiento de anatema por robo

A lo largo de la historia, la justicia eclesiástica católica ha dispuesto de los recursos más diversos para ejercer su autoridad. El más fuerte, sin duda, es la excomunión, separación que se espera sea temporal del acusado del gremio de la Iglesia. Podía ser particularmente solemne, y es lo que me interesa resaltar aquí, tomando así la forma de un anatema, una ceremonia en que se maldecía al culpable ante una cruz cubierta con un velo negro, apagando simbólicamente una vela.
Los mandamientos por anatema eran algo relativamente común antaño. Bajo ciertas condiciones un juez eclesiástico podía lanzarlo contra un juez civil cuando veía invadida su jurisdicción, pero no era menos común que se usara a petición de parte para intimar a un culpable desconocido a revelarse. Esto es, habiendo sido víctima de un robo algún particular o sobre todo algún eclesiástico, podía acudir al juez pidiendo que se hicieran exhortaciones una y dos veces para la devolución de lo hurtado y a la tercera ocasión se lanzaba ya el anatema en forma. Vamos a ver aquí un ejemplo, tomado de una Instrucción para notarios apostólicos impresa en Alcalá de Henares en 1567, para dar cuenta de que era un asunto lo suficientemente común para que todo escribano de curias eclesiásticas de los siglos XVI al XIX tuviera que saber cómo redactar uno.

Cabe decir, el ejemplo que citamos no es, sin embargo, el mejor, los hay más extensos, y otros que citan las maldiciones del salmo 108 de la Vulgata (actual 109), que son finalmente las que inspiran las leemos ahora, por ejemplo, los versículos 8 y 9: “que sean pocos sus días y que otro ocupe sus dignidades; que sus hijos queden huérfanos y su mujer viuda”. Así también, podía agregarse “maldita sea la cama que morares, la cama en que durmieres, la ropa que vistieres, la tierra que pisares”.
Desde luego, ya en el siglo XVIII hubo ilustrados que hicieron mofa del uso de este tipo de mandamientos contrastando la dureza de sus términos con lo terrenal de los bienes buscados con ellos, a veces destacando también su reducido monto. Lo confieso, no conozco los detalles de su uso `posteriormente, aunque he visto el modelo en los libros de prácticas judiciales del siglo XIX. En cualquier caso es sin duda un interesante testimonio del uso de lo sagrado para la justicia profana.

Comentarios: