Liturgia para la nobleza: Il Gattopardo

Desde la primera vez que vi la película Il Gattopardo (1963), que eso es decir hace  unos cinco años, quedé impresionado con la escena que aparece a continuación. No es el lugar aquí para contar la película, basada en la novela homónima de Lampedusa, pero es necesario decir que es el momento en que el protagonista de la historia, el príncipe de Salina, llega a su pueblo. El contexto, es el de mediados del siglo XIX, la época del Resurgimiento italiano, es decir de la construcción de la nación italiana a partir de las diversas monarquías que hasta entonces estaban establecidas en la península, bajo el liderazgo del reino de Piamonte Cerdeña. La nación que se construye, en medio desde luego de una larga guerra de unificación, implicaba entonces también la construcción de un Estado moderno, bajo los principios liberales clásicos, es decir, gobierno representativo, soberanía popular, libertades individuales, etcétera, todo ello sin embargo manteniendo la monarquía como forma de Estado. Pues bien, a pesar de la tormenta revolucionaria, y como lo hace cada año, el príncipe de Salina sale de la capital siciliana, Palermo, rumbo a su residencia solariega, donde se encuentran los bienes principales que identifican a su casa: su palacio, sus propiedades, y sobre todo lo que quiero resaltar aquí, su parroquia, en el doble sentido de templo y comunidad. Y a pesar, repito, de los cambios revolucionarios, es recibido como corresponde a su jerarquía siguiendo un ritual que todos parecen conocer, pues cada quien sabe ya qué hacer y donde ubicarse.


Ritual Recepción Il Gattopardo por davidclopez

Resaltemos algunos puntos principales, que el lector habrá notado apasionan al autor de este blog: los sonidos, el espacio y las ceremonias. En aras de mantener un poco el orden seguiré más o menos el de la propia escena.

Ante todo, los repiques a vuelo de las campanas, que son los que abren la escena. A su sonido, que todo mundo identifica sin mayor confusión, reacciona de manera, digamos casi natural, la población toda. Vemos lo mismo al alcalde que al párroco, quienes acuden luciendo, el primero el símbolo de su autoridad, la banda, y el segundo los ornamentos de gala, el sobrepelliz y el bonete, por encima de la sotana. Además, por supuesto, algún militar acude en uniforme, acaso el comandante de la guarnición local. Pero las autoridades no son las únicas que reaccionan, las campanas hablan un lenguaje que entiende todo el pueblo por el igual: las damas que se apresuran a colocarse mantillas y chales, los señores que se arreglan el traje y el sombrero. Cierto, no todos los preparativos son espontáneos, pero se activan de inmediato apenas suena el repique, como la banda de música dispuesta al lado del palacio del señor.

Este otro elemento sonoro del pequeño gran espectáculo local que constituye esta fiesta de recepción, acompaña, digamos, su parte “civil”, es decir, la salutación del noble y su familia a las autoridades, ante las puertas de su palacio, y la procesión que le sigue hasta el templo parroquial. Una salutación, cabe decir, perfectamente ordenada en sus gestos. Ante el príncipe absolutamente todos se descubren, salvo los eclesiásticos, pero incluyendo al alcalde. El príncipe y su familia saludan asimismo en orden, primero a su propio mayordomo, quien les da la bienvenida, y enseguida las autoridades, las oficiales, como el alcalde, el párroco y el notario, pero también las informales, los intermediarios entre el pueblo y su señor representados aquí en el “amigo” del noble, su compañero de cacería como se deduce del can que le acompaña, y que es además el organista de la parroquia.

Hechas las salutaciones, se procede a la procesión. Y es que la sociedad de Antiguo Régimen hacia procesiones prácticamente para todo, fúnebres o festivas, religiosas o civiles, urbanas o rurales, había como decía Jean Delumeau, una verdadera necesidad de procesionar. De nueva cuenta, todos parecen saber cuál es el orden que les corresponde. Procesión civil, es decir, sin símbolo religioso alguno, las jerarquías, contrario a las procesiones religiosas, van del frente hacia atrás. Encabeza, por tanto la familia del noble, que aparece aquí en toda su extensión: su esposa, sus hijos e hijas, su sobrino, es decir los consanguíneos, pero también los servidores indispensables de su casa, como el aya francesa de los hijos más pequeños, acompañada del tutor, y sobre todo y más importante, el capellán del noble, quien apenas si se detiene pues sale de inmediato con el párroco a preparar lo siguiente y principal de la ceremonia.

Mientras vemos pasar la procesión, en la que siguen “las autoridades y vecinos principales”, como se hubiera dicho en el mundo hispánico, hagamos notar el escenario. Toda la ceremonia se ha venido desarrollando frente al palacio, obviamente el del noble, que debería haber tenido el escudo de su familia en la fachada. Es pues, su espacio. La procesión se dirige ahora al templo parroquial, para dar gracias por el feliz arribo del príncipe. Se pensaría que salimos del espacio nobiliario, nada de eso. No es seguramente casualidad que la iglesia esté en línea recta desde su palacio, pues si no ha sido su familia la que construyó el templo cuando menos es la que detenta el patronato de ella. Indudable pues el noble va a con su familia a sentarse en el privilegio clásico de los patronos: la banca en la capilla mayor. Ya sólo el hecho de tener donde sentarse en las iglesias de antaño era realmente un privilegio, más aún una banca con sitiales lujosamente adornada como la que vemos en la escena. Acaso no faltaría también su escudo en la fachada y su panteón en la propia capilla mayor.

Se diría que, como en la ceremonia civil, los gestos están también ordenados al honor, no sólo religioso de Dios nuestro Señor, sino también del señor príncipe local. Apenas cruza éste el umbral del templo y a la banda sucede de inmediato (y hay que ver el esfuerzo necesario para que así fuese), la música sacra del órgano que anuncia el inicio de la liturgia religiosa propiamente tal. Se celebra el oficio de acción de gracias, con toda “la solemnidad posible”: el preste con pluvial acompañado de ministro (el capellán del noble), con diácono y subdiácono revestidos de dalmáticas y cuatro acólitos (ceroferarios y turiferarios). Las campanas repican de nuevo, cuando el Santísimo Sacramento, colocado en la custodia, se expone a la adoración del pueblo tributándole la gratitud correspondiente por la feliz llegada del noble. En fin, mientras se entona el Te Deum, himno principal del oficio, el turiferario inciensa, inmediatamente después del altar, al noble y su familia en su banca de honor. Tal pues, magníficamente representada, una ceremonia religiosa del Antiguo Régimen, en honor de Dios, pero también de la nobleza, una nobleza devota desde luego, que recibe a cambio de sus dotaciones al culto y a los eclesiásticos, la retribución de las oraciones, pero también, la legitimación de su jerarquía.

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