Los misterios de las campanas

Lorenzana«El uso de las campanas es muy antiguo en la Iglesia de Dios, la bendición de ellas está llena de misterios», decía en las primeras líneas de su edicto, fechado en octubre de 1766, el entonces arzobispo de México, Francisco Antonio de Lorenzana.[1] No debemos soslayar el tema del «misterio», es decir, la sacralidad que rodeaba a estos instrumentos rectores del paisaje sonoro del siglo XVIII. Por entonces, en efecto, “misterio” se definía ante todo como un «secreto incomprensible de las verdades divinas»; esto es, refería a lo sagrado en el Cristianismo, y en particular a sus ceremonias. Así por ejemplo en esta misma época, los rituales de Semana Santa, como la conmemoración de la institución de la Eucaristía, se calificaban de «misteriosas ceremonias». El misterio rodeaba a las campanas en la perspectiva de los obispos, de mediados y finales del siglo XVIII. Años más tarde, ya como arzobispo de Toledo, Lorenzana no haría sino repetir estas mismas frases en su edicto de 18 de diciembre de 1782, recordando además que «acaso por no guardar el miramiento debido a su consagración, se ha dejado por lo común el consagrarlas y sólo se usa el bendecirlas».[2]

Esta fue la tónica general de los edictos y cartas pastorales en materia de campanas de la segunda mitad del siglo XVIII. La preocupación primera era recordarle a los fieles que se trataba de objetos sagrados, que habían ganado ese carácter por la bendición que les aplicaba el clero, que debían por tanto ser manipulados siguiendo estrictamente las indicaciones episcopales. Esto los llevó a evocar esas ceremonias y sus significados; sin embargo, los obispos novohispanos fueron más bien breves al respecto.

Juan Cruz Ruiz Cabañas y CrespoEn efecto, Lorenzana se limitó a recordar los tres sacramentales que se les aplicaban sucesivamente, y que eran de los más importantes del catolicismo: «están rociadas con agua bendita, ungidas con el santo óleo de los enfermos y últimamente con el santo crisma»,[3] señalaba el prelado. Apenas más prolijo fue su sucesor en México, Alonso Núñez de Haro y Peralta, quien al inicio de su edicto de 1791 pedía considerar la «santa y misteriosa bendición de las campanas», pero que evocó sobre todo sus «prodigiosos efectos» y las «gracias que por ella logran los cristianos», tanto espirituales como materiales.[4] En Guadalajara, el obispo Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo, en su edicto de 1803, evocaba también brevemente los gestos de esa «sagrada ceremonia», destacando en cambio las oraciones que se recitaban: «considerable número de salmos, los más escogidos y oportunos», seguidos de «preces devotísimas», siendo en su conjunto «tan devotas y tan interesantes deprecaciones». Empero, no dejaba de señalar que se usaban con las campanas unos sacramentales «a semejanza de los templos, altares y vasos sagrados que sirven inmediatamente al tremendo sacrificio de la Misa».[5]

En contraste, del otro lado del Atlántico, en 1785, el arzobispo-obispo de Málaga, Manuel Ferrer y Figueredo, había ofrecido una de las explicaciones más extensas de la época en materia de campanas. En su pastoral sobre el tema de octubre de ese año, el prelado había comenzado su instrucción traduciendo paso a paso la ceremonia de bendición, copiándola del Pontifical Romano a lo largo de poco menos de 30 páginas. Así es, el obispo relataba con detalle la bendición de la sal y del agua, su mezcla, el lavado de la campana, la unción con el óleo de los enfermos y con el crisma, la turificación y la lectura del Evangelio. Este último, por cierto, servía al prelado ya no sólo para tratar el tema de las campanas sino además para dar una lección moral a sus feligreses, sobre las prioridades de la vida eterna por encima de las diversiones profanas.[6]


Breve o extensa, toda esta erudición procedía de unas mismas fuentes: los propios libros litúrgicos y las Instrucciones del Papa Benedicto XIV, fundamentalmente. Por supuesto, toda esta empresa estaba sometida al propósito fundamental de los obispos, que no era sino dejar perfectamente claro el ámbito al que pertenecían las campanas. Su bendición, como cualquier otra, había sido introducida por la Iglesia, «para separar de entre las cosas profanas las que sirven al Divino Culto», explicaba el prelado malagueño.[7] Más todavía, en 1791, el edicto del obispo de La Habana, Felipe José de Trespalacios, afirmaba que la bendición no sólo atribuía a las campanas al orden de lo sagrado, sino que hacía de ellas «una imitación nuestra»,[8] es decir, de la propia voz episcopal. No era una idea ajena al caso novohispano, monseñor Ruiz Cabañas preguntaba de manera retórica lo que cabía esperar de unas campanas sobre las que habían rezado «los ministros primeros de Dios, los sacerdotes de primera jerarquía», que no eran sino los propios obispos.[9] Las campanas pues eran sagradas, porque recibían una «misteriosa» bendición, pero tanto más porque la recibían de los príncipes de la Iglesia.

