Los frailes y la guerra de 1810

En entradas anteriores he abordado el tema del clero y la guerra de independencia. En razón del carácter de párrocos de varios caudillos insurgentes (Hidalgo, Morelos, Matamoros los más conocidos), los estudios al respecto suelen centrarse precisamente en ese grupo, los clérigos seculares. En cambio, la atención prestada a los religiosos ha sido menor, con notables excepciones, una especialmente destacable, la obra de Eric Van Young, La otra rebelión… (FCE, 2006). Por ello, en este simbólico año del Bicentenario, quiero dedicar estas breves líneas a la participación de los frailes en la guerra de 1810.

Hay que comenzar por decir que, al igual que sus colegas clérigos, hubo religiosos tanto entre los insurgentes como entre los realistas, cumpliendo papeles asimismo de lo más variado: capellanes de tropas, predicadores, enfermeros, informantes, asistentes de los comandantes, e incluso no faltó algún comandante entre ellos. Aunque me temo que no tengo cifras precisas, por los casos que conozco de la provincia de Veracruz, se diría que la guerra fue un período propicio para que muchos religiosos se fugaran de sus conventos para participar en la contienda, aunque los hubo también que participaron de ella desde dentro de la vida institucional de las órdenes.

Un caso muy concreto: los misioneros de los colegios apostólicos franciscanos (Santa Cruz de Querétaro, San Fernando de México, Guadalupe de Zacatecas, San José de Gracia de Orizaba), quienes se batieron a favor de la causa realista con oraciones y sermones. Sus misiones fueron bien ponderadas por las autoridades como un medio efectivo para la pacificación. A veces a costa de sus vidas, incluso durante los años más duros de la guerra, varios de ellos siguieron organizando sus misiones itinerantes,en las que había brillado siempre el mensaje de sumisión a las majestades divina y humana. Entre los misioneros hubo uno especialmente destacable por este tipo de labor: fray Diego Miguel Bringas de Manzaneda, del colegio queretano, quien predicó por ejemplo el “sermón de la reconquista” de Guanajuato en diciembre de 1810, y fue también autor de un sermón político-moral predicado durante una misión que tuvo lugar en la ciudad de México en 1813.

Además de la predicación, los religiosos podían servir a la causa con sus informes y acompañando a los militares en campaña. Fue el caso por ejemplo de los carmelitas descalzos de Orizaba, cuya orden fue también una de las más comprometidas con la causa realista, y quienes aportaron datos al comandante militar local gracias a los paisanos que frecuentaban su convento para confesarse con ellos. Cuando Orizaba fue ocupada por las tropas insurgentes en la primavera de 1812, los carmelitas acompañaron a la guarnición realista en su retirada y asistieron literalmente a las trincheras de la defensa de la vecina villa de Córdoba. En aquella ocasión, otro religioso, un hospitalario betlemita, fray Simón Chávez, colaboró también atendiendo a los heridos.

Los frailes podían también asumir ellos mismos cargos militares, o al menos así fue entre los religiosos que ejercían la cura de almas, como el padre Pedro Alcántara Villaverde, agustino, cura de la doctrina de Ríoverde, quien devino célebre por su fortaleza de carácter y sus empeños en la lucha contra la insurgencia en las Huastecas. Entre los insurgentes también los hubo, como el coronel fray José Antonio Pedroza, quien fue algún tiempo comandante del estratégico puerto de Nautla, desde donde intentó establer contacto con marinos norteamericanos. Fray José Antonio, cabe decir, no estaba solo. Si los carmelitas y los misioneros apostólicos se caracterizaron por su lealtad realista, del lado insurgente tampoco faltaron religiosos, franciscanos especialmente como lo ha hecho notar Van Young, pero incluso también algún carmelita. Un ejemplo: fray Miguel de San Cayetano, fugado dos veces de su convento, la primera vez en México y la segunda en Tehuacán, para unirse a las otras insurgentes. Otro caso, de un franciscano descalzo, fray Juan Dávila, aprehendido por las milicias realistas del sur de Veracruz entre los insurgentes de la zona, y quien una vez remitido a Oaxaca logró fugarse para volver con ellos.

Una vez consumada la independencia, hubo varios frailes realistas que prefirieron irse a España con las tropas expedicionarias que salieron del país entonces. Además, entre misiones, fugas, capellanes, y otros que se sumaron a la causa independentista en tiempos del plan de Iguala, otro de los legados de la guerra fue, un pequeño contingente de religiosos “rebeldes” a la idea de volver a sus claustros. Sin preocuparse demasiado por ello, y alegando incluso que sus superiores habrían dado su “aprobación tácita” a esa situación, los párrocos e incluso algunos obispos se sirvieron de ellos para atender pueblos distantes, regiones pobres y de la costa. Así, tras la independencia, hubo pueblos como Alvarado, Tlacotalpan y Amatlán, que estuvieron atendidos por religiosos durante varios años. Paradójicamente, después de 1824 sobre todo, no serían tanto las autoridades eclesiásticas sino las civiles las que verán en ellos un peligro potencial, y se esforzarán por hacerlos volver a los claustros, o en su caso expulsarlos del país en tanto españoles entre 1827 y 1833.

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