Los toros de San Miguel en disputa

En el siglo XVIII, la villa de San Miguel Orizaba celebraba a su santo patrono al menos en tres ocasiones durante el año, con motivo de su fiesta principal en septiembre, con motivo de su aparición en mayo y sobre todo en diciembre, sin que hasta ahora haya podido averiguar el motivo. Las dos primeras eran responsabilidad de la cofradía que lo tenía por titular, y que con ese motivo organizaba en mayo las vísperas y misa solemne con sermón, y en septiembre su novena y unas lucidas vísperas, maitines, misa, sermón y procesión, todo con amplio acompañamiento de sacerdotes, bajo los acordes del órgano y cantores de la parroquia, y con abundantes luces, según consta en el libro de gobierno de la cofradía. Mas la fiesta de diciembre era aún más lucida si cabe, e incluía no sólo “funciones de Iglesia”, como se decía entonces, sino que también, después de llevar a San Miguel en procesión alrededor de la plaza principal, se celebran dos días de corridas de toros debidamente presididas por el santo titular, cuya imagen era colocada en el lugar de honor del tablado que se levantaba para la ocasión.

Nada de ello era particularmente raro en una época en que las imágenes religiosas estaban por doquier, en la que el espacio público era constantemente convertido en escenario de fastos al mismo tiempo sagrados y profanos, todo a cargo de corporaciones religiosas, y también civiles, que contaban para ello con sus particulares bienes, leyes y autoridades y que compartían unánimemente una cultura religiosa que valoraba profundamente este tipo de despliegues sensibles.

Mas en la villa de Orizaba del siglo XVIII se fue formando también, a lo largo del siglo XVIII, una élite devota, de españoles, que obtenía sus recursos del comercio y del cultivo del tabaco, que también participaba y muy activamente en corporaciones religiosas y civiles, sobre todo en la orden tercera franciscana y, en lo civil, en el Ilustre ayuntamiento fundado en 1764. Desde esta última fecha, la élite española disputó constantemente con los indios el control del espacio público orizabeño, en una serie de controversias que, en el marco de esta cultura religiosa, no podía sino tener por objetos principales las fiestas y “funciones” religiosas y por escenarios los templos más importantes. Se disputaban así el control de la parroquia, las preeminencias en los rituales festivos, la antigüedad de sus símbolos y la historia misma de la villa de la que eran testimonio las propias corporaciones religiosas. Y como los toros de San Miguel de diciembre eran acaso el más importante despliegue festivo de los indios, también se convirtieron en objeto de la disputa.

Así, en diciembre de 1778, apenas a unos días de la celebración, los cosecheros de tabaco de Orizaba solicitaron al magistrado real, el alcalde mayor José Antonio Arzú y Arcaya, que prohibiera tales festejos por los “gravísimos perjuicios” que ocasionan. Cierto, los cosecheros citaron como uno de sus argumentos la falta de mano de obra para el trabajo de sus campos, un asunto no menor siendo entonces el tabaco monopolio de la Corona: la ausencia de los indios provocaría el atraso de una cosecha que importaba de manera particular al Real erario, y que eran el principal sustento de los vecinos de la provincia orizabeña. La fiesta por tanto era nosciva al “bien público”, tal y como se concebía éste entonces, como el bien de la comunidad local.

Mas hubo otro argumento más grave y que ocupa más espacio en el escrito presentado por los cosecheros. Las corridas, decían, eran “ocasión de escándalos y ofensas a Dios” y por tanto “opuestas al primer objeto del gobierno, que es sostener la religión, celando la puntual observancia de los divinos preceptos”. Fieles devotos como eran, hermanos muchos de los firmantes de la orden tercera franciscana, les preocupaba, por una parte, la extensión de los pecados públicos que traían consigo las corridas, decían: “la vanagloria y la ira, la gula se exita, se conmueve la lujuria y se franquean ocasiones de poner en práctica sus más detestables movimientos”. En segundo lugar y más aún, les preocupaba el debido respeto de los símbolos y tiempos de lo sagrado. Si se trataba, como era el caso, de honrar al santo patrono, recordaban: “las festividades de los santos se deben celebrar con divinos cánticos espirituales, regocijos y obras piadosas, y no en manera alguna con las que son ocasión de pecados”. En particular llamaron la atención al trato dado a la imagen de San Miguel Arcángel, cuya presencia en la plaza arriesgaba, decían, un “supersticioso abuso”. En fin, denunciaban el manejo poco honesto de los bienes de los indios, pidiendo cuentas de la administración de limosnas, “derramas” (es decir, las contribuciones prorrateadas entre los indios) y otras contribuciones que ellos cobraban y con las que se financiaba la corrida.

