Lugares para la misa

El 15 de diciembre pasado, la Cámara de Diputados discutió la reforma del artículo 24 constitucional. Uno de los puntos a debate era suprimir el párrafo de ese artículo que dice: “Los actos religiosos de culto público se celebrarán ordinariamente en los templos”. No entraré aquí a detallar la discusión  (harto interesante, cabe decir) que se originó entre los legisladores, pero cabe citar algunas reacciones de los diputados de izquierda, que fueron especialmente interesantes: “el Papa y la jerarquía eclesiástica se podría animar a celebrar misas en la Ciudad de México, en el Zócalo”, dijo el diputado Jaime Cárdenas; por el mismo tenor, el diputado Gerardo Fernández Noroña completó: “ya hacen misas en el corazón de la ciudad, en la catedral, que es el templo católico más importante del país, y ahora quieren que las hagan en la plancha del Zócalo”. Simpática ironía de la historia, antaño el tema era la protección de los espacios sagrados religiosos de toda forma de manifestación profana, hogaño hay que proteger los espacios no menos sagrados pero laicos (el Zócalo), de toda forma de manifestación religiosa.

Pero más allá de lo meramente anecdótico, la discusión me parece da pie para recordar un poco de la historia de los espacios para la celebración de la misa. No me remontaré a los orígenes del Cristianismo, confesando mi incompetencia para ello, pero me basta recordar la obra de Eric Palazzo L’espace rituel et le sacré dans le Christianisme, en la que expone con claridad que, en la Edad Media, la misa podía celebrarse tanto en los santuarios como en cualquier otro sitio exterior gracias a los altares portátiles. De hecho, las obras de los grandes santos de la época están llenas de referencias a misas celebradas a lo largo de peregrinajes y misiones, literalmente a orillas de los caminos o incluso en los barcos (aunque en estos últimos sin consagración por lo general). A veces se celebraron para bendecir a los combatientes antes de las grandes batallas medievales, de lo cual quedó incluso memoria hasta el siglo XIX, como vemos en este cuadro de la Batalla de Bouvines, de la Galería de Historia de Francia del Palacio de Versalles, donde justamente aparece el altar con las especies eucarísticas. Cabe decir, las órdenes que surgieron justamente para la predicación itinerante, los dominicos y los franciscanos, obtuvieron pronto el privilegio de llevar altares portátiles por doquier.

BouvinesFue la época de las Reformas, protestante y católica, cuando la preocupación (casi la competencia me atrevería a decir) por proteger correctamente lo sagrado, llevó a la prohibición casi sistemática de las misas fuera de las iglesias. Philippe Martin en Le théâtre divin. Une histoire de la messe XVIe-XXe siècle lo muestra bien con el ejemplo de un monje benedictino francés del siglo XVI que atraviesa Europa camino de Tierra Santa celebrando constantemente la misa, pero nunca a bordo de barcos ni fuera de altares católicos. En el mundo americano, tierra de misiones casi por definición, es cierto que las órdenes mendicantes y los jesuitas hicieron uso de altares portátiles y celebraron al aire libreo. Pero ahí donde ya la catolicidad estaba consolidada, la preocupación era (como en todo el mundo católico) acondicionar con “decencia” las iglesias y capillas.

Un buen ejemplo es que la obra que tanto hemos citado en este blog, El porque de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios, no comprende el tema del altar portátil sino para su uso en el ejército, y en cambio sus primeros capítulos están destinados a exponer el denso simbolismo que ya en ese siglo XVIII caracterizaba a las iglesias. Tal era el preámbulo indispensable para exponer a detalle cada una de las ceremonias eclesiásticas, la misa en particular. En ese sentido, acaso los obispos del Antiguo Régimen habrían estado de acuerdo con la redacción del artículo 24 constitucional: las ceremonias religiosas debían tener lugar, de ordinario, en los templos. Aunque confieso que conozco poco del asunto, siguiendo al mismo Martin, parece que fue el gran movimiento católico de finales del siglo XIX y principios del XX, el catolicismo social, seguido por el “movimiento litúrgico” del siglo XX el que se entusiasmaría por las grandes celebraciones en exteriores. Es de entonces que datan las grandes reuniones, los congresos católicos, congresos eucarísticos, semanas sociales y demás, que por su carácter multitudinario, difícilmente podían entrar en el espacio de una iglesia ordinaria, imponiendo la celebración de la misa fuera de ella. De ahí que en nuestros días la legislación canónica sea más bien flexible en la materia: el Codigo de Derecho Canónico prevé en el canon 932 que la celebración de la misa sea “en lugar sagrado”, a no ser que “la necesidad exija otra cosa”.

Así pues, si en los siglos XVI al XVIII las grandes manifestaciones exteriores del catolicismo fueron sobre todo las procesiones y las misiones, entre los siglos XIX y XX la misa efectivamente se irá agregando a ellas. Se trata al mismo tiempo de una adaptación a una sociedad de masas, de un esfuerzo por demostrar la vitalidad del catolicismo, en ciertos casos incluso de un romántico reencuentro con el templo mismo de la naturaleza, o con los grandes lugares de la memoria del Cristianismo (v.gr. Benedicto XVI oficiando en el Valle de Josafat). Pero no deja de haber razón en las inquietudes de la sensibilidad “laicista”, por así decir, pues en efecto se trata también de un esfuerzo por recuperar la presencia religiosa en un espacio público cada vez más secularizado.

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