Y es que en efecto, la bendición de campanas podía llevarse a cabo en ceremonias que realzaban la autoridad episcopal. Bástenos evocar la que se celebró el 8 de marzo de 1792 para bendecir a la que sería entonces «bautizada» como Santa María de Guadalupe, la nueva campana mayor de la Catedral Metropolitana de México. Para tan singular ocasión «se dispuso un magnífico teatro», se montó un altar «con candeleros y ramilletes de oro», la campana se colocó en tablado sobre «ocho columnas revestidas de damasco», y bajo ella «tres gradas forradas de terciopelo» para alcanzar a lavarla por el interior. No sólo el escenario fue deslumbrante, sino también la asistencia: las más altas autoridades eclesiásticas y civiles se hicieron presente. Ofició de pontifical el arzobispo Haro y Peralta en persona, asistido por cuatro canónigos y con el acompañamiento de todo el Cabildo Catedral Metropolitano portando sus capas de coro. En las gradas, si bien faltó el virrey, estuvieron presentes en cambio la Real Audiencia y el Ayuntamiento, es decir, los principales magistrados reales y públicos.[10]

DSC_0041Bendecidas con misteriosas ceremonias y con toda la pompa episcopal, las campanas se constituían así en un objeto protector. Ellas, literalmente, combatían contra el mal y sus efectos. El ya muy citado arzobispo Lorenzana evocaba en su edicto mexicano uno de esos ámbitos de acción clásicos de las campanas, gracias a ellas, afirmaba «huyen los malignos espíritus [y] no nos dañan los rayos». Más prolijo, monseñor Haro y Peralta, completaba la idea con otros elementos meteorológicos, ellas se hacían sonar para que «se suspendan los ímpetus de las tempestades, de los rayos, centellas, piedra, granizo y otras exhalaciones y se aseguren las cosechas». En realidad los prelados no hacían sino parafrasear las oraciones de la ceremonia de bendición, por ejemplo, al momento de la unción con los santos óleos, los obispos imploraban a Dios que con el sonido de la campana «se alejen las asechanzas de los enemigos, el estruendo de los granizos, la violencia de los torbellinos, e ímpetus de las tempestades, se templen los truenos dañosos, moderen y hagan saludables los aires, se humillen a la diestra de tu virtud las aéreas potestades, para que teman y huyan».

En su edicto de 1803, el obispo de Guadalajara, Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo, introducía un leve matiz, la «sagrada ceremonia» de bendecir las campanas, más que darles poder directamente, hacía de ellas una especie de oración constante; empero su campo y forma de accionar terminaba siendo el mismo: ellas rechazaban el «pernicioso poder sobre el aire» de los demonios, de forma que se hacían sonar –y de nuevo tenemos la paráfrasis de la bendición– para que «quedemos libres y salvos en las espantosas tempestades, en los huracanes violentos, en el duro granizo y en los horribles rayos con suelen amenazarnos». De nueva cuenta el más extenso en estas materias fue el obispo de Málaga. Al igual que en el obispo Cabañas, la argumentación era iba en un primer momento en la lógica de la oración: a través de las campanas la Iglesia «clama y exhorta a la penitencia», contrición de los fieles que podía a su vez calmar los «efectos de la indignación de Dios». Las tempestades eran así «castigos de nuestras culpas» que las campanas alejaban más bien por medios indirectos. Mas en un segundo momento, luego de discutir las críticas de los protestantes en la materia, el obispo retomaba la tradición del combate sobrenatural, «ahuyentando los demonios que muchas veces las mueven [a las tormentas] y ocasionan».

DSC_0042En suma pues, el obispo malagueño, como los otros obispos novohispanos, aunque representantes de lo que se conoce como el “catolicismo ilustrado”, no podían dejar completamente de lado la creencia en los milagros propia del Cristianismo. Ésta, desde luego, tenía además fundamentos bíblicos: las campanas eran en la «Nueva Ley», como las trompetas que habían sido capaces de derribar los muros de Jericó en el libro de Josué. La sacralidad, aún entonces, no tenía sentido si no tenía consecuencias directas sobre la vida cotidiana y sobre la naturaleza: el sonido de las campana debía seguir teniendo, por tanto, consecuencias literalmente sobrenaturales.