Como cabía esperar, la república de indios salió a la defensa de su fiesta más importante, aunque centrando su argumentación en la denuncia de lo que calificó de “imposturas” de sus enemigos españoles. Cabe decir que si bien conocemos poco del cabildo de indios de Orizaba, es claro que durante toda ésta época no le faltaron respaldos, y que contaba con suficientes recursos para llevar su defensa, en la propia villa, en México y en Madrid, donde tuvo varios años procuradores velando por sus intereses. Sobre todo, el cabildo de indios manejaba también, y con gran soltura, los argumentos religiosos que le oponían los españoles. Citemos tan sólo un ejemplo a propósito de las corridas de toros, utilizado por ellos para descalificar la acusación de excesivo apego a estas festividades.

Justo un año antes de la protesta de los cosecheros, en 1777, a finales de octubre, cuatro frailes franciscanos habían pasado a predicar una misión en Orizaba, y en noviembre de 1778, dos de ellos dieron a los indios sendos certificados de buena conducta, en los cuales el superior de la misión los calificaba de “tan civilizados y políticos que dudo la ventaja en los pueblos más instruidos españoles”. Y es que la república de indios en su conjunto había salido a a recibir a los frailes, acompañándolos en procesión hasta la iglesia parroquial junto con sus hijos, alumnos de la escuela de primeras letras propia de la república de indios, quienes iban ordenadamente cantando las alabanzas de la Virgen propias de los misioneros, que quedaron desde luego conmovidos. En los siguientes cincuenta días, acompañaron a los frailes a las otras iglesias, los principales de la república asistieron a los sermones y demás actos de la misión, se confesaron y comulgaron la mayoría de ellos, y en fin, por recomendación del superior de los misioneros, sugerida por los vecinos españoles, aceptaron suspender por ese año los toros de San Miguel.

En su certificado el misionero no omitió decir que, faltando las corridas, los españoles propusieron representar comedias, para gran escándalo de los religiosos, que veían con mayor sospecha al teatro que a los toros. “Al punto tomé la resolución de escribir al señor obispo, significándole las fatales consecuencias que se seguían de las comedias en tales circunstancias”, escribió el fraile, que efectivamente obtuvo que el obispo de Puebla adelantara su visita a la villa de Orizaba y “con esto se ahuyentaron los comediantes y quedó en tranquilidad toda aquella villa”.

Así, en estas disputas en el seno de una misma cultura religiosa, como los españoles y más que ellos, los indios de Orizaba podían ser también fieles devotos, obedientes a los mandatos clericales, preocupados por el respeto de los tiempos sagrados.

Para terminar volvamos a la defensa de los toros de San Miguel, en la cual los principales orizabeños no omitieron recordar que cuatro años antes en 1774, los españoles habían obtenido para Orizaba el título de villa y lo habían celebrado también con corridas, “que por ser suyas permitió Dios que no hubiera pecados ni ofensas suyas como en las nuestras”, asentaron no sin ironía. La justicia estuvo de su lado: el alcalde mayor falló a su favor por un auto del 17 de diciembre, y aunque no sin las protestas y apelaciones de los cosecheros, que habrían de llevar el expediente hasta el Consejo de Indias, San Miguel Arcángel volvió a presidir las corridas de su fiesta en la villa de Orizaba en 1778.

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