Limosna presidencial para una patriota

Esta entrada tal vez correspondería mejor para la Semana Santa, mas anticipándonos un poco a ella, evoquemos algo de lo que hacían los primeros presidentes mexicanos durante esa conmemoración. El Jueves Santo, desde el general Guadalupe Victoria en 1826 hasta el general Antonio López de Santa Anna en 1842, como mínimo, tenían lugar los oficios del día en la capilla del Palacio Nacional, dedicada a Nuestra Señora de los Dolores. Y como hasta hoy, el oficio, vespertino, incluía el lavatorio de los pies de doce personas, evocando el pasaje del Evangelio según San Juan en que Jesucristo lavó los pies de los Apóstoles antes de la Última Cena. Como en muchas otras iglesias, en la capilla presidencial se practicaba así con doce personas, seis mujeres y seis hombres. Ahora bien, elegir al “Apostolado”, como se le llamaba, era además una oportunidad para que el presidente se mostrara como hombre “piadoso”, “benigno”, “padre de los pobres” y sobre todo “de caritativo corazón”. Y es que desde unos días antes, se organizaba para ello una rifa, únicamente entre los pobres de la Ciudad de México, quienes hacían llegar sus solicitudes para participar a través del Ministerio de Justicia y Negocios Eclesiásticos. Por supuesto, los doce afortunados, no sólo ganaban un lugar en la ceremonia, sino también una generosa limosna presidencial, que según se entiende de varias solicitudes, comprendía también el traje para presentarse en la ocasión.

Como cabe imaginarse, las solicitudes nunca faltaron. Las de los años que he citado se han conservado, con dificultades, algo revueltas, y sin merecer mucha atención, en los últimos tres tomos (184, 185 y 186) que forman el grupo documental “Justicia Eclesiástica” del Archivo General de la Nación. Elaboradas a veces por los propios solicitantes, y otras dictadas a algún amanuense o algún clérigo de las parroquias del Sagrario Metropolitano, Santa Veracruz y Santa Catalina mártir, solían llevar al margen una breve nota certificando la autenticidad de su pobreza por parte de los mismos párrocos. Invalidez, ceguera, accidentes de todo tipo, y hasta el cierre de la fábrica de puros y cigarros, formaban los principales argumentos entre los varones, a los que las mujeres agregaban la viudez y los numerosos hijos. Pero en principio, la rifa estaba destinada no sólo a ejercer una caridad tradicional, como hubiera sido en tiempos virreinales, sino también a premiar, como era propio de un gobierno nacional y liberal, esfuerzos patrióticos. La guerra, para entonces ya denominada de independencia, estaba todavía cercana, y se esperaba que algunos de quienes la habían padecido se acercaran también a participar del sorteo.

No faltaron, por ello, veteranos entre los varones y viudas de soldados entre las mujeres. Pero entre estas últimas, y es a lo que quiero llegar, hubo también una que se gloriaba ella misma del título de patriota, participante en la guerra desde el propio año 1810. Aquí vemos su solicitud, escrita en papel sellado, dictada a un amanuense (con lo que podemos imaginar que siendo pobre, tampoco estaba en la absoluta miseria) y validada por uno de los párrocos del Sagrario. Testimonio brevísimo de las mujeres que participaron en el conflicto, lamentablemente no nos da mayores detalles al respecto.

A lo largo de este año seguiremos presentando aquí algunos otros ejemplos de esta serie documental, que nos muestra bien hasta qué punto en los orígenes de nuestra república, hoy laica, la caridad religiosa tradicional era difícil de separar incluso de las más altas figuras de la autoridad pública, de la misma forma que los espacios sagrados seguían bien presentes en los edificios públicos. Aquí pues la solicitud de María Antonia Arreguín, para participar en la rifa de los apóstoles del Jueves Santo de 1831 en la capilla del Palacio Nacional.

AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 184, f. 7

“Excelentísimo Señor Vicepresidente de los Estados Unidos Mejicanos.

María Antonia Arreguín, ante la justificación de V.E. respetuosamente expone: Que ha llegado a mi noticia que V.E. se dispone a hacer uso de su generosidad patriótica costeando el vestido de seis mujeres pobres en el próximo Jueves Santo, con tal que se hayan distinguido con el nombre de patriotas por los servicios que hayan prestado a la libertad, o por sus padecimientos por ella. Y siendo yo una de las que han merecido aquel glorioso epíteto desde el año de 810, y sufrido por ello persecuciones y miserias que me han reducido al estado de no tener lo necesario para subsistir.
A V.E. suplico, que por un efecto de su bondad, se digne comprenderme en el número de las agraciadas, en lo que recibiré merced.
México, 24 de marzo de 1831.

Excelentísimo Señor

No sé firmar.”

Al margen:
“Certifico lo que expone la suplicante.
Sagrario, marzo 24 de 1831.
Joaquín Romanos”.

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