[1] Francisco Antonio Lorenzana, Cartas pastorales y edictos del ilustrísimo señor… arzobispo de México, México, Imprenta del Superior Gobierno del Br. D. Joseph Antonio de Hogal, 1770, pp. 7-8.

[2] Francisco Antonio Lorenzana, Cartas, edictos y otras obras sueltas del excelentísimo señor…, arzobispo de Toledo, primado de las Españas, Toledo, Nicolás Almanzano impresor, 1786, «Edicto en que se prescribe el moderado uso del toque de campanas», p. II.

[3] Francisco Antonio Lorenzana, Cartas pastorales y edictos del ilustrísimo señor… arzobispo de México, México, Imprenta del Superior Gobierno del Br. D. Joseph Antonio de Hogal, 1770, p. 8.

[4] Archivo General de Indias (AGI), México, leg. 2644, edicto del arzobispo de México, 18 de octubre de 1791.

[5] Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara (AHAG), Edictos y circulares, 5, 27, edicto del obispo de Guadalajara, 8 de junio de 1803.

[6] Manuel Ferrer, Carta pastoral que el Ilustrísimo señor Arzobispo Obispo de Málaga dirige a sus amados diocesanos sobre la bendición y uso de las campanas, Málaga, Impresor de la Dignidad Episcopal y de la Ciudad, 1785, pp. 4-33.

[7] Ibidem, p. 8.

[8] Felipe Joseph Trespalacios, Edicto en que el Ilustrísimo Señor Doctor … primer obispo de La Havana, provincias de La Florida y Luisiana, del Consejo de S.M., etc. corrige en su diócesis el abuso y desorden con que se tocan las campanas, y concurre a la moderación con que la Real Pragmática reduce la pompa fúnebre, Madrid, Imprenta de la viuda de Joaquín Ibarra, 1794, p. 1.

[9] AHAG, Edictos y circulares, 5, 27, edicto del obispo de Guadalajara, 8 de junio de 1803.

[10] Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México (ACCMM), Fábrica material, libro 16, 56v-57v, «Solemne consagración de la campana Santa María de Guadalupe».

Un pensamiento en “Los misterios de las campanas

  1. Alfonso

    Me sorprende los ejemplos de los obispos que usted cita, qué credulamente creían en origenes demoniacos de las tormentas y su prevención mediante el toque de campanas. Mi propia investigación muestra que las posturas de estos obispos no coincide de ningún modo con la de la Iglesia : Concilio de Braga celebrado en el año 561, en Braga y convocado por el papa Juan III y ese gran apóstol entre los gallegos que fue San Martíño de Dumio, nos dice “Si alguno cree que el diablo ha hecho en el mundo algunas criaturas y que por su propia autoridad sigue produciendo los truenos, los rayos, las tormentas y las sequías, como dijo Prisciliano, sea anatema.” San Isidoro de Sevilla ya explicaba hace 1.400 años los fenómenos atmosféricos con argumentos naturalistas .Como ya vimos el santo y sabio arzobispo de Lyon pensaba lo mismo en plena Alta Edad Media. Nicolás de Oresme , obispo y genio científico del siglo XIV, negó expresamente que los ángeles moviesen los planetas, explicando que la Biblia no lo decía y que había que buscar explicaciones racionales a los fenómenos físicos. Respecto a la electricidad atmosférica en particular, es imposible no referirnos al escolapio Giambattista Beccaria, profesor de Física experimental en el siglo XVIII, que contribuyó a propagar los descubrimientos de Franklin y a profundizar en los mismos.
    Todo esto demuestra lo absurda que es la acusación de que el clero católico creía que las tormentas eléctricas eran producidas por demonios. Los científicos católicos, muchos de los cuales pertenecían al clero, contribuyeron en gran medida a la creación de la Meteorología y al diseño y construcción de instrumentos para medir la atmósfera y sus fenómenos meteorológicos. No solo eso: los sacerdotes Giuseppe Toaldo , Prokop Divisch y el escolapio Battista Beccaria , entre otros muchos clérigos; dieron especial importancia al estudio de la electricidad atmosférica y a la protección de los edificios y casas contra los rayos y relámpagos por medio de pararrayos, y abogaron enérgicamente por su uso. Toaldo , devoto sacerdote católico, fue autor de obras como “Della maniera di difendere gli edificii dal fulmine” (1772) y en monografías como “Dei conduttori metallici a preservazione degli edifici dal fulmine” (1774) contribuyeron enormemente a desechar los prejuicios contra el invento de Franklin y Divisch. Gracias a sus esfuerzos los pararrayos fueron colocados en la Catedral de Siena y sobre la Torre de San Marcos en Venecia y sobre polvorines y barcos de la armada veneciana. El propio Papa Benedicto XIV fue un entusiasta partidario del uso del pararrayos.

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